Lo que se cuece no es el fuego.
Citando a la Primavera: "dicho está".
De veras crees que esa molécula de hierro
aferrado por obligación a la hemoglobina
de ese preciso hematíe que pasa por donde quiera
que le toque pasar al borde de tu herida,
sabe algo de tu sufrimiento.
Pregunto; sólo pregunto, no te alteres.
(y circula)
¿No notas en el paisaje cierto toque de plagio cada día?
Esperas de mí la arruga en la almohada.
El insólito sabor de la infusión.
La ropa en el armario o los teléfonos en la estación.
El horario. La rosa. La alegría.
Hice del mundo un gran archivador.
Una estructura perversa y hermosa
con la oculta esperanza de que en los cajones
se acumularan, secretos, traicioneros,
cómplices, lo inesperable.
Quisieras incubar una transformación;
pero no eres hijo de un huevo,
sino hilos de lenguaje.
Eso le pasa a la primavera por ser tan indulgente.
Prestos animados dispuestos al disfrute,
como si nunca hubiera habido nieves ni rocas.
Más tarde aprenderán el sentido
de tanto crecimiento. Si no lo aprenden
tarde, más tarde.
Es el invierno, astuto, que se escurre.
Los refranes de Abril son mil.
Y algunos quieren que la vida
sea solo un intermedio.
El tiempo que no estás escribiendo no es tiempo,
sino otra cosa que ni siquiera te devora.
O sí es tiempo pero estás
usando el verbo equivocado.
Y aún pensarás que esta proliferación de creatividad
tiene como objetivo no dejarte respirar.
Estaba tu piel cargada de pensamientos.
La primavera es un imperativo.
(primaverad vosotros)
La calle de la Amargura es una rotonda.
Yo entiendo que os quejéis del dolor tanto
que seáis bien molestos y alguien se enfade.
Y entiendo que intentéis exorcizar la ira
hablando con humor.
Es de lo otro, en realidad, que es tan distinto.
No sé qué pensar.
El poema se perdió, pero de él quedaron sus efectos.
El poeta se perdió, pero de él no quedó nada.
Y se perdió algo más, y quedó algo aún menos que nada:
quedó la necesidad y su importancia.
No pienses lo que puede pensarse solo.
No vivas lo que puede vivirse solo.
No ordenes lo que puede ordenarse solo.
No mates lo que puede morirse solo.
Y entrega la soledad, ese tesoro,
a la avidez de la multitud.
La primavera entró en crisis. Ya dijeron
que no soportaría la carga de su deuda y su inflación.
Se oyeron toses, estornudos, ojos llorosos, pieles erizadas,
porque empezaron a proliferar las desconfianzas.
Tantas fragancias, tantos colores, acabaron
muertos por examen.