lunes, 10 de noviembre de 2014

Aquel loco había fabricado una locura inmune a tratamientos, pertinaz, rápida y contagiosa. Pensaba dejar la locura al sol en alguna plaza. Así que fueron de plaza en plaza, por las tardes y por las noches (de día había que trabajar). Disimulaban todo lo posible, se sentaban en las terrazas y bebían cerveza si era necesario. Esperaban por si veían surgir la locura. A veces se bañaban en las fuentes, bebían como hombres antiguos. A veces se sentaban en los bancos hablando de esto y aquello para detectar el eco de la locura. Lanzaban guiños a las mujeres y las besaban si era necesario.
Mientras pasaba su mejilla lija de barba postrera por la tibieza de sus senos sabía que le dolería no poder olvidarla. La apretaba contra sí; pero aquello no era tenerla lo suficiente. Recogía en su cuerpo el ritmo que le pedía y se lo devolvía con violencia y desesperación; entonces ella se alejaba en su placer y él quería recuperarla apretándole los brazos y golpeando aún más sexo con sexo, pero sabía que le dolería tanto cuando finalmente se marchara y quedara aún la presión de su cuerpo en su piel, en su barba. Se la comería. Quería atrapar la con su mirada; intento saboteado por la miopía decente. Qué cuerpo de mujer desplegado ante él, que se la llevaba. Aquello no era tenerla lo suficiente. Quería educar los cuerpos desnudos, castigarlos a placer y abrazos, para que no se marcharan, para que dejaran colarse la distancia. Los cuerpos desobedientes. Su hermoso cuerpo de mujer desobediente.




domingo, 9 de noviembre de 2014

Por un momento no hubo más que su aliento, no del todo agradable, cerca de su nuca. Al ritmo que embestía, resoplaba, sincopado, como un cuarteo de viento. Y como era impaciente, su cadera iban de tango, ora de klezmer, se cansaba y era jazz, y luego volvía a ritmo de galeras. El hombre bestia de los bosques griegos sudaba y jadeaba sobre ella su fuerza, no del todo placer, pero ahogada en una mordida de sentimiento que no podía, sino el latir de sus venas en el cuello que hubiera mordido, le hubiera arrancado de cuajo la vida, si el propio placer le dejara fuerza alguna que no fuera para sentirse.
Los niños escapaban de sus casas para jugar con los lobos. Por eso los lobos se quedaron. Les daban de comer. La mortalidad creció enormemente; pero los niños estaban entusiasmados. Bajaban a sus escondrijos mientras los adultos dormían. Los lobos crecieron y se multiplicaron. Los adultos aterrados pensaron que hacía tiempo que se fueron, que aquellos días estaban extintos. Los niños morían: estaban entusiasmados. Los lobos crecieron y se multiplicaron. Se le oía aullar en el momento más inoportuno. Mientras los adultos dormían indignados y los niños morían.









sábado, 8 de noviembre de 2014

No. Porque tocó la blanda carne de su cintura no, de su costillar, abajo del pecho aún, con sus manos frías y ella se revolvió sin poder evitarlo. Sin embargo, no iba a desistir y se acercó con su cuerpo caliente y áspero y sus manos frías, sus brazos fuertes. Ella se acercó con su boca, se alejó con su cuerpo, se acercó con su rodilla, se alejó con la cadera y dejó caer sus cabellos en el torso decidido de su amante. Labios húmedos y manos frías.
Tenía que cruzar cada mañana la ciudad por la ribera del río. No podía avivar el paso porque si se agotaba iría luego más lento.  La respiración violenta y rápida le secaba la garganta. Pero, si iba demasiado despacio, el frío y la iban envolviendo como un ejército de acosadores pretendientes. Sacaba sus manos, guantes gruesos y a la moda, y frotaba tela con tela del abrigo y se llevaba la suave  calidez, como llegada de una hoguera de vainilla, a su cara. El frío iba mordiendo, la iba desnudando. Ella afirmaba el paso. La humedad recorría sus huesos como un orgasmo de hielo. No iba a poder llegar. Moriría de frío, de humedad, de sexo y de dolor esa estúpida mañana en la ribera del río. Y así cada día.

viernes, 31 de octubre de 2014

Corría el rumor de que el gnomo había sido secuestrado o que lo tenían prisionero, no en la casa, sino en algún otro lugar, y no por los de la casa, sino por algún otro que tampoco tenía por qué ser el ladrón de cartas. Pero todo eso era imposible: nadie tenía conciencia de conocer al gnomo. Sólo lo recordaban cuando entraban, aparentemente siempre por casualidad, a su tienda. ¿Cómo podrían saber de qué gnomo estaban hablando? El doctor y sus secuaces intentaron averiguar desde dónde habían recibido la información, pero no podían recordarlo. Habían olvidado a quién oyeron hablar del gnomo, cuando debieran haber olvidado al gnomo mismo. Así que sospechaban que aquello eran una estratagema del propio tendero, con sus extrañas artes. ¿Por qué había obrado así para ocultarse?, era difícil saberlo. Tal vez quería alejarse del grupo. Tal vez quería transmitir algo al grupo sin que otros lo advirtieran. ¿Era aquel rumor imposible un código o la clave de un código que ocultaba un mensaje importante? Eso contando con que fuera un acto controlado del gnomo y no una situación provocada por el ladrón. El doctor se ensimismaba impotente horas y horas rumiando todo el asunto.

jueves, 30 de octubre de 2014

Días de lágrimas. Se escuchaba el rumor de los llantos superpuestos unos a otros, calle tras calle, ventanas y balcones. Era difícil sustraerse cuando alguien, vecino, cercano, desconocido, lloraba por la misma tristeza que uno acababa de calmar. Y la tristeza llamaba al anhelo, irritaba el deseo. Así que, por ejemplo, Magda salió saltando por su ventana y enfiló decidida calle arriba, como en trance. Llora y arde mientras anda. A mitad de camino, se encontró con Santiago que venía a por ella. Y así muchas otras situaciones que aún no se escuchaban, pero que harían temblar la ciudad durante las semanas siguientes. Porque tras el beso inicial Magda y Santiago desembocaron en una pastelería cercana y siguieron besándose y abrazándose casi caídos en las mesas. La dependienta, rebosada por la pasión de los amantes en su propia urgencia, cerró el local y los dejó solos para salir en busca de su propia pasión; Magda y Santiago pronto intuyeron y por suelos y mostradores dieron rienda suelta al sexo, por todo cuerpo, suelo, ropas y pasteles.
Igualmente aquí y allá, y la ciudad rugió de gemidos y carreras de cuerpos buscándose y destrozo a garganta eterna. Y los gritos de unos alentaban el placer de los otros. Así fue muy difícil parar. Ninguna pareja (o grupo) quería detenerse antes que cualquiera. Y seguían allá y allá. Chasquidos y jadeos ondulaban a coro en mar de tejados y persianas o cortinas. En los bancos públicos.  En los preñados jardines.
Los niños estaban nerviosos e impotentes. Comprendían y no comprendían. No era exactamente la libertad la que los dejaba solos, tampoco el miedo. Pero escuchaban a sus padres y a sus hermanos cerca o lejos amar y desesperarse. Y los ancianos se consumían a sí mismos como llamas en recuerdos ¡en recuerdos!
Los pocos en la ciudad que estaban solos no pudieron resistirlo y decidieron escapar, abandonar, huir. Algunos coincidieron en la salida y los más valientes se abalanzaron en las puertas mismas, en las plazas o en los coches y se unían al clamor de besos y lenguas. Los que sí salieron de la ciudad no pudieron alejarse mucho, pues en el fondo no soportaban perder el grave palpitar sonoro de tantos cuerpos. Abandonaron los caminos y se instalaron como alimañas en los campos de las afueras.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Lo que una vez fueron casas ahora eran calles. Uno entraba libremente por una puerta hecha a medida para impedir la entrada y seguía escaleras arriba. En la ciudad de segundo nivel seguía paseando y miraba hacia abajo. Allí todo eran ruinas y riesgo, pasarelas endebles, pero la gente lo asumía como algo rutinario. Apenas consideraban a los antiguos amantes adolescentes besándose a la vista, que ya no estaban. Subían y bajaban de las casas, entraban y salían por las ventanas. Llamaban a los cuerpos y salían a recibirse. Y por la tarde volvían camino atrás a las cenas de grupo y las camas ansiosas. Las llaves se vendían en los puestos y quioscos. Cada una servía para muchas casas, otras eran sólo de adorno. La mayoría de las casas estaban abiertas, no todas. No todas estaban abiertas siempre: unos días unas, otros días otras (había que improvisar los recorridos, por eso había tanta gente comprando llaves hermosas en las tiendas). Atravesaban dormitorios. Se paraban a conversar como suspendidos mientras otros andaban. Ayer fue el cuarto de una adolescente, se ven sus ropas y sus fotos, hoy era una plaza abarrotada de palomas y niños, y la adolescente la vemos caminar por encima de los museos y las cafeterías. Eran aquellos días gloriosos. La gente no se daba cuenta; entretenidos en su amor, atareados de poesía, caminaban y caminaban.

martes, 28 de octubre de 2014

Luchaban en absoluta oscuridad. La única referencia era el ruido de los golpes y el chapoteo rebotando en paredes lejanas o el suelo, la humedad arriba o abajo de la caída. Durante mucho tiempo pensó que se trataba del ladrón de cartas; pero la desesperación de su pelea, su torpeza, la ingenua vanidad de sus zarpazos, le hicieron sospechar que era uno más de los que buscaban su guarida, como él. Luchaba con un fantasma. Aquellos fantasmas habían deformado su estilo a base de luchar contra otros fantasmas, y si él redundaba en esas batallas por túneles y catacumbas seguramente acabaría convertido. El combate se volvió tedioso o terrorífico. Era difícil saber si uno mordía al otro o a sí mismo, si recibía al mismo tiempo los dientes del otro o de sí mismo. Era difícil saber si uno u otro luchaban por vencer o por huir.
Cabía la posibilidad de que el propio ladrón, habituado aún más a esos exploradores-vigilantes, remedara su estilo de lucha para pasar desapercibido. ¿Estaría entonces luchando con él? Y acaso esa era la duda que el ladrón jugaba a sembrar o era una duda huérfana que acababa, eso sí, convirtiendo a sus perseguidores en guardianes fantasma. ¿Sería acaso él mismo el ladrón? (Continúese el mismo razonamiento anterior) ¿Tendría quizás el ladrón un mapa de los fantasmas, un mapa de sus estilos, que le permitiera desplegar un lenguaje de peleas en las más recónditas y húmedas oscuridades?

lunes, 27 de octubre de 2014

En la casa de los pájaros vivía una muchacha linda de preciosos diecisiete años. Tenía el pelo muy largo, blanco o gris. Era tan anciana que se dedicaba a silbar, por eso llamaron a su casa la casa de los pájaros. El zaguán estaba siempre abierto. Las paredes del zaguán estaban totalmente cubiertas de azulejos y mosaicos que representaban una selva, con monos y dragones y aves de todo tipo y hombres diminutos, elfos, herrerillos, alcaudones, búhos y uno mismo reflejado en las teselas y gloriosos arrendajos; por eso llamaban a aquella casa la de los pájaros, porque allí vivía una anciana de hermosos ojos verdes que no dejaba de silbar. Por una esbelta, esbeltísima, cancela (los barrotes retorcidas ramas de bronce modernista o de hierro art decó o madreselva mágica) se veía un patio grande, blanco y luminoso -pozo y ciprés, poblados macetones-. Quien se asomaba veía siempre a una niña rebosante de amor que jugaba con jilgueros y periquitos. Por sus pasos de sabia adolescente podía deducirse con facilidad que estaba profundamente trastornada, la niña, no la cancela ni la casa. Sólo cuando detenía su mirada y entonces se paraba toda ella, lejos, a mirarte, si eras tú quien realmente se paraba a mirar desde el zaguán, se detenía y parecía profundamente sabia y niña y uno era capaz de enamorarse de esa mirada. Por eso la llamaban la casa de los pájaros, porque era como el nido de un insecto que atrae con forma de orquídea esmeralda a los incautos. Y después uno vive enfermo de amor y no lo sabe y va por la ciudad metiéndose en zaguanes y vicheando patios en busca de la mujer que ni siquiera recordó haber imaginado nunca.

domingo, 26 de octubre de 2014

-Deja lo del nombre. No busco un nombre, lo que quiero es una historia -dijo el hombre muerto.
-Pero un nombre me facilitaría mucho las cosas -alegó el novelista.
-Y si buscara algo fácil, ¿me habría puesto en manos de un profesional?
-Usted quiere contratarme, ¿pero no sabré a nombre de quién trabajo?
-Estoy aquí, tienes mi correo, tienes mi teléfono... trabajarás para mí. 
-Perdone, me resulta un poco incómodo. ¿Cómo voy a contar su historia? 
-Eso es cosa tuya.
-¿Le llamo Tomás, Andrés...?
-¿A quién, a mí? Deja ya de tutearme, ¿no eres extranjero? Me agotas... No, no... No me gustan esos nombres. Deja eso te digo. Primero la historia, luego ya saldrá el nombre.
-Dime quién eres, dime algo de ti...
-Eso es lo que quiero que cuentes, para eso voy a pagarte.
-Pero deme algo para empezar.
-Soy un asesino. Soy un ladrón. Me escondía. Me escondía tanto que no logro distinguirme. Me perseguían. He trabajado con mis manos para construir mi guarida tanto que tal vez sólo haya sido el empleado ignorante. He abierto la piel y he escondido los cuerpos con mis manos o he firmado documentos cuando estaban limpias. Le tapaba las bocas para que no gritaran al morir y los manchaba con su propia sangre. He peleado a puños con los que me perseguían si es que yo era entonces el perseguido, la víctima, el muerto. Pero nada de eso vale. Quiero que seas tú el que cuente mi historia.
-Puedo decir entonces que es un asesino.
-Si lo ves conveniente... es tu historia. Tú la escribirás.
-¿Y qué diferencia hay entre que lo digas tú o lo cuente yo?
-¡Yo qué sé qué diferencia hay! Tú eres el escritor, tú eres el que sabes de explicar las diferencias. Averígualo. Cuéntalo. 

sábado, 25 de octubre de 2014

Justo en la plaza del museo vivía un hombre muerto. Probablemente el hombre más inquietante que he conocido. Para mí y para los de mi profesión llegaba a resultar exasperante. Cuando acabó conmigo decidió empezar a trabajar con un maduro traductor y novelista en ciernes (esto quiere decir: amplia y anónima trayectoria como traductor y reseñada primera novela recién publicada). Se reunían en la plaza del museo. Uno de los lugares más agradables de toda la ciudad, al menos en aquella época. A esa plaza desembocaban cinco calles distintas y estaba cerrada por cuatro palacios al menos, uno de los cuales se estaba (eternamente) reconvirtiendo en el Museo Arqueológico. 
El maduro traductor y novelista en ciernes era David Anderson. El hombre muerto contrató sus servicios para que contara su biografía. Había muerto en algún momento del futuro, pero como tenía tan mala memoria para el futuro no conseguía recordarlo; en ese aspecto, la contribución del novelista era fundamental. Las conversaciones tenían lugar bajo el viento amable, la sombra de los árboles altos y antiguos y a la vista de las cuatro señoriales fachadas, porque en cualquier otro lugar hubieran resultado insoportables.

viernes, 24 de octubre de 2014

Subiendo la escalerita de la Torre Malmuerta, a la derecha, se llega a un coqueto mirador no más grande que una amplia terraza. Desde allí se contempla, de noche, desplegarse la ciudad como un jardín colgante de tejados hasta el río. Las lejanas ventanas se confunden con los farolitos de la terraza, y las macetas con los árboles de las plazas. La noche es difícil de reconocer si se encuentra dentro o fuera.
Allí sirven el más delicioso y dulce ponche, que sirven en elegantes vasos alargados y curvos casi tan largos como un antebrazo. Siempre que llego falta poco para que cierren; pero nunca llego, sino que siempre estoy allí acabando de llegar. Miro sorprendido el paisaje y me lamento de que no vaya ese lugar más a menudo. ¿Por qué hace tanto tiempo que no decidimos venir?, es siempre la pregunta. Pero, a pesar de este íntimo reproche, no conozco lugar en la ciudad más acogedor. 
Unas veces no es más que la terraza. En otras se compone de un conjunto de balcones, casi jardines. La mayoría de las veces es todo un restaurante, pero de pequeños salones, celditas. Incluso nos hemos sentado en el suelo de los pasillos, y allí hemos comido espesos platos de exóticas lentejas, sobre alfombras, medio acostados en cojines, con luz muy tenue de conversación. Y desde una habitación se intuyen las otras, al menos su luz, o sus platos y su música (porque cada vez y en cada rincón hay una música distinta).
Allí me encuentro con amigos que llevo sin ver dos o veinte años. Con amores que creí haber dejado atrás. Con los que no me atreví a saludar en su momento. A los que desdeñé. Quienes llevan un estilo de vida que acaso envidio. Los que hablan muy profundamente de lo que yo considero superficial y comprenden realmente la vida. Y yo encuentro siempre mi lugar, esperándome, entre ellos, y paso allí solo el resto de la noche, que siempre dura sólo ese instante. Miro lejos el tiempo perdido, que es la ciudad, el rincón o la tertulia jocosa, el tiempo que se extiende en todos esos otros lugares que sí visito con frecuencia cuando debería volver más allí.

jueves, 23 de octubre de 2014

Así que acordaron que quien debía ser el viejo gnomo quien debía intentar penetrar en el viejo palacio. Las estrechas calles que lo rodeaban sólo se vaciaban en dos momentos: la madrugada y la sobremesa; si bien, sólo de día permanecían abiertas las ventanas de los pisos más altos. El gnomo saldría esquivando rodillas y cinturas por su bulliciosa arteriola de tiendas y turistas confiando es su patente invisibilidad fuera de su cubil. Su pelo hirsuto y sin color lo ayudarían. Sus ropas pasadas de modas pasadas de moda lo ayudarían. Su piel de ladrillo y su mirada introspectiva.
Mientras todos atendías sus digestiones o sus pesadas tertulias a la mesa, el gnomo tensaba una cuerda entre tejados y se lanzaba hacia una de las muchas fachadas del palacio. En cada gesto lamentaba lo que consideraba una profunda falta de respeto a su perfil; pero ahí estaba, ahí lo habían conducido la urgente ficción de los tiempos. No había remedio y llegado a este pensamiento prosegría su escalada. 
Cuando alcanzó la primera ventana, cerrada, oyó que regresaba el rumor de la calle pisos abajo. Subía con insultante comodidad, el ruido, los olores de femeninos perfumes que van a trabajar, a mancillar con su fragancia de seducción el mundo, la ciudad, las casas ajenas. La gente se amará sin saber por qué, sin saber que fue por la mujer recién perfumada que pasó de camino a su trabajo. El gnomo podía olerlo desde su posición. Se resignó a abandonar la atención de ese mundo y fue en busca de otra ventana, aún más arriba. Por supuesto, no podía abandonar aquella estación sin echar una ojeada dentro del palacio.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Aurora tuvo tres hijos: uno de ellos era un gigante. Salía muy poco de casa porque le cansaba andar. Pocos recuerdan algo de su infancia. Mediodía, el gigante, pasaba largas horas estudiando la historia de la ciudad. Él sí conocía las infancias de todos y cada uno. Tenía a su servicio un séquito de exploradores que recogían aquí y allá chismes y anécdotas. Fue el primero en suponer la existencia del ladrón de cartas. Que consiguiera manter el secreto durante tanto tiempo fue una proeza proporcional a su tamaño.

martes, 21 de octubre de 2014

Era el encargado de llevar los recados entre el médico y el gnomo. Debía cruzar la ciudad con el mayor secretismo, a sabiendas de los muchos espías que desplegaban con extrañas estrategias. Él mismo disimulaba y en su postura de aprendiz entresacaba con sutiles esfuerzos la extraña relación entre los dos maestros.

lunes, 20 de octubre de 2014

Fue con una anécdota que se me vino gestando durante algunos años. Resultaba que en mi trayecto cotidiano me encontraba casi sistemáticamente con las mismas personas en la ruta de ida y aparentemente otras también las mismas (en actitud más relajada y menos reconocible) en la ruta de vuelta. En algunas me fijaba y otras pues seguramente no. Por el cruce diario de miradas sospechaba que la fría familiaridad era recíproca; pero sólo en algunos casos. Así que durante mucho tiempo me venía cruzando en mi camino con un hombre que esperaba en la calle, además con actitud impaciente controlando su reloj. Cuando me di cuenta supe que prácticamente me lo encontraba allí todos los días, y probablemente no había sido consciente hasta un momento determinado; sabe Dios desde cuánto antes me lo venía encontrando allí.
Y allí seguía día tras día, en su actitud de espera imperturbable. Y empezó a intrigarme. Empecé disimuladamente a aminorar mi paso y observarle todo el rato posible. Me di cuenta de que su perserverancia en mirar el reloj era más un cierto control metódico que auténtico nerviosismo. Entre tanto se le veía observar la calle con atención (confiando en que en algún momento apareciera aquello, aquel o aquella que esperaba; interpretaba yo). Pero nunca conseguía, por más que me retrasara, descubrir qué estaba esperand: mi curiosidad iba en aumento. 
Conseguí entonces disponer de más horas y me dediqué sistemáticamente a observar, con la mayor discreción, a aquel paciente esperanzado. Pero al final acababa por marcharme, sin llegar a saber nada más. Cuando él miraba el reloj, yo miraba el reloj; cuando él observaba la calle, yo observaba la calle. Nunca conseguí deducir nada. Finalmente acabé por dirigirme a él y preguntarle directamente.
-Pues le parecerá absurdo; pero ¿ve usted aquel tipo? El que está allí parado discretamente -Me respondió y con mucho disimulo me señaló a un hombre plantado algo más avanzada la calle-. Pues hace ya tiempo que lo veo esperando durante horas, y estoy intrigado  por saber qué es lo que espera. Constantemente mira el reloj y observa detenidamente aquí y allá. Algunas veces me siento tentado de preguntarle; pero algo que me inquieta me refrena y no sé lo que es.
Aquella respuesta me heló la sangre y me alejé de él como un loco desconsiderado sin mediar más palabra. Todavía hoy me devano los sesos intentando averiguar qué fue lo que me inquietó de aquel encuentro y de esa respuesta; pero no consigo saber qué es.

domingo, 19 de octubre de 2014

Remington olvidó que Liz se había marchado. Fantaseaba de nuevo con ella compartiendo sus gestos y su espacio. Fantaseaba que los nuevos vecinos vivían con ella o ella los visitaba o era Liz quien los recibía de visita. Fantaseaba que los vecinos, cada uno por separado, fantaseaba con Liz en un hipotético piso más alto. El nuevo piso de Liz imaginaba que era igual, y que eran iguales todos los pisos del mundo, o al menos de esa ciudad. Imaginaba a Liz fantaseando con las habitaciones, como él fantaseaba con las habitaciones. Veía a Liz olvidándolo, cuando recordaba que Liz se había marchado y recordaba así que se estaba olvidando.
Cada fantasía era independiente. No recogía una lo dejado por la otra. No había memoria para la contradicción o lo imposible o la incoherencia o lo imposible. Pero también sucedía que una fantasía, y esto era nuevo y gracias a la pérdida y gracias al olvido o tal vez esto la causa del olvido y de la pérdida, también sucedía que unas fantasías se veían a otras y surgían las construcciones compuestas y complejas. Pero no reducían ni alteraban las fantasías simples. La relación entre Remington y la Liz imaginaria era desde fuera más rica; pero en cada fantasía era sencilla.
Remington deja paso en el pasillo a Liz imaginaria. Remington piensa que él real añora a Liz imaginaria; pero como le ha dejado paso, considera que la tiene como presente. Remington se piensa imaginario dudando de Liz real como perdida. Remington imaginario no sabe que Liz se ha ido. Remigton titubea al pedirle permiso a Liz para sentarse, acaba de recordar que todo es imaginario, acaba de recordar que eso no impide que la imagine presente, recuerda entonces que lo ha olvidado todo, recuerda que pronto volverá a olvidarlo.

sábado, 18 de octubre de 2014

Estaba convencido de haberlo visto escabullirse en algún punto entre Capuchinos y la Cuesta del Bailío. Perdió la pista, como si se lo hubiera tragado la tierra. Quién sabe si las paredes más antiguas de la ciudad. Quién sabe si las paredes más antiguas del mundo, se lo habían tragado. Tal vez las buganvillas que colgaban desde decenios escondían algún resorte. Los cristos, las vírgenes, los escalones, las fuentes, los faroles, algún resorte. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Los cantos rodados del suelo se lo habían tragado.  Esas paredes que han parado el tiempo.
De día repasaba los escalones, uno por uno, arriba, uno por uno, abajo. De noche espiaba las salamanquesas, como si sus paseos verticales, su danza con la luz y los insectos, su paciencia de esfinge en un desierto de cal, dibujaran en realidad algún código secreto. Sí: él las ha adiestrado, me espían (pensaba); durante generaciones ha ido sembrando buganvillas y adiestrando salamanquesas. El soniquete preciso del chorrito del agua quiere decir algo. En algún punto entre Capuchinos y la Cuesta del Bailío se abre una puerta y lo escondida que está es precisamente lo débil de su punto.

viernes, 17 de octubre de 2014

-Estoy seguro de que cuando rememore esto no conseguiré escuchar tus palabras, sino que confundiré lo que digo aquí y allá y pondré palabras mías en lugar de las tuyas. Es un defecto que tengo, no puedo exponer bien los diálogos.
-Pero probablemente eso sea producto de tu imaginación: tú te imaginas así, pero lo que sucede en realidad es que estás hablando conmigo. Y este que habla con sus palabras, y dejando espacio para las mías (¿espacio o tiempo?), este es otro y tú. Y el que te imaginas está tal vez como tú dices, impedido, pero tú estás aquí, hablando conmigo.
-Pero seguro que no como una auténtica conversación, sino que los razonamientos se suceden dialécticamente, como una sola mente que silogiza y se debate.
-¡Bah! Te defiendes.
Exhaló un corto respiro de resignación. Anuló su mirada, de repente introspectiva, con la taza que cogía casi ceremoniosamente. ¡Sus cerámicos dedos sutilmente anillados en el asa elevando una estructura de surrealistas arbotantes. Un solo fluir de puro gesto, de pura expresión, de puro cuerpo o pura compostura. Ningún otro instante había sido nuca más hermoso o sorprendente o valioso o mordaz que aquel ademán de mujer, que se separa de mí (momentáneamente callejón sin salida) y bebe su café.
Y en esa centésima de instante se agolpaba: la taza posándose sobre sus labios, como un acantilado que se desploma sobre el agua porque no puede más con tanto amor; el café, caliente, batida de gansos silvestres remontando el cielo, deslizándose entre sus dientes y lengua, torrencial; el aroma, bailarina de cuento, amarga, flotando hacia sus ojos, rebelde, su pelo y sus manos sin ley; y yo me sentía diseccionado quirúrgicamente en todos esos elementos y mi sangre era, gota a gota, mancha a mancha, herida a herida, la metáfora.

jueves, 16 de octubre de 2014

Durante un año entero o más estuvo investigando las cloacas y las casas abandonadas, intentando reconstruir el supuesto plano que sospechaban tenía el ladrón de cartas. Suponían que había construido un entramado superpuesto al callejero. Así que se adentraba en las sombras de algún caserón, de cuyo sótano partía una galería que desembocaba en las alcantarillas o en otra casa (a veces estaban habitadas, y adquirió la precaución de atender al sonido antes de salir).  A veces no volvía a salir hasta bien avanzada la mañana.
Tenía, además que vigilar los movimientos de otros investigadores, que ocultos competían contra él, y entre sí, incluso sin conocimiento mutuo. Tenía que ir reconstruyendo el plano tanteando sospechas. Y el único objetivo era conseguir moverse más rápido, que él o más rápido que ellos, el ladrón, los investigadores. 
Probaba métodos y tenía que romperlos, porque comprendía que el ladrón preveía métodos y los rompía. Y así también con ese otro entramado de movimiento que era la red de amistades y relaciones sociales.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Se encontraban cada noche en la Plaza de la Compañía. Cobijados bajo el pretil de las escaleras se besaban. Sus encuentros duraban apenas minutos, los que podían permitirse antes de que los echaran sospechosamente de menos en sus respectivas casas. Una tarde no pudo acudir, y vivió angustiado horas y minutos, pensando en la decepción de su amante, y que luego tendrían que perder el tiempo hablando o aclarando, cuando urgía el tacto de sus labios húmedos calientes y sus brazos y el aroma intruso de su pelo y sus ropas. Una noche ella no acudió y él se sintió morir imaginando que todo había acabado. Y como no hablaban sino que se desplomaban ansiosos abrazados bajo el pretil de las escaleras espoleados por el frío y la humedad y los nervios de la noche, sus corazones se despedían cada vez más heridos de incomprensión, de anhelo, de posibilidades y fantasías. Su beso vivía por ellos y ellos sólo vivían la despedida. Cuando sus ojos se encontraban comprendían la pronta extinción de su mirada y que el hambre de labios les llevaría a lidiar todas esas historias, sucedidas o imaginadas, sentidas, a dientes y lengua.