viernes, 30 de enero de 2015

jueves, 29 de enero de 2015

Paseo de regreso

Mira por dónde, 
antes un cojo tú, tahúr
que escamoteas, tu sexo 
y tu libertad, sin disimulo
de que no ignoras lo que por
desconocimiento eres hábil.
Te cojo por la cintura, como
un novio que dura un segundo,
como el segundo
y quedo
mudito de hambre al momento.

miércoles, 28 de enero de 2015

Monoteísmo

Noche negra, 
huella inmensa,
larga lengua de ternera.
Cuero absurdo,
calle inversa,
urbe infecta de futuro.

Rumia el suelo de mi historia
vacuna del callejón,
mis podredumbres abonan
curtidores de descanso,
marca el tempo de mis moscas
pezuña de sed hendida,
lame mi fiebre y mi hora
oreja de vaca y cola.


Cabeza de vaca y beso 
de vaca y bifé de vaca,
cielo de vaca estrellado,
pampa de vaca argentina
y en la costilla bovina
cuerno de copia divina,
corazón de enamorado.

Oh, Señora ojos de vaca,
vaca de todas las vacas,
muge mi oscuro alimento,
enyúgate mi testuz,
llena mi boca de luz
y de contento.

martes, 27 de enero de 2015

Locus amoenus

Si interpretamos ese lugar ameno como el entorno natural, sin ninguna mota de artificialidad humana, habría que dejar fuera esa organización armónica de la arquitectura retórico-ideológica. Allí, la depredación del ácaro tendría su lugar. El apretado communio del estrato geológico o la bulliciosa degeneración citoplasmática serían ejemplos para el paradigma.
Si nos atenemos al influjo glorioso, pacífico, difícil, entonces, no decantarse por los entornos estrictamente humanos: conciertos, teterías, grandes estadios... Donde el individuo entrega su alteridad sin reparo y no le estorba callar al unísono de un pensar común. 
Otra opción consiste en considerar el paisaje como reflejo de un ideal vivencial, personal, sentimental. Entramos en el terreno del fantasma, en su casa, en su habitación privada. Y nos será difícil discernir si tenemos esos sentimientos porque nos impregnamos de ese paisaje, o si pintamos ese paisaje porque tenemos esos sentimientos.

lunes, 26 de enero de 2015

Seguir los pasos

Sigue la tierra a un paso de la aurora.
Calza la tierra oscuros sus zapatos
y en dos zancadas tristes de mejora
quiere alcanzar los pájaros ingratos
que el hombre fue sembrando con sus tratos,
feas cocinas de alas sin demora.

Y el hombre sigue a un paso de la tierra.
El hombre gasta tanto con sus fuegos
que inevitable con su mente yerra
su fría alteridad, sus tristes egos,
con obligado acento que le aterra
cuando amanece el canto de la guerra,
feas cocinas de rencores ciegos.

Tú improvisas la ley, me tienes tuyo.
Tú improvisas cualquier significado.
Con esta rapidez
haces calle de mí
fiel de persona.



domingo, 25 de enero de 2015

Luz que brota

Silbas un malentendido
para escaparte del miedo.
En la huida el ejercicio
ha hecho de un músculo espejo.

Se están cimentando sombras,
y en los derrumbes te espero.
Silbo entre las hojas rotas
de un caligráfico invierno.

sábado, 24 de enero de 2015

Hicimos esta ciudad

Hicimos esta ciudad con los ojos vendados.
Vas a venir calles y recuerdos.
Vas a venir siempre tan vestida.
Vas y sin la decisión correcta
a venir.
 
Has modelado mi cuerpo con los ojos vendados.
Otros opinan que es un tropiezo.
Otros tropiezan con él, se quejan.
Otros tientan y juzgan, tientan,
juzgan. 

Tejías tu pensamiento con los ojos vendados.
Y era yo el día que atrapaste.
Y era el día el labio que mordiste.
Y eras tú el labio
y el hueco que dejaste.

(En esta oscuridad late celosa la noche.
Otra vez la noche se cansará mucho antes
que nosotros obsesionados, obsesionados de amor.
Y su cansancio será la luz del día)

viernes, 23 de enero de 2015

jueves, 22 de enero de 2015

Potencia ubicua

Un electrón extraño contrata contra cuatro
feroces fuerzas fuera de escafandras.
Luego, llegada la lluvia, degollarán las dagas llagas
sobre sobrados brezos saboreando brasas.
Nadie conoció nociones de una unidad
decente cediendo cedazos adocenados
sin otros siniestros sinos.

miércoles, 21 de enero de 2015

De narcisismo y exceso

Confía en lo que eres:
por más que reniegues o sospeches,
lo que eres implacable seguirá
siendo y actuando. Tú que eres
para mí un espíritu vigilante. Tú que eres
mi enunciado sancionador,
mi querido enunciado sancionador,
a quien escucho y recuerdo,
a qué ocupar otra celda de tu vieja posada
con suspicacias e intenciones,
goces o hábitos
de narcisismo y exceso.

martes, 20 de enero de 2015

Pigmalión

El hombre se sienta   roto ante su máquina.   Quieto la contempla.
Con paciencia teje,   sin saber funciona,   y a veces la odia.
Respira y palpita:   su respiración   ocupa el paisaje,
de su pulso brotan   y revolucionan   los gritos, los pueblos.
Retoca al dictado   de lo que acontece.   Casi es un abrazo,
un gesto. Un instante   tiembla entre sus dedos:   sabe que su máquina
es un reflejo en un río.
Y pronto se apagará.

jueves, 15 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. XV de XV

Como aquel asunto pasó de moda, cada vez era más difícil encontrar restos fieles de aquellos pergaminos y sus escritos. Todas las ideas de Aquiles Winfield, sus vivencias y recuerdos estaban desperdigadas en fragmentos y notas.
Alguno se esforzó en aunar aquellas fuentes y componer un relato general. Al principio ese relato era grande y rico en detalles. Pero con el paso de las generaciones, los detalles se olvidaban, otros se inventaban, y el relato mermó a merced de desconfianzas y obsesiones. A la intemperie. Hoy por hoy, sólo es posible saber de él por pequeños y torpes resúmenes, en los que tal vez haya aún pequeños ápices del trampero auténtico.
Y esta es la historia de Aquiles, el indestructible.

AQUILES Y LA TORTUGA. XIV de XV

El refugio de Aquiles fue cobrando cierta fama. Muchos subían a la montaña simplemente por encontrarse con aquel apasionado conversador. En cierto modo, se convirtió en lugar de peregrinaje. Todos los que volvían, llegaban a la ciudad entusiasmados.
Hasta que un pequeño grupo, al llegar a la cabaña, encontró el cuerpo frío e inerte del viejo Aquiles. Decepcionados, conmocionados, se llevaron el cuerpo a la ciudad, donde recibió convencional sepultura.
Con todo, los escritos seguían en la cabaña. Ya nadie iba allí sólo buscando conversación; pero los que se refugiaban en ella encontraban alguna lectura con que entretenerse. Si hallaban interés, se llevaban el pergamino. Algunos, amantes del misterio, melancólicos, indagaban en los textos los vestigios de aquel conversador. Lo que encontraron fue a un pensador de diálogos que ellos creyeron poder rescatar a través de sus palabras.
Muchos fueron los empeños por recuperar la sabiduría del filósofo local. Polémicas enconadas delimitaban cuál era la correcta lectura de sus ideas y vivencias.

miércoles, 14 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. XIII de XV

En los largos meses que pasaba solo, añoraba aquellas conversaciones. Tanto que estaba tentado de bajar a la ciudad; pero pronto sabía qué pasaría: allí encontraría el lenguaje otra vez como ceguera y las pasiones desenfrenadas. Pero claro, la tentación se quedaba allí como un achaque más. Ahora, él mismo imaginando y rememorando las pasiones urbanas no era suficiente; así que aguardaba con paciencia. Recogía con pasión a los extraviados, con tanta desesperación como ellos encontraban el refugio.
En los largos meses que pasaba solo, se dedicó a hacer pergaminos con sus pieles. En ellos escribía conversaciones improvisadas. Imaginaba que hablaba con extraños y buscaba en esos escritos sus extrañas respuestas. Por supuesto, escribía sobre las conversaciones que recordaba. Aunque a veces tenía la sensación de inventar, sólo recolocaba fragmentos.
Cuando llegaban huéspedes, encontraban algunos de esos pergaminos por la cabaña. Ya no sólo encontraban la conversación en la voz de Aquiles, también en los escritos. Pero en esos escritos los huéspedes se reconocían a ellos mismos y les agradaba saber que pertenecerían a futuros escritos.

AQUILES Y LA TORTUGA. XII de XV

Aquiles se construyó un refugio en las montañas, para vivir trampeando así sus propios pensamientos hasta que encontrara alguna solución. El refugio, no obstante, resultó muy útil a otros tramperos, montañistas y viajeros que se aventuraran con más riesgo de la cuenta por aquellos bosques espesos. Por tanto, no estuvo del todo solo, y de vez en cuando tenía conversaciones que duraban días enteros, mientras permanecían en el refugio, la mayoría de las veces con hombres de aburrido lenguaje.
Sin embargo, descubrió que, solos y desvalidos, aquellos hombres eran más flexibles y tolerantes a las palabras del otro. En cierto modo, le recordaban a sus antiguas amantes, que se enganchaban fascinadas por la pasión del encuentro. Esa pasión, en forma de gratitud, encontraba en la escucha de sus refugiados. Pronto, claro está, cuando volvían a sentirse seguros, derivaban a su cómoda conversación prefijada; pero, poco a poco, el frustrado Aquiles conseguía avivar el fuego de su pasión y sostener tertulias inolvidables. Es así que, con el goteo de aquellas conversaciones hospitalarias, Aquiles se fue reconciliando con la convulsa creatividad del lenguaje.

martes, 13 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. XI de XV

Aquiles pasó todo lo que quedó hasta el invierno buscando el rastro de aquella tortuga. Por supuesto, no lo halló. Cada momento era una frustración auténtica: por un lado, confirmaba su nueva idea de que los pensamientos no se podían capturar, que nada se repetía al alcance del nuevo momento; por otro, sentía confirmada la absurda sensación de su esperanza, imperturbable. Toda distancia era indestructible; el movimiento de sus pasos, también indestructible.
La búsqueda se convirtió en un acto tenaz. Cuando cesaba la veía como una actividad de por sí ajena e impuesta por sí misma, como un vicio. Carecía de sentido; pero ahí estaba. Para alejarse de esa búsqueda pensaba en volver a la ciudad. Sabía no obstante que la búsqueda no desaparecería en su mente y, de alguna manera, seguiría buscando. Imaginaba además, los distintos encuentros en la ciudad generando sensaciones nuevas, irrepetibles, incapturables, indestructibles. De hecho, sólo su memoria y su imaginación ya lo llenaban de esas situaciones. Entonces se veía a sí mismo, imaginando, rehuyendo, como hacen los hombres con el lenguaje, obviando los encuentros con sus frases (imaginaciones) repetidas. Se aburría de sí mismo y se ponía a buscar la tortuga.

AQUILES Y LA TORTUGA. X de XV

A partir de ahí, la tentación del suicidio no llegó a abandonarlo. La notaba ahí como un achaque más. Apenas tenía fuerza, pero ahí estaba. ¿Cómo es posible? Su pensamiento la veía siempre como algo absurdo, una fantasía errónea; pero la veía, ahí estaba. Pensó Aquiles entonces que no sólo él era indestructible: cualquier pensamiento era indestructible. Caprichoso y sin límites, igual que Dalila, cualquier ocurrencia se convertía en la dominatrix absoluta de toda la ciudad. La ciudad de su mente estaba poblada por miles de pensamientos ellos mismos indestructibles. Y cada pensamiento sobre ellos, a su vez, indestructible. Si quisiera acabar con ellos no podría, sólo crearía nuevos pensamientos de destrucción. Si quisiera protegerlos no podría, sólo crearía nuevos pensamientos de protección. Y así, junto a ellos más debilidades y más amenazas.
Si hubiera querido recuperar o capturar alguno de sus pensamientos, tampoco habría podido. Todo lo más, crear un nuevo pensamiento de captura, mientras el otro, libre, permanecía indestructible.


lunes, 12 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. IX de XV

En las montañas, lejos de todo lenguaje, rumiaba sus propias sensaciones, su memoria y sus pensamientos.
Había comprado nuevas trampas que desplegó por el bosque. Cuando recogió la primera pieza, comprobó el cuerpo inerte de un castor. ¿Qué es lo que había matado? Se imaginó a sí mismo, como castor, atrapado en la trampa. Ese castor tampoco podría sentir su propia muerte, ¿o sí? Así pues, ¿qué era lo que tenía entre manos?
Recordaba el estúpido temor que los hombres exorcizaban con su aburrido lenguaje. Sólo querían ver la piel del castor, no al castor muriendo mientras habla. Y sin embargo, no es posible, porque él sabía que era indestructible: mientras sienten y mientras hablan no hay final. Pero él también se sentía herido y muriendo.
Pensó en acabar con todo y dejarse morir de frío en la montaña o acabar rápidamente con un cuchillo. Pero inmediatamente recordaba que eso no bastaba. Él era indestructible, y hasta ese imposible último momento seguiría sintiendo ese mismo dolor, esa misma insuficiencia, esa misma muerte royéndole. Nada acabaría.

AQUILES Y LA TORTUGA. VIII de XV

Aquiles arrastraba en su pensamiento la herida de un profundo abandono.
Ninguna otra amante consiguió mitigar esa deuda. Buscaba pon pasión el momento crucial en el que ese abandono desparecía entre unos brazos, en una conversación. Atendía desesperado cada gesto que le devolviera un instante de autenticidad. Iba de labio en labio, no ya entusiasmado, sino frustrado siempre.
Intentó explicar su dolor, como siempre había explicado su pasión, pero las mujeres querían vivir con él lo que fuera que fuera y no lo ayudaban a comprenderlo ni a mitigarlo. Intentó explicarlo con precaución y cuidado a los hombres. Le aburría el lenguaje de los hombres.
La ciudad entera resultó insuficiente y decidió marcharse.


domingo, 11 de enero de 2015

AQUILES Y LA TORTUGA. VII de XV

El magnate puso una condición para su matrimonio: todos los demás pretendientes de Dalila debían mantenerse al margen. Dalila lo aceptó; aunque, por supuesto, en su fuero interno no pensaba hacerle mucho caso. Claro que eso nadie lo sospechaba, ni Philips pero tampoco Aquiles.
Nuestro trampero y ella pasaron una última noche juntos antes de la boda. El ingenuo Aquiles le habló como otras veces de su naturaleza indestructible. Pero le hizo comprender hasta qué punto era ella importante para él. Sólo si la perdiera sentiría una auténtica herida, una auténtica perdición. En nada le importaba el magnate; pero si la perdía a ella, él no podría soportarlo. Al principio, Dalila quedó conmovida, no por sus palabras, sino por la pasión que volcaba en ellas para ella. Y al fin sintió que había capturado la vulnerabilidad de Aquiles, y esa noche lo amó profundamente. No tardó, con esa vulnerabilidad en su corazón, en sentir que Aquiles era, de hecho, así de débil. Se acordó de la magia de su futuro esposo y no volvió a ver al pobre trampero.
Grande fue el dolor de Aquiles.