Aumentaba el número de los que apostaban que no ocurriría. El potencial de beneficios atrajo la elaboración de infraestructuras, de economías secundarias (apuestas parciales, interinas, sobre el proceso y luego terciarias, fraccionarias, la matemática se diversificaba en la colonización de apuestas). Los discursos, interesados o no, proliferaban a su vez: la mayoría venían con sus elucubraciones a dibujar el suceso cada vez más complejo y difícil, otros parecían explicarlo con una clarividencia que hacía crecer el valor de las apuestas.
domingo, 28 de septiembre de 2014
sábado, 27 de septiembre de 2014
La lluvia trajo una noche prematura a los tejados de la ciudad y las murallas dejaban caer torrentes como remedando las fuentes indomables de la sierra. El agua, sin embargo, resbalaba sumisa por el aceite de su yelmo y de su curaza negra de sangre imborrable.
-Mira delate de ti al Látigo de Oriente, al Gran Semental, al Único Inmortal entre los hombres de nuestro tiempo. El bosque de estardartes que se levanta detrás, quiénes son sino mis ciento cuarenta y nueve hijos, a los que no dejaré morir esta noche, ni ellos mismos lo consentirán bajo mi vigilancia. Entrega ahora la ciudad. Comprende que son mías sus torres, mía la esperanza en el vientre de vuestras mujeres; y que tu mirada no caiga agotada ante el hambre y la sed que con mi cuerpo presento ante tu puerta, pues si aprecias tu vida, querrás servirme.
viernes, 26 de septiembre de 2014
Elegante genuflexión para atarse los cordones de los zapatos. Antes de alzarse, la puerta le parece enorme, anciana o mítica. Pero está cerrada. En la fachada hay un roto, pequeño, bajo: casi tiene que arrastrarse o escurrirse de lado para entrar, arrancando otra dosis de seca masilla al deterioro. La grieta, no obstante, parece desde dentro aún más estrecha que antes. Ha atardecido de repente. El zaguán (gigantesco o angosto, son sombras, nubes, sus límites) está hinchado por partículas de polvo, flotan, iluminadas desde algún lugar impreciso. Los libros y los escombros se confunden. Están por todas partes, accidentando el suelo.
jueves, 25 de septiembre de 2014
Añoraba tanto su conversación de vértigo. Era terrible comprobar tantas veces que sus nuevos interlocutores no llegaban a avivar la urgente dinámica del hablar con ella. Y en ese soporte extraño del recuerdo creía distinguir perfectamente, no la memoria imposible de las conversaciones, sino el abrazo de su dedos removiendo el café, y esa era la imagen sustitutoria de quién sabe qué lance, y del cruce de sus rodillas y de la textura sólo imaginada de sus pantalones, que eran en su memoria el código secreto con que se había grabado ardientemente aquellas sesiones ¡ahora tan escasas!, aquellas tardes de verano incipiente, aquellas cartas cogidas al vuelo de sus propios labios.
miércoles, 24 de septiembre de 2014
Sus piernas eran increíbles. Se levantaba de la mesa y la veía alejarse sostenida por prodigio tal y era imposible mantener resaca alguna de la conversación. Luego desapacercía y antes de volver llegaba a replantearse cuánto de justo era aquel punto y coma que acotaba cuanto pudiera haberse dicho. Justo para su conversación, para él, para la historia, para ella. Si ella era consciente, cómo no, de aquella puntuación, todo cuanto habían estado hablando qué otra dimensión ocupaba: cuanto había sentido, cuanto había rebatido, cuanto había imaginado, cuanto había con ella danzado en la palabra, en el coqueteo de la voz que casi se comparte. Y luego la veía alejarse y luego acercarse en su inevitable exhibir dos lazas de deseo. La imaginación cortaba a la imaginación, donde uno quisiera escalar como un conquistador, sus piernas inigualables una y otra vez, o descender como el que desciende de una cima deslizándose eternamente a tal velocidad, o el simple turismo de la contemplación ociosa. Sabría que si alguna vez se despedían estaría condenado a aquel punto y coma de sus piernas que nunca acababan, que prometían continuidad. Que robaban el sentido de cuanto había sido dicho, pensado, imaginado, mientras compartía plenamente ella con él su presencia.
martes, 23 de septiembre de 2014
Lo cruel es que aún muchos consideran su trabajo una ardua locura, una obsesión decadente de una mente desquiciada.
Cuando destrozaron su violín en la misma calle, ciertamente sufrió lo indecible. Uno de los violines más perfectos que se habían construido nunca. Aparentemente ajeno al peligro, se empeñaba en recoger los infinitos restos diseminados. Tuvieron que agarrarlo entre varios para sacarlo de la calle; no es que forcejeara, sino que su empeño por recuperar los trozos de violín tenía una urgencia irresistible, y el miedo de los que pretendían auxiliarle dificultaba todos los movimientos embarullados del moemento.
Durante años fue muy fácil encontrar al viejo (cada vez más) violinista escudriñando adoquines y paredes siguiendo el rastro de los trozos desperdigados por la violencia y por los pasos y los vientos de ir y venir. Consiguió un nuevo violín, un violín, de excepcionalidad común. Paseaba por toda la ciudad tocando piezas matemáticas con precisión rigurosa. Analizaba la acústica, porque sospechaba que con la diferencia de sonido reverberando en aceras y fachadas podría localizar los restos de su querido violín, impregnados de perfección y sentimientos.
Claro que el Ayuntamiento acabó homenajeando a ese pobre loco, por lástima colectiva y cariño de su música itinerante. Hasta que empezaron a estudiar el efecto que sus horas de música, esperanzada, rigurosa, matemática, tuvo en las piedras mismas, no ya en los corazones que habitaban tras ellas. Decenas de músicos, de físicos, de científicos y esotéricos de toda clase empezaron a estudiar los efectos ¡reconocibles! que había ido dejando en calles sí, calles no y donde sospechaban que había podido rescatar algún trozo de su violín.
Luego alguien empezó a dejar constancia de lo que acarreaba ese trajín de estudios. Cómo la cultura y hábitos de la ciudad había reaccionado a los grupitos y parejas de investigadores. La bibliografía aumentó en una progresión reconociblemente curva. Las bibliotecas se fueron nutriendo de análisis estadísticos.
Algunas tesis probaron luego que los sistemas documentales constados en estudios bibliográficos guardaban una correlación matemática de lo que había sido la búsqueda del violinista, como un espejo. Otras tesis, como negativos o moldes, conseguían con pruebas igualmente rigurosas, refutarlo.
Apasionados debates se daban cita en los centros de congresos, en las tertulias radiofónicas, en las tabernas de la ciudad.
lunes, 22 de septiembre de 2014
Los lobos se quedaron en la ciudad varios meses. Durante el día era imposible encontrarlos. El Ayuntamiento y varias comunidades de vecinos organizaban batidas cada vez más multitudinarias y siempre infructuosas. La hipérbole y el misterio engordaban a la par que la frustración. Y por las noches el miedo mantenía las casas llenas y alerta; las calles prestas a los equívocos ecos. No hubo ni una sola prueba de los incidentes y sucesos que se relataban por doquier. Por supuesto conocí a muchos que aseguraban haber estado cerca del incidente, de conocer (ellos) a testigos directos de los hechos. Pero sólo Alicia me resultó convincente. No sé si sus historias o era su tono de voz o una predisposición mía la que me hacía creer, cuando nadie conseguía perturbar mi desconfianza.
domingo, 21 de septiembre de 2014
Agustín no sabía qué hacer, así que acudía cada tarde a la consulta de Z. Pero, en ocasiones, cada vez más frecuentes, el mismo Z se quedaba sin ideas. Exprimía su cerebro y comprendía la profunda desazón que atenazaba a Agustín. Precavido, decidió investigar durante la semana y consultar él mismo a varios colegas, en busca de actividades y asuntos de interés. La apatía de Agustín era tan profunda que los ayudantes de Z tuvieron que acudir a su vez a otras consultas. Siguiendo la reacción en cadena, pronto la ciudad entera estaba enredada en búsquedas constantes de investigación y consulta, con el objetivo final de ayudar a Agustín cada semana a encontrar algo en que ocuparse. En ocasiones esas actividades consistían en que Agustín ayudara o comunicara las actividades propuestas desde el sujeto B hasta el sujeto C, que a su vez eran asistentes de X y finalmente nutrirían el consejo de Z, lo suficientemente distorsionado al llegar hasta Agustín que éste era incapaz de reconocer implicación alguna. Años después, la madeja de actividades y búsquedas funcionaba como una imparable bola de nieve de calle a calle de la ciudad, de día en trabajos, de noche en sueños.
sábado, 20 de septiembre de 2014
Uno de sus sueños recurrentes se hizo realidad años más tarde cuando un amigo dobló una esquina donde sólo había pared. Era, hasta entonces, había sido, una calle larga y recta, sin cruces, porque era la calle que bajaba por el perfil de la perdida muralla, ahora transformada en una sucesión de casas. Sólo algunas puertas. Pero el amigo giró, y en ese movimiento creyó que no desaparecía de la calle sino que se introducía en sus sueños. Lo condujo a una calle estrecha que surgía de alguna puerta. La calleja era más bien una escalera. La escalera era en realidad una sucesión de patios diminutos. Requiebros y requiebros que deberían ante toda lógica destruir las direcciones y haberse topado de nuevo con la misma calle, la de siempre. Pero no. Salieron juntos a otra que era, hasta entonces, había sido siempre incaccesible desde la primera. Tantas veces había soñado ese mismo descubrimiento. Un atajo en una ciudad supuestamente de piedra.
Porque de niño había callejeado de noche sin saber y las callejuelas se habían infiltrado en su alma. Porque de adolescente se topaba con lugares imposibles detrás de recovecos absurdos. Porque la ciudad durante años y vidas seguía retorciéndose entrecruzándose circuvolucionándose, como el espacio mendiante entre los cantos rodados de su suelo.
Uno va pisando niñez, amistad y sueños. En la ciudad de las salidas innumerables.
viernes, 19 de septiembre de 2014
Miguel se presentaba en las fiestas como Teo. Al final de la velada reconocía que se llamaba Víctor y que debía ser discreto debido a su puesto en el consulado. Todos los documentos oficiales los firmaba como Mr. Thompson. Entre sus más allegados se gustaba como Mandy. Sólo cuando deseo disimular fingía ser yo y si me preguntaban reconocía que me encontraba fuera de la ciudad. Esto acarreaba, al más conocido como Arturo, no pocos problemas. El más interesante le ocurrió cuando su familia descubrió que no respondía por el nombre de Vicente.
jueves, 18 de septiembre de 2014
Por ejemplo, todas las leyendas mienten sobre la Torre de San Juan. Son muchos los que conocieron al atávico erigidor, cuando frecuentaba las tarbernas para seducir a hombres brutos, con los labios torcidos a base de finos, y las columnas encorvadas de hablar de fútbol, de toros y de obras públicas. Decidió no cortarse el pelo hasta que encontrara el hombre honesto capaz de salvarle a él y a toda la ciudad. Para ello decidió esperarlo en el balcón de su casa, donde terminó pasando hora tras hora. Los transeúntes lo veían peinar su melena creciente y peinarla y florearla balcón abajo, a década creciente.
Cuando su melena tocaba el suelo, elevaba el piso del balcón. Al cabo de unos años era obvio que ya no podría bajar de su prisión, que no quedaba más remedio que un héroe subiera a rescatarlo. Pudiera parecer que lo que quería con su trenzada melena es que subieran por ella para salvar la altura de la torre; pero los que lo conocieron en los mezquinos bares, sabían que todo era una escusa para crear esa torre y que se volviera inaccesible, y demostrar así que nadie era tan hábil escalador de intenciones como para salvarlo. Todo eso sí, disimuladamente. Y así, subiendo piso tras piso, trenzaba con quejas, lamentos, un nuevo nudo en la melena de su patético orgullo.
Curiosamente (la muerte le llegó saltándose los formalismos) las inclemencias del tiempo fueron erosionando la torre, enmenudeciéndola, ridiculizándola. Cuando los cristianos llegaron a la ciudad la confundieron con un minarete de alguna mezquita que ellos mismos habían destruido. La única manera hoy de reconocer la torre es paseando bien borracho de finos, siendo muy cínico, y sintiéndose convencido de que al doblar la esquina, esta triste torrecita lo convertirá en un héroe.
miércoles, 17 de septiembre de 2014
El sol no sale en el verano durante días enteros. Largas horas de tortura tras las persianas. Las horas auténticas acumulan macetas en las terrazas, de cháchara, tomando pinchos y cervezas, tapas y así hasta el momento del sudor y la soledad.
Sólo esa especie ejemplar, modelo de conducta, envidia de la civilización moderna, los turistas, delira (en colectivo) con un sol que da sombra a su paseo, acaso ignorantes de la sólida y palpitante verdad que se oculta tras las ventanas, una sola verdad común en todas las casas: el sol no existe. Las persianas locuaces dan buena cuenta, sádicas, de lo que debe saberse.
Llegando la aurora, enjambres de ciclistas se derraman en el Vial dispuestos a libar la sierra con su esfuerzo (piernas y cháchara hasta perderse en la selva). Por ese hito cotidiano, multicolor, se mide el día. Y no por las divagaciones de los que ocultos en la sombra de su infierno escriben y escriben tecleando sangre mojigata para las pantallas de aquellos que escriben y escriben ojeando sangre mojigata días enteros, encerrados, acaso dioses.
martes, 16 de septiembre de 2014
Había estado robando cartas, cartas de amor. A su guarida fueron llegando durante generaciones detectives. Quedaban prendados del botín (imaginemos: pasillos, salones, catacumbas rebosantes de cartas de amor desde generaciones, en anaqueles, baúles, suelos). Sin darse cuenta se convertían en los guardianes del tesoro. Los siguientes detectives llegaban tras las pistas y tenían que encontrar a febriles defensores de su trozo de tesoro. Los detectives iban más allá sin saber que luchaban contra los fantasmas de su futuro.
Sólo un héroe llegó a superar este endiablado proceso. La casa entera ardió en uno de los incendios más monumentales y menos recordados de la ciudad. Durante diecisiete días con sus noches llovieron pavesas de cartas de amor. Todo el campo en legua y media alrededor quedó abonado por la tinta quemada de las cartas de amor. Nadie habla de ello, pero es seguro que aún hoy se conservan trozos de cartas que sobrevivieron, retales de palabras de secreta conexión. Nadie habla pero brota la sospecha del suelo y de los campos en legua y media alrededor. Sospechas de deseos.
Y como todos se esfuerzan tanto en ocultarlo, los más avispados pueden intuir los deslices entre su lenguaje cotidiano.
lunes, 15 de septiembre de 2014
Como se hicieron célebres los largos debates entre Alberto y Bartolomé. Comenzaban en cualquier plaza y luego se alargaban dando paseos por la Judería sorteando los más alambicados vericuetos dialécticos. Los razonamientos de ambos eran tan atinados al tiempo que dispar su punto de vista que con facilidad acaparaban la atención de oyentes cercanos, hasta el punto de que empezaron a seguirlos en sus paseos.
Ellos, enfrascados en el análisis de sus discusiones, no echaban cuenta (o sí, eso habría que determinarlo con testigos de sus conversaciones) y ensortijaban sus trayectos por las callejuelas. La circulación de paseantes se volvió densa y solía ser difícil seguir la procesión; tanto que toda una calleja podía rebosar seguidores y resultar imposible verlos a ellos mismos.
Pero lo peor era cuando entraban en alguna tetería. Allí pasaban horas sin abandonar el sitio, con solo un servicio de té. Entonces las ventanas se convertían en objeto
de disputa. Acalorados combates por situarse en primera vista. Por oír algo de la conversación o de las discusiones que mantenían los que sí oían algo.
Todo el barrio antiguo se convirtió en un ir y venir de discutidores, mientras que a Alberto y Bartolomé casi nadie los veía. Se suponía que estaban allí y que alguien los escuchaba de veras. Pasaron los años y, claro, había rumores de que alguien los había visto, que los había acompañado por el Puente Romano, que se habían sentado con ellos en la tetería (esto era absolutamente inverosímil, dada la demanda); pero siempre era mucho mayor, de una proporcionalidad terriblemente matemática, la cantidad de personas que nunca tuvo contacto directo con los sabios.
domingo, 14 de septiembre de 2014
Al oír aquellos ruidos, suspiros, casi gritos casi contenidos, imaginó que eran su amante y su mejor amigo, que apretaban sus cuerpos, que se buscaban rincones nuevos del cuerpo hasta encontrar un placer ignorado, que follaban, que se zambullían en una cascada de carne y sudor y saliva y labios y la cremosidad del bello, tal vez sangre. Aunque Héctor aún no tenía amigos, ciertamente, ni había tenido jamás amante alguna y ni remotamente tenía noticia del sexo salvo lo que su propio cuerpo pudiera insinuarle.
Héctor localizó la ventana desde la cual se derramaban palabras y suspiros y los comentarios jocosos de los muebles. La calle desierta alentaba el rumor de los amantes. El estruendo de una bandada de pellizcos salía de esa ventana. Héctor, ya había salvado fácilmente los setos, se dispuso a escalar la fachada de ladrillo, antigua. Su figura de escalador incipiente pegada con ansia a la pared. La ventana estaba allí, tan cerca que era la tentación misma, tan vertical como el mismo imposible.
Héctor, tratando inútilmente de escalar la ventana construía con su cuerpo el deseo de encontrar allí al amigo creado, además el cuerpo de un hombre, y el deseo de encontrar allí a su amante, además el cuerpo de la mujer. El acto mismo era la pertenencia, la pertenencia de todo ello.
La calle desierta le privaba de ningún testigo de su acto inútil.
sábado, 13 de septiembre de 2014
Los tres padecían largos periodos de insomnio. Alex frecuentaba tascas de juego, los tugurios sombríos en los que se apostaban insólitas pertenencias, los pisos de estudiantes donde se organizaban esotéricas orgías, duelos a muerte. Luis deambulaba solo mascullando pensamientos viles, gloriosos, estrategias en cada rincón de la ciudad poblada de ecos, gatos y sombras. Debieron conocerse ellos primero; sin embargo, Luis dio antes con la luz encendida en la buhardilla de Ernesto, quien consumía más horas que su lámpara en estudios y lecturas.
viernes, 12 de septiembre de 2014
En el principio era un café. Ella llegaba tarde y él se sentó en la terraza con aire de suficiencia.
Trataba asuntos serios, ya ves, y contundentemente se negó a perder el tiempo en fruslerías. Ella se apartó ofendida como si los asuntos fueran ella misma en el desprecio. Se fue a hablar con otro grupo despechada en el irse, despreocupada en el llegar. Pero estaban conectados: cuando le concedió, temeroso de haber perdido la oportunidad, otro momento, una cita, un café, para hablar con calma.
Ella apareció casi al instante en el que él llegaba. Prescindió de prolegómenos. Estaba desconcertada.
jueves, 11 de septiembre de 2014
Remington echaba de menos a una mujer que no había conocido nunca, precisamente por no haberla conocido. Ni siquiera se explicaba de dónde habían surgido esos sentimientos que como una humedad había ido coloreando sus pensamientos. Lo más probable es que ni siquiera supiera, al principio, en qué consistía, que fuera anhelo o nostalgia, verbalizable. Ningún otro tenía noticia de sus fantasías previas. Él mismo no atesoraba en su yo memoria de sus fantasías. Nadie lo había sorprendido nunca en plena danza imaginaria con su Liz imaginaria. ¿Vamos a deducir ahora cómo lo descubrió?
En primer lugar, sentía. Sus sentimientos, no definidos ni ordenados por el discurso, eran una realidad evidente.
miércoles, 10 de septiembre de 2014
Se sucedieron de forma similar varios ciclos en que el meme de la Puerta del Perdón se hundía y volvía, porque en la red nada desaparece y porque el monumento sobrevivía a las crisis humanas y los desastres. Pero yo estaba inquieto: los muertos nos volvemos muy egoístas y como veía que en tanta eternidad no se me prestaba atención, yo que era el creador de esa idea, decidí reivindicar como fantasma lo que no supe reivindicar avant la corps.
Diría vagamente que tardé años incautos en darme cuenta de la inutilidad, la ridiculez, la pantomimería de mis actos de fantasma. No porque carecieran de estilo, sino porque en aquellos tiempos, el turismo era escaso y difícil y la gente en general hacía poca vida en la calle, y menos en las calles de ciudades antiguas, prácticamente nada en estos países desprestigiados. Nadie era testigo de mi vergüenza.
Tuve que aprender a manifestarme en los medios de comunicación. Acabaron detectándome, pero no llegaron a saber de qué se trataba. Era un fenómeno singular y misterioso. Se escribieron muchos artículos sobre mí, incluso alguna tesis. Pero era pura investigación, un problema difícil de definir y sólo parcialmente solucionable. Por mi culpa, los pocos que aún prestaban atención a las viejas leyendas de la Puerta del Perdón acabaron desapareciendo.
La puerta abandonada, las calles abandonadas. La humanidad cambiaba y mientras más evolucionaba más lenta se volvía mi habilidad de adaptación. El vocabulario dejó de ofrecer términos que animaran mi esencia, mi ser, mi fantasía. La filosofía resultante se desarrollaba en otras dimensiones. Por tanto, dejé de existir.
No pude dar cuenta del deterioro del monumento. De los eones agolpándose sobre las piedras. De el breve empuje de la tectónica antes de que a una nueva humanidad le diera por escarbar y reencontrar la Puerta. Ellos imaginaron entonces sus propias costumbres (no puedo saber cuáles) rodeando los usos del monumento. Allí donde poníamos las citas ellos pensaban que sucedía x. En el lugar de las fotos interpretaban que y. Si el erotismo, entonces z.
martes, 9 de septiembre de 2014
Y fue así como pasó de moda. La gente no sabía lo que hacía. Llegaban desde lejos y hacían fotos, no sabían muy bien por qué. El monumento seguía allí, la torre seguía allí, la puerta seguía allí. Allí mudo el letrero grabado en el suelo indicando que esa era la Puerta del Perdón.
Entonces, esfumada mi juventud social, mi vida romántica, decidí escribir un relato sobre la Puerta y su letrero. Colgué mi relato en internet. La escasa repercusión y el largo tiempo llevó una vez más la idea de casa en casa, con ese pulcro anonimato que tanto me gusta, y, por cosa de los motores de búsqueda, cuando los turistas llegaban a la Mezquita y enfocaban la torre o la puerta, la realidad aumentada los llevaba a ese relato y otros muchos que se habían ido generando, porque la gente de mi generación que... en fin, todo eso.
Ahora cada cual quería contar su encuentro bajo la Puerta del Perdón en su blog, en su página privada, escribían microcuentos autobiográficos dando su toque personal sobre la Puerta, la Mezquita, la libertad, el amor, el futuro, el Perdón, y todas esas intelectualidades de la pura inocencia y el erotismo. Cuando los famosos se sumaron a la idea y cuando el dinero se sumó a la idea y cuando las nuevas generaciones se sumaron a la fama y al dinero, la red de redes estaba plagada de Puertas del Perdón que contaban historias, y luego surgieron las Puertas de la Tardanza, y las Puertas de la Envidia, hasta que los fanáticos, los puristas, los exégetas se empeñaron en recordar que el origen de todo esto era la Mezquita con sus puertas y que esos debían ser los nombres; no yo (que por otra parte, hacía años que había muerto) sino la Mezquita con sus puertas incontables.
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