Yo no quiero vivir, yo quiero arder en el fuego de Prometeo robado a los dioses.
Cuánto tiempo lleva inadvertido este síntoma.
Esa noche se subastaba el refinado arte del menosprecio.
Tus ojos desafiaban mi costumbre.
La fábrica de ideas genera residuos tóxicos.
Todos sisean y comercian, sordos, con su alboroto.
Algunos genios se dedican, orfebres, al reciclaje.
Sombras de guante blanco roban
fuego o promesas.
Tienes las palabras clavadas en los ojos
y no te dejan mirar. Tus dedos
sueñan con el futuro, la culpa, la ternura.
Es imposible salir sin éxito.
Extraño entonces los triunfos.
Un poco de laurel que es el milagro
de la persecución (y aún no sabían
nada, en todo caso,
de la superposición ni los fotón-
es).
El terror se dispara y nos hace
cosquillas,
Creo en la política como creo en mi hígado.
Mi ordenador soluciona las dudas de otros,
nunca las mías y todo el mundo opina
que hay mejores cosas
en que pensar.
¿Y en qué no estás pensando?
La vecina de al lado es
más mujer mientras más envejezco.
No existía ni en los sueños de mi infancia.
Estorbo de mocosa cuando miraba a las jóvenes.
Tentación de belleza que rompiese mis sesudas esposas.
Cuerpo sensato cuando lejos de mi etérea locura.
Amable discurso que me encauza entendible.
Y cuando me falte sal, ella vendrá a buscarme.
Bien el amor, y sus calambres, sus espasmos.
Peor ya la culpa, esa hernia discal.
Hasta la religión, un tipo de tortícolis.
Inquiso la cura: un estira miento.
¿Cuánto en la tierra está hecho de uñas?
¿Cuánto favor arañado en el tiempo?
Serán mis besos la última
tecnología.
Sólo un naipe y todo caerá.
Entre tu espalda y la pared
se mueven los pasillos que llevan a mi alma.
Un viaje entresijado de secretos.
Cada ventana un tren que mira por su ventana.
Un naipe solo.
Una babel de cementerios que lleva
hasta la infinita curva de marfil
donde flotan los castillos que me obligan
a quererte en el aire, y a quererte.
Y yo respiro, tahúr, sólo una carta
y la pared será una franca terraza,
y la espada será el canto
de los pájaros.
Con un cuchillo aré las tierras que mandaste.
Sumergido en su hoja levanté las oraciones.
Mañana discutiremos si he terminado o no,
y será nuestra retórica la naturaleza
del amor y los metales.
A solas en el desierto me encontraste; pero yo no existía.
Dentro de la selva estaba allí; pero no me distinguiste de entre todos.
Y ahora aquí, tú y yo, y quisieras borrar el lenguaje.
(donde las ciudades siembran las miradas y los días)
Mi casa se quema.
Horror. Poema.
Atrapado por el sin fin
de posibilidades, miles de ojos
echaron a correr
detrás de tu nombre.
Que sí,
que la vida es un camino,
QUE EL HOMBRE es un camino
y al final de ese camino
por cojones está Roma;
pero eso no evitará
la destrucción o la belleza.
Las heridas borran el tiempo
que los cuchillos escriben.
Vives ahora y vives todo
el tiempo. Se te acaba pero no
se te acaba todo el tiempo.
El ahora es vértice de un cono de
haces
vectoriales. Su dirección:
la curva de la incógnita.
Y su destino: cualquier con-
fabulación de la memoria.