Enséñame en qué venas dejé de sentir tu espacio
y escribe con mi sangre ese tratado de supervivencia.
Los animales se trasmutaban en sus manos
como un cóctel de conocimientos en bandada.
Mientras ejecutaban sobre él los mandamientos
pasaron por alto el deseo de construir no un mundo.
Como todas las ignorancias era poco original. Rápido
llegó el momento de que alguna enfermedad nos eligiera.
Hablan de las raíces sin considerar
que son un poderoso síntoma de movimiento.
Edificaban alrededor del viento
con costumbre de oficio y esperanza.
La repetición variante del juego
apuntalaba una suerte de continuidad.
Que los agentes encargados de desarrollar acciones
apenas perfilen al miedo, el auténtico protagonista.
En la bañera dejaba deslizar intrusos hasta su memoria
que luego eran sospechados como esfuerzos en las calles.
Con un simple gesto dio licencia para incorporar
la dosis perfecta de absurdo que me faltaba.
Y no es cosa de la imaginación sino como ciegas raíces
taladran ya pensando en los cielos esa luz sembrada.
Creían en su amor haber salido con la ropa oportuna
pero el granizo les preparaba no pocas sorpresas.
Por tu nerviosismo sospecho
que señores cansados llaman a tus nudillos hambre.
El fragmento sólo será opción de forma intermitente
y siguiendo un aleatorio criterio de unidad.
No contestes si piensas aplicar la responsabilidad
como un enviciado proceso etimológico.
Esperen que les ponga nombre y entonces
podrán pasar por orden a usurpar sus odios.
Para que veas cuán poco es suficiente para
que cabalguen por sus labios ríos de deseo.
Cuando abandonan una tarea los recuerdos
lo desconocido del mundo fluye a ocupar su sitio.
Las páginas adoran el gesto con que las pisas.
Quieren nadar. Quieren ser el suelo de tus sueños.
Alguien sospecha que nunca hallarán la novela completa,
sino sólo la despiadada selección que perpetró su autor.