Yo ya he perdonado a aquellos que viven
en un mundo donde mi amor es imposible.
Igual que he condenado a aquellos
que hicieron imposible mi perdón.
Eso fue ya, y ahora sólo quiero
entender el enigma de tu odio y de tus besos.
Algo de que hablar. Algo como un secreto
entre los huecos de la tierra. Un enigma
largo que cuelgue en los oídos, que brille
como el agua, al caer, en las ventanas,
en los vasos, en la piel, en los ojos, en la roca.
Algo que entregado por ti sea mi amor
y resplandezca.
La traición perfecta, ¿es acaso posible?
Hay un error tan puro que justifique otra pureza.
Equivócate conmigo. O sin mí. A fin de cuentas,
ya nos hemos encontrado para siempre.
Cada pieza es un puzzle al que le falta una pieza.
Y a mí me hace falta la furia que, golpeando la mesa,
hiciera flotar los pedazos, saltando pero quedando-
se en el instante del impacto, en el segundo del acto,
cuando fuera amor, ira, paciencia, yo faltando
en la ausencia que a limpiar
empieza.
Yo estoy ciego. Te entrego el idioma de los dioses
para que un día puedas encontrarme a mí mismo.
No digas que mi amor un día fue falso,
pues no podría soportar el giro de los cielos.
Si cada estrella ardiera con la misma pasión
de este sol que te roza los labios,
seríamos seres únicos, privilegiados,
dotados de un singular regalo de amor.
Y yo bebería de él en este preciso instante.
Vine como tentativa, empujado
y reempujado hasta que me tope con
mi verdadera tentación, mi verdadero latido.
la verdad que dará rienda suelta a todas las verdades
y me dejará, como me veis, encadenado a la esperanza.
Ah, amigo, esa es la duda perfecta.
Tanta era tu vigilancia, amor,
que me entregaste a Ío
para que no pensara en los sueños.
Un día viví entre la puerta
de mi cuarto y la fachada de tu alma.
Mercadeaba vientos pero hice de tu cuerpo
mi ciudad, amurallada de besos,
transitada de cables y canciones,
nervios y cloacas, lluvias, ojos.
Ahora ya no sé si estaré, pues desconozco,
¡lánguidos billetes de tormenta!,
el idioma de la distancia.
En la luz se esconde el monstruo.
En la noche profunda oscuridad.
Abrirás la tenue dermis de los días,
con la afilada hoja de tu mirada.
El sol entero brilla en el profundo y rojo coral.
Y donde no hay sol, se enciende, fantasmagórico,
lo inesperado.
Y es una parte, y es un sol, y es el futuro
de mi corazón hecho de piedra.
Porque he encontrado la perla de los vientos.
El susurro que da el azúcar a los frutos.
Con el aroma nítido de los recuerdos
y el veneno fugaz de los sentimientos.
Y aquí lo tengo, dispuesto a ser arrebatado.
Teseo es el rey que incumple sus promesas.
Y nos demuestra que no basta con matar
al Minotauro. Tal vez domesticarlo.
Y aquí seguimos todos, magnificando Grecia.
Fue tan preciso el amor, que supo encontrar
la invisible fisura de tu originalidad
y moverla y hacerla tan exacta
que fuera puro amor, exactitud, limpieza,
origen absoluto.
Y que con mis palabras
aún arda Heracles.
El color fue lanzado con el arco de tus promesas
y el enigma del presente era su destino.
Ningún buceador podrá encontrar
lo que yo encuentro en tu alma.
O es que alguien más sabe
nadar en los cielos.
Tejemos, destejemos,
los tortuosos pasos
de un Teseo y un Ulises
hechos de encuentros y abandonos.
Y unos días somos Ariadna.
Y otros días somos Penélope.
Y estos son los edificios,
diseño y olvido,
de nuestra esperanza.