domingo, 12 de octubre de 2014

Cada vez que entraba en alguna cafetería me significaba ella. Elegir una mesa, sentarme en la mesa mientras ella se sentaba, y así en todas las cafeterías de todas las ciudades. El olor a café. Mientras hablaban conmigo, sospechaba que se daban cuenta, incluso los recién conocidos, de que en mi mente los escuchaba con ella (que la reconocían y entonces por un instante me consumían los celos). Que su tintineo de la cucharilla en la taza era el tintineo de ella en la taza de ella.
Llegó un momento en que cuando caminaba por las calles, sentía que me dirigía hacia alguna cafetería. Esto no era del todo irreal, pues, tarde o temprano acabaría en alguna con alguno, con alguna, pero con ella. Curiosamente, volví a la cafetería en cuestión, pero no me decía nada distinto, no notaba allí nada especial con respecto a las demás. Por alguna razón, había marcado el significante cafetería y me estaba estructurando.
Luego, en la calle, me costaba mucho trabajo saber si me dirigía hacia una cafetería o si había salido. Si caminaba a su encuentro o acababa de perderla. Mi corazón transitaba en el laberinto de una sola calle perpetua entre la primera cita y la última.

sábado, 11 de octubre de 2014

Me decidí por fin a visitar la exposición esa misma tarde. Crucé el pequeño patio de entrada y ante mí se abrieron las modernas puertas automáticas que atestiguaban la completa remodelación del viejo palacete. Para mi sorpresa, no encontré las cerámicas, figuras y lienzos de los que tanto me habían hablado. La sala principal tenía las paredes casi cubiertas con pequeños textos mecanografiados, algunos manuscritos, algunos vilmente impresos. Los textos contenían pequeñas descripciones y relatos. No me convencía; pero como los cinco o seis curiosos que pablaban la sala además de mí no parecían muy extrañados, decidí imitarlos y me dediqué a inspeccionar los textos.
Pero la primera elección, al azar creía yo, me hizo topar con un pequeño resumen de mi llegada a la exposición. Turbado fui a comprobar otros textos; por supuesto, hablaban de otros asuntos. Comprobé concienzudamente que la probabilidad jugaba en contra del suceso, antes de volver a inspeccionar mi lectura inicial. Consideré interrogar a algunos de los visitantes para contrastar impresiones; pero eso mismo estaba escrito en el texto y algo en mi interior decidió rebelarse. Así que quise ser metódico: intenté leer todos y cada uno de los panfletos. Mucho antes de que desistiera ya había descubierto que habría sido imposible. Las paredes ofrecían una hidra de lecturas que ningún humano o aparejador podría haber colocado.
Algunos textitos parecían referirse expresamente aquella misma circunstancia. Eran conjeturas, pues ninguno era tan claro y tan explícito como el primero. Al cabo de unas horas (tanta mi ofuscación) mi criterio para interpretar el significado directo o indirecto de las narraciones se había relajado mucho y cualquier cosa podía ser la clave de mi propio gesto indagador.
En una de las ocasiones en las que descansaba mi pensamiento paseando simplemente por las galerías, vi desde lejos a la mujer que tanto me había llamado la atención en el recital de la otra tarde. Cambié de interés y recogí valor para hablar con ella. Mi natural timidez me desvió de nuevo a rebuscar entre los textos, buscando aquel en el que se describía como iba a saludarla.

viernes, 10 de octubre de 2014

La tienda se encontraba al final de un callejón sin salida, donde compartía ofertas con locales de todo tipo. La fachada resaltaba por contraste con las demás; ella parecía ensimismada cuando las demás invadían el callejón con anuncios y reclamos. Había, pues, que sortear toda una selva de clientes y productos para encontrarla, casi por milagro.
La fachada constaba de un gran escaparate en el que se confundían objetos, imágenes y palabras; al lado, como una vieja sentada junto al balcón, una pequeña (diminuta en comparación) hermosa y sencilla puerta, tan delgada que se diría siempre abierta. Si cerrada, todo el conjunto parecería invisible.
Dentro te recibía un gnomo no más alto que tu ombligo, de miembros delgados como palillos que amenazaban con romper sus ropas (por eso gruesas), con bigotes de todos los colores pardos y grises bien poblados, hirsutos. Parecía andar siempre por el espacio casi inexistente entre los mostradores. Murmuraba; acompañaba sus respuestas con alguna interjección.
Unos entraban sólo por curiosidad y el gnomo los enredaba y acaban saliendo cada vez con algo que creían haber estado siempre buscando. Siempre volvían (nunca encontraban a más clientes allí). Para unos era más bien una consulta, para otros un taller; unos empeñaban, otros debatían. Allí se realizaban apuestas. Allí cuestionaban la filosofía y la ciencia. Configuraban regalos. Escribían panfletos difamatorios. Se concertaban encuentros clandestinos. 
Todos admiraban al gnomo. Desconfiaban de él; era inevitable. Le entregaban todos sus secretos, sin darse cuenta. Él los trataba con sumo respeto. Se reirá de ti. Su rostro te parecerá inescrutable. Cuando entres, te resultará imposible saber qué otra cosa vienen a buscar allí, es más, ni se te pasará por la cabeza que otros conozcan ni vayan a entrar jamás por la pequeña puerta, sencilla, vieja y hermosa.
Una vez fuera, nadie la recuerda, hasta que vuelve.

jueves, 9 de octubre de 2014

Brotó una higuera entre los pisos de una calle considerablemente estrecha. Saltaba de una fachada que se descomponía. Sus raíces fueron la ortopedia de una estructura destinada a la destrucción. Sus ramas parsimoniosas buscaban, qué si no, la luz. Se apoyaban en la fachada opuesta como los dedos de un amante en el cuerpo que acaricia durantes años. Así dedos, y brazos, y el hombro y el cuerpo entero tumbado sobre la fachada y creciendo hacia la herida de cielo. Sus ramas como un chorro de madera que desafía la gravedad, el tiempo y la materia.
La calleja era cada vez más hermosa. Enormes hojas o mágicos farolillos verdes. Olor de campo, burbujas del sol, en el centro más antiguo de una ciudad de sombras. En verano quiénes no se detenían. Los insectos cuidaban allí sus modales. Nada que decir de los gatos. De las parejas. De los turistas. De los poetas que utilizaban su estampa como soporte para su poesía urbana. Los versos eran absorvidos por el latex de sus múltiples tronchaduras (las ramas apretaban la calleja hasta el paroxismo), y serigrafiados por el jugo de los higos en descomposición. Incomparables las tormentas, ¡las tormentas!
Todas esas huellas influyeron en su crecimiento. La higuera se hinchaba durante años tan hermosa. Se convirtió en una torre, en un ramo colosal. Se convirtió en una cueva, en un laberinto de cuevas. Se convirtió en un monumento. Resistía la pobreza del invierno y el sadismo del verano. Resistía las obras públicas (tan complejas ya sus raíces). Resistía las navajas de los adolescentes. Resistía el Ana & Andrés. Resistía una y otra fecha de compromiso. El odio y la torpeza. El Ayuntamiento quiso proteger la higuera, pero se le escapó de las manos. Científicos y botánicos eran abducidos por la bibliografía que ellos mismos generaban y nunca visitaban. Los pájaros se hicieron reyes y su corte era mágica.
Un anciano se quedó dormido al pie de esa calleja, que era toda ella hueco e higuera. Como era un lugar protegido, nadie se atrevió a despertarlo. El aroma de los higos y las moscas le harían soñar con la niñez. O con el sexo. El anciano permaneció dormido durante años. Apareció en múltiples fotografías. Se le citaba en miles de chistes. Dio nombres a bares. Cuando las calles se desmoronaron y sólo quedó el esqueleto de las casas esculpido por las inverosímiles raíces de la higuera, el anciano aún estaba allí. Cuando remodelaron el barrio y cercaron por un elegante jardín la misteriosa higuera escultora de edificios, el anciando aún estaba allí. Los niños jugaban alrededor de su figura, nacarada de látex durante décadas. Subían como gatos, Jugaban como amantes. Soñaban como turistas. Surgió una guardia suiza de monos arborícolas, lemures, dragones aulladores, elfos, demonios con higos como testículos, con escudos hechos con hoja de higuera, con afiladas lanzas de pura luz.
Todo esto terminó la noche del incendio de las cartas de amor.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La lluvia empapaba sus ropas, sus cabellos, su sonrisa rebosante de lluvia casi no se veía, delirante de besos. Corrieron un poco y se refugiaron en un portal. El estruendo de la lluvia sobre los monumentos, sobre el piso de las calles y sus turistas, los tejados, los grandes chorros estridentes que saltaban de los tejados en picado hasta el suelo, hasta los turistas, hasta los besos, hasta la lluvia incipiente que casi no se veía, las carcajadas que se confundían con el estruendo de la lluvia. Sus cuerpos bajo el portal, apretados de puerta y de lluvia eran dos turistas. Sus ropas eran turistas de la lluvia y de sus cuerpos. Ellos eran turistas de sí, no estudiantes, no hijos, no ciudadanos. Eran visitantes del beso y de la lluvia. Y aún arreció más, y los turistas corrían y se refugiaban en los portales. El cielo apretó su gris tras las bofetadas de lluvia. Se imaginó besándola, salpicados de agua ya limpia de fuerza que llevaba, derramándose en sus labios que eran ya la lluvia misma. Y ella imaginó que la besaba, que la abrazaba sin escapatoria de portal y brazos, que su cuerpo entero la besaba hasta la boca, con sus ropas mojadas y sus manos de lluvia y sus brazos de lluvia y sus piernas contra ella, calles y frío y viento encendiendo su corazón. Tanto, que cuando se besaron realmente llevaban una eternidad empapados por la ficción que latía y sabían que en el recuerdo no escamparía, no escamparía ya nunca.

martes, 7 de octubre de 2014

Aprovecharon que Alex y Luis habían llegado al momento álgido de la partida. Estaban enfrascados en los lances y las apuestas. Aunque se hubieran dado cuenta de qué más sucedía, no se hubieran arriesgado a distraer su concentración. Así que subieron las escaleras (Marta delante y Papel detrás, volviendo la cabeza a cada rato, como si hubiera algún peligro) y entraron furtivos en el estudio.
Ernesto los miró entonces desde su lámpara pobre y moribunda. Papel y Marta se pararon como estatuas bajo el umbral, abrazados y sonrientes, con la mirada fija en Ernesto. Escaleras abajo llegaba desde la oscuridad el sonido vibrante de Alex y Luis, partida y espectadores. Al cabo de unos segundos, la pareja juzgó que Ernesto era inofensivo, un útil más de la mesa de estudio. Entraron en la habitación y se echaron en la tristísima cama, que los recibió con crepitante energía. Ernesto encanchó su mirada en el perseguir de labios. Se apresuró a recoger sus apuntes, sus cuadernos y sus libros, al tiempo que desviaba los ojos una y otra vez, alerta, hacia la pareja de amantes. Papel había descubierto el pecho de Marta, que se erguía entre las ropas empujado por una mano firme que buceaba entre sus pliegues (luego una masa de luz, pierna encendida de mujer que surgía y volvía a sumergirse, dispersó las falsas tinieblas) . El pecho de Marta brillaba atrayendo sobre él toda la escasa luz. Chasqueaban las bocas aquí y allá, en bocas y cuello. La lengua en el pecho no sonó. A la ropa que crujía al frotarse nadie le hacía caso. La cama reía nerviosa. Ernesto oyó, quizá por primera vez, los ruidos de la partida bajo sus pies. Apretaba sus libros con sus dedos ateridos. Marta hundió sus delgados brazos cintura abajo de Papel.

lunes, 6 de octubre de 2014

Se dice que el viejo inspector guardaba en un lugar secreto los viejos documentos que rescató de la guarida del ladrón de cartas. Los salvó del incendio. Los salvó del archivo de policía. Los salvó de los periodistas. De los ladrones vulgares. Mapas. Cartas. Diarios. Sobre el personaje que se inventó. Sobre la persona que era o la que fue. Estrategias. Memorias. Quién sabe. Nadie conoce esos documentos; todo es leyenda.
Se dice que los legó a su hijo, y este al suyo y así durante generaciones. Pero el árbol de descendientes es ya tan viejo y frondoso que es difícil distinguir entre ramas y hormigas. Por supuesto, la lista de sospechosos horizontales es finita; amplia, imprecisa, pero finita. Y sólo uno puede ser el depositario de ese legado. No sólo eso, es el depositario de su deseo; pues difícilmente se mantendría oculto sin cultivar el conveniente deseo. Si es que todo esto es verdad.
Se dice que una mujer se lanzó a la búsqueda. Un deseo así tiene que notarse. Investigó. Dicen que llegó a algo. Cuando me lo contaron no me quedó muy claro cuál era el objetivo de esa mujer, si el heredero o el legado del ladrón (el misterio por el misterio, el ejercicio de su propia inteligencia, el deseo, cualquier otra posibilidad velada a su torpe imaginación). Si aún vive, si alguien la conoció, yo estoy dispuesto a encontar a esa mujer, por más que sea leyenda de leyenda.

domingo, 5 de octubre de 2014

Crees que conoces a alguien porque identificas el sonido de sus llaves. El llavero de mi padre iba a reventar de tantas que tenía. Su sonido era inconfundible. Ahora podría decir que conocerlo era estar en casa cuando llegaba, ahora que no estoy yo, ni él, ni la casa. De entre todos los vecinos, aprendí cómo era el llegar de mi esposa. En cambio, confundo las voces de los vecinos y sus esposas: he vivido años en la confusión. Crees que conoces algo porque identificas el sonido de sus llaves. Y un día ves las llaves, las mismas que antes iban a reventar y ahora no pertenecen a nadie ni abren puerta alguna. En esta ciudad.

sábado, 4 de octubre de 2014

Cuando lo atraparon, sus vecinos-víctimas actuarían de oficio, es decir, siguiendo la deriva general de los actos. No podemos culparles de que no reconocieran a tiempo el increíble prodigio que fue simplemente sobrevivir al incendio, el mismo que horas o minutos antes (muchas, muchos) les había entregado una lluvia de trozos de amor en cartas incandescentes (que se extinguían en el aire pero sobrevivían en sus manos). Cómo exigirles entonces que analizaran la fina, meticulosa, sostenida, orfebrería, arquitectura, pedagogía, de su crimen.

viernes, 3 de octubre de 2014

Lo pilló de improviso, pues pensaba que el esguince estaba ya sanado. Varias veces había vuelto a hacer ese mismo trayecto, tan cotidiano, por lo demás (semanas). Cierto que cruzaba media ciudad, zigzagueando las indisciplinadas callejuelas; pero era su desplazamiento habitual. Su desplazamiento habitual. Su desplazamiento habitual. No se había percatado de cuánto llevaba cargando su tobillo ese día en concreto, y ni siquiera en el momento (lejano) del percance le había dolido tanto. Tanto. Y crecía con cada paso. Pero aún le quedaba ciudad por recorrer, barrio por recorrer y no le quedaba otra (descártese trasporte público por el garabateo del casco antiguo, al menos en el sentido a casa, antiguo). Se detenía, se armaba de dolor; y la pura tensión ultrafísica crecía simple con el tiempo, no ya con los pasos, hasta que y cada vez más insoportable volvía otra vez.
Podría pedir ayuda, pero qué transeúnte estaría dispuesto a alterar su itinerario, a cargar con él. ¿Por qué no se quejaba: ayúdeme, conózcame lo suficiente para un tobillo hasta mi casa?  Era esa la tortura de una confianza atrofiada. Ni lo intentó. Ni se le ocurrió. Con cada paso arrastraba la acumulación de pasos, las calles enganchadas, pasos-ganchos, calles-ganchos, las conversaciones de pie, un grillete creciente de inhabilidad social. Era el esguince de su amor el que le empujaba a seguir dilatando. El tobillo maldito y el llegar a casa. Los ligamentos de amistades mal ejercitadas que le llevaban a resistir sin confiar, de declaraciones truncadas, y dejar que el dolor fuera tatuándose en sus futuros sueños, quiero decir, huesos, quiero decir, besos, quiero, quiero, quiero.
Y seguía hasta su casa. No se rendía en brazos de la calle. En la coyuntura posible de una atención hiperbólica, fingida. De una ocasión salvadora, de gesto humano. Nada. El dolor tenía una hoja de ruta. La de siempre, por más que dolor. No atendía a su amante, esguince, seguía y seguía. Fragante tarde de primavera dilatada de regreso.
Nadie en realidad pensaba esto porque era sólo esguince y dolor y seguir por la calle. Y a nadie más que a él (que ya era tobillo, dolor y objetivo-casa) se lo comunicaba. Y por renunciar a conocerlo se le quedó grabado, sin significar nada.

jueves, 2 de octubre de 2014

Comprobaron que indicaba puertas allí donde no las había; pero también donde nunca pudo haberlas. En ocasiones eran lugares absurdos. Dedujeron, entonces, que situaba puertas donde quería simbolizar encuentros amorosos. Si se trataba exclusivamente de besos o admitía otro tipo de encuentros era difícil de dilucidar, y el debate acabó derivando hacia si la cuestión era o no pertinente. Otros llegaron a considerar que aquellos símbolos de puertas simbólicas eran la clave de todo el código cartográfico (si puerta equivale a x, ventana es y, calles z) que escondía no la organización de la ciudad sino las relaciones personales de sus habitantes. Más adelante, surgieron los que consideraban que allí había algo más que una descripción criptografiada: toda una filosofía de la relaciones personales (aún desconociendo realmente el significado del código supuesto).

miércoles, 1 de octubre de 2014

Como el Ayuntamiento consiguió convertir los subterráneos, primero, y las casas y calles del barrio antiguo, después en una especie de parque temático, en un gigantesco diorama arquitectónico del concepto de hiperrealidad (de no ser porque aquí era la reconstrucción de un relato, tinglados más ficticios que la ficción), por la que se movían turistas, eruditos, funcionarios y comerciantes; como la ciudad había sido inundada por una marea de impostura, decidieron fundar en los pisos altos, una nueva ciudad. Grandes empresarios, snobs, casanovas de todo tipo, idealistas sociales, hedonistas utópicos, fueron los colonos pioneros de esta ciudad al elegante borde de la depravación que hoy se extiende de torre en torre.

martes, 30 de septiembre de 2014

Porque observaba noche tras noche la tenue luz de su estudio y las sombras que fuera proyectaba de su figura encorvada, de sus intermitentes apuntes, de su ir y venir de libros, el roce de las hojas pasadas con decisión. Se apostó durante mucho tiempo al pie, al final de su calle. Rara vez aguantó una noche entera, y concluyó que Ernesto (aún no conocía su nombre) tenía más tesón y paciencia para estudiar, lo que fuera, que el propio Luis para estudiarle a él. Eso lo encorajinaba y lo fastidiaba y al cabo de los días lo llevaba de vuelta bajo la ventana de Ernesto. Tanto, que fue así como acabó topándose con Alex, de quien, ofuscado como estaba en el estudio de esas sombras, no supo ocultarse.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Guardaba numerosos planos en láminas y cuadernos. El lugar de las puertas en cada calle y las ventanas. La disposición de dormitorios y salones, así como de los patios accesibles. Los tejados. De las grandes casas centrales tenía detallados los pasillos secretos, los accesos furtivos a las cloacas, a las catacumbas, al lago interior que soñaba por debajo de la ciudad como un corazón de agua inventada. Era aquel el producto de una ardua labor de escritura. 
Posiblemente de noche, tal vez en las más bulliciosas fiestas locales, visitaba los hogares en los que sabía que había historias de amor. Cuando él mismo se enamoraba, buscaba cómo provocar la relación entre amables. Les creaba el deseo y la distancia suficiente como para que escribieran correspondencia proporcionada al amor que en algún momento sintiera él mismo. No podían saber que les había provocado el amor sólo para robarles las cartas.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Aumentaba el número de los que apostaban que no ocurriría. El potencial de beneficios atrajo la elaboración de infraestructuras, de economías secundarias (apuestas parciales, interinas, sobre el proceso y luego terciarias, fraccionarias, la matemática se diversificaba en la colonización de apuestas). Los discursos, interesados o no, proliferaban a su vez: la mayoría venían con sus elucubraciones a dibujar el suceso cada vez más complejo y difícil, otros parecían explicarlo con una clarividencia que hacía crecer el valor de las apuestas.

sábado, 27 de septiembre de 2014

La lluvia trajo una noche prematura a los tejados de la ciudad y las murallas dejaban caer torrentes como remedando las fuentes indomables de la sierra. El agua, sin embargo, resbalaba sumisa por el aceite de su yelmo y de su curaza negra de sangre imborrable.
-Mira delate de ti al Látigo de Oriente, al Gran Semental, al Único Inmortal entre los hombres de nuestro tiempo. El bosque de estardartes que se levanta detrás, quiénes son sino mis ciento cuarenta y nueve hijos, a los que no dejaré morir esta noche, ni ellos mismos lo consentirán bajo mi vigilancia. Entrega ahora la ciudad. Comprende que son mías sus torres, mía la esperanza en el vientre de vuestras mujeres; y que tu mirada no caiga agotada ante el hambre y la sed que con mi cuerpo presento ante tu puerta, pues si aprecias tu vida, querrás servirme.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Elegante genuflexión para atarse los cordones de los zapatos. Antes de alzarse, la puerta le parece enorme, anciana o mítica. Pero está cerrada. En la fachada hay un roto, pequeño, bajo: casi tiene que arrastrarse o escurrirse de lado para entrar, arrancando otra dosis de seca masilla al deterioro. La grieta, no obstante, parece desde dentro aún más estrecha que antes. Ha atardecido de repente. El zaguán (gigantesco o angosto, son sombras, nubes, sus límites) está hinchado por partículas de polvo, flotan, iluminadas desde algún lugar impreciso. Los libros y los escombros se confunden. Están por todas partes, accidentando el suelo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Añoraba tanto su conversación de vértigo. Era terrible comprobar tantas veces que sus nuevos interlocutores no llegaban a avivar la urgente dinámica del hablar con ella. Y en ese soporte extraño del recuerdo creía distinguir perfectamente, no la memoria imposible de las conversaciones, sino el abrazo de su dedos removiendo el café, y esa era la imagen sustitutoria de quién sabe qué lance, y del cruce de sus rodillas y de la textura sólo imaginada de sus pantalones, que eran en su memoria el código secreto con que se había grabado ardientemente aquellas sesiones ¡ahora tan escasas!, aquellas tardes de verano incipiente, aquellas cartas cogidas al vuelo de sus propios labios.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Sus piernas eran increíbles. Se levantaba de la mesa y la veía alejarse sostenida por prodigio tal y era imposible mantener resaca alguna de la conversación. Luego desapacercía y antes de volver llegaba a replantearse cuánto de justo era aquel punto y coma que acotaba cuanto pudiera haberse dicho. Justo para su conversación, para él, para la historia, para ella. Si ella era consciente, cómo no, de aquella puntuación, todo cuanto habían estado hablando qué otra dimensión ocupaba: cuanto había sentido, cuanto había rebatido, cuanto había imaginado, cuanto había con ella danzado en la palabra, en el coqueteo de la voz que casi se comparte. Y luego la veía alejarse y luego acercarse en su inevitable exhibir dos lazas de deseo. La imaginación cortaba a la imaginación, donde uno quisiera escalar como un conquistador, sus piernas inigualables una y otra vez, o descender como el que desciende de una cima deslizándose eternamente a tal velocidad, o el simple turismo de la contemplación ociosa. Sabría que si alguna vez se despedían estaría condenado a aquel punto y coma de sus piernas que nunca acababan, que prometían continuidad. Que robaban el sentido de cuanto había sido dicho, pensado, imaginado, mientras compartía plenamente ella con él su presencia.

martes, 23 de septiembre de 2014

Lo cruel es que aún muchos consideran su trabajo una ardua locura, una obsesión decadente de una mente desquiciada. 
Cuando destrozaron su violín en la misma calle, ciertamente sufrió lo indecible. Uno de los violines más perfectos que se habían construido nunca. Aparentemente ajeno al peligro, se empeñaba en recoger los infinitos restos diseminados. Tuvieron que agarrarlo entre varios para sacarlo de la calle; no es que forcejeara, sino que su empeño por recuperar los trozos de violín tenía una urgencia irresistible, y el miedo de los que pretendían auxiliarle dificultaba todos los movimientos embarullados del moemento.
Durante años fue muy fácil encontrar al viejo (cada vez más) violinista escudriñando adoquines y paredes siguiendo el rastro de los trozos desperdigados por la violencia y por los pasos y los vientos de ir y venir. Consiguió un nuevo violín, un violín, de excepcionalidad común. Paseaba por toda la ciudad tocando piezas matemáticas con precisión rigurosa. Analizaba la acústica, porque sospechaba que con la diferencia de sonido reverberando en aceras y fachadas podría localizar los restos de su querido violín, impregnados de perfección y sentimientos.
Claro que el Ayuntamiento acabó homenajeando a ese pobre loco, por lástima colectiva y cariño de su música itinerante. Hasta que empezaron a estudiar el efecto que sus horas de música, esperanzada, rigurosa, matemática, tuvo en las piedras mismas, no ya en los corazones que habitaban tras ellas. Decenas de músicos, de físicos, de científicos y esotéricos de toda clase empezaron a estudiar los efectos ¡reconocibles! que había ido dejando en calles sí, calles no y donde sospechaban que había podido rescatar algún trozo de su violín.
Luego alguien empezó a dejar constancia de lo que acarreaba ese trajín de estudios. Cómo la cultura y hábitos de la ciudad había reaccionado a los grupitos y parejas de investigadores. La bibliografía aumentó en una progresión reconociblemente curva. Las bibliotecas se fueron nutriendo de análisis estadísticos. 
Algunas tesis probaron luego que los sistemas documentales constados en estudios bibliográficos guardaban una correlación matemática de lo que había sido la búsqueda del violinista, como un espejo. Otras tesis, como negativos o moldes, conseguían con pruebas igualmente rigurosas, refutarlo.
Apasionados debates se daban cita en los centros de congresos, en las tertulias radiofónicas, en las tabernas de la ciudad.