viernes, 7 de octubre de 2016

Rigurosa actualidad

La ausencia de pozos es inminente.
No hace falta decir más. 
Entonces el agua será pura
majadería y los fanáticos beberán
por simple diversión,
por líquido elemento.
Entre tanto los viejos rectifican
el nombre de las calles 
e insisten en olvidar que cada vez
llegan a viejos antes.

jueves, 6 de octubre de 2016

Cortado con una hoz

Algunos se resisten a aceptarlo, pero
se equivocan quienes tienen al hombre
por un ser natural.
Se equivoca quien tiene a la humanidad
por un hecho artificial.
  1. Cómo va a ser natural un cuerpo que tanto
    se engaña.
  2. Y en cuanto a su humanidad, es tan artificial
    como la respuesta de los grillos a la temperatura
    de la noche o del día o del sótano o del balcón.
Ambas metáforas son a su vez dos gotas de sangre.
Una caída sobre el mar.
Otra caída sobre la tierra,
proclive a los monstruos. 

[Cuál es cuál se desconoce
incluso después de horas -cientos, miles, millones-
horas de estudio]

miércoles, 5 de octubre de 2016

Solo estoy ciego

Caligrafían las penas y dejan la alegría
a la intemperie, al viento, a la buena 
de Dios. Tanta queja
cimenta los pilares de nuestra 
civilización, artesona sus tejados,
filigrana sus fachadas y sus dedos,
acueducta sus ciudades y alimenta
las demandas de energía (energía empleada
-a costes mínimos, máximos beneficios- 
para lanzar la alegría a la intemperie, al viento
solar, a la buena de un dios). Ven: ya me quejo yo,
y me quejo de mis propias quejas. ¿Ven?
O sólo yo estoy ciego.

martes, 4 de octubre de 2016

Escrito en dos tiempos

No creo en la humanidad y, sin embargo,
me siento humano.
No creo en el yo y, sin embargo,
me siento humano.
No creo en los significados y sin embargo digo:
«no creo en los significados».
Es tan fácil negar, y negar
doblemente, doblemente fácil.
Sé que te admiro. Con qué paciencia
lees estos fragmentos robados
a la destrucción. Con qué paciencia
y con qué lealtad. Yo, sin embargo,
escribo, no humildemente, ansioso
y leal.

lunes, 3 de octubre de 2016

Inerciálidos

El bien es un monstruo para
convencer a los niños de que hagan
lo que nosotros queremos, queramos,
quisimos.
Un truco para trazar fácilmente la línea
que separa      la ciudad,     para creer
que al menos una vez nos sentamos
en el trono de la bondad, sobre el cual
domingábamos el mundo; el bien.

El bien es
o canta o tiembla o tapa o rastrea.

domingo, 2 de octubre de 2016

Arcais

Este sol que aún rastrilla los cielos
rozando de labios el río en esta curva antigua,
trepando las altas cristaleras de las urbes lejanas,
hasta llegar a este mismo salón o este recuerdo,
la fogosa infusión sobre la piel de tus brazos,
y aquel entonces cuando estabas de este lado
y el espacio era dulce y el tiempo amargo.

sábado, 1 de octubre de 2016

Sugaritos

Échale azúcar, mujer, al café, a las venas,
a la industria alimentaria. Échale azúcar,
mujer, a los postres, a la educación, a los castigos.
Échale azúcar, mujer, para que vayan los niños
sonrientes a las fiestas, a recoger algodón,
a diseñar otras guerras. Échale azúcar,
mujer, ¿no querías que te hablara más
cerca, que te hablara más tiempo,
nítido como el papel que aún no ha sido
escrito?
Como el ojo y el diente que no habrán de estudiar
estas palabras humanas.

viernes, 30 de septiembre de 2016

El olvido es la tierra prometida

En estos días se han venido cumpliendo
las más precisas promesas. Por ejemplo:
se ha cumplido la preciosa promesa del
olvido. Aunque, por olvidar, nunca sabrás 
ya que has olvidado. Esto que lees es el
aviso de que no lees, que lo has olvidado,
que el olvido es el precio final de tu lectura.
Por ejemplo. Que estos días ya no son
estos días, que son la promesa cumplida
de estos días que te leen a ti escribiendo la
premisa del olvido.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Crisis dialéctica

Sé que habláis sobre mí entre vosostras.
En secreto, a mis espaldas, cuchicheáis.
Sobre mí y sobre otras cosas, que no me 
contáis, pero en lo que a mí me toca, sospecho,
entre mis múltiples sospechas, vuestra constante
conversación, vosotras, ideas. ¿O no es así?
Acaso me diréis que no os conecéis las unas
a las otras, que vivís
ajenas, independientes,
sordas, mudas. Y si eso
fuera cierto, ¿lo sabe
el ser humano? ¿Desde 
cuándo no es consciente
de esa realidad?

martes, 27 de septiembre de 2016

Trabalenguas

El lenguaje de los niños es, cuanto menos, desconcertante.
El lenguaje de los ancianos es, cuanto menos, inquietante.
El discurso de la mujer, delirante.
El discurso del hombre, decepcionante.

Pero todos sienten,
en la imaginaria profundidad se su ser,
dominar el mundo entero con su lenguaje.

Mienten tanto, saben tan poco, que,
como tampoco saben
mentir, acaban siendo
sinceros sin darse
cuenta.
De nada.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Sus-picac-es

Pero verás: yo soy un poco
alambicado, necesito
cierto vértigo que robe
como un soplo hacia el final
del precipicio el ánimo,
el entendimiento.
¿Quién me dijo esto?
Intento averiguarlo.
¿Quién me sugirió
que lo volcara al escrito?
Tengo
mis sospechas. Es, de hecho
de las pocas pertenencias que puedo llamar

mías, en la medida
en que tú, con tu ahora,
quieras robarlas.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Eideme

En el crujiente rebozado de un silbido perpetuo
vas a entregar ahora la elegancia perdida.
Ese horario que dice qué es el trabajo.
Esa ruta desplazada a este lado del sol.
Tú quieres conducir tu cuerpo por el entendimiento;
Yo me resisto a entregar 
mis dedos o tus secretos.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Gracias por su vista

Dicen
que el eco es otro espejo.
No sé dónde
porque
esta idea
(espeto espero espejo estero encejo)
siempre ha viajado oculta
en el eslogan.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Audinario

Salpicado de adenores perpendiculares, 
voy solicitando merienda entre las venas.
No sé cuál es la hora en la franja en que pusiste
un viento residual,
un códice drenario,
un sable que a la par fabrica su escenario.
La calle está desierta de recuerdos.
Busco en internet los cuidados de la rosa.

jueves, 22 de septiembre de 2016

¿Cuál es el contenido de los sueños?

I. Me siento / abocado a la destrucción / y cada momento es un milagro de supervivencia. / Pero me engañan las sensaciones; / son producto / del viento y de la química, / el café, el hambre, el contenido de los sueños.

II. Fantaseo / con que aprendimos a leer / y, mientras hablamos, dando un largo paseo / por los lugares que nos gustan / -tú por los tuyos, yo por los míos- / sabemos comprender / a un tiempo / tu mundo y el mío, / y algunos de los posibles e incluso / los que no pueden ser.

III. Tal vez ya fue así y no pudimos / saberlo, porque entonces éramos otros / recuerdos distintos / a los nuestros.

IV. ¿Dónde dejamos / entonces el problema / de la identidad, la virtud, / el sabor y la respuesta, / el ser en el hábito?

V. Pero estas son / inquietudes inventadas para / futuras etopeyas, cuando / esta civilización haya / desaparecido y nuestro amor sea / del todo incomprensible.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Euridismo

¡Ah, sí!, usted anda buscando
mis habilidades sociales.
Creo que recibí en otros tiempos
varios ejemplares. Entre y ayúde
me.
Creo que pueden estar
entre ese montón de rigor
constructivo, de pulcritud
ideológica. Perdone
el polvo -son mis célu
las muertas- pero son tantas las horas
en desuso desde que viven
conmigo o cerca de mí
el cariño, la tristeza.

martes, 20 de septiembre de 2016

Países fantasma

   Hace unas semanas quitaron las entradas de Wikipedia sobre los países fantasma. No puedo decir el momento exacto porque tampoco es que hiciera ningún seguimiento exhaustivo ni nada de eso. Pero sí que llevaba largo tiempo siguiéndole la pista a ese tema, algo interesado, curioseando, sin llegar a ningún estudio profundo ni a mero aficionado. El caso es que el trabajo de limpieza sí ha sido minucioso: ya no hay páginas, ni portales en wikis ni Google ni buscador alguno. El término “países fantasma” lleva a los ya clásicos microestados o los países étnicos que no responden a las fronteras postcoloniales.
   Lo que anoto aquí como “países fantasma” es otra cosa: un fenómeno cuyo apogeo se desarrolló en los años de mi juventud, pero que hasta hace poco aún se debatía. Cierto es que nunca –lo cual, ahora que lo pienso, resulta cuanto menos extraño– había tenido repercusión en medios de comunicación generalizada. Esto último tendría que comprobarlo más concienzudamente; no puedo descartar todas las revistillas raras que aún se venden y a las que no hago caso alguno. Desde luego, nada en telediarios, ni periódicos ni magazines. Recuerdo haber hablado de ello con mis compañeros de facultad, como esas curiosidades del mundo virtual, los metaversos, cuando aún estaban en pleno funcionamiento.
   La peculiaridad que definía estos países fantasma, que los distingue de cualquier otra noción de nación virtual, es que su población permanecía estable en cero habitantes –esta concordancia de plural en castellano refleja bastante bien esta noción de virtualidad a la que me refiero–. Estos países sólo tenían presencia en internet, y su fundamento territorial era de lo más variopinto, reivindicando desde espacios fractales mal medidos entre las fronteras y las costas de los países, hasta dimensiones matemáticas, lógicas, gramaticales y narrativas varias. Tenían organismos y entidades públicas, privadas, económicas, militares, etc. Se podían encontrar universidades estatales, conciertos, programación diaria de televisión y radio. Y no eran estados aislados, sino que podían encontrarse algunas decenas. Interactuaban entre ellos, incluso con los organismos y empresas “auténticas” (esto último nunca corroborado por los estados “auténticos”; aunque ya digo que tampoco hay mucha información ni entrevistas ni artículos sobre declaración alguna). Los estados funcionaban activa y permanentemente. Había en ellos un trajín cotidiano idéntico al de cualquier país de nuestro entorno. Eso sí, la actividad no podía concretarse en ningún ciudadano. Nadie sacaba provecho, usufructo ni beneficio alguno de su existencia. Nadie lo reivindicaba. Cada estado simplemente existía.
   No era infrecuente toparse con carteles y folletos que anunciaban propaganda turística y paquetes vacacionales a estos países. El chasco se lo llevaba el que, interesado por el viaje, preguntaba en las agencias y entonces se enteraba de que esos países no contaban con ningún espacio “físico”, más allá de su propia descripción. ¿Qué sucedía si alguien, a pesar de todo, decidía pagar el viaje? Aquí la cosa no está clara, pues, en su momento, no me dio por entrevistar a ningún agente de viajes –no me parecía un asunto tan importante– y todo lo que sé viene de aquellas conversaciones y esas páginas de internet que ahora han desaparecido. El dinero que la agencia pagara, supuestamente, a las empresas de un país fantasma se convertiría en dinero fantasma. No se trataba de dinero negro: cualquiera, parece ser, podía hacer un estudio económico de estos estados y sus entidades. Eran un ejemplo de perfecta transparencia en la gestión. Y lo más curioso, es que el balance de ingresos y gastos era siempre e invariablemente cero. Todo ingreso era invertido en algo. Esos estados, en desarrollo permanente, no crecían ni menguaban. A pesar de existir como entidades públicas y económicas, no existían ni como población ni como hacienda.
   ¿Por qué hoy no hay rastro de estos países? ¿Por qué tampoco hay rastro de esas páginas que hablaban de ellos y los describían mucho mejor de lo que ahora puedo hacer yo? No lo sé. El asunto pasó de moda, como tantos otros temas de discusión que ahora tampoco puedo recordar. Pronto pasará, con los demás, a la competencia pasiva de mi historia: aquello que reconocería si se me comentara, pero que por mí mismo soy incapaz de evocar. Tampoco puedo saber a ciencia cierta si todo aquello empezó en la época en que empezamos a hablarlo o bien venía de mucho antes sin que nosotros lo conociéramos.
   Sospecho que ha habido algún interés por borrarlos del mapa –metafóricamente hablando–. Si no, no se explica el prolijo barrido que se ha llevado a cabo con sus referencias. En algún sector importante habría empezado a molestar; el mismo sector que tuvo buen cuidado en que no trascendiera a la opinión pública masiva. Tal vez se trataba de algún juego, o algún experimento o algún pasatiempo que generaba páginas y páginas de información, comentarios, folletos, programaciones... Eso sí, siempre sin que transcendiera nada individual, nada personal.
   El caso es que, hoy por hoy, no tengo modo de encontrar, mediante métodos de búsqueda convencionales, ninguno de estos elementos. Como todo testimonio sea como el mío, a posteriori, como de oídas, leídas, en terceras voces, temo que el asunto será imposible de volver a estudiar fielmente. Estos países, pues, acabarán afincados en los húmedos terrenos de la ficción.

lunes, 19 de septiembre de 2016

La memoria del zahorí

   Esa mañana, varias ráfagas de golpeteo llamaba a la puerta de Manuel. Perezoso por el repentino despertar, pero urgido por la insistencia de las llamadas, tuvo que vestirse a trompicones y asearse como pudo. Bajó aún algo dormido, casi cayendo, las escaleras. Al dirigirse a la puerta de la calle sintió como una pequeña punzada el no dirigirse, como era habitual, a la cocina. Hoy no desayunaría; al menos aún.
   –¡Manuel!
   El zahorí abrió la puerta con premura y desdén. Lo esperaba un grupito de unos cinco vecinos serenos e impacientes, apretados en el zaguán. Manuel los reconoció al instante, pero como aún no estaba despierto del todo, demoró una mirada por cada uno mientras hablaba.
   –¿Qué es esto, por Dios? ¿Ha pasado algo?
   Pero en los rostros de sus vecinos no había un ápice de miedo o angustia; sí una curiosidad urgente, ansiosa.
   –Buenos días, Manuel. Queremos que observes el agua del pozo que nos encontraste.
   –¡Qué pronto habéis terminado el pozo!
   –¿Nos permites?
   Manuel les abrió el camino hasta el salón, donde otras veces se habían reunido estos u otros vecinos. Había en esa ocasión cierto aire conspiratorio. El silencio era tenso y expectante. Todos se aprestaron a sentarse en torno a la mesa de café, acomodando sus nalgas en los sillones, en el sofá, las sillas, inclinando su cuerpo todos hacia el centro. Sobre la mesita de café, el dueño del pozo sacó una pequeña tinaja que traía guardada en un enorme bolsón de piel. 
   –Trae algunos vasos.
   A Manuel le desconcertaba toda aquella solemnidad natural, le importunaba a esas horas de la mañana, pero la contundente resolución de sus amigos le empezaba a excitar la curiosidad. Fue a por los vasos y volvió, decidido a no demorar más el asunto y acabar, fuera lo que fuese.
   –Mira.
   –La tinaja está vacía.
   –¿Sí, verdad? Cógela.
   Manuel alzó la tinaja vacía. En efecto, no pesaba más que lo que el barro hacía suponer. Sin embargo, notó como si la tinaja oscilara en sus manos, como si estuviera llena de agua. Incluso empezó a ver en el interior los típicos hilos de luz producidos por la refracción caótica del líquido.
   –¿Qué es esto, un truco de magia? ¡A estas horas! ¿De qué feria venís? –exclamó Manuel devolviendo con enfado la tinaja a la mesa.
   –¡Que no, hombre! Míralo bien.
   El dueño del pozo, al que todos parecían haberle dado la portavocía tácitamente, cogió un vaso y lo introdujo en la tinaja vacía, como si lo llenara. A continuación vertió la presunta agua en otro vaso. En esta ocasión, todos pudieron comprobar, con alegre satisfacción, excepto la extrañeza absoluta de Manuel, que el agua caía hacia el vaso con todo su juego de brillos y con toda su jovial sonoridad. Pero bien mirado, no caía nada. Manuel cogió el vaso, casi se lo arrebató de las manos aunque su vecino bien se lo ofrecía. Estaba vacío; sin duda. No pesaba.  Manuel lo agitó y notó cómo el agua se derramaba y salpicaba. Las presuntas gotas cayeron sobre su piel, notó su humedad y su frescor; pero no notó cómo ese frescor perduraba y se desvanecía poco a poco, como era propio del agua. Al pasarse la mano sobre el brazo, la piel estaba seca.
   Ya con cierto temor, Manuel decidió probar un trago. Notó perfectamente el líquido deslizarse por sus labios, pero nada en la boca. Engulló con cierta aparatosidad y volvió a notar el agua bajar por la garganta. Pero nada más. Inmediatamente era como si no hubiera bebido nada. El vaso seguía tan vacío como antes parecía igualmente vacío. Manuel, en seguida consideró si realmente había algo en su estómago o no. Aún no había desayunado: ¿cómo distinguir un estómago auténticamente vacío de un estómago lleno de un pseudo-vacío? Manuel no era tan culto como para tener la noción de “pseudo”-nada, así que probablemente, sus cosideraciones sobe el pseudo-vacío eran también pseudopensamientos, alimentados tal vez por la pseudoagua que ahora recorría sus tejidos y sus venas. Si eso era así, tal vez se trataba ya de pseudotejidos, de pseudoneuronas que estaban produciendo así un pseudo-pseudopensamiento.
   –¿Qué hacemos ahora? ¿Qué hacemos con esto?
   –De momento creo que este asunto no debería ir más allá de nosotros seis. Lo siguiente, sería llevar alguna muestra a un laboratorio.
   –¿Habías visto alguna vez algo así?
   –No, desde luego.
   Pero entonces supuso que tal vez su memoria no era auténtica. Tal vez llevaban siglos bebiendo de esa agua, sin saberlo. El pozo, sin duda estaba ahí, donde él lo encontró. Fluía, si es que hacía algo, por debajo de la comarca, en conexión con otros pozos. Tal vez se había mezclado con otras aguas, aguas auténticas, y entonces hubiera sido imposible detectarlo. Regaban los viñedos con no-agua. Bebían en la fiestas ese menos-vino. Y así sus pensamientos eran ausentes, sus conversaciones vacuas, sus recuerdos fantasmas. Así pues, ¿y si había visto algo así alguna vez pero la naturaleza misma de la no-agua le impedía recordarlo? En ese impedimento, ¿tendría la no-agua una inteligencia propia? Una inteligencia que consistía precisamente en la no-inteligencia, el no-recuerdo.
   Especulaciones. Especulaciones fundadas en algo que se comportaba como el agua, pero que era absolutamente transparente, con tacto pero sin peso, sin humedad, sin temperatura.
   –¡Tengo una idea! ¿Quién tiene un acuario con peces?
   Los hombres comprendieron al momento. Todos levantaron sus cincuenta años de músculo con el entusiasmo de niños de un metro que acaban de capturar una lagartija.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Inmensas bibliotecas

   Es frecuente, en las bibliotecas, ir a las estanterías, en busca del ejemplar buscado, en el anaquel preciso que consta en el archivo, justo entre la signatura tal y la cual, y encontrar allí un decepcionante hueco. Pequeños hurtos son inevitables; a veces se trata de simples olvidos o dejadez de los usuarios. Suele suceder precisamente con los libros más demandados, de uso común, de los que generalmente se dispone de varios ejemplares. Por eso, estas pérdidas suelen asumirse con resignación. Se llama al prestatario al número de teléfono de su ficha o se escribe un correo. A veces se recupera, otras veces no.
   Es cuando el bibliotecario decide comprar más ejemplares para suplir sus bajas cuando, en las circunstancias adecuadas, entra en conocimiento de toda una dinámica encubierta para el resto de la sociedad, en la que quedará absorto por hipnosis, por fascinación, por aquella emoción entregada a una vida de aburrimiento. Las circunstancias adecuadas son las siguientes:
   A veces sucede que el librero de turno le dice al bibliotecario que el libro que solicita no existe, nunca ha sido catalogado ni se tiene constancia de él. El bibliotecario vive aquello como una imposibilidad. Cuando vuelve a su biblioteca revisa los archivos. En efecto, allí sí consta el libro: título perfecto, editorial perfecta, solicitud perfecta. Llama al usuario que rellenó la ficha para comentar el asunto y confirma que, el pobre, lo había encontrado en el propio motor de búsqueda de los ordenadores de la biblioteca, al recopilar bibliografía para su estudio. El bibliotecario llama por su cuenta a la editorial, que, por supuesto, no tiene ni ha tenido nunca un libro de tales características, ni siquiera parecidas. El bibliotecario puede darse por vencido en cualquier parte del proceso; pero cuando vuelve a suceder algo así –a veces nunca más, a veces con insólita frecuencia– el bibliotecario vuelve a llamar a unos y a otros, habla con varias editoriales, habla con varios bibliotecarios y es por fin así, a través de sus colegas de profesión y confusión, como asume la existencia de libros fantasma.
   El bibliotecario acude por primera vez a una congregación de colegas en su misma situación. Son reuniones secretas que van cambiando su sede de cita en cita. Allí el advenedizo se sorprende del descomunal número de bibliotecarios que llenan castillos enteros con las más austeras comodidades. Los más veteranos contemplan con preocupación cómo el número de asistentes crece y crece reunión tras reunión; se cuestiona si la política decidida en su momento sigue siendo sostenible. Resulta evidente que la mayor afluencia de bibliotecarios a las reuniones periódicas y secretas es síntoma de que el número de volúmenes fantasma aumenta en alguna progresión matemática vertiginosa. Con ellos aumenta, además, el número de autores fantasma, editoriales fantasma, impresores fantasma, etc; de todos ellos, sólo los bibliotecarios del cónclave tienen noticia. Toda una industria literaria que prolifera en las sombras de los catálogos, de los archivadores digitales, y de la cual sólo puede accederse a mínima información: títulos, autores, fechas (algunos ejemplares fantasma parecen datar de antes de la civilización escrita). En su momento, se decidió seguir un registro de estudio y vigilancia; pero es obvio ya que esto se ha ido de manos.
   En nada afecta aún a la dinámica general esa dimensión de bibliotecas fantasma –los más altos cargos de la organización son gestores de auténticas bibliotecas virtuales, donde se van trasladando y acumulando los nuevos hallazgos, sacándolos así de la investigación gentil–; sólo estos bibliotecarios saben de los dos mundos, se sitúan entre ellos, atendiendo a la difícil distinción entre volúmenes reales y volúmenes fantasma. La tarea se complica porque la propia gestión de la organización genera tensiones de poder. ¿Qué poder? Desde luego, ninguno derivado de los libros mismos, reales o fantasma. En primer lugar, la intendencia económica para mantener el secretismo y la viabilidad de las reuniones deriva en ciertos desvíos, ciertas malversaciones, que algunos aprovechan en su propio beneficio. Estos tejemanejes, como generan en el conjunto de la asociación cierta alegre prosperidad hedonista (en la calidad del catering, en la elegancia de las camas), no son perseguidos como debieran. Además, el deber aquí se orienta hacia otros discursos. Precisamente a estos: en segundo lugar, el estudio de los volúmenes fantasma ha generado cierto saber erudito. Hay quien pretende haber llegado a un nivel superior en la indagación. Esto no está claro y un segundo secretismo impregna los cónclaves, que se dividen en grupos y cuasi-escuelas teóricas. En esos grupos hay también sus jerarquías, sus influencias, etc. Por último, y no menos importante, están las afinidades personales, anímicas y sexuales que se van tejiendo y enredando entre las relaciones de bibliotecarios, de bibliotecarios y bibliotecarias, y entre las bibliotecarias. Estas tres dimensiones de poder generan nepotismos, familias, países, imperios, vasallos, cuyas disputas se resuelven en las conversaciones, los debates, las comidas, los despachos.
   Es por esto que el desarrollo de los libros fantasma, con sus autores fantasma y su máquina editorial fantasma, no es vigilado tan bien como la organización misma se propone. Ahora es difícil saber si su auténtica intención (intención colectiva emergente de todo el batiburrillo de tensiones) es investigar, es saber, es proteger, es poseer o es follar directamente.