domingo, 5 de octubre de 2014

Crees que conoces a alguien porque identificas el sonido de sus llaves. El llavero de mi padre iba a reventar de tantas que tenía. Su sonido era inconfundible. Ahora podría decir que conocerlo era estar en casa cuando llegaba, ahora que no estoy yo, ni él, ni la casa. De entre todos los vecinos, aprendí cómo era el llegar de mi esposa. En cambio, confundo las voces de los vecinos y sus esposas: he vivido años en la confusión. Crees que conoces algo porque identificas el sonido de sus llaves. Y un día ves las llaves, las mismas que antes iban a reventar y ahora no pertenecen a nadie ni abren puerta alguna. En esta ciudad.

sábado, 4 de octubre de 2014

Cuando lo atraparon, sus vecinos-víctimas actuarían de oficio, es decir, siguiendo la deriva general de los actos. No podemos culparles de que no reconocieran a tiempo el increíble prodigio que fue simplemente sobrevivir al incendio, el mismo que horas o minutos antes (muchas, muchos) les había entregado una lluvia de trozos de amor en cartas incandescentes (que se extinguían en el aire pero sobrevivían en sus manos). Cómo exigirles entonces que analizaran la fina, meticulosa, sostenida, orfebrería, arquitectura, pedagogía, de su crimen.

viernes, 3 de octubre de 2014

Lo pilló de improviso, pues pensaba que el esguince estaba ya sanado. Varias veces había vuelto a hacer ese mismo trayecto, tan cotidiano, por lo demás (semanas). Cierto que cruzaba media ciudad, zigzagueando las indisciplinadas callejuelas; pero era su desplazamiento habitual. Su desplazamiento habitual. Su desplazamiento habitual. No se había percatado de cuánto llevaba cargando su tobillo ese día en concreto, y ni siquiera en el momento (lejano) del percance le había dolido tanto. Tanto. Y crecía con cada paso. Pero aún le quedaba ciudad por recorrer, barrio por recorrer y no le quedaba otra (descártese trasporte público por el garabateo del casco antiguo, al menos en el sentido a casa, antiguo). Se detenía, se armaba de dolor; y la pura tensión ultrafísica crecía simple con el tiempo, no ya con los pasos, hasta que y cada vez más insoportable volvía otra vez.
Podría pedir ayuda, pero qué transeúnte estaría dispuesto a alterar su itinerario, a cargar con él. ¿Por qué no se quejaba: ayúdeme, conózcame lo suficiente para un tobillo hasta mi casa?  Era esa la tortura de una confianza atrofiada. Ni lo intentó. Ni se le ocurrió. Con cada paso arrastraba la acumulación de pasos, las calles enganchadas, pasos-ganchos, calles-ganchos, las conversaciones de pie, un grillete creciente de inhabilidad social. Era el esguince de su amor el que le empujaba a seguir dilatando. El tobillo maldito y el llegar a casa. Los ligamentos de amistades mal ejercitadas que le llevaban a resistir sin confiar, de declaraciones truncadas, y dejar que el dolor fuera tatuándose en sus futuros sueños, quiero decir, huesos, quiero decir, besos, quiero, quiero, quiero.
Y seguía hasta su casa. No se rendía en brazos de la calle. En la coyuntura posible de una atención hiperbólica, fingida. De una ocasión salvadora, de gesto humano. Nada. El dolor tenía una hoja de ruta. La de siempre, por más que dolor. No atendía a su amante, esguince, seguía y seguía. Fragante tarde de primavera dilatada de regreso.
Nadie en realidad pensaba esto porque era sólo esguince y dolor y seguir por la calle. Y a nadie más que a él (que ya era tobillo, dolor y objetivo-casa) se lo comunicaba. Y por renunciar a conocerlo se le quedó grabado, sin significar nada.

jueves, 2 de octubre de 2014

Comprobaron que indicaba puertas allí donde no las había; pero también donde nunca pudo haberlas. En ocasiones eran lugares absurdos. Dedujeron, entonces, que situaba puertas donde quería simbolizar encuentros amorosos. Si se trataba exclusivamente de besos o admitía otro tipo de encuentros era difícil de dilucidar, y el debate acabó derivando hacia si la cuestión era o no pertinente. Otros llegaron a considerar que aquellos símbolos de puertas simbólicas eran la clave de todo el código cartográfico (si puerta equivale a x, ventana es y, calles z) que escondía no la organización de la ciudad sino las relaciones personales de sus habitantes. Más adelante, surgieron los que consideraban que allí había algo más que una descripción criptografiada: toda una filosofía de la relaciones personales (aún desconociendo realmente el significado del código supuesto).

miércoles, 1 de octubre de 2014

Como el Ayuntamiento consiguió convertir los subterráneos, primero, y las casas y calles del barrio antiguo, después en una especie de parque temático, en un gigantesco diorama arquitectónico del concepto de hiperrealidad (de no ser porque aquí era la reconstrucción de un relato, tinglados más ficticios que la ficción), por la que se movían turistas, eruditos, funcionarios y comerciantes; como la ciudad había sido inundada por una marea de impostura, decidieron fundar en los pisos altos, una nueva ciudad. Grandes empresarios, snobs, casanovas de todo tipo, idealistas sociales, hedonistas utópicos, fueron los colonos pioneros de esta ciudad al elegante borde de la depravación que hoy se extiende de torre en torre.

martes, 30 de septiembre de 2014

Porque observaba noche tras noche la tenue luz de su estudio y las sombras que fuera proyectaba de su figura encorvada, de sus intermitentes apuntes, de su ir y venir de libros, el roce de las hojas pasadas con decisión. Se apostó durante mucho tiempo al pie, al final de su calle. Rara vez aguantó una noche entera, y concluyó que Ernesto (aún no conocía su nombre) tenía más tesón y paciencia para estudiar, lo que fuera, que el propio Luis para estudiarle a él. Eso lo encorajinaba y lo fastidiaba y al cabo de los días lo llevaba de vuelta bajo la ventana de Ernesto. Tanto, que fue así como acabó topándose con Alex, de quien, ofuscado como estaba en el estudio de esas sombras, no supo ocultarse.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Guardaba numerosos planos en láminas y cuadernos. El lugar de las puertas en cada calle y las ventanas. La disposición de dormitorios y salones, así como de los patios accesibles. Los tejados. De las grandes casas centrales tenía detallados los pasillos secretos, los accesos furtivos a las cloacas, a las catacumbas, al lago interior que soñaba por debajo de la ciudad como un corazón de agua inventada. Era aquel el producto de una ardua labor de escritura. 
Posiblemente de noche, tal vez en las más bulliciosas fiestas locales, visitaba los hogares en los que sabía que había historias de amor. Cuando él mismo se enamoraba, buscaba cómo provocar la relación entre amables. Les creaba el deseo y la distancia suficiente como para que escribieran correspondencia proporcionada al amor que en algún momento sintiera él mismo. No podían saber que les había provocado el amor sólo para robarles las cartas.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Aumentaba el número de los que apostaban que no ocurriría. El potencial de beneficios atrajo la elaboración de infraestructuras, de economías secundarias (apuestas parciales, interinas, sobre el proceso y luego terciarias, fraccionarias, la matemática se diversificaba en la colonización de apuestas). Los discursos, interesados o no, proliferaban a su vez: la mayoría venían con sus elucubraciones a dibujar el suceso cada vez más complejo y difícil, otros parecían explicarlo con una clarividencia que hacía crecer el valor de las apuestas.

sábado, 27 de septiembre de 2014

La lluvia trajo una noche prematura a los tejados de la ciudad y las murallas dejaban caer torrentes como remedando las fuentes indomables de la sierra. El agua, sin embargo, resbalaba sumisa por el aceite de su yelmo y de su curaza negra de sangre imborrable.
-Mira delate de ti al Látigo de Oriente, al Gran Semental, al Único Inmortal entre los hombres de nuestro tiempo. El bosque de estardartes que se levanta detrás, quiénes son sino mis ciento cuarenta y nueve hijos, a los que no dejaré morir esta noche, ni ellos mismos lo consentirán bajo mi vigilancia. Entrega ahora la ciudad. Comprende que son mías sus torres, mía la esperanza en el vientre de vuestras mujeres; y que tu mirada no caiga agotada ante el hambre y la sed que con mi cuerpo presento ante tu puerta, pues si aprecias tu vida, querrás servirme.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Elegante genuflexión para atarse los cordones de los zapatos. Antes de alzarse, la puerta le parece enorme, anciana o mítica. Pero está cerrada. En la fachada hay un roto, pequeño, bajo: casi tiene que arrastrarse o escurrirse de lado para entrar, arrancando otra dosis de seca masilla al deterioro. La grieta, no obstante, parece desde dentro aún más estrecha que antes. Ha atardecido de repente. El zaguán (gigantesco o angosto, son sombras, nubes, sus límites) está hinchado por partículas de polvo, flotan, iluminadas desde algún lugar impreciso. Los libros y los escombros se confunden. Están por todas partes, accidentando el suelo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Añoraba tanto su conversación de vértigo. Era terrible comprobar tantas veces que sus nuevos interlocutores no llegaban a avivar la urgente dinámica del hablar con ella. Y en ese soporte extraño del recuerdo creía distinguir perfectamente, no la memoria imposible de las conversaciones, sino el abrazo de su dedos removiendo el café, y esa era la imagen sustitutoria de quién sabe qué lance, y del cruce de sus rodillas y de la textura sólo imaginada de sus pantalones, que eran en su memoria el código secreto con que se había grabado ardientemente aquellas sesiones ¡ahora tan escasas!, aquellas tardes de verano incipiente, aquellas cartas cogidas al vuelo de sus propios labios.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Sus piernas eran increíbles. Se levantaba de la mesa y la veía alejarse sostenida por prodigio tal y era imposible mantener resaca alguna de la conversación. Luego desapacercía y antes de volver llegaba a replantearse cuánto de justo era aquel punto y coma que acotaba cuanto pudiera haberse dicho. Justo para su conversación, para él, para la historia, para ella. Si ella era consciente, cómo no, de aquella puntuación, todo cuanto habían estado hablando qué otra dimensión ocupaba: cuanto había sentido, cuanto había rebatido, cuanto había imaginado, cuanto había con ella danzado en la palabra, en el coqueteo de la voz que casi se comparte. Y luego la veía alejarse y luego acercarse en su inevitable exhibir dos lazas de deseo. La imaginación cortaba a la imaginación, donde uno quisiera escalar como un conquistador, sus piernas inigualables una y otra vez, o descender como el que desciende de una cima deslizándose eternamente a tal velocidad, o el simple turismo de la contemplación ociosa. Sabría que si alguna vez se despedían estaría condenado a aquel punto y coma de sus piernas que nunca acababan, que prometían continuidad. Que robaban el sentido de cuanto había sido dicho, pensado, imaginado, mientras compartía plenamente ella con él su presencia.

martes, 23 de septiembre de 2014

Lo cruel es que aún muchos consideran su trabajo una ardua locura, una obsesión decadente de una mente desquiciada. 
Cuando destrozaron su violín en la misma calle, ciertamente sufrió lo indecible. Uno de los violines más perfectos que se habían construido nunca. Aparentemente ajeno al peligro, se empeñaba en recoger los infinitos restos diseminados. Tuvieron que agarrarlo entre varios para sacarlo de la calle; no es que forcejeara, sino que su empeño por recuperar los trozos de violín tenía una urgencia irresistible, y el miedo de los que pretendían auxiliarle dificultaba todos los movimientos embarullados del moemento.
Durante años fue muy fácil encontrar al viejo (cada vez más) violinista escudriñando adoquines y paredes siguiendo el rastro de los trozos desperdigados por la violencia y por los pasos y los vientos de ir y venir. Consiguió un nuevo violín, un violín, de excepcionalidad común. Paseaba por toda la ciudad tocando piezas matemáticas con precisión rigurosa. Analizaba la acústica, porque sospechaba que con la diferencia de sonido reverberando en aceras y fachadas podría localizar los restos de su querido violín, impregnados de perfección y sentimientos.
Claro que el Ayuntamiento acabó homenajeando a ese pobre loco, por lástima colectiva y cariño de su música itinerante. Hasta que empezaron a estudiar el efecto que sus horas de música, esperanzada, rigurosa, matemática, tuvo en las piedras mismas, no ya en los corazones que habitaban tras ellas. Decenas de músicos, de físicos, de científicos y esotéricos de toda clase empezaron a estudiar los efectos ¡reconocibles! que había ido dejando en calles sí, calles no y donde sospechaban que había podido rescatar algún trozo de su violín.
Luego alguien empezó a dejar constancia de lo que acarreaba ese trajín de estudios. Cómo la cultura y hábitos de la ciudad había reaccionado a los grupitos y parejas de investigadores. La bibliografía aumentó en una progresión reconociblemente curva. Las bibliotecas se fueron nutriendo de análisis estadísticos. 
Algunas tesis probaron luego que los sistemas documentales constados en estudios bibliográficos guardaban una correlación matemática de lo que había sido la búsqueda del violinista, como un espejo. Otras tesis, como negativos o moldes, conseguían con pruebas igualmente rigurosas, refutarlo.
Apasionados debates se daban cita en los centros de congresos, en las tertulias radiofónicas, en las tabernas de la ciudad.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Los lobos se quedaron en la ciudad varios meses. Durante el día era imposible encontrarlos. El Ayuntamiento y varias comunidades de vecinos organizaban batidas cada vez más multitudinarias y siempre infructuosas. La hipérbole y el misterio engordaban a la par que la frustración. Y por las noches el miedo mantenía las casas llenas y alerta; las calles prestas a los equívocos ecos. No hubo ni una sola prueba de los incidentes y sucesos que se relataban por doquier. Por supuesto conocí a muchos que aseguraban haber estado cerca del incidente, de conocer (ellos) a testigos directos de los hechos. Pero sólo Alicia me resultó convincente. No sé si sus historias o era su tono de voz o una predisposición mía la que me hacía creer, cuando nadie conseguía perturbar mi desconfianza.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Agustín no sabía qué hacer, así que acudía cada tarde a la consulta de Z. Pero, en ocasiones, cada vez más frecuentes, el mismo Z se quedaba sin ideas. Exprimía su cerebro y comprendía la profunda desazón  que atenazaba a Agustín. Precavido, decidió investigar durante la semana y consultar él mismo a varios colegas, en busca de actividades y asuntos de interés. La apatía de Agustín era tan profunda que los ayudantes de Z tuvieron que acudir a su vez a otras consultas. Siguiendo la reacción en cadena, pronto la ciudad entera estaba enredada en búsquedas constantes de investigación y consulta, con el objetivo final de ayudar a Agustín cada semana a encontrar algo en que ocuparse. En ocasiones esas actividades consistían en que Agustín ayudara o comunicara las actividades propuestas desde el sujeto B hasta el sujeto C, que a su vez eran asistentes de X y finalmente nutrirían el consejo de Z, lo suficientemente distorsionado al llegar hasta Agustín que éste era incapaz de reconocer implicación alguna. Años después, la madeja de actividades y búsquedas funcionaba como una imparable bola de nieve de calle a calle de la ciudad, de día en trabajos, de noche en sueños.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Uno de sus sueños recurrentes se hizo realidad años más tarde cuando un amigo dobló una esquina donde sólo había pared. Era, hasta entonces, había sido, una calle larga y recta, sin cruces, porque era la calle que bajaba por el perfil de la perdida muralla, ahora transformada en una sucesión de casas. Sólo algunas puertas. Pero el amigo giró, y en ese movimiento creyó que no desaparecía de la calle sino que se introducía en sus sueños. Lo condujo a una calle estrecha que surgía de alguna puerta. La calleja era más bien una escalera. La escalera era en realidad una sucesión de patios diminutos. Requiebros y requiebros que deberían ante toda lógica destruir las direcciones y haberse topado de nuevo con la misma calle, la de siempre. Pero no. Salieron juntos a otra que era, hasta entonces, había sido siempre incaccesible desde la primera. Tantas veces había soñado ese mismo descubrimiento. Un atajo en una ciudad supuestamente de piedra.
Porque de niño había callejeado de noche sin saber y las callejuelas se habían infiltrado en su alma. Porque de adolescente se topaba con lugares imposibles detrás de recovecos absurdos. Porque la ciudad durante años y vidas seguía retorciéndose entrecruzándose circuvolucionándose, como el espacio mendiante entre los cantos rodados de su suelo.
Uno va pisando niñez, amistad y sueños. En la ciudad de las salidas innumerables.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Miguel se presentaba en las fiestas como Teo. Al final de la velada reconocía que se llamaba Víctor y que debía ser discreto debido a su puesto en el consulado. Todos los documentos oficiales los firmaba como Mr. Thompson. Entre sus más allegados se gustaba como Mandy. Sólo cuando deseo disimular fingía ser yo y si me preguntaban reconocía que me encontraba fuera de la ciudad. Esto acarreaba, al más conocido como Arturo, no pocos problemas. El más interesante le ocurrió cuando su familia descubrió que no respondía por el nombre de Vicente.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Por ejemplo, todas las leyendas mienten sobre la Torre de San Juan. Son muchos los que conocieron al atávico erigidor, cuando frecuentaba las tarbernas para seducir a hombres brutos, con los labios torcidos a base de finos, y las columnas encorvadas de hablar de fútbol, de toros y de obras públicas. Decidió no cortarse el pelo hasta que encontrara el hombre honesto capaz de salvarle a él y a toda la ciudad. Para ello decidió esperarlo en el balcón de su casa, donde terminó pasando hora tras hora. Los transeúntes lo veían peinar su melena creciente y peinarla y florearla balcón abajo, a década creciente.
Cuando su melena tocaba el suelo, elevaba el piso del balcón. Al cabo de unos años era obvio que ya no podría bajar de su prisión, que no quedaba más remedio que un héroe subiera a rescatarlo. Pudiera parecer que lo que quería con su trenzada melena es que subieran por ella para salvar la altura de la torre; pero los que lo conocieron en los mezquinos bares, sabían que todo era una escusa para crear esa torre y que se volviera inaccesible, y demostrar así que nadie era tan hábil escalador de intenciones como para salvarlo. Todo eso sí, disimuladamente. Y así, subiendo piso tras piso, trenzaba con quejas, lamentos, un nuevo nudo en la melena de su patético orgullo.
Curiosamente (la muerte le llegó saltándose los formalismos) las inclemencias del tiempo fueron erosionando la torre, enmenudeciéndola, ridiculizándola. Cuando los cristianos llegaron a la ciudad la confundieron con un minarete de alguna mezquita que ellos mismos habían destruido. La única manera hoy de reconocer la torre es paseando bien borracho de finos, siendo muy cínico, y sintiéndose convencido de que al doblar la esquina, esta triste torrecita lo convertirá en un héroe.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El sol no sale en el verano durante días enteros. Largas horas de tortura tras las persianas. Las horas auténticas acumulan macetas en las terrazas, de cháchara, tomando pinchos y cervezas, tapas y así hasta el momento del sudor y la soledad. 
Sólo esa especie ejemplar, modelo de conducta, envidia de la civilización moderna, los turistas, delira (en colectivo) con un sol que da sombra a su paseo, acaso ignorantes de la sólida y palpitante verdad que se oculta tras las ventanas, una sola verdad común en todas las casas: el sol no existe. Las persianas locuaces dan buena cuenta, sádicas, de lo que debe saberse.
Llegando la aurora, enjambres de ciclistas se derraman en el Vial dispuestos a libar la sierra con su esfuerzo (piernas y cháchara hasta perderse en la selva). Por ese hito cotidiano, multicolor, se mide el día. Y no por las divagaciones de los que ocultos en la sombra de su infierno escriben y escriben tecleando sangre mojigata para las pantallas de aquellos que escriben y escriben ojeando sangre mojigata días enteros, encerrados, acaso dioses.

martes, 16 de septiembre de 2014

Había estado robando cartas, cartas de amor. A su guarida fueron llegando durante generaciones detectives. Quedaban prendados del botín (imaginemos: pasillos, salones, catacumbas rebosantes de cartas de amor desde generaciones, en anaqueles, baúles, suelos). Sin darse cuenta se convertían en los guardianes del tesoro. Los siguientes detectives llegaban tras las pistas y tenían que encontrar a febriles defensores de su trozo de tesoro. Los detectives iban más allá sin saber que luchaban contra los fantasmas de su futuro. 
Sólo un héroe llegó a superar este endiablado proceso. La casa entera ardió en uno de los incendios más monumentales y menos recordados de la ciudad. Durante diecisiete días con sus noches llovieron pavesas de cartas de amor. Todo el campo en legua y media alrededor quedó abonado por la tinta quemada de las cartas de amor. Nadie habla de ello, pero es seguro que aún hoy se conservan trozos de cartas que sobrevivieron, retales de palabras de secreta conexión. Nadie habla pero brota la sospecha del suelo y de los campos en legua y media alrededor. Sospechas de deseos.
Y como todos se esfuerzan tanto en ocultarlo, los más avispados pueden intuir los deslices entre su lenguaje cotidiano.