sábado, 31 de enero de 2015

Agnus Dei

Si ignoras lo que ignoras significa
etcétera y etcétera, y demás
que corra de tu cuenta.

Si indignas lo que indignas magnificas
cierto cetrero trozo de detrás
de 

Si impugno lo que impugno planfica
y no lo quise así, sino verás:
fiel hasta ahora
y sin demora
dejo equipaje
listo señora
para el lenguaje.


viernes, 30 de enero de 2015

jueves, 29 de enero de 2015

Paseo de regreso

Mira por dónde, 
antes un cojo tú, tahúr
que escamoteas, tu sexo 
y tu libertad, sin disimulo
de que no ignoras lo que por
desconocimiento eres hábil.
Te cojo por la cintura, como
un novio que dura un segundo,
como el segundo
y quedo
mudito de hambre al momento.

miércoles, 28 de enero de 2015

Monoteísmo

Noche negra, 
huella inmensa,
larga lengua de ternera.
Cuero absurdo,
calle inversa,
urbe infecta de futuro.

Rumia el suelo de mi historia
vacuna del callejón,
mis podredumbres abonan
curtidores de descanso,
marca el tempo de mis moscas
pezuña de sed hendida,
lame mi fiebre y mi hora
oreja de vaca y cola.


Cabeza de vaca y beso 
de vaca y bifé de vaca,
cielo de vaca estrellado,
pampa de vaca argentina
y en la costilla bovina
cuerno de copia divina,
corazón de enamorado.

Oh, Señora ojos de vaca,
vaca de todas las vacas,
muge mi oscuro alimento,
enyúgate mi testuz,
llena mi boca de luz
y de contento.

martes, 27 de enero de 2015

Locus amoenus

Si interpretamos ese lugar ameno como el entorno natural, sin ninguna mota de artificialidad humana, habría que dejar fuera esa organización armónica de la arquitectura retórico-ideológica. Allí, la depredación del ácaro tendría su lugar. El apretado communio del estrato geológico o la bulliciosa degeneración citoplasmática serían ejemplos para el paradigma.
Si nos atenemos al influjo glorioso, pacífico, difícil, entonces, no decantarse por los entornos estrictamente humanos: conciertos, teterías, grandes estadios... Donde el individuo entrega su alteridad sin reparo y no le estorba callar al unísono de un pensar común. 
Otra opción consiste en considerar el paisaje como reflejo de un ideal vivencial, personal, sentimental. Entramos en el terreno del fantasma, en su casa, en su habitación privada. Y nos será difícil discernir si tenemos esos sentimientos porque nos impregnamos de ese paisaje, o si pintamos ese paisaje porque tenemos esos sentimientos.

lunes, 26 de enero de 2015

Seguir los pasos

Sigue la tierra a un paso de la aurora.
Calza la tierra oscuros sus zapatos
y en dos zancadas tristes de mejora
quiere alcanzar los pájaros ingratos
que el hombre fue sembrando con sus tratos,
feas cocinas de alas sin demora.

Y el hombre sigue a un paso de la tierra.
El hombre gasta tanto con sus fuegos
que inevitable con su mente yerra
su fría alteridad, sus tristes egos,
con obligado acento que le aterra
cuando amanece el canto de la guerra,
feas cocinas de rencores ciegos.

Tú improvisas la ley, me tienes tuyo.
Tú improvisas cualquier significado.
Con esta rapidez
haces calle de mí
fiel de persona.



domingo, 25 de enero de 2015

Luz que brota

Silbas un malentendido
para escaparte del miedo.
En la huida el ejercicio
ha hecho de un músculo espejo.

Se están cimentando sombras,
y en los derrumbes te espero.
Silbo entre las hojas rotas
de un caligráfico invierno.

sábado, 24 de enero de 2015

Hicimos esta ciudad

Hicimos esta ciudad con los ojos vendados.
Vas a venir calles y recuerdos.
Vas a venir siempre tan vestida.
Vas y sin la decisión correcta
a venir.
 
Has modelado mi cuerpo con los ojos vendados.
Otros opinan que es un tropiezo.
Otros tropiezan con él, se quejan.
Otros tientan y juzgan, tientan,
juzgan. 

Tejías tu pensamiento con los ojos vendados.
Y era yo el día que atrapaste.
Y era el día el labio que mordiste.
Y eras tú el labio
y el hueco que dejaste.

(En esta oscuridad late celosa la noche.
Otra vez la noche se cansará mucho antes
que nosotros obsesionados, obsesionados de amor.
Y su cansancio será la luz del día)

viernes, 23 de enero de 2015

jueves, 22 de enero de 2015

Potencia ubicua

Un electrón extraño contrata contra cuatro
feroces fuerzas fuera de escafandras.
Luego, llegada la lluvia, degollarán las dagas llagas
sobre sobrados brezos saboreando brasas.
Nadie conoció nociones de una unidad
decente cediendo cedazos adocenados
sin otros siniestros sinos.

miércoles, 21 de enero de 2015

De narcisismo y exceso

Confía en lo que eres:
por más que reniegues o sospeches,
lo que eres implacable seguirá
siendo y actuando. Tú que eres
para mí un espíritu vigilante. Tú que eres
mi enunciado sancionador,
mi querido enunciado sancionador,
a quien escucho y recuerdo,
a qué ocupar otra celda de tu vieja posada
con suspicacias e intenciones,
goces o hábitos
de narcisismo y exceso.

martes, 20 de enero de 2015

Pigmalión

El hombre se sienta   roto ante su máquina.   Quieto la contempla.
Con paciencia teje,   sin saber funciona,   y a veces la odia.
Respira y palpita:   su respiración   ocupa el paisaje,
de su pulso brotan   y revolucionan   los gritos, los pueblos.
Retoca al dictado   de lo que acontece.   Casi es un abrazo,
un gesto. Un instante   tiembla entre sus dedos:   sabe que su máquina
es un reflejo en un río.
Y pronto se apagará.

jueves, 15 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. XV de XV

Como aquel asunto pasó de moda, cada vez era más difícil encontrar restos fieles de aquellos pergaminos y sus escritos. Todas las ideas de Aquiles Winfield, sus vivencias y recuerdos estaban desperdigadas en fragmentos y notas.
Alguno se esforzó en aunar aquellas fuentes y componer un relato general. Al principio ese relato era grande y rico en detalles. Pero con el paso de las generaciones, los detalles se olvidaban, otros se inventaban, y el relato mermó a merced de desconfianzas y obsesiones. A la intemperie. Hoy por hoy, sólo es posible saber de él por pequeños y torpes resúmenes, en los que tal vez haya aún pequeños ápices del trampero auténtico.
Y esta es la historia de Aquiles, el indestructible.

AQUILES Y LA TORTUGA. XIV de XV

El refugio de Aquiles fue cobrando cierta fama. Muchos subían a la montaña simplemente por encontrarse con aquel apasionado conversador. En cierto modo, se convirtió en lugar de peregrinaje. Todos los que volvían, llegaban a la ciudad entusiasmados.
Hasta que un pequeño grupo, al llegar a la cabaña, encontró el cuerpo frío e inerte del viejo Aquiles. Decepcionados, conmocionados, se llevaron el cuerpo a la ciudad, donde recibió convencional sepultura.
Con todo, los escritos seguían en la cabaña. Ya nadie iba allí sólo buscando conversación; pero los que se refugiaban en ella encontraban alguna lectura con que entretenerse. Si hallaban interés, se llevaban el pergamino. Algunos, amantes del misterio, melancólicos, indagaban en los textos los vestigios de aquel conversador. Lo que encontraron fue a un pensador de diálogos que ellos creyeron poder rescatar a través de sus palabras.
Muchos fueron los empeños por recuperar la sabiduría del filósofo local. Polémicas enconadas delimitaban cuál era la correcta lectura de sus ideas y vivencias.

miércoles, 14 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. XIII de XV

En los largos meses que pasaba solo, añoraba aquellas conversaciones. Tanto que estaba tentado de bajar a la ciudad; pero pronto sabía qué pasaría: allí encontraría el lenguaje otra vez como ceguera y las pasiones desenfrenadas. Pero claro, la tentación se quedaba allí como un achaque más. Ahora, él mismo imaginando y rememorando las pasiones urbanas no era suficiente; así que aguardaba con paciencia. Recogía con pasión a los extraviados, con tanta desesperación como ellos encontraban el refugio.
En los largos meses que pasaba solo, se dedicó a hacer pergaminos con sus pieles. En ellos escribía conversaciones improvisadas. Imaginaba que hablaba con extraños y buscaba en esos escritos sus extrañas respuestas. Por supuesto, escribía sobre las conversaciones que recordaba. Aunque a veces tenía la sensación de inventar, sólo recolocaba fragmentos.
Cuando llegaban huéspedes, encontraban algunos de esos pergaminos por la cabaña. Ya no sólo encontraban la conversación en la voz de Aquiles, también en los escritos. Pero en esos escritos los huéspedes se reconocían a ellos mismos y les agradaba saber que pertenecerían a futuros escritos.

AQUILES Y LA TORTUGA. XII de XV

Aquiles se construyó un refugio en las montañas, para vivir trampeando así sus propios pensamientos hasta que encontrara alguna solución. El refugio, no obstante, resultó muy útil a otros tramperos, montañistas y viajeros que se aventuraran con más riesgo de la cuenta por aquellos bosques espesos. Por tanto, no estuvo del todo solo, y de vez en cuando tenía conversaciones que duraban días enteros, mientras permanecían en el refugio, la mayoría de las veces con hombres de aburrido lenguaje.
Sin embargo, descubrió que, solos y desvalidos, aquellos hombres eran más flexibles y tolerantes a las palabras del otro. En cierto modo, le recordaban a sus antiguas amantes, que se enganchaban fascinadas por la pasión del encuentro. Esa pasión, en forma de gratitud, encontraba en la escucha de sus refugiados. Pronto, claro está, cuando volvían a sentirse seguros, derivaban a su cómoda conversación prefijada; pero, poco a poco, el frustrado Aquiles conseguía avivar el fuego de su pasión y sostener tertulias inolvidables. Es así que, con el goteo de aquellas conversaciones hospitalarias, Aquiles se fue reconciliando con la convulsa creatividad del lenguaje.

martes, 13 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. XI de XV

Aquiles pasó todo lo que quedó hasta el invierno buscando el rastro de aquella tortuga. Por supuesto, no lo halló. Cada momento era una frustración auténtica: por un lado, confirmaba su nueva idea de que los pensamientos no se podían capturar, que nada se repetía al alcance del nuevo momento; por otro, sentía confirmada la absurda sensación de su esperanza, imperturbable. Toda distancia era indestructible; el movimiento de sus pasos, también indestructible.
La búsqueda se convirtió en un acto tenaz. Cuando cesaba la veía como una actividad de por sí ajena e impuesta por sí misma, como un vicio. Carecía de sentido; pero ahí estaba. Para alejarse de esa búsqueda pensaba en volver a la ciudad. Sabía no obstante que la búsqueda no desaparecería en su mente y, de alguna manera, seguiría buscando. Imaginaba además, los distintos encuentros en la ciudad generando sensaciones nuevas, irrepetibles, incapturables, indestructibles. De hecho, sólo su memoria y su imaginación ya lo llenaban de esas situaciones. Entonces se veía a sí mismo, imaginando, rehuyendo, como hacen los hombres con el lenguaje, obviando los encuentros con sus frases (imaginaciones) repetidas. Se aburría de sí mismo y se ponía a buscar la tortuga.

AQUILES Y LA TORTUGA. X de XV

A partir de ahí, la tentación del suicidio no llegó a abandonarlo. La notaba ahí como un achaque más. Apenas tenía fuerza, pero ahí estaba. ¿Cómo es posible? Su pensamiento la veía siempre como algo absurdo, una fantasía errónea; pero la veía, ahí estaba. Pensó Aquiles entonces que no sólo él era indestructible: cualquier pensamiento era indestructible. Caprichoso y sin límites, igual que Dalila, cualquier ocurrencia se convertía en la dominatrix absoluta de toda la ciudad. La ciudad de su mente estaba poblada por miles de pensamientos ellos mismos indestructibles. Y cada pensamiento sobre ellos, a su vez, indestructible. Si quisiera acabar con ellos no podría, sólo crearía nuevos pensamientos de destrucción. Si quisiera protegerlos no podría, sólo crearía nuevos pensamientos de protección. Y así, junto a ellos más debilidades y más amenazas.
Si hubiera querido recuperar o capturar alguno de sus pensamientos, tampoco habría podido. Todo lo más, crear un nuevo pensamiento de captura, mientras el otro, libre, permanecía indestructible.


lunes, 12 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. IX de XV

En las montañas, lejos de todo lenguaje, rumiaba sus propias sensaciones, su memoria y sus pensamientos.
Había comprado nuevas trampas que desplegó por el bosque. Cuando recogió la primera pieza, comprobó el cuerpo inerte de un castor. ¿Qué es lo que había matado? Se imaginó a sí mismo, como castor, atrapado en la trampa. Ese castor tampoco podría sentir su propia muerte, ¿o sí? Así pues, ¿qué era lo que tenía entre manos?
Recordaba el estúpido temor que los hombres exorcizaban con su aburrido lenguaje. Sólo querían ver la piel del castor, no al castor muriendo mientras habla. Y sin embargo, no es posible, porque él sabía que era indestructible: mientras sienten y mientras hablan no hay final. Pero él también se sentía herido y muriendo.
Pensó en acabar con todo y dejarse morir de frío en la montaña o acabar rápidamente con un cuchillo. Pero inmediatamente recordaba que eso no bastaba. Él era indestructible, y hasta ese imposible último momento seguiría sintiendo ese mismo dolor, esa misma insuficiencia, esa misma muerte royéndole. Nada acabaría.

AQUILES Y LA TORTUGA. VIII de XV

Aquiles arrastraba en su pensamiento la herida de un profundo abandono.
Ninguna otra amante consiguió mitigar esa deuda. Buscaba pon pasión el momento crucial en el que ese abandono desparecía entre unos brazos, en una conversación. Atendía desesperado cada gesto que le devolviera un instante de autenticidad. Iba de labio en labio, no ya entusiasmado, sino frustrado siempre.
Intentó explicar su dolor, como siempre había explicado su pasión, pero las mujeres querían vivir con él lo que fuera que fuera y no lo ayudaban a comprenderlo ni a mitigarlo. Intentó explicarlo con precaución y cuidado a los hombres. Le aburría el lenguaje de los hombres.
La ciudad entera resultó insuficiente y decidió marcharse.


domingo, 11 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. VII de XV

El magnate puso una condición para su matrimonio: todos los demás pretendientes de Dalila debían mantenerse al margen. Dalila lo aceptó; aunque, por supuesto, en su fuero interno no pensaba hacerle mucho caso. Claro que eso nadie lo sospechaba, ni Philips pero tampoco Aquiles.
Nuestro trampero y ella pasaron una última noche juntos antes de la boda. El ingenuo Aquiles le habló como otras veces de su naturaleza indestructible. Pero le hizo comprender hasta qué punto era ella importante para él. Sólo si la perdiera sentiría una auténtica herida, una auténtica perdición. En nada le importaba el magnate; pero si la perdía a ella, él no podría soportarlo. Al principio, Dalila quedó conmovida, no por sus palabras, sino por la pasión que volcaba en ellas para ella. Y al fin sintió que había capturado la vulnerabilidad de Aquiles, y esa noche lo amó profundamente. No tardó, con esa vulnerabilidad en su corazón, en sentir que Aquiles era, de hecho, así de débil. Se acordó de la magia de su futuro esposo y no volvió a ver al pobre trampero.
Grande fue el dolor de Aquiles.

AQUILES Y LA TORTUGA. VI de XV

Dalila tenía muchos pretendientes. Jugaba con ellos con un refinamiento mucho más depurado que la inocencia de Aquiles. Se divertía. Por eso, para él, en cierto modo, supuso un reto. Y un reto, además de su belleza, además del carisma de su conversación, era cuanto podía componer el enamoramiento perfecto. Dalila, por su parte, disfrutaba enormemente con la pasión de Aquiles y, aunque nunca dejó de jugar con otros amantes, pronto comprendió que Aquiles era su debilidad. Cuantas veces intentó romper con él definitivamente, tantas veces se dejó arrastrar por la pasión de Aquiles. Así, también para ella supuso un reto: si bien, paradójicamente, su reto consistía en ser más fuerte que su amor, liberarse, mientras ese reto, y la pasión y la fuerza de Aquiles, el viejo trampero y sus caprichos y arrebatos, más la enamoraban.
Entre los otros pretendientes de Dalila destacaba Philips Tomking, el magnate de la ciudad: un hombre poderoso, un dandy, un estratega implacable que había hecho de la modesta herencia de su padre un imperio omnipresente. Siempre le acompañaba un boato de buen gusto, de elegancia y buen hacer. Los hombres lo admiraban y las mujeres, en fin, eran suyas. Dalila, lo consideraba, como mucho, su igual; al mismo tiempo, sólo él era capaz de estar a la altura de sus exigencias sin límites. Siempre le proponía algo imposible, y el implacable Philips se lo traía para ella. Con cada derrota, Dalila quedaba fascinada; pero, al mismo tiempo, convertía alpoderoso Philips en un pusilánime ante su voluntad, y lo despreciaba.
Aquiles sólo podía ofrecer su pasión, y eso solo bastaba a Dalila cuando estaba con él. Lejos de él aún quedaba el deseo. Pero la presencia de Tomking era imponente y acabó aceptando el matrimonio con el magnate.



sábado, 10 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. V de XV

Restablecido del todo, Aquiles abandonó el poblado de tramperos y se marchó a la ciudad. Durante el camino pensó mucho sobre la naturaleza indestructible y la intuición de amenaza en los hombres.
En la ciudad, de nuevo un desconocido, hablaba con quien encontraba sobre lo que habíaexperimentado en la montaña y sobre lo que le había pasado en el poblado. Una vez más los hombres mostraron poco interés: siempre parecían estar ocupados en otras cosas. Pero algunas mujeres sí que lo atendían con entusiasmo. Dejaban por un momento lo que estuvieran haciendo y lo observaban con detenimiento. No estaba muy seguro de que lo escucharan o lo entendieran del todo; posiblemente él no supiera explicarse, y muchas veces se sentía enredado torpemente en su propio lenguaje. Aún así eran pacientes, y pocas palabras parecía bastarles, de todo su galimatías, para no perderse. Observaban su pasión y lo acompañaban.
Al cabo de un tiempo, Aquiles ya no sabía muy bien lo que decía. Hablaba y hablaba de sus constantes descubrimientos. Cada nueva conversación era un punto de vista nuevo del que posteriormente podría hablar en otra conversación. Con este apasionamiento perpetuo, entabló amistad con muchas mujeres y tuvo muchas amantes.
Se sentía libre y entusiasmado. Hacía y decía lo que se le antojaba, y eso entusiasmaba a sus amantes: querían ser el objeto de su pasión y sus caprichos. Podría haber vivido así eternamente, de labio en labio; pero, dada su dinámica, era imposible que no acabara topando con Dalila, la más inteligente y hermosa de las mujeres de la ciudad.

AQUILES Y LA TORTUGA. IV de XV

Aquiles regresó al poblado al pie de las montañas, deseoso de transmitir su experiencia a sus compañeros tramperos, cazadores y buscadores de oro. Sin embargo, aunque al principio fue recibido como siempre, pronto su conversación resultó incómoda y los hombres le rehuían. Ya sabéis cómo hablan los hombres: hablan de ejercicio y de deportes. Cualquier tema de conversación lo toman como si hablaran de ejercicio y juego, así su salud, así el comercio, así la política o el tiempo. Cualquier intromisión parecía molestarles.
¿Por qué? –pensaba Aquiles. Ellos, sin duda, son como yo indestructibles, aunque nunca lo hayan hablado. Y, sin embargo, rehúyen mis palabras como si les hicieran daño o fueran a destruirlos. Entonces observó cómo hablaban los hombres, como con un lenguaje pactado. Todo parecía estar ya dicho previamente. Con sus palabras dejaban de mirar lo que pudiera decirse. Cuando hablaban, se colocaban en un salón común; cuando callaban, estaban solos.
Así, temiendo el rechazo, Aquiles se mantuvo en silencio todo el tiempo que pudo. Sólo habló lo estrictamente necesario para vender sus trampas y sus pieles. Callado como permanecía, los demás intentaban adivinar sus intenciones. Aquiles, cuando quería mostrarles que acertaban, se limitaba a repetir las últimas palabras que decían. ¿Vienes a vender otra piel? Sí, otra piel. ¿Te sienta bien la camisa o traigo otra? Trae otra. Y así.

viernes, 9 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. III de XV

Cuando despertó, el sol apenas empezaba a subir detrás de las rocas. Un minúsculo rayo de luz había conseguido pasar entre los árboles y entre las ramas de los árboles, y un árbol tras otro, llegó hasta el arrecife de escarcha que cubría la piel de Aquiles. Entre todos los témpanos diminutos que se cruzaban azarosos, la enésima porción de un rayo de sol de la más pequeña fracción de primavera llegó a un claro mínimo de piel. Eso bastó para despertarlo.
Aquiles abrió los ojos sobresaltado. Eso creyó al principio, porque su cuerpo no respondía. Pero por su ceguera naranja reconoció la llegada del día. Excitado, poco a poco reaccionó. Frustrado, porque, si acaso había muerto, se lo había perdido. Mientras recuperaba el calor y el control de su cuerpo comprendió que aunque su cuerpo siguiera el ritmo de la naturaleza, él mismo estaba incapacitado para vivir nada más allá de sí mismo. La ilusión de sí mismo nunca sentiría final. Era, de todas todas, indestructible.
En ese momento –la nieve que recubría los objetos sudaba y humeaba y casi podía oírse cómo se derretía película a película, crujía– una lenta tortuga cruzó delante de él. Pasó muy cerca de su cara, pegada al suelo. Era una tortuga enorme y redonda como un balón. Era insólito, realmente absurdo, que una tortuga así estuviera en aquellos parajes; Aquiles lo sabía. De golpe volvió la vieja fábula desde algún lugar de su mente. Ahora la tenía justo delante. De no estar entumecido por el frío, un simple gesto hubiera bastado para atraparla. La siguió con la mirada durante todo el tiempo, mucho, que tardó en avanzar delante de él, hasta que se perdió entre las rocas y la nieve.

AQUILES Y LA TORTUGA. II de XV

Contaba 43 años, cuando quedó atrapado entre las laderas de las Rocosas. La Primavera se retrasaba y los caminos estaban bloqueados por la nieve. Durante días Aquiles vagó acuciado por los aullidos del viento. Cargaba con sus pieles y con sus trampas y el hambre y el frío secaban su garganta. Sólo hielo y nieve podía beber.
Una noche en especial se sintió morir. Notaba como su sangre era más débil que el viento. Todo su movimiento era más débil que la tierra. Caído en el suelo y encogido parecía una gran roca, con la cabeza, los brazos y las piernas escondidos. Sin embargo, aunque se notaba cada vez menos, nunca tan poco que no pudiera notarse. Ese largo desvanecer era interminable. Cuando muera –pensó– no me daré cuenta; siempre sentiré que me queda un poco para morir. Entusiasmado por este pensamiento, Aquiles permaneció todo lo atento posible a su desvanecerse, para atrapar el momento en el que sintiera que no sentiría nada. Aquiles era trampero de profesión.
Descartaba como podía los recuerdos y delirios que le sobrevenían y se centró en su sensación y su desfallecimiento. Como suele suceder en estos casos, Aquiles acabó dormido, vencido por su propio esfuerzo.

AQUILES Y LA TORTUGA. I de XV

Siendo niño, en la escuela, leyó junto con todos sus compañeros la fábula de Aquiles y la tortuga. Todos la conocen: es esa en la que el veloz Aquiles jamás consigue alcanzar a la tortuga, porque antes de llegar hasta ella debe recorrer la mitad de la distancia, y luego otra mitad y luego otra, así indefinidamente. Apenas terminó la clase, Aquiles, el pequeño alumno, corrió a jugar con sus amigos. La fábula se quedó en el revuelto patio de recreo que llamamos olvido.

AQUILES Y LA TORTUGA. Introducción de XV

Aquiles Winfield, trampero de profesión, hizo un descubrimiento personal extraordinario: no podía ser destruido. Esta es la historia de su descubrimiento, de las aventuras y desventuras que le granjeó y el singular momento en el que dieron término.

jueves, 8 de enero de 2015

Así es

Nuestra historia no se desmoronará:
nunca fue construida. No hubo castillo
de naipes; sólo hubo cartas. Nunca
existió carta alguna sino volutas 
de tinta impregnada en la celulosa.
Ni siquiera hubo fibra entre las fibras, sólo 
moléculas de esto, moléculas de aquello.
Entre nosotros no hubo relación tipificada.
En nuestro amor no hubo contratos ni permisos,
no hubo lo dicho o lo desdicho,
no hubo los años que pasamos.
Sólo hubo besos; pero esos besos, ¡guau!,
hicieron temblar el mundo.

miércoles, 7 de enero de 2015

El Ser

La ficción es
el único lugar fiable,
el único terreno firme 
bajo nuestros pies.
El resto de lo que puede ser
explicado con palabras
sólo finge
ser verdadero.

martes, 6 de enero de 2015

Villancico mordido

Se ha hecho croqueta la luna
que no está la noche para otra cosa.

Quisiera verla en un charco
como reflejo de huella;
pero no llueve ni pisa
el humano suficiente.
Te dibujo con los dientes
que no está la noche.

Te soñaba entre mis dedos,
pasados que están de moda,
pero la teclean letras
de mil idiomas ingratos.
Te paseo por un rato
que no está.

Te espero con mi grafiti
entre venas y rodillas
pero cantan con sartenes
de artrosis inoportunas.
Pongo de cena la luna
que no.

Como si este frío y estas sombras
bajaran desde el espacio preñado
de soledad. En este planeta de humor
azul o cálido.

lunes, 5 de enero de 2015

Partida

¿Por qué silba usted, señor?
Estoy alegre, sin duda.
Se equivoca usted, señor:
eso es síntoma de fiebre.
No puede ser, no lo creo.
Es la fiebre del león.
¡Pero qué dice, está loco!
No, pero no digo más.
Se marchó; pero, indignado,
siguió protestando a solas.
Un taimado que lo vio
quiso aclararle la cosa.
Se le dice del león
porque en sueños se aparece
la figura de un felino
indicando curación.
Dicho esto se marchó,
bien contento y satisfecho;
pero cuatro que escuchaban
le señalaron el riesgo.
Mal consejo dio el traidor:
ahora el león sobre aviso
jamás se dejará ver.
Es necesario que entremos
los cuatro en sus propios sueños
para capturarlo a usted,
señor, pero con cuidado.
Divertimos, distraemos
de su mente la memoria
del aviso del traidor.
Si usted soñando lo olvida,
seguro lo hará el león.

domingo, 4 de enero de 2015

Libidinoso

Tienes tendido el tono de tus notas
clavadas en un clítoris de culpa.
Debes dudar de dónde me divides,
si me sabes besar, si me rebasas.
Pides permiso siempre por posibles
maltratos con intrusos extravíos.
Saldas la soledad de la salida
cruzando el cruel cristal de la crudeza.

sábado, 3 de enero de 2015

Máquina que fabrica sujetos

Has usurpado la piel de mi delirio
con la eficacia de un conquistador
que despliega entre ciudades el monstruo
de su estrategia.
Has aprovechado la máscara de otro
para hacerme ser tú, que eres nadie.
Has aprovechado el discurso de otro
para hacerme ser tú, que eres nadie.
Siembras en mí sentimientos que sé
ilusorios y aún así se derraman en mi boca
como fruta en verano, tu olor y mi embriaguez.
Quien ha conocido a un sujeto
camina por un valle de tinieblas y sonríe.
Quien ha conocido a dos sujetos
camina por un valle de tinieblas y sonríe.

viernes, 2 de enero de 2015

Ironía trascendental

Ordenas pacientemente tus ganas
de zambullirte en el frío de levantarse.
Cruzas la provincia a velocidad prohibida
al abrigo de una banda sonora antigua.
Mantienes durante todo el día en una ciudad
extraña una conversación con un viejo amigo.
Escribes con ridículo esfuerzo una infusión
del día transcurrido, atrapado, soltado.
Te tratas a ti mismo como a ese extraño,
ese amigo, esa música, esa ciudad.
Y ahora queda en manos de no sé qué
sueños, no sé qué lectores.

jueves, 1 de enero de 2015

Inmensas columnas

La mayoría, según se ha comprobado
estadísticamente, se arrastra
tan lejos de la incertidumbre que
apenas soporta estudiar lo más mínimo.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Célula o celdas que hacen de mí.

Pero qué está pasando.
En decenas finos chorros de agua
chocan contra mi piel y estallan.
Estallan unos contra otros.
Me rodea un tropel de agua y vapor
que cae en muchas muchas direcciones.

Abro la mampara. Me rodea el vapor
y el espejo que está en la posición de siempre,
de siempre. Los azulejos abrazan la humedad que se condensa
por cuatro, más suelo y techo, seis
lados de infancia y de bruma.

Salgo hasta mi cuarto donde recojo las piezas
claves con las que quiero escapar de mi desnudez.
Me voy desprendiendo de ella, buceo, hasta que me peino. Llaves.
El piso entero se apaga. Esa oscuridad no seré yo.

Ahora me rodea la ciudad que se mueve para abandonar
el año, aunque esta noche no terminará nunca.
Cruzo las calles; pero vaya donde vaya
las fachadas me rodean. Algo se oye.

Estoy rodeado de conversaciones que caen
en no sé qué risas. Sé, así lo he estudiado,
que no faltará la música y el placer, desde cuándo queda constancia
de que esto empezara. No se cansarán 
nunca mis sentidos.

No sé cómo intento salir de los brazos de esta mujer.
Es mi mujer. La quiero más de lo que mis manos
intentan expresar. Miento. No intentaba salir
de sus brazos, sino de su amor, no, de su memoria.
Miento. No intentaba. No sé. Salgo y vuelvo. 

Este sudor no acabará nunca. 
Este semen, este alcohol.
Este calor no acabará nunca.
Sus besos me rodean como si fuera 
nunca. Cada vez más viejo. Cada vez más amado.
Esta historia me rodea, tan pequeña como es.

El cansancio es un espía que abre las puertas a los sueños.
Entran sigilosos pero irónicos. Harán otro lugar.
Tejen. Bailan. Matan. Riegan. Bañan. 
Allí todo es abierto, todo es conocido.
Excepto lo que me toque 
en suerte recordar.


martes, 30 de diciembre de 2014

Escalera con pisadas de gato

El tiempo, con su mirada de gato
nos ve como personas buscando.
Rehúye porque no comprende nada más.

Afanado buscando doy un paso.
Él se mueve vigilante y pega un salto
a la cortina, la persiana, la ventana.

Está tenso porque nos ve sufrientes,
pero no sabe lo que buscamos.
A la calle, al árbol, a la casa.

Yo no sé si sé lo que busco.
Creo y en mi creer ignoro al gato.
Al anaquel, al libro, a la página.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Risa y punto

Estamos hechos de muchos mundos
y en ninguno de ellos
vivimos.

Conocí una vez un mundo
en el que te conocía etc
y en el que vivía (cerca o lejos
cuánto relevante) contigo.
¿Vivo acaso en ese mundo que conocí un día?

¿Vivo acaso en el mundo de la burla cuya mirada
estoy a punto de inventarme?

domingo, 28 de diciembre de 2014

Nada se repite

Ciego futuro fruto de invención
nos fue imposible.
Como llegada desde lejos,
como llegada de otras veces
la lluvia hasta este ahora
que es sin duda su casa,
su habitación, su cama.
Aquí ablando las calles todavía
rodeado de objetos ya tasados.
Has sorprendido al tiempo mientras lee
tu presencia y su impúdico mandato.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Debes saber

Tienes tango sin trampa en la ternura,
nata nutrida en la metanatura
de la noción no tienes.

Debes besar basándote en los vasos
sacados de los sacos de los casos
de ese latín que debes.

Quieres creer que quien conoce cada
rincón con roca casi acariciada
firma en el fin que quieres.

Vuelves porque volvió su vista al suelo.
Cuando volvió dejó cantado el vuelo.
Lo que dejó, revuelves.

viernes, 26 de diciembre de 2014

El sello de la dicción

Esto viene cocido por el fuego del decir y la caldera de la escucha. Una fuerte reticencia tira de mí en cada enunciado, como si de unas bridas se tratara. Y es por la más o menos reciente convicción de que enunciar asienta un matiz en un trono, mientras los otros huyen exiliados y dejan de actuar. Quien no tiene esto en cuenta mantiene una relación tal vez peligrosa con lo que escucha decirse a sí mismo y el decir de otros. Acaso esta prudencia sea una exageración.
La intuición de ese lugar es un delirio.
Porque una cosa es suponer que detrás de su enunciación hay un lugar, otra cosa muy distinta es sentir que a través de la enunciación uno siente ese lugar, el lugar preciso. Como ese lugar es previo o está fuera de la enunciación, no es verbalizable. Al explicarlo se desvanece como un sueño. Si lo explicara se convertiría en un delirio contundente. No explicarlo alienta la depredación de la fantasía. No tenerlo en cuenta es imposible.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Opuestos

El cansancio y el deseo no tienen objeto;
pero ambos harán que tu ánimo se pose
sobre un lugar que confundirás con tu origen
o tu destino.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

La grieta en el cristal es la puerta de su casa

Nadie
se siente
atrapado por su espejo.

Tiene opinión secreta
sobre su propia estrategia.

El diseño está tomado
por aquellos que aún
no considera sus amigos.

Vinieron con el fruto
de su arriesgado robo.

Nadie ni siquiera sabía
que se lo estaba agradeciendo.

martes, 23 de diciembre de 2014

Él o yo.

Vengo mareado porque la música
ha jugado conmigo
y yo creía que te amaba.

Llego zarandeado porque el trabajo
ha sido fiel conmigo
y yo creía que te amaba.

Quedo escarmentado porque el placer
ha caligrafiado conmigo
el dictado de su obsesión
transparente, sincera, cruel,
y yo creía que te amaba.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Tus labios o tus dedos volaban

Ahora que te hablo desde el exceso
imagíname embriagado por el estupor y la sorpresa
que era el descubrirnos mutuamente.
Imagíname intentando comprender, mientras
conducía por la autovía, ya sabes, tu posición.
Imagina la punzada frustrada en la alegría
cuando te imaginaba allí presente.
Imagina mientras nadaba jadeando ocupando
de nuevo mis pensamientos, no haberte olvidado.
Imagina el dolor de muelas o el tirón de huesos
del necesito decir o reanotar la escucha.
Tú que admites haber sido en ese instante
el peso o las palabras en mi cuerpo.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Meditabundo

Parece el corazón una coraza.
Va regresando sangre a su pasado
y cazos de caricias a la cara.

Tramas raspas de paz mientras respiro.
Cueces trozos de boca atragantados
y un estribillo torpe que permito.

Repaso esta razón y de repente:
¡se va a quemar, se quema, está quemado!
Ponme un mantel de amor, de ti, de siempre.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Ignorantes

Uno reflexiona con su yo confiando
en que su reflexión haga desaparecer
las asperezas (eufemismo) de su condición.
Un niño curado por el conocimiento adulto.
Y no la memoria que destroza
a mí personalmente aunque yo
no debiera ponerme como ejemplo de nada.
La belleza que destroza, a mí personalmente.
La herida y la felicidad que me reconcilian contigo.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Para nadie más

En esta habitación blanca
nos hemos estado inventando.
Inténtalo otra vez, tal vez resulte.

Hemos extendido nuestra conversación
en esta habitación larga
que sigue llegando justo hasta aquí.

Cuanto quedó por decir,
cuanto quedó por contar,
en esta habitación pasa.

Quien se asome verá la humedad
abriéndose camino, como es normal
en ella.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Rastreo de tus huellas

Se dice del reguero de esperanza,
del arroyo tenaz
que se aleja de los hombres enfermos
y sus sombras, que quiere dar por cierto
el espacio y la piel,
tu palabra y su sombra.
Se dice de la espada del momento,
de la tundra callada.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Otro día

Llego a casa después
de la tertulia pública.
Preñados los oídos,
ignorantes las bocas.
Hemos puesto los odios
en su sitio. Copiamos
llantos, plagiamos risas.
Hablar sólo contigo;
pero se interponía
el gesto social siempre.
Llego a casa después
y ahora cuando escribo
espero la mordida
de la cama de invierno.
Y tu cuerpo apretado
escapando del frío.

martes, 16 de diciembre de 2014

Arranque

Piel que arranca lluvia sobre el tiempo
pelada a roble empeño
a yo soy
palidece tanto en la memoria
palma de amianto tan tonta
mi amor
palpita algunas veces
pulcra de runas creces
o no

pero si esperas, si tienes
confianza, si crees, si
libre de este todo, vienes.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Partes

Me contaron
que era poseedor de un cuerpo y yo
le pertenecía. Pero me es infiel:
está decidido a yacer con otra, amante.

Me hicieron
probar la melaza de las ideas y ellas
me pertenecían, jugaba con ellas
hasta hacerlas desobedecer: ahora vuelan.

Me has mordido
en el trozo que entrego en la palabra que
te pertenezco: ese ha sido siempre tu saber
cazo al vuelo y suelto sin apenas espacio.

Cuando
no quede nada para cenar y la puerta
se haya atravesado mil o treinta veces.
Cuando me veas regresando despacio
hasta tu risa.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Enemigos

Hay un imperio que necesita mi ayuda
Porque todos debemos
Trabajar para su salvación y su perpetuación
Porque yo soy un ser
Animado en el sendero que conduce a esa verdad
Final que dará nombre a las cosas

sábado, 13 de diciembre de 2014

Levanto la vista hacia mi biblioteca

La biblioteca cae como una lluvia
de verano y no es la primera vez.
Es una armería de escudos de silencio
y no es cierto que quieran caer en mis manos,
donde se vuelven huérfanos de su momento,
su peso entre mis dedos huérfanos, eso 
es una fantasía.
Las palabras huelen a la tela mojada
que se pegaba a tu piel caliente de ti
fresca de la lluvia recién escrita
cuando no debía, no la esperábamos.
La transparencia cómplice de la humedad
se va a volver a resbalar en los labios.

Y no esos tomos que callan. Tachados,
diríamos. No puedo estudiar de tanto que quiero
pensar en ti.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Esto

El hombre engaña a la araña.
La araña teje su sombra
y quien diga que lo nombra
finge cariños en contra.

Si me escurro por tu espalda,
perdóname. Yo quería
alejarme de la muerte,
verte en susurro perdida.

Acompañarte no basta.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Di instante

Vivimos en esta conversación y cuando termine
será para ya nunca.

Sólo podremos volver a su fantasma.
Tú por un lado, yo por el mío.
Creeremos y nos enredaremos y cuando termine
ya no podremos volver a ese enredo.

En esta habitación, donde te oigo coger las llaves
de toda nuestra casa.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La mesa de atar

El frío va a estrechar tus brazos, va a atenazar tus dedos.
Esto viene de muy antiguo: de antes de la queja 
y del cuchillo y de los labios
de moda. Viene como el nombre 
que se le puso al viento. Tus dedos deberían
conservar el deseo 
de su cuerpo, la curiosidad 
de esa búsqueda, y debería bastar. Un gesto se ha adelantado
y ha mordido esa manos. ¡Ah, fue sólo imaginación!
Sentado a su mesa de atar, un hombre corrige.

martes, 9 de diciembre de 2014

Tienta tienta

Llega sobre llegar de ardida cuenta,
de diente atenta,
tiento a pasar.

Pasa sobre pesar de tan ninguno,
de vientre en uno,
nadie a nadar.

Nada desde el dedal de tanta espera,
de fiel cadera,
siempre fatal.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Las últimas veinticuatro horas me habían traído más vida que todos los días de todos los seres que alguna vez había visto o leído, sentido o recordado. Cuantos me habían hablado nunca me traían palabras como ella. Cuando apareció, junto a mí en el congreso, yo no estaba preparado. Mis fantasías no estaban preparadas. Ella las fue conquistando sin saber nada de su naturaleza.
La noche en la habitación de su hotel ya era un borracho de sus ojos. Cada lugar fuera de su rostro era un extraño lugar. Tan cerca estábamos en los besos. Sé del vestíbulo. Sé del ascensor y cielo santo su pelo: caía como habían llovido apenas antes sus palabras. Pasillos y puertas. Pasillos y puertas. Y las llaves y la sombra hasta su cama. Y tanta noche y tanto cuerpo. Ya no sabré volver de la blandura. Su pecho blando, sus dedos firmes. Ella no me lo enseñó. Me ató con calor. Me daba muerte cada vez que penetraba y volvíamos a empezar. Cada vez más cerca de la intimidad. Más cerca de la locura, o a un roce.
Luego esta anécdota que me contó en la cafetería, cuando apenas quedaba por decir; porque pesaba mucho el torrente de aquellos sus besos, y tiraba de mí el cordel de su respiración, y aún me tenían apretado su olor, su movimiento. Y el dolor de saber que tenía que volver a su país, que su vida la obligaba. Que tanto amor estaba tan finamente acotado en el instante.
Recuerdo cómo la vi partir. Salió de la cafetería sorteando las mesas con una curva elegante. Luego, detrás del escaparate, cruzando la calle ya parecía otra, más indiferente, en otro lugar que ya no era conmigo. Y desde ese momento duele la ingenua, educada y estúpida despedida. Sólo me queda el recordar su conversación, al otro lado de la mesa. Y cuando me imagino saliendo de la cafetería tras ella, no llego sino a perseguirla siempre, eternamente, a una mesa de distancia. Y esa mesa dura toda la vida. Paseo por las calles, con rumbo incierto, y pienso que cualquier intención es una excusa para buscarla. Imagino que ella piensa lo mismo y me busca. Y vivimos en la misma ciudad, dando vueltas, estúpidos, buscándonos.

jueves, 4 de diciembre de 2014

En esto Borges fue muy claro: Averroes utilizó el adjetivo derridá para insultar a Sócrates por su modo insidioso de discurrir. Es más, insinuó que había sido el propio Sócrates el que instó a que cundiera ese rumor que había tenido confundidos a los pensadores del siglo en debates intrincados y crudos: La famosa sospecha de que había sido Derrida quien había introducido con sus propios textos y en falsos textos de cultura, historia y filosofía, el personaje de Sócrates en el discurso occidental. El objetivo de Sócrates, al difundir esta calumnia sobre Derrida, era que pensaran que Sócrates no existía, ni había existido ni existiría nunca, sino que era un personaje de su ficción, pensando que a él le harían caso.
El asunto es más sencillo. ¿Por qué tiene que acabar una noche de amor? Córdoba ha mellado sus murallas y se derrama en mil y una noches. Son millones los cuerpos que se aman. Los lectores de Teseo, el redactor de la historia, debieran saber que el continente es otra isla. Creta y Naxos son o no son la misma isla. Dos amantes dan vueltas y vueltas a la noche y quién puede decir dónde acaba. Los cuerpos no quieren terminar y se abrazan en mil y una Córdobas.
Se dice que cruzaron el mar y que el mar estaba en tormenta, que las olas se levantaban como paredes. Pero ellos habitaban la isla de su barco. Daban vueltas por cubierta, zarandeados por las embestidas del Minotauro. Y discutían. Muchos son los cuerpos que se aman y, en este sentido, la razón humana es poco útil para delimitar los senderos de amor. Sería mejor tener el olfato de un toro.
La gente protestó. Se armó mucho barullo dentro y fuera del Patio de los Naranjos. Se quejaban de que Averroes no era claro y que había empezado a hablar con enigmas. Sócrates se indignó mucho con el público: “¡más respeto!” –les espetó. El rumor de las quejas llegó hasta la sala de oración, atravesó los cientos de recorridos hasta el mihrab, sorteando columnas, y fastidió al imán. Pero los pasos del religioso fueron demasiado lentos. Cuando llegó al patio, otra vez estaban los dos filósofos paseado enfrascados en su conversación. La multitud acompañaba su paseo de nuevo en espectante silencio.
Recuerdo que se me vino la fantasía de que nuestra cafetería era Cnossos, el centro del Patio de los Naranjos, cuyo perímetro interior era recorrido una y otra vez en un sentido por Averroes y Sócrates y en el sentido contrario por Ariadna y Mientras que el perímetro exterior (separado por un fino escaparate) lo rondaba su voz de mujer y sus borgianas palabras.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

El abandono de Ariadna. ¿Por qué tiene que irse Teseo de Creta? ¿Dónde se ha visto que un cerebro fugado vuelva a su patria? De ahí deducimos que Teseo era realmente un becerro. En la corte de Minos, el hombre más sabio de su momento (y como prueba su puesto de juez en el Hades, más sabio en todos los momentos de la historia y de la no-historia). En todos los mitos el héroe vuelve a recuperar el trono que por familia le pertenece (y generalmente esto los acaba en la corrupción y la ruina personal). En cambio, las princesas son arrebatadas para siempre de su hogar: véase Andrómeda, Helena (por dos veces), Isolda, Ariadna por supuesto, el colmo de Medea, expulsada hasta de tres hogares distintos, y la bochornosa parodia de Penélope, que defiende la honestidad de la casa de su marido, mientras este no se atreve a volver.
Esto sería un indicio de la estructura mítica marcando cómo el hombre tiende a acomodarse en el fantasma familiar, mientras que la mujer está más dispuesta a salir. En más momentos se siente no reconocida, no vista, no comprendida, no la verdadera hija de sus padres. Eso la alejaría de la sensación de incesto, y le daría licencia para hacer lo que quisiera, desentenderse, por ejemplo, de su condición humana y hacérselo, si se le antoja, con un toro.   
Aquí Sócrates le reprochó a Averroes el desastroso juicio moral con el que hablaba de las mujeres. Cuando, en realidad, son las mujeres las que tienden a hacerse con el control de su casa, si es la casa, o de la empresa, si es el trabajo. Hasta el punto de que casa y mujer se unen en la cultura. Toro y mujer se unen. Casa y toro. Y lo único que los separa es el instante, al que unos llaman Teseo, pero que él llama Ariadna.

Averroes respondió secamente. Le achacaba una intromisión de lo políticamente correcto en su pensamiento. A cuento de qué, cuando bien sabía que Sócrates era un sofista entre sofistas. Le echó en cara el poco aprecio que le tenía a él como persona en la conversación; y que aprovechara el resquicio más vil, aunque destrozara su corazón (que no era el caso) para derrotar con su charla derridá el más amable (que tampoco era el caso) argumento de discurso.

martes, 2 de diciembre de 2014

Porque qué sabrá el joven Teseo de cómo quiere ser tocada una mujer. Y él va aprendiendo a trazar placeres sin ley. Y mientras discuten, Teseo habla de la incomodidad, de la barbarie, de la dureza del continente. Ariadna le cuenta los saberes de la isla.
Por un lado, el mito refleja un ideal: el del hombre que quiere quedarse. Pero ese querer quedarse es en el hombre la tentación constante de volver a su casa. Ama a la mujer, y el sexo es un acto de conquista, conquista común de un mundo nuevo, que es ella y es lo extraño, lo ignoto para ella. El hombre entrega a la mujer un hilo para que mate de orgasmos a la bestia, pero en ese mismo instante ya quiere volver, y la mujer se queda sola, abandonada al placer incompleto.
La bestia mujer, que no ha conocido a la humana simplicidad del extraño lenguaje del continente, es derrotada por el encuentro amoroso. El hombre bruto que no conoce el bestial lenguaje de la mujer aprende a ser humano como ella. Todo un ideal. Porque lo cierto es que el mito lo que dice es que Teseo no aprende nada, el hombre (sólo porta un mito, el lenguaje). Ariadna en cambio, después de conocer al hombre, y la obediencia del hombre, y el abandono del hombre, y la ceguera del hombre, el hombre que apenas soporta su cabeza de cabestro sobre sus hombros, la mujer, Ariadna, en la nueva isla que es, ya está preparada para conocer al dios, el auténtico hombre, Dionisos, embriagador, el multiforme.
Durante décadas y siglos y miles de años, horas seguidas pasaban Ariadna y Dionisos dándole vueltas a la islita (romántico y sensual, desenfrenado paseo por la playa), comentando lo absurdo del abandono de Teseo. Juntos se ríen de la niña Ariadna, cuando sueña con un joven de extraño lenguaje de más allá de la isla. Juntos reviven el encuentro del primer hombre y la primera mujer a embestida limpia y cruel y elegantes requiebros y caricias. Juntos comentan sus antiguas pasiones. Si quisieran podrían salir de la isla; pero no lo ven necesario: el tiempo y el lenguaje ya saldrá por ellos.
¿Por qué digo que es un ideal? Está claro que para que dos desconocidos, de dos mundos tan diferentes como Teseo y Ariadna se encuentren, uno ya tiene que saber y estar esperando. Porque si cada uno fuera el minotauro del otro estarían siempre buscándose a sí mismos y alejándose precisamente por esa búsqueda. Sólo podrían encontrarse por error, en el lapsus en que dejaran de buscarse. Y serían otros.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Así todos esos años, jóvenes Teseo y Ariadna, estudiantes fervorosos en la universidad, la vida, o sólo la juventud, pero en la isla de Creta, es decir, en la casa de Ariadna, la mujer-toro. Cuando lo ve conveniente, decide desnudarse. Entiende este momento crucial. Teseo piensa que ya la ha visto desnuda y que ha gozado de su desnudez y no imagina más desnudez y goce posible. Ariadna, en cambio, insatisfecha (le jode el reguero foráneo que es Teseo –es la única opción de que Teseo sea algo–) pone todas las cartas, por fin, sobre la mesa. Ariadna, conduce a Teseo hasta su espejo. Después de tantos años (mira la de siglos que llevamos con el mito), Teseo ve en el espejo la imagen del Minotauro. Cuando tiene que explicarlo, Teseo no sabe muy bien quién es quién, si ve a Teseo, a Espejo, a Ariadna o a Minotauro. Confundidos por el lenguaje, Teseo y Ariadna dan largos paseos por la isla discutiendo sobre el tema.
Borges, aquí no pudo evitar tejer las alusiones a la metáfora del abrazo amoroso como el largo paseo por la isla. Ese cuerpo que era la noche de Córdoba o los amantes. Hizo imaginar a su público que el paseo de Sócrates y Averroes era un recorrido amoroso en la alcoba-cuerpo de uno de los dos. Y este repaso sensual era a su vez el gesto cuidado de caligrafía paródica de Maimónides. Toda esa disgresión conmovió e incomodó un poco al público. Y esto, además, porque Borges requería que lo acompañaran como lazarillo un tropel de muchachas hermosas, doncellas de la universidad. Borges pedía muchachas (algunos muchachos) jóvenes para no perder el hilo. Y al ver a esas bellezas escanciando la copa de Borges, apuntando sus disgresiones, todos se acordaron del gran masturbador que gestó su ceguera en innumerables bibliotecas. En fin, que había en todo ello, momento, Borges, disgresión, público y doncellas, algo de incestuoso.
Así me lo contaba mi amiga, mientras tomábamos el café en una tetería del barrio viejo. Yo, en realidad, quería que aquella conversación no terminara nunca. Era tan hermosa ella, su voz. Yo sólo puedo dar cuenta de lo que decía, reconozco que no todo lo fielmente que quisiera. Estaba enamorado mientras hablaba. Su anécdota era apasionante; tanto, que noté cómo desde las mesas de al lado atendían disimulados su dulce (nuestra dulce) conversación. No sé si por su voz o por sus palabras.
Cómo iba a imaginar nunca Teseo que así iba a ser el abrazo de Ariadna. Él que era mero ejecutante, no consciente de los dictados de sus actos, hijo de los hijos del Destino; hasta ahora. En el mito Ariadna se marcha con Teseo, pero es Teseo quien realmente sale de la ignorancia de su casa. Viéndose por fin en un espejo de labios de una mujer (de otra mujer).

domingo, 30 de noviembre de 2014

Entonces llega el joven Teseo. Esto es: el significante extranjero se vuelve deseable. De inmediato, la casa familiar destapa su insuficiencia, cobra un tufillo incestuoso al que habrá de llamar Minotauro. Pero ese tufillo es ella misma, educada en los brazos de su padre y en la sexualidad de su madre. Por supuesto, Ariadna lo que desea de entrada es que Teseo, el pensamiento extraño, la ame, tal como es, con cabeza de vaca y todo. Pero Teseo, como puñetero ateniense, tiende a la dialéctica –aquí los del bando de Sócrates refunfuñan, pero el propio Sócrates ha comprendido la cariñosa ironía de Averroes y zanja el asunto con un gentil bufido o una sonrisa– y discute las incongruencias de la ideología minoica.
Sócrates, incomodado por ese comentario de Averroes, decide llevar el discurso a otros derroteros. Alega que no es tan conveniente interpretar el encuentro entre estos dos jóvenes como un combate de ideologías. Como si cada cual supiera. Porque además, puede que Ariadna fuera una mujer sabia, hija de su padre (le da a Teseo la sorprendente idea del ovillo, en la que el héroe jamás habría caído de por sí; "¡hombre!, aquí Ariadna es tratada como una musa para Teseo" –Avi, no te desvíes, le reprocha Sócrates); pero Teseo es un bruto, un soldadete, un mandado.
–Claro, claro: aquí está ese típico disfraz de ingenuidad, de torpeza, de ignorancia... cuando bien sabemos cómo sois todos los atenieses.
–Olvida ya ese empeño en picotearme –ataja Sócrates.
Ariadna decide que Teseo despierte a su amor. Teseo, hombre que es, no se espera la pasión de Ariadna; para comprenderla y soportarla la confunde con la velleza, con la jubentud, con el blaser de los plesos y abrañazos. Pero la paciencia de Ariadna va tejiendo y sembrando itinerarios para que Teseo la reconozca como Minotauro.
Cuando hablaban del Minotauro tenían que hacerlo en voz muy baja, casi un susurro, para no excitar los oídos maliciosos de los fieles que venían a rezar. Ni siquiera les bastaba con eso (cada vez que pasaban junto a la sala de oración, la de hermosos arcos e incontables), así que cuando nombraban al Minotauro lo llamaban Ariadna, unas veces, otras veces Teseo. Y como la conversación se prolongó tanto, muchos no llegaron a enterarse nunca de este código, lo que dio lugar a enconadas controversias mucho después.




sábado, 29 de noviembre de 2014

La base fundamental –decía uno de los dos– es que Ariadna vive en una isla. Por supuesto, se trata de la isla del momento. El Nueva  York de la época.
Está claro que, en el manuscrito, el nombre de la ciudad con que compara sería otro. Sin embargo la caligrafía es ambigua. Hay cierto consenso en llamarla Córdoba, que en el alifato cúfico guarda semejanza con Monte Sion, pero que en el hebreo peninsular es casi equivalente a Cnossos. Este juego de palabras posiblemente esconda algún código matemático clave; si bien el problema no está resuelto.
Ariadna pasea por la isla. Es una isla grande y Ariadna está contenta. No puede saber que está cansada de visitar siempre los mismos paisajes. Aún no ha caído en la cuenta de que sus paseos la llevan siempre a los mismos sitios, en una combinatoria limitada de secuencias. La repetición no es un problema. El único referente que pudiera incordiar ese conformismo es la visión extraña de los inmigrantes que vienen desde el continente.
Sócrates aprovecha para lanzar una crítica feroz al mito de Europa. Considera que ha venido siendo una sutil y exitosa campaña de propaganda para suavizar el imperialismo minoico. Hace parecer que su inocencia cretense fue raptada por el mentido robador. Es al revés: con su estética (léase moda en la exportación de productos comerciales) acaba imponiendo su cultura y valores de vida: transforma al primitivo señor europeo en el toro de Minos. Hasta tal punto cala la idea, que las principales casas míticas griegas las hace descender  de la arcaica relación entre Zeus, ese toro, e Ío, la vaca.
Averroes, para no enredarse más en el puntilloso chovinismo socrático, le da la razón. Para que no se note demasiado, compensa su reproche pseudoaquiescente con otra vuelta de tuerca. Lo bien que la propaganda del imperialismo ateniense supo barrer para casa. Se venden como víctimas de los abusos cretenses; cuando, sin duda esto es lo más probable, se trataba de una fuga de cerebros. Los mejores jóvenes abandonaban su país para ir a formarse a Cnossos, en la corte de Minos, el más sabio de los reyes de la antigüedad. El desprestigio en este sentido culmina en lo calumnioso con la historia de Dédalo, incapaces de superar los atenienses que la mejor de sus mentes se vaya a trabajar para la competencia. Y así luego Teseo, el gran espía industrial.
Por tanto, Ariadna, una niña feliz que disfruta de la prosperidad de su isla y de la sabiduría de su padre. Todo le cuadra. Pero poco a poco va comprendiendo ese extraño reguero de pensamiento foráneo que llega a sus pies. El saber de su padre deja de ser completo. Los paseos de la isla dejan de ser suficientes.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Según dicen, Borges, el ciego, dio una vez una peculiar conferencia. Tras el discurso de rigor, se abrió el tradicional turno de preguntas y debate. Entonces, Borges se enredó en contar una anécdota y se metió tanto en su elocución que la historieta se prolongó durante tres días enteros. Fue todo un acontecimiento, por más que diera al traste con el programa de las jornadas culturales, por más que echara por tierra la vanidad y la foto de los políticos de turno. Durante setenta horas el salón fue una marea de gente que entraba o salía para seguir, acceder o rendirse a la curiosa, hipnótica y desmedida anécdota borgiana.
Decía que se había encontrado en el archivo municipal –y esto podía comprobarse– un manuscrito original de Maimónides. Se trataba de un texto personal, un juego, un apunte críptico; difícil saberlo. El texto tenía toda la pinta de ser un texto de juventud; pero había quien consideraba que en realidad, era un juego del viejo Maimónides imitando su estilo de juventud (tanto en retórica como en caligrafía), para que soportara mejor posibles censuras si acaso lo descubrían. Algunos consideraban que Poe había tenido acceso a este manuscrito y que desde él desarrolló la criptografía lógica con la que escribía sus relatos aparentemente fantásticos. Hay, incluso, quien ha utilizado este texto como prueba para demostrar que Poe nunca existió, y que se trataba de Luciano de Samosata repartiendo sus disfraces entre la historia de la literatura para pasar desapercibido. Otros consideraban que todas estas disquisiciones las había promovido el mismo Maimónides para despistar, y al mismo tiempo dar la pista verdadera de cuál era el sentido con el que había que leer su  texto.
En el manuscrito, Maimónides describe una larga conversación mantenida por Sócrates y Averroes. Estos dos filósofos daban vueltas y vueltas por el borde interior de la gran Mezquita. Con las horas, un nutrido séquito de curiosos, alumnos, intelectuales, censores, seguían a los dos filósofos, como la cola de un cometa, en su periplo continuo, en el sentido inverso al movimiento de la sombra del sol o las estrellas. Por supuesto, Sócrates estaba disfrazado para que nadie lo reconociera; sólo los más avanzados, por su manera de hablar, sabían que era Sócrates. Durante al menos tres días estuvieron vuelta que te vuelta sobre el complejo mito triangular de Ariadna, Teseo y el Minotauro.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Descubrieron lo más improbable. La tan buscada entrada estaba oculta en uno de los bares instalados en los molinos. Los viejos molinos del río habían estado durante años medio abandonados. El yunque del verano y las inundaciones del invierno los habían molido a ellos y apenas quedaban en pie las bases de las presas. Con la regulación de los ríos, el cauce del se domesticó al paso por la ciudad, y la vegetación instauró un vergel de pájaros y aves mucho antes de que el Ayuntamiento atinara a darle uso interesado. Reconstruyeron los molinos, instalaron pasarelas y terrazas y consiguieron crear un entorno entre urbano y bucólico único. Aprovecharon los nuevos molinos como salas de exposición, conferencias, recitales y fiestas; cuando no, simplemente eran hermosos bares para turistas. Sin embargo, la arquitectura de los molinos requería una protección extra, debido a que algunos inviernos, las inundaciones volvían como si el ser humano no hubiera hecho nada. En aquellos inviernos era importante mantener cerrados, bien cerrados, casi herméticamente, puertas y ventanas, y hasta los tejados que el agua llegaba a cubrir. Con todo, la mayoría de los años, tales precauciones parecían innecesarias y caían en el olvido, excepto para aquel interesado en esconder sus intereses con especial protección.