Un momento de celos.
Otro y otro momento
de celos. Y otro y otro.
Pero ya nada más.
viernes, 23 de enero de 2015
jueves, 22 de enero de 2015
Potencia ubicua
Un electrón extraño contrata contra cuatro
feroces fuerzas fuera de escafandras.
Luego, llegada la lluvia, degollarán las dagas llagas
sobre sobrados brezos saboreando brasas.
Nadie conoció nociones de una unidad
decente cediendo cedazos adocenados
sin otros siniestros sinos.
feroces fuerzas fuera de escafandras.
Luego, llegada la lluvia, degollarán las dagas llagas
sobre sobrados brezos saboreando brasas.
Nadie conoció nociones de una unidad
decente cediendo cedazos adocenados
sin otros siniestros sinos.
miércoles, 21 de enero de 2015
De narcisismo y exceso
Confía en lo que eres:
por más que reniegues o sospeches,
lo que eres implacable seguirá
siendo y actuando. Tú que eres
para mí un espíritu vigilante. Tú que eres
mi enunciado sancionador,
mi querido enunciado sancionador,
a quien escucho y recuerdo,
a qué ocupar otra celda de tu vieja posada
con suspicacias e intenciones,
goces o hábitos
de narcisismo y exceso.
por más que reniegues o sospeches,
lo que eres implacable seguirá
siendo y actuando. Tú que eres
para mí un espíritu vigilante. Tú que eres
mi enunciado sancionador,
mi querido enunciado sancionador,
a quien escucho y recuerdo,
a qué ocupar otra celda de tu vieja posada
con suspicacias e intenciones,
goces o hábitos
de narcisismo y exceso.
martes, 20 de enero de 2015
Pigmalión
El hombre se sienta roto ante su máquina. Quieto la contempla.
Con paciencia teje, sin saber funciona, y a veces la odia.
Respira y palpita: su respiración ocupa el paisaje,
de su pulso brotan y revolucionan los gritos, los pueblos.
Retoca al dictado de lo que acontece. Casi es un abrazo,
un gesto. Un instante tiembla entre sus dedos: sabe que su máquina
es un reflejo en un río.
Y pronto se apagará.
Con paciencia teje, sin saber funciona, y a veces la odia.
Respira y palpita: su respiración ocupa el paisaje,
de su pulso brotan y revolucionan los gritos, los pueblos.
Retoca al dictado de lo que acontece. Casi es un abrazo,
un gesto. Un instante tiembla entre sus dedos: sabe que su máquina
es un reflejo en un río.
Y pronto se apagará.
jueves, 15 de enero de 2015
AQUILES Y LA TORTUGA. XV de XV
Como aquel asunto pasó de moda, cada vez era más difícil encontrar restos fieles de aquellos pergaminos y sus escritos. Todas las ideas de Aquiles Winfield, sus vivencias y recuerdos estaban desperdigadas en fragmentos y notas.
Alguno se esforzó en aunar aquellas fuentes y componer un relato general. Al principio ese relato era grande y rico en detalles. Pero con el paso de las generaciones, los detalles se olvidaban, otros se inventaban, y el relato mermó a merced de desconfianzas y obsesiones. A la intemperie. Hoy por hoy, sólo es posible saber de él por pequeños y torpes resúmenes, en los que tal vez haya aún pequeños ápices del trampero auténtico.
Y esta es la historia de Aquiles, el indestructible.
Alguno se esforzó en aunar aquellas fuentes y componer un relato general. Al principio ese relato era grande y rico en detalles. Pero con el paso de las generaciones, los detalles se olvidaban, otros se inventaban, y el relato mermó a merced de desconfianzas y obsesiones. A la intemperie. Hoy por hoy, sólo es posible saber de él por pequeños y torpes resúmenes, en los que tal vez haya aún pequeños ápices del trampero auténtico.
Y esta es la historia de Aquiles, el indestructible.
AQUILES Y LA TORTUGA. XIV de XV
El refugio de Aquiles fue cobrando cierta fama. Muchos subían a la montaña simplemente por encontrarse con aquel apasionado conversador. En cierto modo, se convirtió en lugar de peregrinaje. Todos los que volvían, llegaban a la ciudad entusiasmados.
Hasta que un pequeño grupo, al llegar a la cabaña, encontró el cuerpo frío e inerte del viejo Aquiles. Decepcionados, conmocionados, se llevaron el cuerpo a la ciudad, donde recibió convencional sepultura.
Con todo, los escritos seguían en la cabaña. Ya nadie iba allí sólo buscando conversación; pero los que se refugiaban en ella encontraban alguna lectura con que entretenerse. Si hallaban interés, se llevaban el pergamino. Algunos, amantes del misterio, melancólicos, indagaban en los textos los vestigios de aquel conversador. Lo que encontraron fue a un pensador de diálogos que ellos creyeron poder rescatar a través de sus palabras.
Muchos fueron los empeños por recuperar la sabiduría del filósofo local. Polémicas enconadas delimitaban cuál era la correcta lectura de sus ideas y vivencias.
Hasta que un pequeño grupo, al llegar a la cabaña, encontró el cuerpo frío e inerte del viejo Aquiles. Decepcionados, conmocionados, se llevaron el cuerpo a la ciudad, donde recibió convencional sepultura.
Con todo, los escritos seguían en la cabaña. Ya nadie iba allí sólo buscando conversación; pero los que se refugiaban en ella encontraban alguna lectura con que entretenerse. Si hallaban interés, se llevaban el pergamino. Algunos, amantes del misterio, melancólicos, indagaban en los textos los vestigios de aquel conversador. Lo que encontraron fue a un pensador de diálogos que ellos creyeron poder rescatar a través de sus palabras.
Muchos fueron los empeños por recuperar la sabiduría del filósofo local. Polémicas enconadas delimitaban cuál era la correcta lectura de sus ideas y vivencias.
miércoles, 14 de enero de 2015
AQUILES Y LA TORTUGA. XIII de XV
En los largos meses que pasaba solo, añoraba aquellas conversaciones. Tanto que estaba tentado de bajar a la ciudad; pero pronto sabía qué pasaría: allí encontraría el lenguaje otra vez como ceguera y las pasiones desenfrenadas. Pero claro, la tentación se quedaba allí como un achaque más. Ahora, él mismo imaginando y rememorando las pasiones urbanas no era suficiente; así que aguardaba con paciencia. Recogía con pasión a los extraviados, con tanta desesperación como ellos encontraban el refugio.
En los largos meses que pasaba solo, se dedicó a hacer pergaminos con sus pieles. En ellos escribía conversaciones improvisadas. Imaginaba que hablaba con extraños y buscaba en esos escritos sus extrañas respuestas. Por supuesto, escribía sobre las conversaciones que recordaba. Aunque a veces tenía la sensación de inventar, sólo recolocaba fragmentos.
Cuando llegaban huéspedes, encontraban algunos de esos pergaminos por la cabaña. Ya no sólo encontraban la conversación en la voz de Aquiles, también en los escritos. Pero en esos escritos los huéspedes se reconocían a ellos mismos y les agradaba saber que pertenecerían a futuros escritos.
En los largos meses que pasaba solo, se dedicó a hacer pergaminos con sus pieles. En ellos escribía conversaciones improvisadas. Imaginaba que hablaba con extraños y buscaba en esos escritos sus extrañas respuestas. Por supuesto, escribía sobre las conversaciones que recordaba. Aunque a veces tenía la sensación de inventar, sólo recolocaba fragmentos.
Cuando llegaban huéspedes, encontraban algunos de esos pergaminos por la cabaña. Ya no sólo encontraban la conversación en la voz de Aquiles, también en los escritos. Pero en esos escritos los huéspedes se reconocían a ellos mismos y les agradaba saber que pertenecerían a futuros escritos.
AQUILES Y LA TORTUGA. XII de XV
Aquiles se construyó un refugio en las montañas, para vivir trampeando así sus propios pensamientos hasta que encontrara alguna solución. El refugio, no obstante, resultó muy útil a otros tramperos, montañistas y viajeros que se aventuraran con más riesgo de la cuenta por aquellos bosques espesos. Por tanto, no estuvo del todo solo, y de vez en cuando tenía conversaciones que duraban días enteros, mientras permanecían en el refugio, la mayoría de las veces con hombres de aburrido lenguaje.
Sin embargo, descubrió que, solos y desvalidos, aquellos hombres eran más flexibles y tolerantes a las palabras del otro. En cierto modo, le recordaban a sus antiguas amantes, que se enganchaban fascinadas por la pasión del encuentro. Esa pasión, en forma de gratitud, encontraba en la escucha de sus refugiados. Pronto, claro está, cuando volvían a sentirse seguros, derivaban a su cómoda conversación prefijada; pero, poco a poco, el frustrado Aquiles conseguía avivar el fuego de su pasión y sostener tertulias inolvidables. Es así que, con el goteo de aquellas conversaciones hospitalarias, Aquiles se fue reconciliando con la convulsa creatividad del lenguaje.
Sin embargo, descubrió que, solos y desvalidos, aquellos hombres eran más flexibles y tolerantes a las palabras del otro. En cierto modo, le recordaban a sus antiguas amantes, que se enganchaban fascinadas por la pasión del encuentro. Esa pasión, en forma de gratitud, encontraba en la escucha de sus refugiados. Pronto, claro está, cuando volvían a sentirse seguros, derivaban a su cómoda conversación prefijada; pero, poco a poco, el frustrado Aquiles conseguía avivar el fuego de su pasión y sostener tertulias inolvidables. Es así que, con el goteo de aquellas conversaciones hospitalarias, Aquiles se fue reconciliando con la convulsa creatividad del lenguaje.
martes, 13 de enero de 2015
AQUILES Y LA TORTUGA. XI de XV
Aquiles pasó todo lo que quedó hasta el invierno buscando el rastro de aquella tortuga. Por supuesto, no lo halló. Cada momento era una frustración auténtica: por un lado, confirmaba su nueva idea de que los pensamientos no se podían capturar, que nada se repetía al alcance del nuevo momento; por otro, sentía confirmada la absurda sensación de su esperanza, imperturbable. Toda distancia era indestructible; el movimiento de sus pasos, también indestructible.
La búsqueda se convirtió en un acto tenaz. Cuando cesaba la veía como una actividad de por sí ajena e impuesta por sí misma, como un vicio. Carecía de sentido; pero ahí estaba. Para alejarse de esa búsqueda pensaba en volver a la ciudad. Sabía no obstante que la búsqueda no desaparecería en su mente y, de alguna manera, seguiría buscando. Imaginaba además, los distintos encuentros en la ciudad generando sensaciones nuevas, irrepetibles, incapturables, indestructibles. De hecho, sólo su memoria y su imaginación ya lo llenaban de esas situaciones. Entonces se veía a sí mismo, imaginando, rehuyendo, como hacen los hombres con el lenguaje, obviando los encuentros con sus frases (imaginaciones) repetidas. Se aburría de sí mismo y se ponía a buscar la tortuga.
La búsqueda se convirtió en un acto tenaz. Cuando cesaba la veía como una actividad de por sí ajena e impuesta por sí misma, como un vicio. Carecía de sentido; pero ahí estaba. Para alejarse de esa búsqueda pensaba en volver a la ciudad. Sabía no obstante que la búsqueda no desaparecería en su mente y, de alguna manera, seguiría buscando. Imaginaba además, los distintos encuentros en la ciudad generando sensaciones nuevas, irrepetibles, incapturables, indestructibles. De hecho, sólo su memoria y su imaginación ya lo llenaban de esas situaciones. Entonces se veía a sí mismo, imaginando, rehuyendo, como hacen los hombres con el lenguaje, obviando los encuentros con sus frases (imaginaciones) repetidas. Se aburría de sí mismo y se ponía a buscar la tortuga.
AQUILES Y LA TORTUGA. X de XV
A partir de ahí, la tentación del suicidio no llegó a abandonarlo. La notaba ahí como un achaque más. Apenas tenía fuerza, pero ahí estaba. ¿Cómo es posible? Su pensamiento la veía siempre como algo absurdo, una fantasía errónea; pero la veía, ahí estaba. Pensó Aquiles entonces que no sólo él era indestructible: cualquier pensamiento era indestructible. Caprichoso y sin límites, igual que Dalila, cualquier ocurrencia se convertía en la dominatrix absoluta de toda la ciudad. La ciudad de su mente estaba poblada por miles de pensamientos ellos mismos indestructibles. Y cada pensamiento sobre ellos, a su vez, indestructible. Si quisiera acabar con ellos no podría, sólo crearía nuevos pensamientos de destrucción. Si quisiera protegerlos no podría, sólo crearía nuevos pensamientos de protección. Y así, junto a ellos más debilidades y más amenazas.
Si hubiera querido recuperar o capturar alguno de sus pensamientos, tampoco habría podido. Todo lo más, crear un nuevo pensamiento de captura, mientras el otro, libre, permanecía indestructible.
Si hubiera querido recuperar o capturar alguno de sus pensamientos, tampoco habría podido. Todo lo más, crear un nuevo pensamiento de captura, mientras el otro, libre, permanecía indestructible.
lunes, 12 de enero de 2015
AQUILES Y LA TORTUGA. IX de XV
En las montañas, lejos de todo lenguaje, rumiaba sus propias sensaciones, su memoria y sus pensamientos.
Había comprado nuevas trampas que desplegó por el bosque. Cuando recogió la primera pieza, comprobó el cuerpo inerte de un castor. ¿Qué es lo que había matado? Se imaginó a sí mismo, como castor, atrapado en la trampa. Ese castor tampoco podría sentir su propia muerte, ¿o sí? Así pues, ¿qué era lo que tenía entre manos?
Recordaba el estúpido temor que los hombres exorcizaban con su aburrido lenguaje. Sólo querían ver la piel del castor, no al castor muriendo mientras habla. Y sin embargo, no es posible, porque él sabía que era indestructible: mientras sienten y mientras hablan no hay final. Pero él también se sentía herido y muriendo.
Pensó en acabar con todo y dejarse morir de frío en la montaña o acabar rápidamente con un cuchillo. Pero inmediatamente recordaba que eso no bastaba. Él era indestructible, y hasta ese imposible último momento seguiría sintiendo ese mismo dolor, esa misma insuficiencia, esa misma muerte royéndole. Nada acabaría.
Había comprado nuevas trampas que desplegó por el bosque. Cuando recogió la primera pieza, comprobó el cuerpo inerte de un castor. ¿Qué es lo que había matado? Se imaginó a sí mismo, como castor, atrapado en la trampa. Ese castor tampoco podría sentir su propia muerte, ¿o sí? Así pues, ¿qué era lo que tenía entre manos?
Recordaba el estúpido temor que los hombres exorcizaban con su aburrido lenguaje. Sólo querían ver la piel del castor, no al castor muriendo mientras habla. Y sin embargo, no es posible, porque él sabía que era indestructible: mientras sienten y mientras hablan no hay final. Pero él también se sentía herido y muriendo.
Pensó en acabar con todo y dejarse morir de frío en la montaña o acabar rápidamente con un cuchillo. Pero inmediatamente recordaba que eso no bastaba. Él era indestructible, y hasta ese imposible último momento seguiría sintiendo ese mismo dolor, esa misma insuficiencia, esa misma muerte royéndole. Nada acabaría.
AQUILES Y LA TORTUGA. VIII de XV
Aquiles arrastraba en su pensamiento la herida de un profundo abandono.
Ninguna otra amante consiguió mitigar esa deuda. Buscaba pon pasión el momento crucial en el que ese abandono desparecía entre unos brazos, en una conversación. Atendía desesperado cada gesto que le devolviera un instante de autenticidad. Iba de labio en labio, no ya entusiasmado, sino frustrado siempre.
Intentó explicar su dolor, como siempre había explicado su pasión, pero las mujeres querían vivir con él lo que fuera que fuera y no lo ayudaban a comprenderlo ni a mitigarlo. Intentó explicarlo con precaución y cuidado a los hombres. Le aburría el lenguaje de los hombres.
La ciudad entera resultó insuficiente y decidió marcharse.
Ninguna otra amante consiguió mitigar esa deuda. Buscaba pon pasión el momento crucial en el que ese abandono desparecía entre unos brazos, en una conversación. Atendía desesperado cada gesto que le devolviera un instante de autenticidad. Iba de labio en labio, no ya entusiasmado, sino frustrado siempre.
Intentó explicar su dolor, como siempre había explicado su pasión, pero las mujeres querían vivir con él lo que fuera que fuera y no lo ayudaban a comprenderlo ni a mitigarlo. Intentó explicarlo con precaución y cuidado a los hombres. Le aburría el lenguaje de los hombres.
La ciudad entera resultó insuficiente y decidió marcharse.
domingo, 11 de enero de 2015
AQUILES Y LA TORTUGA. VII de XV
El magnate puso una condición para su matrimonio: todos los demás pretendientes de Dalila debían mantenerse al margen. Dalila lo aceptó; aunque, por supuesto, en su fuero interno no pensaba hacerle mucho caso. Claro que eso nadie lo sospechaba, ni Philips pero tampoco Aquiles.
Nuestro trampero y ella pasaron una última noche juntos antes de la boda. El ingenuo Aquiles le habló como otras veces de su naturaleza indestructible. Pero le hizo comprender hasta qué punto era ella importante para él. Sólo si la perdiera sentiría una auténtica herida, una auténtica perdición. En nada le importaba el magnate; pero si la perdía a ella, él no podría soportarlo. Al principio, Dalila quedó conmovida, no por sus palabras, sino por la pasión que volcaba en ellas para ella. Y al fin sintió que había capturado la vulnerabilidad de Aquiles, y esa noche lo amó profundamente. No tardó, con esa vulnerabilidad en su corazón, en sentir que Aquiles era, de hecho, así de débil. Se acordó de la magia de su futuro esposo y no volvió a ver al pobre trampero.
Grande fue el dolor de Aquiles.
Nuestro trampero y ella pasaron una última noche juntos antes de la boda. El ingenuo Aquiles le habló como otras veces de su naturaleza indestructible. Pero le hizo comprender hasta qué punto era ella importante para él. Sólo si la perdiera sentiría una auténtica herida, una auténtica perdición. En nada le importaba el magnate; pero si la perdía a ella, él no podría soportarlo. Al principio, Dalila quedó conmovida, no por sus palabras, sino por la pasión que volcaba en ellas para ella. Y al fin sintió que había capturado la vulnerabilidad de Aquiles, y esa noche lo amó profundamente. No tardó, con esa vulnerabilidad en su corazón, en sentir que Aquiles era, de hecho, así de débil. Se acordó de la magia de su futuro esposo y no volvió a ver al pobre trampero.
Grande fue el dolor de Aquiles.
AQUILES Y LA TORTUGA. VI de XV
Dalila tenía muchos pretendientes. Jugaba con ellos con un refinamiento mucho más depurado que la inocencia de Aquiles. Se divertía. Por eso, para él, en cierto modo, supuso un reto. Y un reto, además de su belleza, además del carisma de su conversación, era cuanto podía componer el enamoramiento perfecto. Dalila, por su parte, disfrutaba enormemente con la pasión de Aquiles y, aunque nunca dejó de jugar con otros amantes, pronto comprendió que Aquiles era su debilidad. Cuantas veces intentó romper con él definitivamente, tantas veces se dejó arrastrar por la pasión de Aquiles. Así, también para ella supuso un reto: si bien, paradójicamente, su reto consistía en ser más fuerte que su amor, liberarse, mientras ese reto, y la pasión y la fuerza de Aquiles, el viejo trampero y sus caprichos y arrebatos, más la enamoraban.
Entre los otros pretendientes de Dalila destacaba Philips Tomking, el magnate de la ciudad: un hombre poderoso, un dandy, un estratega implacable que había hecho de la modesta herencia de su padre un imperio omnipresente. Siempre le acompañaba un boato de buen gusto, de elegancia y buen hacer. Los hombres lo admiraban y las mujeres, en fin, eran suyas. Dalila, lo consideraba, como mucho, su igual; al mismo tiempo, sólo él era capaz de estar a la altura de sus exigencias sin límites. Siempre le proponía algo imposible, y el implacable Philips se lo traía para ella. Con cada derrota, Dalila quedaba fascinada; pero, al mismo tiempo, convertía alpoderoso Philips en un pusilánime ante su voluntad, y lo despreciaba.
Aquiles sólo podía ofrecer su pasión, y eso solo bastaba a Dalila cuando estaba con él. Lejos de él aún quedaba el deseo. Pero la presencia de Tomking era imponente y acabó aceptando el matrimonio con el magnate.
Entre los otros pretendientes de Dalila destacaba Philips Tomking, el magnate de la ciudad: un hombre poderoso, un dandy, un estratega implacable que había hecho de la modesta herencia de su padre un imperio omnipresente. Siempre le acompañaba un boato de buen gusto, de elegancia y buen hacer. Los hombres lo admiraban y las mujeres, en fin, eran suyas. Dalila, lo consideraba, como mucho, su igual; al mismo tiempo, sólo él era capaz de estar a la altura de sus exigencias sin límites. Siempre le proponía algo imposible, y el implacable Philips se lo traía para ella. Con cada derrota, Dalila quedaba fascinada; pero, al mismo tiempo, convertía alpoderoso Philips en un pusilánime ante su voluntad, y lo despreciaba.
Aquiles sólo podía ofrecer su pasión, y eso solo bastaba a Dalila cuando estaba con él. Lejos de él aún quedaba el deseo. Pero la presencia de Tomking era imponente y acabó aceptando el matrimonio con el magnate.
sábado, 10 de enero de 2015
AQUILES Y LA TORTUGA. V de XV
Restablecido del todo, Aquiles abandonó el poblado de tramperos y se marchó a la ciudad. Durante el camino pensó mucho sobre la naturaleza indestructible y la intuición de amenaza en los hombres.
En la ciudad, de nuevo un desconocido, hablaba con quien encontraba sobre lo que habíaexperimentado en la montaña y sobre lo que le había pasado en el poblado. Una vez más los hombres mostraron poco interés: siempre parecían estar ocupados en otras cosas. Pero algunas mujeres sí que lo atendían con entusiasmo. Dejaban por un momento lo que estuvieran haciendo y lo observaban con detenimiento. No estaba muy seguro de que lo escucharan o lo entendieran del todo; posiblemente él no supiera explicarse, y muchas veces se sentía enredado torpemente en su propio lenguaje. Aún así eran pacientes, y pocas palabras parecía bastarles, de todo su galimatías, para no perderse. Observaban su pasión y lo acompañaban.
Al cabo de un tiempo, Aquiles ya no sabía muy bien lo que decía. Hablaba y hablaba de sus constantes descubrimientos. Cada nueva conversación era un punto de vista nuevo del que posteriormente podría hablar en otra conversación. Con este apasionamiento perpetuo, entabló amistad con muchas mujeres y tuvo muchas amantes.
Se sentía libre y entusiasmado. Hacía y decía lo que se le antojaba, y eso entusiasmaba a sus amantes: querían ser el objeto de su pasión y sus caprichos. Podría haber vivido así eternamente, de labio en labio; pero, dada su dinámica, era imposible que no acabara topando con Dalila, la más inteligente y hermosa de las mujeres de la ciudad.
En la ciudad, de nuevo un desconocido, hablaba con quien encontraba sobre lo que habíaexperimentado en la montaña y sobre lo que le había pasado en el poblado. Una vez más los hombres mostraron poco interés: siempre parecían estar ocupados en otras cosas. Pero algunas mujeres sí que lo atendían con entusiasmo. Dejaban por un momento lo que estuvieran haciendo y lo observaban con detenimiento. No estaba muy seguro de que lo escucharan o lo entendieran del todo; posiblemente él no supiera explicarse, y muchas veces se sentía enredado torpemente en su propio lenguaje. Aún así eran pacientes, y pocas palabras parecía bastarles, de todo su galimatías, para no perderse. Observaban su pasión y lo acompañaban.
Al cabo de un tiempo, Aquiles ya no sabía muy bien lo que decía. Hablaba y hablaba de sus constantes descubrimientos. Cada nueva conversación era un punto de vista nuevo del que posteriormente podría hablar en otra conversación. Con este apasionamiento perpetuo, entabló amistad con muchas mujeres y tuvo muchas amantes.
Se sentía libre y entusiasmado. Hacía y decía lo que se le antojaba, y eso entusiasmaba a sus amantes: querían ser el objeto de su pasión y sus caprichos. Podría haber vivido así eternamente, de labio en labio; pero, dada su dinámica, era imposible que no acabara topando con Dalila, la más inteligente y hermosa de las mujeres de la ciudad.
AQUILES Y LA TORTUGA. IV de XV
Aquiles regresó al poblado al pie de las montañas, deseoso de transmitir su experiencia a sus compañeros tramperos, cazadores y buscadores de oro. Sin embargo, aunque al principio fue recibido como siempre, pronto su conversación resultó incómoda y los hombres le rehuían. Ya sabéis cómo hablan los hombres: hablan de ejercicio y de deportes. Cualquier tema de conversación lo toman como si hablaran de ejercicio y juego, así su salud, así el comercio, así la política o el tiempo. Cualquier intromisión parecía molestarles.
¿Por qué? –pensaba Aquiles. Ellos, sin duda, son como yo indestructibles, aunque nunca lo hayan hablado. Y, sin embargo, rehúyen mis palabras como si les hicieran daño o fueran a destruirlos. Entonces observó cómo hablaban los hombres, como con un lenguaje pactado. Todo parecía estar ya dicho previamente. Con sus palabras dejaban de mirar lo que pudiera decirse. Cuando hablaban, se colocaban en un salón común; cuando callaban, estaban solos.
Así, temiendo el rechazo, Aquiles se mantuvo en silencio todo el tiempo que pudo. Sólo habló lo estrictamente necesario para vender sus trampas y sus pieles. Callado como permanecía, los demás intentaban adivinar sus intenciones. Aquiles, cuando quería mostrarles que acertaban, se limitaba a repetir las últimas palabras que decían. ¿Vienes a vender otra piel? Sí, otra piel. ¿Te sienta bien la camisa o traigo otra? Trae otra. Y así.
¿Por qué? –pensaba Aquiles. Ellos, sin duda, son como yo indestructibles, aunque nunca lo hayan hablado. Y, sin embargo, rehúyen mis palabras como si les hicieran daño o fueran a destruirlos. Entonces observó cómo hablaban los hombres, como con un lenguaje pactado. Todo parecía estar ya dicho previamente. Con sus palabras dejaban de mirar lo que pudiera decirse. Cuando hablaban, se colocaban en un salón común; cuando callaban, estaban solos.
Así, temiendo el rechazo, Aquiles se mantuvo en silencio todo el tiempo que pudo. Sólo habló lo estrictamente necesario para vender sus trampas y sus pieles. Callado como permanecía, los demás intentaban adivinar sus intenciones. Aquiles, cuando quería mostrarles que acertaban, se limitaba a repetir las últimas palabras que decían. ¿Vienes a vender otra piel? Sí, otra piel. ¿Te sienta bien la camisa o traigo otra? Trae otra. Y así.
viernes, 9 de enero de 2015
AQUILES Y LA TORTUGA. III de XV
Cuando despertó, el sol apenas empezaba a subir detrás de las rocas. Un minúsculo rayo de luz había conseguido pasar entre los árboles y entre las ramas de los árboles, y un árbol tras otro, llegó hasta el arrecife de escarcha que cubría la piel de Aquiles. Entre todos los témpanos diminutos que se cruzaban azarosos, la enésima porción de un rayo de sol de la más pequeña fracción de primavera llegó a un claro mínimo de piel. Eso bastó para despertarlo.
Aquiles abrió los ojos sobresaltado. Eso creyó al principio, porque su cuerpo no respondía. Pero por su ceguera naranja reconoció la llegada del día. Excitado, poco a poco reaccionó. Frustrado, porque, si acaso había muerto, se lo había perdido. Mientras recuperaba el calor y el control de su cuerpo comprendió que aunque su cuerpo siguiera el ritmo de la naturaleza, él mismo estaba incapacitado para vivir nada más allá de sí mismo. La ilusión de sí mismo nunca sentiría final. Era, de todas todas, indestructible.
En ese momento –la nieve que recubría los objetos sudaba y humeaba y casi podía oírse cómo se derretía película a película, crujía– una lenta tortuga cruzó delante de él. Pasó muy cerca de su cara, pegada al suelo. Era una tortuga enorme y redonda como un balón. Era insólito, realmente absurdo, que una tortuga así estuviera en aquellos parajes; Aquiles lo sabía. De golpe volvió la vieja fábula desde algún lugar de su mente. Ahora la tenía justo delante. De no estar entumecido por el frío, un simple gesto hubiera bastado para atraparla. La siguió con la mirada durante todo el tiempo, mucho, que tardó en avanzar delante de él, hasta que se perdió entre las rocas y la nieve.
Aquiles abrió los ojos sobresaltado. Eso creyó al principio, porque su cuerpo no respondía. Pero por su ceguera naranja reconoció la llegada del día. Excitado, poco a poco reaccionó. Frustrado, porque, si acaso había muerto, se lo había perdido. Mientras recuperaba el calor y el control de su cuerpo comprendió que aunque su cuerpo siguiera el ritmo de la naturaleza, él mismo estaba incapacitado para vivir nada más allá de sí mismo. La ilusión de sí mismo nunca sentiría final. Era, de todas todas, indestructible.
En ese momento –la nieve que recubría los objetos sudaba y humeaba y casi podía oírse cómo se derretía película a película, crujía– una lenta tortuga cruzó delante de él. Pasó muy cerca de su cara, pegada al suelo. Era una tortuga enorme y redonda como un balón. Era insólito, realmente absurdo, que una tortuga así estuviera en aquellos parajes; Aquiles lo sabía. De golpe volvió la vieja fábula desde algún lugar de su mente. Ahora la tenía justo delante. De no estar entumecido por el frío, un simple gesto hubiera bastado para atraparla. La siguió con la mirada durante todo el tiempo, mucho, que tardó en avanzar delante de él, hasta que se perdió entre las rocas y la nieve.
AQUILES Y LA TORTUGA. II de XV
Contaba 43 años, cuando quedó atrapado entre las laderas de las Rocosas. La Primavera se retrasaba y los caminos estaban bloqueados por la nieve. Durante días Aquiles vagó acuciado por los aullidos del viento. Cargaba con sus pieles y con sus trampas y el hambre y el frío secaban su garganta. Sólo hielo y nieve podía beber.
Una noche en especial se sintió morir. Notaba como su sangre era más débil que el viento. Todo su movimiento era más débil que la tierra. Caído en el suelo y encogido parecía una gran roca, con la cabeza, los brazos y las piernas escondidos. Sin embargo, aunque se notaba cada vez menos, nunca tan poco que no pudiera notarse. Ese largo desvanecer era interminable. Cuando muera –pensó– no me daré cuenta; siempre sentiré que me queda un poco para morir. Entusiasmado por este pensamiento, Aquiles permaneció todo lo atento posible a su desvanecerse, para atrapar el momento en el que sintiera que no sentiría nada. Aquiles era trampero de profesión.
Descartaba como podía los recuerdos y delirios que le sobrevenían y se centró en su sensación y su desfallecimiento. Como suele suceder en estos casos, Aquiles acabó dormido, vencido por su propio esfuerzo.
Una noche en especial se sintió morir. Notaba como su sangre era más débil que el viento. Todo su movimiento era más débil que la tierra. Caído en el suelo y encogido parecía una gran roca, con la cabeza, los brazos y las piernas escondidos. Sin embargo, aunque se notaba cada vez menos, nunca tan poco que no pudiera notarse. Ese largo desvanecer era interminable. Cuando muera –pensó– no me daré cuenta; siempre sentiré que me queda un poco para morir. Entusiasmado por este pensamiento, Aquiles permaneció todo lo atento posible a su desvanecerse, para atrapar el momento en el que sintiera que no sentiría nada. Aquiles era trampero de profesión.
Descartaba como podía los recuerdos y delirios que le sobrevenían y se centró en su sensación y su desfallecimiento. Como suele suceder en estos casos, Aquiles acabó dormido, vencido por su propio esfuerzo.
AQUILES Y LA TORTUGA. I de XV
Siendo niño, en la escuela, leyó junto con todos sus compañeros la fábula de Aquiles y la tortuga. Todos la conocen: es esa en la que el veloz Aquiles jamás consigue alcanzar a la tortuga, porque antes de llegar hasta ella debe recorrer la mitad de la distancia, y luego otra mitad y luego otra, así indefinidamente. Apenas terminó la clase, Aquiles, el pequeño alumno, corrió a jugar con sus amigos. La fábula se quedó en el revuelto patio de recreo que llamamos olvido.
AQUILES Y LA TORTUGA. Introducción de XV
Aquiles Winfield, trampero de profesión, hizo un descubrimiento personal extraordinario: no podía ser destruido. Esta es la historia de su descubrimiento, de las aventuras y desventuras que le granjeó y el singular momento en el que dieron término.
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