lunes, 20 de octubre de 2014

Fue con una anécdota que se me vino gestando durante algunos años. Resultaba que en mi trayecto cotidiano me encontraba casi sistemáticamente con las mismas personas en la ruta de ida y aparentemente otras también las mismas (en actitud más relajada y menos reconocible) en la ruta de vuelta. En algunas me fijaba y otras pues seguramente no. Por el cruce diario de miradas sospechaba que la fría familiaridad era recíproca; pero sólo en algunos casos. Así que durante mucho tiempo me venía cruzando en mi camino con un hombre que esperaba en la calle, además con actitud impaciente controlando su reloj. Cuando me di cuenta supe que prácticamente me lo encontraba allí todos los días, y probablemente no había sido consciente hasta un momento determinado; sabe Dios desde cuánto antes me lo venía encontrando allí.
Y allí seguía día tras día, en su actitud de espera imperturbable. Y empezó a intrigarme. Empecé disimuladamente a aminorar mi paso y observarle todo el rato posible. Me di cuenta de que su perserverancia en mirar el reloj era más un cierto control metódico que auténtico nerviosismo. Entre tanto se le veía observar la calle con atención (confiando en que en algún momento apareciera aquello, aquel o aquella que esperaba; interpretaba yo). Pero nunca conseguía, por más que me retrasara, descubrir qué estaba esperand: mi curiosidad iba en aumento. 
Conseguí entonces disponer de más horas y me dediqué sistemáticamente a observar, con la mayor discreción, a aquel paciente esperanzado. Pero al final acababa por marcharme, sin llegar a saber nada más. Cuando él miraba el reloj, yo miraba el reloj; cuando él observaba la calle, yo observaba la calle. Nunca conseguí deducir nada. Finalmente acabé por dirigirme a él y preguntarle directamente.
-Pues le parecerá absurdo; pero ¿ve usted aquel tipo? El que está allí parado discretamente -Me respondió y con mucho disimulo me señaló a un hombre plantado algo más avanzada la calle-. Pues hace ya tiempo que lo veo esperando durante horas, y estoy intrigado  por saber qué es lo que espera. Constantemente mira el reloj y observa detenidamente aquí y allá. Algunas veces me siento tentado de preguntarle; pero algo que me inquieta me refrena y no sé lo que es.
Aquella respuesta me heló la sangre y me alejé de él como un loco desconsiderado sin mediar más palabra. Todavía hoy me devano los sesos intentando averiguar qué fue lo que me inquietó de aquel encuentro y de esa respuesta; pero no consigo saber qué es.

domingo, 19 de octubre de 2014

Remington olvidó que Liz se había marchado. Fantaseaba de nuevo con ella compartiendo sus gestos y su espacio. Fantaseaba que los nuevos vecinos vivían con ella o ella los visitaba o era Liz quien los recibía de visita. Fantaseaba que los vecinos, cada uno por separado, fantaseaba con Liz en un hipotético piso más alto. El nuevo piso de Liz imaginaba que era igual, y que eran iguales todos los pisos del mundo, o al menos de esa ciudad. Imaginaba a Liz fantaseando con las habitaciones, como él fantaseaba con las habitaciones. Veía a Liz olvidándolo, cuando recordaba que Liz se había marchado y recordaba así que se estaba olvidando.
Cada fantasía era independiente. No recogía una lo dejado por la otra. No había memoria para la contradicción o lo imposible o la incoherencia o lo imposible. Pero también sucedía que una fantasía, y esto era nuevo y gracias a la pérdida y gracias al olvido o tal vez esto la causa del olvido y de la pérdida, también sucedía que unas fantasías se veían a otras y surgían las construcciones compuestas y complejas. Pero no reducían ni alteraban las fantasías simples. La relación entre Remington y la Liz imaginaria era desde fuera más rica; pero en cada fantasía era sencilla.
Remington deja paso en el pasillo a Liz imaginaria. Remington piensa que él real añora a Liz imaginaria; pero como le ha dejado paso, considera que la tiene como presente. Remington se piensa imaginario dudando de Liz real como perdida. Remington imaginario no sabe que Liz se ha ido. Remigton titubea al pedirle permiso a Liz para sentarse, acaba de recordar que todo es imaginario, acaba de recordar que eso no impide que la imagine presente, recuerda entonces que lo ha olvidado todo, recuerda que pronto volverá a olvidarlo.

sábado, 18 de octubre de 2014

Estaba convencido de haberlo visto escabullirse en algún punto entre Capuchinos y la Cuesta del Bailío. Perdió la pista, como si se lo hubiera tragado la tierra. Quién sabe si las paredes más antiguas de la ciudad. Quién sabe si las paredes más antiguas del mundo, se lo habían tragado. Tal vez las buganvillas que colgaban desde decenios escondían algún resorte. Los cristos, las vírgenes, los escalones, las fuentes, los faroles, algún resorte. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Los cantos rodados del suelo se lo habían tragado.  Esas paredes que han parado el tiempo.
De día repasaba los escalones, uno por uno, arriba, uno por uno, abajo. De noche espiaba las salamanquesas, como si sus paseos verticales, su danza con la luz y los insectos, su paciencia de esfinge en un desierto de cal, dibujaran en realidad algún código secreto. Sí: él las ha adiestrado, me espían (pensaba); durante generaciones ha ido sembrando buganvillas y adiestrando salamanquesas. El soniquete preciso del chorrito del agua quiere decir algo. En algún punto entre Capuchinos y la Cuesta del Bailío se abre una puerta y lo escondida que está es precisamente lo débil de su punto.

viernes, 17 de octubre de 2014

-Estoy seguro de que cuando rememore esto no conseguiré escuchar tus palabras, sino que confundiré lo que digo aquí y allá y pondré palabras mías en lugar de las tuyas. Es un defecto que tengo, no puedo exponer bien los diálogos.
-Pero probablemente eso sea producto de tu imaginación: tú te imaginas así, pero lo que sucede en realidad es que estás hablando conmigo. Y este que habla con sus palabras, y dejando espacio para las mías (¿espacio o tiempo?), este es otro y tú. Y el que te imaginas está tal vez como tú dices, impedido, pero tú estás aquí, hablando conmigo.
-Pero seguro que no como una auténtica conversación, sino que los razonamientos se suceden dialécticamente, como una sola mente que silogiza y se debate.
-¡Bah! Te defiendes.
Exhaló un corto respiro de resignación. Anuló su mirada, de repente introspectiva, con la taza que cogía casi ceremoniosamente. ¡Sus cerámicos dedos sutilmente anillados en el asa elevando una estructura de surrealistas arbotantes. Un solo fluir de puro gesto, de pura expresión, de puro cuerpo o pura compostura. Ningún otro instante había sido nuca más hermoso o sorprendente o valioso o mordaz que aquel ademán de mujer, que se separa de mí (momentáneamente callejón sin salida) y bebe su café.
Y en esa centésima de instante se agolpaba: la taza posándose sobre sus labios, como un acantilado que se desploma sobre el agua porque no puede más con tanto amor; el café, caliente, batida de gansos silvestres remontando el cielo, deslizándose entre sus dientes y lengua, torrencial; el aroma, bailarina de cuento, amarga, flotando hacia sus ojos, rebelde, su pelo y sus manos sin ley; y yo me sentía diseccionado quirúrgicamente en todos esos elementos y mi sangre era, gota a gota, mancha a mancha, herida a herida, la metáfora.

jueves, 16 de octubre de 2014

Durante un año entero o más estuvo investigando las cloacas y las casas abandonadas, intentando reconstruir el supuesto plano que sospechaban tenía el ladrón de cartas. Suponían que había construido un entramado superpuesto al callejero. Así que se adentraba en las sombras de algún caserón, de cuyo sótano partía una galería que desembocaba en las alcantarillas o en otra casa (a veces estaban habitadas, y adquirió la precaución de atender al sonido antes de salir).  A veces no volvía a salir hasta bien avanzada la mañana.
Tenía, además que vigilar los movimientos de otros investigadores, que ocultos competían contra él, y entre sí, incluso sin conocimiento mutuo. Tenía que ir reconstruyendo el plano tanteando sospechas. Y el único objetivo era conseguir moverse más rápido, que él o más rápido que ellos, el ladrón, los investigadores. 
Probaba métodos y tenía que romperlos, porque comprendía que el ladrón preveía métodos y los rompía. Y así también con ese otro entramado de movimiento que era la red de amistades y relaciones sociales.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Se encontraban cada noche en la Plaza de la Compañía. Cobijados bajo el pretil de las escaleras se besaban. Sus encuentros duraban apenas minutos, los que podían permitirse antes de que los echaran sospechosamente de menos en sus respectivas casas. Una tarde no pudo acudir, y vivió angustiado horas y minutos, pensando en la decepción de su amante, y que luego tendrían que perder el tiempo hablando o aclarando, cuando urgía el tacto de sus labios húmedos calientes y sus brazos y el aroma intruso de su pelo y sus ropas. Una noche ella no acudió y él se sintió morir imaginando que todo había acabado. Y como no hablaban sino que se desplomaban ansiosos abrazados bajo el pretil de las escaleras espoleados por el frío y la humedad y los nervios de la noche, sus corazones se despedían cada vez más heridos de incomprensión, de anhelo, de posibilidades y fantasías. Su beso vivía por ellos y ellos sólo vivían la despedida. Cuando sus ojos se encontraban comprendían la pronta extinción de su mirada y que el hambre de labios les llevaría a lidiar todas esas historias, sucedidas o imaginadas, sentidas, a dientes y lengua.

martes, 14 de octubre de 2014

Suspendieron unas calles flotantes por toda la ciudad. Algunas se apoyaban en hermosos arcos de acero o transparentes vigas de fachada que, al iluminarse de noche, daban a la calle y al cielo una dimensión fantástica. Otras colgaban de las torres, segundo jardín de Babilonia. 
La estructura tuvo tanto éxito que al terminar el Festival optaron por dejarla, y las segundas calles se convirtieron ese año en un rentable reclamo turístico. Tanto que junto a ellas aparecieron pronto tiendas y comercios. La tercera ciudad se había puesto en marcha y desde abajo y desde arriba podía vérsela nacer y construirse.
Fue mucho más adelante, cuando los materiales mostraron los primeros síntomas del deterioro (recuérdese que se construyó pensando en semanas y llevaba años y años) cuando las autoridades empezaron a hacer llamamientos y avisos para acostumbrar a usuarios, turistas y población. Había que desmantelarla. Por decreto, se vaciaron las calles flotantes. Algunos comercios resistieron. Algunas terrazas permanecían abiertas de forma clandestina, especialmente de noche (cuando más hermosa era aquella tercera ciudad).
Desde el suelo podía verse a los caminantes furtivos acudir a los lugares cuyo malditismo crecía con la presión policial. Y aquel paisaje incitaba a todos, policías incluidos, a pertenecer a ese club abierto que era el merodeo por las calles flotantes. Pero sucedieron los primeros derrumbes. Al principio con heridos. Los sucesos mortales sólo amenazaban. Los vecinos se preocuparon por sostener las formas débiles y embellecer los huecos dejados. 
El miedo acabó despoblando definitivamente la tercera ciudad. Volvieron todos a sus torres y sus suelos. Desde las viejas tiendas y los viejos bares se miraba con nostalgia los nuevos recorridos perdidos, aquella competencia. Sólo los adolescentes, en su temeridad, aparecían de vez en cuando surcando los restos de las calles altas, sobre sus columnas, bajo sus cables. Se puso de moda besarse  en las calles flotantes, junto a un hueco de derrumbe. Era hermoso. Muchos hacían fotos a los jóvenes besándose en las medianas alturas de aquellas calles ruinosas. Desde ciudades lejanas venían a verlos besarse.

lunes, 13 de octubre de 2014

Cruzaron el zaguán jadeantes apenas abierta la puerta. Fueron directos a la cocina, Dormido con rotunda decisión y Esteban como un discípulo obediente. 
-Llena una palangana, anda.
Dormido puso la cabeza bajo el grifo. Llegaba hasta su frondosa y apretada cabellera blanca y brillante, el agua, y se derramaba debajo gris, marrón, negra, a veces parda de arcilla. Luego, limpia la cabeza, toda ella chorreaba a gusto con su origen. Entonces Dormido bebió directamente de su cabeza chorreante el agua que se deslizaba arrebatándosela al mentón y la barbilla, desde donde, al tragar volvía a tomar refugio, el agua, antes de lanzarse abajo definitivamente. Dormido imaginó que su cabeza era una semilla brotando acelerada en el desierto y que su brotar era un oasis, un surtidor en el que su cuerpo anhelaba zambullirse.
Margarita volvió con la palangana. Dormido se quitó la camisa, toda ella terriza y dura. La estrujó con saña debajo del grifo y la camisa entre sus puños imitó la maravilla que antes disfrutara su cabeza. La soltó allí mismo, abandonada al agua. Seguía desprendiéndose barro y ceniza sin parar. Finalmente, fue a sentarse a dejar que su mujer lo atendiera.
Margarita ayudó a esteban a quitarse la camisa. El matrimonio estaba entretenido es su propia conversación urgente. No les prestaban atención. Margarita cogió la camisa de esteban y la puso bajo el chorro del grifo igual, pero la estrujó con delicadeza y la doblaba y desdoblaba mirando distraída los ojos de Esteban. Esteban la miraba fijamente, cansado, hipnotizado. 
-Te hubiera gustado. Ha sido impresionante. La casa ardía entera, todo lo grande que es, que era, no quedará nada. Las llamas eran altas como torres. 
Margarita utilizó la camisa empapada de esteban para mojarle la cabeza. El agua y el barro se desbordaron imprevistos con abundancia. Esteban dejó caer su cabeza en el grifo, sostenido por los brazos remangados y las manos frías de Margarita.
-Ardes. Pareces un tizón. 
Esteban se alzó de repente, como si le faltara el aire. Había empapado a Margarita, la había manchado de barro y de gris y de ocre. Los ojos negros de la muchacha estaban fijos en él mientras le apretaba los cabellos.
-Marga, te hubiera gustado tanto.

domingo, 12 de octubre de 2014

Cada vez que entraba en alguna cafetería me significaba ella. Elegir una mesa, sentarme en la mesa mientras ella se sentaba, y así en todas las cafeterías de todas las ciudades. El olor a café. Mientras hablaban conmigo, sospechaba que se daban cuenta, incluso los recién conocidos, de que en mi mente los escuchaba con ella (que la reconocían y entonces por un instante me consumían los celos). Que su tintineo de la cucharilla en la taza era el tintineo de ella en la taza de ella.
Llegó un momento en que cuando caminaba por las calles, sentía que me dirigía hacia alguna cafetería. Esto no era del todo irreal, pues, tarde o temprano acabaría en alguna con alguno, con alguna, pero con ella. Curiosamente, volví a la cafetería en cuestión, pero no me decía nada distinto, no notaba allí nada especial con respecto a las demás. Por alguna razón, había marcado el significante cafetería y me estaba estructurando.
Luego, en la calle, me costaba mucho trabajo saber si me dirigía hacia una cafetería o si había salido. Si caminaba a su encuentro o acababa de perderla. Mi corazón transitaba en el laberinto de una sola calle perpetua entre la primera cita y la última.

sábado, 11 de octubre de 2014

Me decidí por fin a visitar la exposición esa misma tarde. Crucé el pequeño patio de entrada y ante mí se abrieron las modernas puertas automáticas que atestiguaban la completa remodelación del viejo palacete. Para mi sorpresa, no encontré las cerámicas, figuras y lienzos de los que tanto me habían hablado. La sala principal tenía las paredes casi cubiertas con pequeños textos mecanografiados, algunos manuscritos, algunos vilmente impresos. Los textos contenían pequeñas descripciones y relatos. No me convencía; pero como los cinco o seis curiosos que pablaban la sala además de mí no parecían muy extrañados, decidí imitarlos y me dediqué a inspeccionar los textos.
Pero la primera elección, al azar creía yo, me hizo topar con un pequeño resumen de mi llegada a la exposición. Turbado fui a comprobar otros textos; por supuesto, hablaban de otros asuntos. Comprobé concienzudamente que la probabilidad jugaba en contra del suceso, antes de volver a inspeccionar mi lectura inicial. Consideré interrogar a algunos de los visitantes para contrastar impresiones; pero eso mismo estaba escrito en el texto y algo en mi interior decidió rebelarse. Así que quise ser metódico: intenté leer todos y cada uno de los panfletos. Mucho antes de que desistiera ya había descubierto que habría sido imposible. Las paredes ofrecían una hidra de lecturas que ningún humano o aparejador podría haber colocado.
Algunos textitos parecían referirse expresamente aquella misma circunstancia. Eran conjeturas, pues ninguno era tan claro y tan explícito como el primero. Al cabo de unas horas (tanta mi ofuscación) mi criterio para interpretar el significado directo o indirecto de las narraciones se había relajado mucho y cualquier cosa podía ser la clave de mi propio gesto indagador.
En una de las ocasiones en las que descansaba mi pensamiento paseando simplemente por las galerías, vi desde lejos a la mujer que tanto me había llamado la atención en el recital de la otra tarde. Cambié de interés y recogí valor para hablar con ella. Mi natural timidez me desvió de nuevo a rebuscar entre los textos, buscando aquel en el que se describía como iba a saludarla.

viernes, 10 de octubre de 2014

La tienda se encontraba al final de un callejón sin salida, donde compartía ofertas con locales de todo tipo. La fachada resaltaba por contraste con las demás; ella parecía ensimismada cuando las demás invadían el callejón con anuncios y reclamos. Había, pues, que sortear toda una selva de clientes y productos para encontrarla, casi por milagro.
La fachada constaba de un gran escaparate en el que se confundían objetos, imágenes y palabras; al lado, como una vieja sentada junto al balcón, una pequeña (diminuta en comparación) hermosa y sencilla puerta, tan delgada que se diría siempre abierta. Si cerrada, todo el conjunto parecería invisible.
Dentro te recibía un gnomo no más alto que tu ombligo, de miembros delgados como palillos que amenazaban con romper sus ropas (por eso gruesas), con bigotes de todos los colores pardos y grises bien poblados, hirsutos. Parecía andar siempre por el espacio casi inexistente entre los mostradores. Murmuraba; acompañaba sus respuestas con alguna interjección.
Unos entraban sólo por curiosidad y el gnomo los enredaba y acaban saliendo cada vez con algo que creían haber estado siempre buscando. Siempre volvían (nunca encontraban a más clientes allí). Para unos era más bien una consulta, para otros un taller; unos empeñaban, otros debatían. Allí se realizaban apuestas. Allí cuestionaban la filosofía y la ciencia. Configuraban regalos. Escribían panfletos difamatorios. Se concertaban encuentros clandestinos. 
Todos admiraban al gnomo. Desconfiaban de él; era inevitable. Le entregaban todos sus secretos, sin darse cuenta. Él los trataba con sumo respeto. Se reirá de ti. Su rostro te parecerá inescrutable. Cuando entres, te resultará imposible saber qué otra cosa vienen a buscar allí, es más, ni se te pasará por la cabeza que otros conozcan ni vayan a entrar jamás por la pequeña puerta, sencilla, vieja y hermosa.
Una vez fuera, nadie la recuerda, hasta que vuelve.

jueves, 9 de octubre de 2014

Brotó una higuera entre los pisos de una calle considerablemente estrecha. Saltaba de una fachada que se descomponía. Sus raíces fueron la ortopedia de una estructura destinada a la destrucción. Sus ramas parsimoniosas buscaban, qué si no, la luz. Se apoyaban en la fachada opuesta como los dedos de un amante en el cuerpo que acaricia durantes años. Así dedos, y brazos, y el hombro y el cuerpo entero tumbado sobre la fachada y creciendo hacia la herida de cielo. Sus ramas como un chorro de madera que desafía la gravedad, el tiempo y la materia.
La calleja era cada vez más hermosa. Enormes hojas o mágicos farolillos verdes. Olor de campo, burbujas del sol, en el centro más antiguo de una ciudad de sombras. En verano quiénes no se detenían. Los insectos cuidaban allí sus modales. Nada que decir de los gatos. De las parejas. De los turistas. De los poetas que utilizaban su estampa como soporte para su poesía urbana. Los versos eran absorvidos por el latex de sus múltiples tronchaduras (las ramas apretaban la calleja hasta el paroxismo), y serigrafiados por el jugo de los higos en descomposición. Incomparables las tormentas, ¡las tormentas!
Todas esas huellas influyeron en su crecimiento. La higuera se hinchaba durante años tan hermosa. Se convirtió en una torre, en un ramo colosal. Se convirtió en una cueva, en un laberinto de cuevas. Se convirtió en un monumento. Resistía la pobreza del invierno y el sadismo del verano. Resistía las obras públicas (tan complejas ya sus raíces). Resistía las navajas de los adolescentes. Resistía el Ana & Andrés. Resistía una y otra fecha de compromiso. El odio y la torpeza. El Ayuntamiento quiso proteger la higuera, pero se le escapó de las manos. Científicos y botánicos eran abducidos por la bibliografía que ellos mismos generaban y nunca visitaban. Los pájaros se hicieron reyes y su corte era mágica.
Un anciano se quedó dormido al pie de esa calleja, que era toda ella hueco e higuera. Como era un lugar protegido, nadie se atrevió a despertarlo. El aroma de los higos y las moscas le harían soñar con la niñez. O con el sexo. El anciano permaneció dormido durante años. Apareció en múltiples fotografías. Se le citaba en miles de chistes. Dio nombres a bares. Cuando las calles se desmoronaron y sólo quedó el esqueleto de las casas esculpido por las inverosímiles raíces de la higuera, el anciano aún estaba allí. Cuando remodelaron el barrio y cercaron por un elegante jardín la misteriosa higuera escultora de edificios, el anciando aún estaba allí. Los niños jugaban alrededor de su figura, nacarada de látex durante décadas. Subían como gatos, Jugaban como amantes. Soñaban como turistas. Surgió una guardia suiza de monos arborícolas, lemures, dragones aulladores, elfos, demonios con higos como testículos, con escudos hechos con hoja de higuera, con afiladas lanzas de pura luz.
Todo esto terminó la noche del incendio de las cartas de amor.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La lluvia empapaba sus ropas, sus cabellos, su sonrisa rebosante de lluvia casi no se veía, delirante de besos. Corrieron un poco y se refugiaron en un portal. El estruendo de la lluvia sobre los monumentos, sobre el piso de las calles y sus turistas, los tejados, los grandes chorros estridentes que saltaban de los tejados en picado hasta el suelo, hasta los turistas, hasta los besos, hasta la lluvia incipiente que casi no se veía, las carcajadas que se confundían con el estruendo de la lluvia. Sus cuerpos bajo el portal, apretados de puerta y de lluvia eran dos turistas. Sus ropas eran turistas de la lluvia y de sus cuerpos. Ellos eran turistas de sí, no estudiantes, no hijos, no ciudadanos. Eran visitantes del beso y de la lluvia. Y aún arreció más, y los turistas corrían y se refugiaban en los portales. El cielo apretó su gris tras las bofetadas de lluvia. Se imaginó besándola, salpicados de agua ya limpia de fuerza que llevaba, derramándose en sus labios que eran ya la lluvia misma. Y ella imaginó que la besaba, que la abrazaba sin escapatoria de portal y brazos, que su cuerpo entero la besaba hasta la boca, con sus ropas mojadas y sus manos de lluvia y sus brazos de lluvia y sus piernas contra ella, calles y frío y viento encendiendo su corazón. Tanto, que cuando se besaron realmente llevaban una eternidad empapados por la ficción que latía y sabían que en el recuerdo no escamparía, no escamparía ya nunca.

martes, 7 de octubre de 2014

Aprovecharon que Alex y Luis habían llegado al momento álgido de la partida. Estaban enfrascados en los lances y las apuestas. Aunque se hubieran dado cuenta de qué más sucedía, no se hubieran arriesgado a distraer su concentración. Así que subieron las escaleras (Marta delante y Papel detrás, volviendo la cabeza a cada rato, como si hubiera algún peligro) y entraron furtivos en el estudio.
Ernesto los miró entonces desde su lámpara pobre y moribunda. Papel y Marta se pararon como estatuas bajo el umbral, abrazados y sonrientes, con la mirada fija en Ernesto. Escaleras abajo llegaba desde la oscuridad el sonido vibrante de Alex y Luis, partida y espectadores. Al cabo de unos segundos, la pareja juzgó que Ernesto era inofensivo, un útil más de la mesa de estudio. Entraron en la habitación y se echaron en la tristísima cama, que los recibió con crepitante energía. Ernesto encanchó su mirada en el perseguir de labios. Se apresuró a recoger sus apuntes, sus cuadernos y sus libros, al tiempo que desviaba los ojos una y otra vez, alerta, hacia la pareja de amantes. Papel había descubierto el pecho de Marta, que se erguía entre las ropas empujado por una mano firme que buceaba entre sus pliegues (luego una masa de luz, pierna encendida de mujer que surgía y volvía a sumergirse, dispersó las falsas tinieblas) . El pecho de Marta brillaba atrayendo sobre él toda la escasa luz. Chasqueaban las bocas aquí y allá, en bocas y cuello. La lengua en el pecho no sonó. A la ropa que crujía al frotarse nadie le hacía caso. La cama reía nerviosa. Ernesto oyó, quizá por primera vez, los ruidos de la partida bajo sus pies. Apretaba sus libros con sus dedos ateridos. Marta hundió sus delgados brazos cintura abajo de Papel.

lunes, 6 de octubre de 2014

Se dice que el viejo inspector guardaba en un lugar secreto los viejos documentos que rescató de la guarida del ladrón de cartas. Los salvó del incendio. Los salvó del archivo de policía. Los salvó de los periodistas. De los ladrones vulgares. Mapas. Cartas. Diarios. Sobre el personaje que se inventó. Sobre la persona que era o la que fue. Estrategias. Memorias. Quién sabe. Nadie conoce esos documentos; todo es leyenda.
Se dice que los legó a su hijo, y este al suyo y así durante generaciones. Pero el árbol de descendientes es ya tan viejo y frondoso que es difícil distinguir entre ramas y hormigas. Por supuesto, la lista de sospechosos horizontales es finita; amplia, imprecisa, pero finita. Y sólo uno puede ser el depositario de ese legado. No sólo eso, es el depositario de su deseo; pues difícilmente se mantendría oculto sin cultivar el conveniente deseo. Si es que todo esto es verdad.
Se dice que una mujer se lanzó a la búsqueda. Un deseo así tiene que notarse. Investigó. Dicen que llegó a algo. Cuando me lo contaron no me quedó muy claro cuál era el objetivo de esa mujer, si el heredero o el legado del ladrón (el misterio por el misterio, el ejercicio de su propia inteligencia, el deseo, cualquier otra posibilidad velada a su torpe imaginación). Si aún vive, si alguien la conoció, yo estoy dispuesto a encontar a esa mujer, por más que sea leyenda de leyenda.

domingo, 5 de octubre de 2014

Crees que conoces a alguien porque identificas el sonido de sus llaves. El llavero de mi padre iba a reventar de tantas que tenía. Su sonido era inconfundible. Ahora podría decir que conocerlo era estar en casa cuando llegaba, ahora que no estoy yo, ni él, ni la casa. De entre todos los vecinos, aprendí cómo era el llegar de mi esposa. En cambio, confundo las voces de los vecinos y sus esposas: he vivido años en la confusión. Crees que conoces algo porque identificas el sonido de sus llaves. Y un día ves las llaves, las mismas que antes iban a reventar y ahora no pertenecen a nadie ni abren puerta alguna. En esta ciudad.

sábado, 4 de octubre de 2014

Cuando lo atraparon, sus vecinos-víctimas actuarían de oficio, es decir, siguiendo la deriva general de los actos. No podemos culparles de que no reconocieran a tiempo el increíble prodigio que fue simplemente sobrevivir al incendio, el mismo que horas o minutos antes (muchas, muchos) les había entregado una lluvia de trozos de amor en cartas incandescentes (que se extinguían en el aire pero sobrevivían en sus manos). Cómo exigirles entonces que analizaran la fina, meticulosa, sostenida, orfebrería, arquitectura, pedagogía, de su crimen.

viernes, 3 de octubre de 2014

Lo pilló de improviso, pues pensaba que el esguince estaba ya sanado. Varias veces había vuelto a hacer ese mismo trayecto, tan cotidiano, por lo demás (semanas). Cierto que cruzaba media ciudad, zigzagueando las indisciplinadas callejuelas; pero era su desplazamiento habitual. Su desplazamiento habitual. Su desplazamiento habitual. No se había percatado de cuánto llevaba cargando su tobillo ese día en concreto, y ni siquiera en el momento (lejano) del percance le había dolido tanto. Tanto. Y crecía con cada paso. Pero aún le quedaba ciudad por recorrer, barrio por recorrer y no le quedaba otra (descártese trasporte público por el garabateo del casco antiguo, al menos en el sentido a casa, antiguo). Se detenía, se armaba de dolor; y la pura tensión ultrafísica crecía simple con el tiempo, no ya con los pasos, hasta que y cada vez más insoportable volvía otra vez.
Podría pedir ayuda, pero qué transeúnte estaría dispuesto a alterar su itinerario, a cargar con él. ¿Por qué no se quejaba: ayúdeme, conózcame lo suficiente para un tobillo hasta mi casa?  Era esa la tortura de una confianza atrofiada. Ni lo intentó. Ni se le ocurrió. Con cada paso arrastraba la acumulación de pasos, las calles enganchadas, pasos-ganchos, calles-ganchos, las conversaciones de pie, un grillete creciente de inhabilidad social. Era el esguince de su amor el que le empujaba a seguir dilatando. El tobillo maldito y el llegar a casa. Los ligamentos de amistades mal ejercitadas que le llevaban a resistir sin confiar, de declaraciones truncadas, y dejar que el dolor fuera tatuándose en sus futuros sueños, quiero decir, huesos, quiero decir, besos, quiero, quiero, quiero.
Y seguía hasta su casa. No se rendía en brazos de la calle. En la coyuntura posible de una atención hiperbólica, fingida. De una ocasión salvadora, de gesto humano. Nada. El dolor tenía una hoja de ruta. La de siempre, por más que dolor. No atendía a su amante, esguince, seguía y seguía. Fragante tarde de primavera dilatada de regreso.
Nadie en realidad pensaba esto porque era sólo esguince y dolor y seguir por la calle. Y a nadie más que a él (que ya era tobillo, dolor y objetivo-casa) se lo comunicaba. Y por renunciar a conocerlo se le quedó grabado, sin significar nada.

jueves, 2 de octubre de 2014

Comprobaron que indicaba puertas allí donde no las había; pero también donde nunca pudo haberlas. En ocasiones eran lugares absurdos. Dedujeron, entonces, que situaba puertas donde quería simbolizar encuentros amorosos. Si se trataba exclusivamente de besos o admitía otro tipo de encuentros era difícil de dilucidar, y el debate acabó derivando hacia si la cuestión era o no pertinente. Otros llegaron a considerar que aquellos símbolos de puertas simbólicas eran la clave de todo el código cartográfico (si puerta equivale a x, ventana es y, calles z) que escondía no la organización de la ciudad sino las relaciones personales de sus habitantes. Más adelante, surgieron los que consideraban que allí había algo más que una descripción criptografiada: toda una filosofía de la relaciones personales (aún desconociendo realmente el significado del código supuesto).

miércoles, 1 de octubre de 2014

Como el Ayuntamiento consiguió convertir los subterráneos, primero, y las casas y calles del barrio antiguo, después en una especie de parque temático, en un gigantesco diorama arquitectónico del concepto de hiperrealidad (de no ser porque aquí era la reconstrucción de un relato, tinglados más ficticios que la ficción), por la que se movían turistas, eruditos, funcionarios y comerciantes; como la ciudad había sido inundada por una marea de impostura, decidieron fundar en los pisos altos, una nueva ciudad. Grandes empresarios, snobs, casanovas de todo tipo, idealistas sociales, hedonistas utópicos, fueron los colonos pioneros de esta ciudad al elegante borde de la depravación que hoy se extiende de torre en torre.

martes, 30 de septiembre de 2014

Porque observaba noche tras noche la tenue luz de su estudio y las sombras que fuera proyectaba de su figura encorvada, de sus intermitentes apuntes, de su ir y venir de libros, el roce de las hojas pasadas con decisión. Se apostó durante mucho tiempo al pie, al final de su calle. Rara vez aguantó una noche entera, y concluyó que Ernesto (aún no conocía su nombre) tenía más tesón y paciencia para estudiar, lo que fuera, que el propio Luis para estudiarle a él. Eso lo encorajinaba y lo fastidiaba y al cabo de los días lo llevaba de vuelta bajo la ventana de Ernesto. Tanto, que fue así como acabó topándose con Alex, de quien, ofuscado como estaba en el estudio de esas sombras, no supo ocultarse.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Guardaba numerosos planos en láminas y cuadernos. El lugar de las puertas en cada calle y las ventanas. La disposición de dormitorios y salones, así como de los patios accesibles. Los tejados. De las grandes casas centrales tenía detallados los pasillos secretos, los accesos furtivos a las cloacas, a las catacumbas, al lago interior que soñaba por debajo de la ciudad como un corazón de agua inventada. Era aquel el producto de una ardua labor de escritura. 
Posiblemente de noche, tal vez en las más bulliciosas fiestas locales, visitaba los hogares en los que sabía que había historias de amor. Cuando él mismo se enamoraba, buscaba cómo provocar la relación entre amables. Les creaba el deseo y la distancia suficiente como para que escribieran correspondencia proporcionada al amor que en algún momento sintiera él mismo. No podían saber que les había provocado el amor sólo para robarles las cartas.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Aumentaba el número de los que apostaban que no ocurriría. El potencial de beneficios atrajo la elaboración de infraestructuras, de economías secundarias (apuestas parciales, interinas, sobre el proceso y luego terciarias, fraccionarias, la matemática se diversificaba en la colonización de apuestas). Los discursos, interesados o no, proliferaban a su vez: la mayoría venían con sus elucubraciones a dibujar el suceso cada vez más complejo y difícil, otros parecían explicarlo con una clarividencia que hacía crecer el valor de las apuestas.

sábado, 27 de septiembre de 2014

La lluvia trajo una noche prematura a los tejados de la ciudad y las murallas dejaban caer torrentes como remedando las fuentes indomables de la sierra. El agua, sin embargo, resbalaba sumisa por el aceite de su yelmo y de su curaza negra de sangre imborrable.
-Mira delate de ti al Látigo de Oriente, al Gran Semental, al Único Inmortal entre los hombres de nuestro tiempo. El bosque de estardartes que se levanta detrás, quiénes son sino mis ciento cuarenta y nueve hijos, a los que no dejaré morir esta noche, ni ellos mismos lo consentirán bajo mi vigilancia. Entrega ahora la ciudad. Comprende que son mías sus torres, mía la esperanza en el vientre de vuestras mujeres; y que tu mirada no caiga agotada ante el hambre y la sed que con mi cuerpo presento ante tu puerta, pues si aprecias tu vida, querrás servirme.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Elegante genuflexión para atarse los cordones de los zapatos. Antes de alzarse, la puerta le parece enorme, anciana o mítica. Pero está cerrada. En la fachada hay un roto, pequeño, bajo: casi tiene que arrastrarse o escurrirse de lado para entrar, arrancando otra dosis de seca masilla al deterioro. La grieta, no obstante, parece desde dentro aún más estrecha que antes. Ha atardecido de repente. El zaguán (gigantesco o angosto, son sombras, nubes, sus límites) está hinchado por partículas de polvo, flotan, iluminadas desde algún lugar impreciso. Los libros y los escombros se confunden. Están por todas partes, accidentando el suelo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Añoraba tanto su conversación de vértigo. Era terrible comprobar tantas veces que sus nuevos interlocutores no llegaban a avivar la urgente dinámica del hablar con ella. Y en ese soporte extraño del recuerdo creía distinguir perfectamente, no la memoria imposible de las conversaciones, sino el abrazo de su dedos removiendo el café, y esa era la imagen sustitutoria de quién sabe qué lance, y del cruce de sus rodillas y de la textura sólo imaginada de sus pantalones, que eran en su memoria el código secreto con que se había grabado ardientemente aquellas sesiones ¡ahora tan escasas!, aquellas tardes de verano incipiente, aquellas cartas cogidas al vuelo de sus propios labios.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Sus piernas eran increíbles. Se levantaba de la mesa y la veía alejarse sostenida por prodigio tal y era imposible mantener resaca alguna de la conversación. Luego desapacercía y antes de volver llegaba a replantearse cuánto de justo era aquel punto y coma que acotaba cuanto pudiera haberse dicho. Justo para su conversación, para él, para la historia, para ella. Si ella era consciente, cómo no, de aquella puntuación, todo cuanto habían estado hablando qué otra dimensión ocupaba: cuanto había sentido, cuanto había rebatido, cuanto había imaginado, cuanto había con ella danzado en la palabra, en el coqueteo de la voz que casi se comparte. Y luego la veía alejarse y luego acercarse en su inevitable exhibir dos lazas de deseo. La imaginación cortaba a la imaginación, donde uno quisiera escalar como un conquistador, sus piernas inigualables una y otra vez, o descender como el que desciende de una cima deslizándose eternamente a tal velocidad, o el simple turismo de la contemplación ociosa. Sabría que si alguna vez se despedían estaría condenado a aquel punto y coma de sus piernas que nunca acababan, que prometían continuidad. Que robaban el sentido de cuanto había sido dicho, pensado, imaginado, mientras compartía plenamente ella con él su presencia.

martes, 23 de septiembre de 2014

Lo cruel es que aún muchos consideran su trabajo una ardua locura, una obsesión decadente de una mente desquiciada. 
Cuando destrozaron su violín en la misma calle, ciertamente sufrió lo indecible. Uno de los violines más perfectos que se habían construido nunca. Aparentemente ajeno al peligro, se empeñaba en recoger los infinitos restos diseminados. Tuvieron que agarrarlo entre varios para sacarlo de la calle; no es que forcejeara, sino que su empeño por recuperar los trozos de violín tenía una urgencia irresistible, y el miedo de los que pretendían auxiliarle dificultaba todos los movimientos embarullados del moemento.
Durante años fue muy fácil encontrar al viejo (cada vez más) violinista escudriñando adoquines y paredes siguiendo el rastro de los trozos desperdigados por la violencia y por los pasos y los vientos de ir y venir. Consiguió un nuevo violín, un violín, de excepcionalidad común. Paseaba por toda la ciudad tocando piezas matemáticas con precisión rigurosa. Analizaba la acústica, porque sospechaba que con la diferencia de sonido reverberando en aceras y fachadas podría localizar los restos de su querido violín, impregnados de perfección y sentimientos.
Claro que el Ayuntamiento acabó homenajeando a ese pobre loco, por lástima colectiva y cariño de su música itinerante. Hasta que empezaron a estudiar el efecto que sus horas de música, esperanzada, rigurosa, matemática, tuvo en las piedras mismas, no ya en los corazones que habitaban tras ellas. Decenas de músicos, de físicos, de científicos y esotéricos de toda clase empezaron a estudiar los efectos ¡reconocibles! que había ido dejando en calles sí, calles no y donde sospechaban que había podido rescatar algún trozo de su violín.
Luego alguien empezó a dejar constancia de lo que acarreaba ese trajín de estudios. Cómo la cultura y hábitos de la ciudad había reaccionado a los grupitos y parejas de investigadores. La bibliografía aumentó en una progresión reconociblemente curva. Las bibliotecas se fueron nutriendo de análisis estadísticos. 
Algunas tesis probaron luego que los sistemas documentales constados en estudios bibliográficos guardaban una correlación matemática de lo que había sido la búsqueda del violinista, como un espejo. Otras tesis, como negativos o moldes, conseguían con pruebas igualmente rigurosas, refutarlo.
Apasionados debates se daban cita en los centros de congresos, en las tertulias radiofónicas, en las tabernas de la ciudad.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Los lobos se quedaron en la ciudad varios meses. Durante el día era imposible encontrarlos. El Ayuntamiento y varias comunidades de vecinos organizaban batidas cada vez más multitudinarias y siempre infructuosas. La hipérbole y el misterio engordaban a la par que la frustración. Y por las noches el miedo mantenía las casas llenas y alerta; las calles prestas a los equívocos ecos. No hubo ni una sola prueba de los incidentes y sucesos que se relataban por doquier. Por supuesto conocí a muchos que aseguraban haber estado cerca del incidente, de conocer (ellos) a testigos directos de los hechos. Pero sólo Alicia me resultó convincente. No sé si sus historias o era su tono de voz o una predisposición mía la que me hacía creer, cuando nadie conseguía perturbar mi desconfianza.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Agustín no sabía qué hacer, así que acudía cada tarde a la consulta de Z. Pero, en ocasiones, cada vez más frecuentes, el mismo Z se quedaba sin ideas. Exprimía su cerebro y comprendía la profunda desazón  que atenazaba a Agustín. Precavido, decidió investigar durante la semana y consultar él mismo a varios colegas, en busca de actividades y asuntos de interés. La apatía de Agustín era tan profunda que los ayudantes de Z tuvieron que acudir a su vez a otras consultas. Siguiendo la reacción en cadena, pronto la ciudad entera estaba enredada en búsquedas constantes de investigación y consulta, con el objetivo final de ayudar a Agustín cada semana a encontrar algo en que ocuparse. En ocasiones esas actividades consistían en que Agustín ayudara o comunicara las actividades propuestas desde el sujeto B hasta el sujeto C, que a su vez eran asistentes de X y finalmente nutrirían el consejo de Z, lo suficientemente distorsionado al llegar hasta Agustín que éste era incapaz de reconocer implicación alguna. Años después, la madeja de actividades y búsquedas funcionaba como una imparable bola de nieve de calle a calle de la ciudad, de día en trabajos, de noche en sueños.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Uno de sus sueños recurrentes se hizo realidad años más tarde cuando un amigo dobló una esquina donde sólo había pared. Era, hasta entonces, había sido, una calle larga y recta, sin cruces, porque era la calle que bajaba por el perfil de la perdida muralla, ahora transformada en una sucesión de casas. Sólo algunas puertas. Pero el amigo giró, y en ese movimiento creyó que no desaparecía de la calle sino que se introducía en sus sueños. Lo condujo a una calle estrecha que surgía de alguna puerta. La calleja era más bien una escalera. La escalera era en realidad una sucesión de patios diminutos. Requiebros y requiebros que deberían ante toda lógica destruir las direcciones y haberse topado de nuevo con la misma calle, la de siempre. Pero no. Salieron juntos a otra que era, hasta entonces, había sido siempre incaccesible desde la primera. Tantas veces había soñado ese mismo descubrimiento. Un atajo en una ciudad supuestamente de piedra.
Porque de niño había callejeado de noche sin saber y las callejuelas se habían infiltrado en su alma. Porque de adolescente se topaba con lugares imposibles detrás de recovecos absurdos. Porque la ciudad durante años y vidas seguía retorciéndose entrecruzándose circuvolucionándose, como el espacio mendiante entre los cantos rodados de su suelo.
Uno va pisando niñez, amistad y sueños. En la ciudad de las salidas innumerables.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Miguel se presentaba en las fiestas como Teo. Al final de la velada reconocía que se llamaba Víctor y que debía ser discreto debido a su puesto en el consulado. Todos los documentos oficiales los firmaba como Mr. Thompson. Entre sus más allegados se gustaba como Mandy. Sólo cuando deseo disimular fingía ser yo y si me preguntaban reconocía que me encontraba fuera de la ciudad. Esto acarreaba, al más conocido como Arturo, no pocos problemas. El más interesante le ocurrió cuando su familia descubrió que no respondía por el nombre de Vicente.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Por ejemplo, todas las leyendas mienten sobre la Torre de San Juan. Son muchos los que conocieron al atávico erigidor, cuando frecuentaba las tarbernas para seducir a hombres brutos, con los labios torcidos a base de finos, y las columnas encorvadas de hablar de fútbol, de toros y de obras públicas. Decidió no cortarse el pelo hasta que encontrara el hombre honesto capaz de salvarle a él y a toda la ciudad. Para ello decidió esperarlo en el balcón de su casa, donde terminó pasando hora tras hora. Los transeúntes lo veían peinar su melena creciente y peinarla y florearla balcón abajo, a década creciente.
Cuando su melena tocaba el suelo, elevaba el piso del balcón. Al cabo de unos años era obvio que ya no podría bajar de su prisión, que no quedaba más remedio que un héroe subiera a rescatarlo. Pudiera parecer que lo que quería con su trenzada melena es que subieran por ella para salvar la altura de la torre; pero los que lo conocieron en los mezquinos bares, sabían que todo era una escusa para crear esa torre y que se volviera inaccesible, y demostrar así que nadie era tan hábil escalador de intenciones como para salvarlo. Todo eso sí, disimuladamente. Y así, subiendo piso tras piso, trenzaba con quejas, lamentos, un nuevo nudo en la melena de su patético orgullo.
Curiosamente (la muerte le llegó saltándose los formalismos) las inclemencias del tiempo fueron erosionando la torre, enmenudeciéndola, ridiculizándola. Cuando los cristianos llegaron a la ciudad la confundieron con un minarete de alguna mezquita que ellos mismos habían destruido. La única manera hoy de reconocer la torre es paseando bien borracho de finos, siendo muy cínico, y sintiéndose convencido de que al doblar la esquina, esta triste torrecita lo convertirá en un héroe.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El sol no sale en el verano durante días enteros. Largas horas de tortura tras las persianas. Las horas auténticas acumulan macetas en las terrazas, de cháchara, tomando pinchos y cervezas, tapas y así hasta el momento del sudor y la soledad. 
Sólo esa especie ejemplar, modelo de conducta, envidia de la civilización moderna, los turistas, delira (en colectivo) con un sol que da sombra a su paseo, acaso ignorantes de la sólida y palpitante verdad que se oculta tras las ventanas, una sola verdad común en todas las casas: el sol no existe. Las persianas locuaces dan buena cuenta, sádicas, de lo que debe saberse.
Llegando la aurora, enjambres de ciclistas se derraman en el Vial dispuestos a libar la sierra con su esfuerzo (piernas y cháchara hasta perderse en la selva). Por ese hito cotidiano, multicolor, se mide el día. Y no por las divagaciones de los que ocultos en la sombra de su infierno escriben y escriben tecleando sangre mojigata para las pantallas de aquellos que escriben y escriben ojeando sangre mojigata días enteros, encerrados, acaso dioses.

martes, 16 de septiembre de 2014

Había estado robando cartas, cartas de amor. A su guarida fueron llegando durante generaciones detectives. Quedaban prendados del botín (imaginemos: pasillos, salones, catacumbas rebosantes de cartas de amor desde generaciones, en anaqueles, baúles, suelos). Sin darse cuenta se convertían en los guardianes del tesoro. Los siguientes detectives llegaban tras las pistas y tenían que encontrar a febriles defensores de su trozo de tesoro. Los detectives iban más allá sin saber que luchaban contra los fantasmas de su futuro. 
Sólo un héroe llegó a superar este endiablado proceso. La casa entera ardió en uno de los incendios más monumentales y menos recordados de la ciudad. Durante diecisiete días con sus noches llovieron pavesas de cartas de amor. Todo el campo en legua y media alrededor quedó abonado por la tinta quemada de las cartas de amor. Nadie habla de ello, pero es seguro que aún hoy se conservan trozos de cartas que sobrevivieron, retales de palabras de secreta conexión. Nadie habla pero brota la sospecha del suelo y de los campos en legua y media alrededor. Sospechas de deseos.
Y como todos se esfuerzan tanto en ocultarlo, los más avispados pueden intuir los deslices entre su lenguaje cotidiano.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Como se hicieron célebres los largos debates entre Alberto y Bartolomé. Comenzaban en cualquier plaza y luego se alargaban dando paseos por la Judería sorteando los más alambicados vericuetos dialécticos. Los razonamientos de ambos eran tan atinados al tiempo que dispar su punto de vista que con facilidad acaparaban la atención de oyentes cercanos, hasta el punto de que empezaron a seguirlos en sus paseos. 
Ellos, enfrascados en el análisis de sus discusiones, no echaban cuenta (o sí, eso habría que determinarlo con testigos de sus conversaciones) y ensortijaban sus trayectos por las callejuelas. La circulación de paseantes se volvió densa y solía ser difícil seguir la procesión; tanto que toda una calleja podía rebosar seguidores y resultar imposible verlos a ellos mismos. 
Pero lo peor era cuando entraban en alguna tetería. Allí pasaban horas sin abandonar el sitio, con solo un servicio de té. Entonces las ventanas se convertían en objeto
de disputa. Acalorados combates por situarse en primera vista. Por oír algo de la conversación o de las discusiones que mantenían los que sí oían algo.
Todo el barrio antiguo se convirtió en un ir y venir de discutidores, mientras que a Alberto y Bartolomé casi nadie los veía. Se suponía que estaban allí y que alguien los escuchaba de veras. Pasaron los años y, claro, había rumores de que alguien los había visto, que los había acompañado por el Puente Romano, que se habían sentado con ellos en la tetería (esto era absolutamente inverosímil, dada la demanda); pero siempre era mucho mayor, de una proporcionalidad terriblemente matemática, la cantidad de personas que nunca tuvo contacto directo con los sabios.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Al oír aquellos ruidos, suspiros, casi gritos casi contenidos, imaginó que eran su amante y su mejor amigo, que apretaban sus cuerpos, que se buscaban rincones nuevos del cuerpo hasta encontrar un placer ignorado, que follaban, que se zambullían en una cascada de carne y sudor y saliva y labios y la cremosidad del bello, tal vez sangre. Aunque Héctor aún no tenía amigos, ciertamente, ni había tenido jamás amante alguna y ni remotamente tenía noticia del sexo salvo lo que su propio cuerpo pudiera insinuarle.
Héctor localizó la ventana desde la cual se derramaban palabras y suspiros y los comentarios jocosos de los muebles. La calle desierta alentaba el rumor de los amantes. El estruendo de una bandada de pellizcos salía de esa ventana. Héctor, ya había salvado fácilmente los setos, se dispuso a escalar la fachada de ladrillo, antigua. Su figura de escalador incipiente pegada con ansia a la pared. La ventana estaba allí, tan cerca que era la tentación misma, tan vertical como el mismo imposible.
Héctor, tratando inútilmente de escalar la ventana construía con su cuerpo el deseo de encontrar allí al amigo creado, además el cuerpo de un hombre, y el deseo de encontrar allí a su amante, además el cuerpo de la mujer. El acto mismo era la pertenencia, la pertenencia de todo ello.
La calle desierta le privaba de ningún testigo de su acto inútil.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Los tres padecían largos periodos de insomnio. Alex frecuentaba tascas de juego, los tugurios sombríos en los que se apostaban insólitas pertenencias, los pisos de estudiantes donde se organizaban esotéricas orgías, duelos a muerte. Luis deambulaba solo mascullando pensamientos viles, gloriosos, estrategias en cada rincón de la ciudad poblada de ecos, gatos y sombras. Debieron conocerse ellos primero; sin embargo, Luis dio antes con la luz encendida en la buhardilla de Ernesto, quien consumía más horas que su lámpara en estudios y lecturas.

viernes, 12 de septiembre de 2014

En el principio era un café. Ella llegaba tarde y él se sentó en la terraza con aire de suficiencia. 
Trataba asuntos serios, ya ves, y contundentemente se negó a perder el tiempo en fruslerías. Ella se apartó ofendida como si los asuntos fueran ella misma en el desprecio. Se fue a hablar con otro grupo despechada en el irse, despreocupada en el llegar. Pero estaban conectados: cuando le concedió, temeroso de haber perdido la oportunidad, otro momento, una cita, un café, para hablar con calma.
Ella apareció casi al instante en el que él llegaba. Prescindió de prolegómenos. Estaba desconcertada.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Remington echaba de menos a una mujer que no había conocido nunca, precisamente por no haberla conocido. Ni siquiera se explicaba de dónde habían surgido esos sentimientos que como una humedad había ido coloreando sus pensamientos. Lo más probable es que ni siquiera supiera, al principio, en qué consistía, que fuera anhelo o nostalgia, verbalizable. Ningún otro tenía noticia de sus fantasías previas. Él mismo no atesoraba en su yo memoria de sus fantasías. Nadie lo había sorprendido nunca en plena danza imaginaria con su Liz imaginaria. ¿Vamos a deducir ahora cómo lo descubrió?
En primer lugar, sentía. Sus sentimientos, no definidos ni ordenados por el discurso, eran una realidad evidente.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Se sucedieron de forma similar varios ciclos en que el meme de la Puerta del Perdón se hundía y volvía, porque en la red nada desaparece y porque el monumento sobrevivía a las crisis humanas y los desastres. Pero yo estaba inquieto: los muertos nos volvemos muy egoístas y como veía que en tanta eternidad no se me prestaba atención, yo que era el creador de esa idea, decidí reivindicar como fantasma lo que no supe reivindicar avant la corps
Diría vagamente que tardé años incautos en darme cuenta de la inutilidad, la ridiculez, la pantomimería de mis actos de fantasma. No porque carecieran de estilo, sino porque en aquellos tiempos, el turismo era escaso y difícil y la gente en general hacía poca vida en la calle, y menos en las calles de ciudades antiguas, prácticamente nada en estos países desprestigiados. Nadie era testigo de mi vergüenza.
Tuve que aprender a manifestarme en los medios de comunicación. Acabaron detectándome, pero no llegaron a saber de qué se trataba. Era un fenómeno singular y misterioso. Se escribieron muchos artículos sobre mí, incluso alguna tesis. Pero era pura investigación, un problema difícil de definir y sólo parcialmente solucionable. Por mi culpa, los pocos que aún prestaban atención a las viejas leyendas de la Puerta del Perdón acabaron desapareciendo. 
La puerta abandonada, las calles abandonadas. La humanidad cambiaba y mientras más evolucionaba más lenta se volvía mi habilidad de adaptación. El vocabulario dejó de ofrecer términos que animaran mi esencia, mi ser, mi fantasía. La filosofía resultante se desarrollaba en otras dimensiones. Por tanto, dejé de existir.
No pude dar cuenta del deterioro del monumento. De los eones agolpándose sobre las piedras. De el breve empuje de la tectónica antes de que a una nueva humanidad le diera por escarbar y reencontrar la Puerta. Ellos imaginaron entonces sus propias costumbres (no puedo saber cuáles) rodeando los usos del monumento. Allí donde poníamos las citas ellos pensaban que sucedía x. En el lugar de las fotos interpretaban que y. Si el erotismo, entonces z

martes, 9 de septiembre de 2014

Y fue así como pasó de moda. La gente no sabía lo que hacía. Llegaban desde lejos y hacían fotos, no sabían muy bien por qué. El monumento seguía allí, la torre seguía allí, la puerta seguía allí. Allí mudo el letrero grabado en el suelo indicando que esa era la Puerta del Perdón. 
Entonces, esfumada mi juventud social, mi vida romántica, decidí escribir un relato sobre la Puerta y su letrero. Colgué mi relato en internet. La escasa repercusión y el largo tiempo llevó una vez más la idea de casa en casa, con ese pulcro anonimato que tanto me gusta, y, por cosa de los motores de búsqueda, cuando los turistas llegaban a la Mezquita y enfocaban la torre o la puerta, la realidad aumentada los llevaba a ese relato y otros muchos que se habían ido generando, porque la gente de mi generación que... en fin, todo eso.
Ahora cada cual quería contar su encuentro bajo la Puerta del Perdón en su blog, en su página privada, escribían microcuentos autobiográficos dando su toque personal sobre la Puerta, la Mezquita, la libertad, el amor, el futuro, el Perdón, y todas esas intelectualidades de la pura inocencia y el erotismo. Cuando los famosos se sumaron a la idea y cuando el dinero se sumó a la idea y cuando las nuevas generaciones se sumaron a la fama y al dinero, la red de redes estaba plagada de Puertas del Perdón que contaban historias, y luego surgieron las Puertas de la Tardanza, y las Puertas de la Envidia, hasta que los fanáticos, los puristas, los exégetas se empeñaron en recordar que el origen de todo esto era la Mezquita con sus puertas y que esos debían ser los nombres; no yo (que por otra parte, hacía años que había muerto) sino la Mezquita con sus puertas incontables.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Aquel amigo se rio de mí; pero luego se dedicó a usar mi idea con sus propias citas. Sólo que él no aguardaba discretamente sobre las palabras grabadas en el suelo; sino que, según el carácter de la mujer de turno (porque él sólo hacía esto con mujeres), las embadurnaba con una perorata sobre el perdón y el erotismo, el perdón y el futuro, la palabra y el perdón, la palabra, el perdón, el espacio, el erotismo, el futuro, la mezquita. Con humor, él era jovial y más dicharachero que yo. Hasta que se cansó o se olvidó, no sé como pasó la cosa.
Sin embargo, debido a la promiscuidad de mi amigo (cuyo nombre mantendré en silencio como si estuviera escrito exclusivamente en el suelo) en Córdoba se puso de moda concertar citas románticas ante la Puerta del Perdón. Y luego citas de amigas. Encuentros sin más. Las citas a ciegas se hacían selfies en la Puerta y difundían su Perdón y su encuentro por las redes sociales.
Se convirtió en un fenómeno de masas. De todos los países del mundo venían autocares llenos de turistas que le hacían foto al letrero en el suelo y obviaban la puerta y la torre; soliviantando los ácidos comentarios de los pedantes. Pero claro, como se reunía tanta gente, resultaba muy difícil concertar una cita viable en la Puerta del Perdón. Los enamorados y los culpables se vieron desplazados por los turistas. 
Aún durante un tiempo se mantuvo la moda. Sin sentido. Pura hiperrealidad. Mientras las parejas quedaban relegadas a concertar citas en las puertas de sus casas.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Las puertas de la Mezquita de Córdoba son incontables. Un hombre serio, cariacontecido, mira los planos y en sus apuntes ve puertas con nombre; pero hay arcos que antes fueron puertas y paredes que antes fueron puertas y antes hubo paredes con puertas donde ahora hay aire, y uno acaba confundiendo cada arco con el aire y los muros y en el suelo vemos escritos los nombres de las puertas y las losas de las tumbas y los cimientos marcados de una torre sólida que ya no está. 
De todas las puertas, la menos original es la Puerta del Perdón.
Una mañana observé a un hombrecillo intentando dibujar la silueta de su propia sombra a la sombra de la Puerta del Perdón. Cuando se fue, me acerqué a comprobar su dibujo. Era muy difícil reconocer en esa superficie la figura de un hombrecillo encogido dibujando su propia silueta.
A la tarde, la lluvia habría borrado inclemente su dibujo. Pero he aquí mi memoria.
Cuando yo era joven y en mi vida social abundaban los encuentros eróticos, me gustaba concertar citas en la Puerta del Perdón. Esperaba a mis amantes justo encima de la palabra, cuidadosamente grabada en el suelo. Cada cita en la Puerta del Perdón. Creo que nadie se dio cuenta nunca; pero yo tenía la convicción de que aquello tendía su efecto.
Pero una vez, cansado de que mi juego secreto nunca se viera reconocido, decidí contárselo a un amigo.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Remington supo un día que Liz se había mudado hacía ya dos semanas. De golpe, fue una noticia sin más; pero poco a poco esa información fue subvirtiendo la fuente de sus fantasías. Porque todo lo que había imaginado en esos días en los que ella ya no estaba se invistión de cierta falsedad. Y cuando Remington volvío a imaginar que leían juntos en el salón, supo que aquello era imposible, que Liz no se correspondía allá arriba; pero es más, le hacía cuestionarse fantasías pasadas, pues ¿qué fantasma había leído con él entonces, había pasado la fregona, había regado las plantas? 
Por primera vez las fantasías se tejían entre ellas formando un extraño discurso. Al principio no directamente unas con otras, unos actos con otros, sino que surgían en su mente la fantasía del acto con su correspondiente fantasma. Si imaginaba que Liz se quitaba cotidianamente las medias mientras él se ponía el pijama, surgía aquella fantasía en la que ambos merodeaban la cama antes de acostarse pero que resultó ser falsa, porque Liz ya se había marchado entonces. Después se conectaban con todas las fantasías de cama, y con las fantasías de medias, calcetines, pijamas... 
Era incómoda la diferencia entre aquellas tres formas de imaginar a Liz: 1) aquellos actos que ya pertenecía al recuerdo y eran ciertos, 2) aquellos del recuerdo pero devaluados, 3) los gestos nuevos que de cotidianos pedían a Liz pero que se sabían solos. 
Liz nunca más.
Y Liz nunca había sido.
Aunque los otros movimientos e ideas funcionaran independientes de aquellas fantasías, la falta de Liz supuso una picadura constante en todo su ser. Cada dos por tres le asaltaba el extraño déjà vu que alteraba su respiración y su pulso. A veces hasta tenía que parar su gesto, porque (aunque no siempre lo recordaba) ya no podía acompañar la imagen de sí con la imagen de Liz en esa misma habitación. Porque Liz ya no estaba.
Y lo más terrible era que nunca había estado. Que todo habían sido fantasías, y que ahora las fantasías estaban vaciadas por una ilusión de falsedad, debido a esas semanas de confusión.
No, no, no; aún peor era que Liz realmente estuvo siempre allí, al otro lado de su fantasía, en el auténtico piso superior, y él nunca hizo nada por conocerla, porque tenía a su Liz en su piso, en sus gestos.
Ahora, la falta de Liz, real, se enganchaba a los pensamientos, reales, y a las personas que llegaban al piso (primero) o que encontraba en la calle (después), o sus amigos de siempre. Ya no eran fantasías aisladas, sino que tejían el sentimiento de su respiración al hablar con alguien.
Al despedirse de alguien.  

viernes, 5 de septiembre de 2014

Remington sentía celos cuando algunas noches oía el obsceno somier de Liz. Eran punzadas de celos en los oídos y en el estómago. En la espalda cuando se daba la vuelta para esconderse, inútilmente. En la piel cuando se tapaba a disgusto con la sábana o la manta, según la época del año. En verano era peor: las ventanas abiertas y el aire caliente daban volumen a los sonidos, y los celos aumentaban al pensar que otros vecinos pudieran gozar los mismos celos que él, los mismos obscenos soniquetes del somier de Liz.
Nada más, pues Liz hacía el amor tan descalza que tampoco se la oía a ella, sólo a su cama cómplice o traidora. Acaso luego, en los sueños, Remington subiera hasta ella, haciendo del pensamiento una flecha no aislada. Pero Remington nunca recordó haber trepado por la fachada desde su sexto hasta el séptimo de los amantes. Y él tampoco fue nunca el amante de Liz por culpa de los celos. 
Remington se imaginaba a veces que los cuerpos ofuscados en el sexo le molestaban en su propia cama, y él tenía que hacerles sitio, a regañadientes. Y cómo saber si entonces los sueños eran ese espacio otorgado.
A la mañana, el efecto de los celos cuando preparaba el café.
A la mañana, la resaca de la fantasía que no se dilata y no se enreda.
Todos los actos del día hasta el reencuentro de las noches.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Remington vivía, usualmente, solo en su piso. Liz, al menos desde fuera, parecía llevar un estilo de vida similar. Mañana de trabajo, tarde de solteros, noches variadas fuera y generalmente la misma dentro. De vez en cuando, uno u otro, llevaban amigos a sus casas, amantes, novios. Durante los casi diez años que fueron vecinos, cada cual tuvo parejas más o menos estables, ninguna especiamente importante a posteriori, que perturbara su dinámica de juventud.
Tal vez sea necesario explicar por qué jamás hizo nada Remington por tener más relación con Liz. Explicar esta necesidad también resultara conveniente, tal vez. La razón, convenza o no, es sencilla. Las distintas fantasías de Remington se desarrollaban en pequeños lapsos independientes. Cada fantasía no se relacionaba con ninguna otra de ninguna otra faceta del pensamiento de Remington. Era algo semejante a un movimiento involuntario de nuestros dedos sobre el cabello, o a la técnica personal con que apretamos un interruptor o atamos unos cordones. En realidad no estaban unidas entre sí. Pensemos en Remington en un gesto en una habitación, fantaseando con ese mismo gesto cohabitando con Liz, y solo el gesto y no ellos mimos.
Por esto, cuando alguna vez se cruzara con Liz en la escalera, no sentía necesidad alguna de ir más allá, pues intuitivamente ya tenía satisfecha su intimidad con ella. Hablaban del tiempo en esas conversaciones fáticas entre vecinos. No pensaba en Liz al abrir la puerta, todo lo más abriendo la puerta. No pensaba en Liz si pensaba en su trabajo, en su familia, en sus amigos, o en las noticias, acaso si se sentaba, en el momento de sentarse, si se levantaba en el acto de levantarse. Ni mucho menos pensaba en Liz cuando hablaba, por teléfono, y menos aún cuando tenía visita. Pero por otro lado, que hubiera allí alguien con él, que amara a alguien, que pensara en alguien, no impedía que al recorrer el pasillo imaginara que Liz pudiera recorrer el mismo pasillo con sus pies descalzos, portando algún objeto de turno o vistiéndose o desvistiéndose. Unos pensamientos no influían sobre otros.
Acontecían con la impetuosa y rudimentaria combustión de una estrella fugaz en el intenso firmamento de distintas noches. Con su rápido boceto de deseo que no ha sido apuntado.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Remington pensaba muchas veces en su vecina Liz, la que vivía justo encima de su piso. Dado que ambos pisos tenían el mismo diseño, imaginaba que cuando Liz se movía lo hacía en realidad en el piso de él, o viceversa. No siempre imaginaba que compartían movimientos, a veces los superponía. Por ejemplo, suponía que cuando él cocinaba, ella también cocinaba justo en el mismo punto y en la misma posición delante de la encimera. Se confundían entonces él con su cuchillo pelando patatas y ella con el suyo cortando ajos, por ejemplo, y ambos despojos caían delante confundidos. Y se imaginaba pidiendo permiso o perdón por interrumpirse al coincidir en el chorro del grifo al lavarse las manos.
O esquivándose por los pasillos. Imaginaba que Liz caminaba siempre descalza, porque rara vez escuchaba sus pisadas, incluso cuando la había visto subir o sabía ciertamente que estaba en casa. O, si oía las cañerías jugueteaba con la idea de compartir la misma actividad en el cuarto de baño, lo cual era una situación tan vergonzosa como cómica. Ambos se lavaban los dientes frente al espejo. Ambos soltaban las cosas y se recostaban, cada uno sobre su sofá, a escuchar música o ver la tele, o ambas cosas. Ambos hablaban con teléfono con sus respectivos conocidos, con sus respectivos problemas. Nunca se imaginaban hablando entre sí, porque la más mínima palabra lo despertaba de su fantasía, como un gesto nos avisa de un sueño.

martes, 2 de septiembre de 2014

Advertencia de continuidad. Algo así debiera estar sellado a fuego en cada pensamiento, tentado de perpetuarse en una coherencia abierta a fantasías. Irónicamente la advertencia sería índice del límite al que toda continuidad está abocada. La boca de la continuidad es el desfallecimiento al que está tentado permanentemente. Porque está velado para el pensamiento que no existen el "debiera estar", el "cada", el "permanentemente", el "no existen", etc. Son fantasmas, sombras que genera el límite de cuanto acontece. La sombra de un fantasma es su límite y el límite es su única realidad. La boca tienta la realidad con sus manos, por eso, sea lo que sea, lo que tenemos está ahora mordido.

lunes, 1 de septiembre de 2014

El día que sellaron su maldición...
Todos en el pueblo pensaron que aquello sería un asunto familiar, eso por un lado. Pensaron, y habría que analizar sobre qué se sustentaba esa imaginación, que aquello tendría un carácter fulminante. Pensaron, y eso es fácil de comprender, como prejuicio, que sus destinatarios estaban bien delimitados, por la sangre, por los apellidos, por las fachadas de las casas. Debieron haber previsto que una simple conversación basta, un coqueteo, un comentario apenas, un chisme, cuanto más una leyenda y una leyenda de amor, de fuerza, de ambición y duelo.

domingo, 31 de agosto de 2014

Claudico. Ese es mi deseo.
Ese es el espejo de mi futuro.
Claudica de una vez, me digo
a mí mismo; pero el lenguaje
tropieza
una
y otra vez
y el deseo 
se cumple tantas veces
que me cuesta trabajo
creerlo.

sábado, 30 de agosto de 2014

viernes, 29 de agosto de 2014

Portador de la sagrada égida

Creer que el conocimiento de la verdad de la muerte
ha de salvarnos, y poner su emblema en nuestro escudo
como saludo o recordatorio a la victoria.
La égida que estaba hecha con piel de serpiente.
Que fue curtida a lenguas de momentos.
Creer que por los ojos de la égida
verán los enemigos su propio miedo insondable.
O no saber. Ser el portador sin más del signo.

jueves, 28 de agosto de 2014

El corazón es un sonido de llaves

Pensamos el enunciado enunciando objetos.
El objeto es ya un enunciado. Sensación libre
de objeto quién
ha sido testigo. ¿Qué dicen, pues, los objetos?
Cazadores, recolectores y agricultores de objetos
-enunciados.
Ebanistas, trashumantes, paleontólogos de objetos
-enunciados.
Quiroprácticos del no sé qué de asfixia y savia
en tu llegada.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Estás aquí.
Esto es una prueba de que no falta en ti deseo.
Luego estarás en otra parte. Entre los dientes de otro
corazón resonarán tus dedos. Pero eso no prueba
que aquí falte deseo.
La ausencia o la memoria no prueban nada.
La muerte no prueba nada.
Y si hablo también de intentos o sabores
es porque no puedo evitarlo, pero mi necesidad
no importa.
Estás aquí
y esa realidad queda lejos de cuestión.

martes, 26 de agosto de 2014

lunes, 25 de agosto de 2014

La eufonía es una hidra
que nos viene envenando.
Esa diosa ha embaucado
con menos dignidad aún que la metáfora,
con mucha menos honestidad que la ironía.
La eufonía es una hidra que nos viene vestida 
de verdad. Tiene un armario con todos sus trajes.
Siempre vemos el armario y por eso
consigue hacernos creer que realmente
ella existe.

domingo, 24 de agosto de 2014

En el breve paréntesis en el que somos jóvenes.
En el breve paréntesis en el que estamos despiertos.
En el breve paréntesis en el que estamos vivos.

sábado, 23 de agosto de 2014

El hombre tiene un proyecto.
Ha visto y ha copiado.
Duda, y ese es su proyecto.
Grande es su satisfacción
cuando comprueba la eficacia
de aquello que ha predicho.
Vio, copió y lo dijo. Y se cumplió.
Pongamos que el hombre tiene 
un proyecto. Sentemos metódicamente
las bases para que así sea,
para que se perpetúe,
para que los mosquitos caigan
desde acantilados casi de acero,
para que la grieta no sea animal
al final del escrito.

viernes, 22 de agosto de 2014

Súbito perfume

La conciencia no llega a tiempo para los significados.
Un hombre y una mujer se amaron locamente antes 
de ser conscientes del más mínimo gesto de locura.
Su historia de amor no contada está repleta 
de enredo y pasión y viajes y desencuentros,
porque el pasado de él y el pasado de ella.
Antes de ser conscientes, mientras ella apuraba
las últimas miradas a las letras, mientras él
decidía con retraso dejar la escritura en pausa.

jueves, 21 de agosto de 2014

Con tinta de olvido y caligrafía de olvido
en el papel antiguo de mis días
en la piedra insidiosa de estas horas
con martillo de olvido y cincel de olvido.
Sentimientos, manchas y vacíos.
Qué otra cultura sabrá cuánto te quise.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Es urgente.
He estado tentado por el marfil de los idiomas 
de un pueblo que sufre y reclama necesidad.
Pero el efecto en tu piel no era verosímil.
El efecto en tu piel no era verosímil.
Y ese sabor de labio y mente no lo creían útil.
Me critico a mí mismo que escribo con zancos.
Y las huellas son sombras de antigua inminencia.

martes, 19 de agosto de 2014

No corrección

En nuestra mente sólo hay construcción
o nada.
La habitación derruida es otra distinta
a la habitación previa y ambas pueden
visitarse: el original y su vacío. 

(Tal vez el hábito de ver los textos ya excritos nos ayuda a pensar en el individuo como un ser hecho, cuyo hacerse descarta la versión anterior. Si abandonáramos el texto en cada boceto, como hace la ciudad con los cimientos antiguos, y los apocalipsis con los modernos, hablaríamos con el que creemos descartado y tal vez -sólo tal vez, es un deseo- vislumbraríamos las palabras de los que han de venir)

lunes, 18 de agosto de 2014

Sucede y aún veo trozos de álguienes 
encorvados buscando el ha de suceder.
Tú puedes decirme de qué es efeméride este día.
Del momento en el que, efectivamente, las llaves
siguen abriendo esta puerta. Del que sigue 
siendo fiel y no protesta la blandura del sillón.
De la noche que viene curiosa antes de que acabe
todo el pasado de despedirse un poco. Tú
que no estás un poco justo antes
de que explote callada esta grieta
por donde creo que sí
entraré hasta tus sueños.

domingo, 17 de agosto de 2014

Un largo pedal no es concluyente.
Quise alargar el beso y me quedé sin cuerpo.
Quise seguir la lluvia y encontré el principio.
Oí decir que el cuerpo es un puente y lo desestimé.
Oí decir que el cuerpo etcétera.
Has terminado de limpiar el suelo y el suelo
huele a ropa, la ropa tiene
el aroma de tu desnudez
y tu desnudez
se parece a mi hambre.

sábado, 16 de agosto de 2014

Máscara II (proyecto)

I. Mientras imagino a alguien, me convierto en ese que imagino (creemos ese personaje).

II. Sólo un por un estar despierto puedo discernir la diferencia entre el que realmente soy, y el ser imaginado, a pesar de no tener noción clara del ser.

III. Puedo imaginar que el que soy es sólo un personaje imaginado, que en ningún momento es algo distinto a un ser que imagina seres (sin que por ello se prescinda de la facultad de II).

IV. Imagino a alguien que a su vez imagina a otro. Me convierto, por tanto, en aquel en quien imagina y en el que, a su vez, también se convierte. Así pudiera desembocarse ad infinitum (sin menoscabo de II y III).

V. Imagino que aquel que imagino imagina a su vez conmigo, o que imagina en otro que a su vez me imagina a mí.

VI. Puedo añadir el equívoco, provocado por una ilusión errónea del proceso II: la diferencia entre el ser que se es y el imaginado se discierne pero equívocamente (es decir, hay diferencia, pero no discernimiento: a- el que imagina imagina discernir, pero no es cierto, o b- imagina discernir entre un ser real y otro imaginado cuando en realidad discierne sólo dos seres imaginados).

VII. El cruce de procesos anteriores me lleva a imagniarme a mí mismo como alguien equivocado en su discernimiento, que se imagina a sí mismo acertado o equivocado porque equivocadamente imagina a otros acertando o equivocándose.

VIII. Me imagino recuerdo en un estado anterior en el que la ilusión de discernimiento es sólo una imaginación de la que ahora despierto.

IX. Cada imaginación es casi cogida al vuelo por un sujeto del acto. Quien sea quién puede decirlo, que no sea con las palabras imaginadas por otro, con los recuerdos imaginados por otro, con la confusión imaginada por otro.