El aire tibio entre tu piel
que aún no es beso.
sábado, 18 de abril de 2015
Castigo
Cómo que te conozco.
Si se repitiera sería sólo ilusión.
Si no se repitiera cómo comprenderlo.
Por la puerta si apareces te soy
infiel te reconozco. Si apareces
cómo saber por la puerta que tanto
tanto te amo.
Si se repitiera sería sólo ilusión.
Si no se repitiera cómo comprenderlo.
Por la puerta si apareces te soy
infiel te reconozco. Si apareces
cómo saber por la puerta que tanto
tanto te amo.
Opinión
Esta velocidad es cosa de palabras.
Esta caída es cosa de palabras.
La sangre dibujando su extensión
es cosa de palabras contra el suelo
que es también cosa y cosas de palabras.
No tengas, pues, por eso, miedo, amor,
que hoy están aquí tan sólo dibujadas.
Esta caída es cosa de palabras.
La sangre dibujando su extensión
es cosa de palabras contra el suelo
que es también cosa y cosas de palabras.
No tengas, pues, por eso, miedo, amor,
que hoy están aquí tan sólo dibujadas.
Permiso
Al despertar (...) sólo quedan sueños.
A qué otro rencor voy a rendirle cuentas.
Es tu roce lo único que existe y aún
no lo comprendo.
A qué otro rencor voy a rendirle cuentas.
Es tu roce lo único que existe y aún
no lo comprendo.
Ley
Me escribiste con tu respiración y ahora
ya no sé si toco con tus dedos. Lejos
de mi memoria serás recuerdo en mis
descuidos.
Yo soy tu respiración y ahora.
Vuelvo y me revuelvo: vuelvo.
Yo soy tu respiración y ahora.
ya no sé si toco con tus dedos. Lejos
de mi memoria serás recuerdo en mis
descuidos.
Yo soy tu respiración y ahora.
Vuelvo y me revuelvo: vuelvo.
Yo soy tu respiración y ahora.
viernes, 17 de abril de 2015
De sapone. m (colofón)
Un hombre surfea muy lentamente lentas olas de jabón en su barca más pequeña que su sombra.
De sapone. l (colofón)
Eran frecuentes los derrumbes. Un simple roce bastaba para que toda una pared arrojara sus duras placas de jabón sobre el espeso barro jabonoso que fluía por todas partes. Con gran espuma y estruendo se formaban olas enormes y enormes nubes. La lluvia de jabón era el cataclismo más horrible, y al que más miedo le tenía. Siempre se le veía huyendo con su barquita, tan lentamente, del esponjoso bramido de hipotéticas avalanchas de jabón.
De sapone. k (colofón)
Evitaba, sobre todo, quedarse dormido. Si apenas se demoraba quieto un tiempo, le iba recubriendo su piel, átomo a átomo flotante de jabón, una fina pátina que luego resultaba muy difícil de quitar. El cansancio hacía sus movimientos más lentos, dilatados, delirantes. Sabía que se quedaba dormido porque veía flotar de vez en cuando grupos caprichosos de pompas de jabón. Suponía entonces que aquello era producto de sus ronquidos.
jueves, 16 de abril de 2015
De sapone. j (meollo)
Pequeños animalitos dejaban regueros con sus pisadas. Con sus minúsculos cuerpos y su peso despreciable, se movían con una rapidez inusitada. Yo tardaba lo indecible en moverme lo más mínimo. Y como tardaba tanto, el paisaje cambiaba antes de que yo hubiera terminado el gesto de mi decisión. Esto me volvía aún más torpe y más lento. Y así cada vez más débil, más viejo, más lento y más torpe.
Me pasaba la mayor parte del tiempo viendo aparecer los reguerillos de pisadas. A veces conseguía encontrarme al mismísimo insecto dándose su paseo: ¡era tan emocionante! Luego, me deleitaba en revisar sus pisaditas una y otra vez, sus mínimos relieves, sus finísimas sombras. Veía cómo el jabón iba diluyendo sus formas, lentamente, hasta que no quedaba rastro. Entonces, iniciaba yo mi nuevo e inútil movimiento.
Jamás vi ningún pájaro, pero sí pude ver alguna vez sus pisadas y alguna pluma clavada o pegada en las paredes de jabón.
Me pasaba la mayor parte del tiempo viendo aparecer los reguerillos de pisadas. A veces conseguía encontrarme al mismísimo insecto dándose su paseo: ¡era tan emocionante! Luego, me deleitaba en revisar sus pisaditas una y otra vez, sus mínimos relieves, sus finísimas sombras. Veía cómo el jabón iba diluyendo sus formas, lentamente, hasta que no quedaba rastro. Entonces, iniciaba yo mi nuevo e inútil movimiento.
Jamás vi ningún pájaro, pero sí pude ver alguna vez sus pisadas y alguna pluma clavada o pegada en las paredes de jabón.
miércoles, 15 de abril de 2015
De sapone. i (meollo)
En aquel entorno jabonoso ya era difícil saber qué lugar era cual. Sólo por su estrechez uno podía reconocer que estaba en el pasillo. Las habitaciones se habían dividido en subgrutas dentro de la caverna en que había quedado convertido mi piso.
Para sobrevivir tuve que destrozar los muebles y así aprovechar los preciosos restos de material. El máximo partido lo saqué de la cama, que reduje a una pequeña embarcación, poco más extensa que una baldosa.
Con ella conseguía atravesar los ríos de jabón, bajo prodigiosas estalactitas de jabón, sorteando peligrosas estalagmitas que amenazaban con derrumbarse al más mínimo roce, evitando inesperados remolinos de jabón líquido que hubieran sido mi perdición. Navegaba muy lentamente, impulsándome con un tablón como un gondolero. Rara vez sentía tocar el suelo con el palo, tan profunda era la capa jabonosa o tanta su densidad.
Muchos años pasé perdido de un rincón a otro, porque los pasillos de jabón cambiaban. No era posible reconocer el mismo vericueto que una vez me conducía al otro. Lo que antes había sido una pompa solidificada, ahora era un costillar que se erguía como la cresta de una ola gigante y luego una hendidura vertical en una pared que fuera otrora columna simplégade.
En ocasiones, la luz del atardecer o del amanecer se deslizaba más rápido que yo y rebotaba en la humedad del jabón, dando lugar a espectáculos maravillosos. La iridiscencia sorprendente y efímera de aquellos regalos de la luz devolvía el ánimo a mi pecho, que luego tardaba en volver a adaptar sus ojos a la soledad.
Para sobrevivir tuve que destrozar los muebles y así aprovechar los preciosos restos de material. El máximo partido lo saqué de la cama, que reduje a una pequeña embarcación, poco más extensa que una baldosa.
Con ella conseguía atravesar los ríos de jabón, bajo prodigiosas estalactitas de jabón, sorteando peligrosas estalagmitas que amenazaban con derrumbarse al más mínimo roce, evitando inesperados remolinos de jabón líquido que hubieran sido mi perdición. Navegaba muy lentamente, impulsándome con un tablón como un gondolero. Rara vez sentía tocar el suelo con el palo, tan profunda era la capa jabonosa o tanta su densidad.
Muchos años pasé perdido de un rincón a otro, porque los pasillos de jabón cambiaban. No era posible reconocer el mismo vericueto que una vez me conducía al otro. Lo que antes había sido una pompa solidificada, ahora era un costillar que se erguía como la cresta de una ola gigante y luego una hendidura vertical en una pared que fuera otrora columna simplégade.
En ocasiones, la luz del atardecer o del amanecer se deslizaba más rápido que yo y rebotaba en la humedad del jabón, dando lugar a espectáculos maravillosos. La iridiscencia sorprendente y efímera de aquellos regalos de la luz devolvía el ánimo a mi pecho, que luego tardaba en volver a adaptar sus ojos a la soledad.
martes, 14 de abril de 2015
De sapone. h (meollo)
Llovió. Por las ventanas por las que entró la lluvia, el jabón espumó. Luego, la espuma de jabón sellaba la ventana misma (supongo que desde la calle se vería salir toda una baba gigante de espuma; pero nadie hizo nada, ningún vecino se entrometió en nuestros asuntos) y la humedad allí ya nunca se secó del todo. Es más, fue transmitiendo su lodazal de jabón por el pasillo a otras habitaciones.
Cuando lo descubrí (recuérdese que los movimientos por la casa se habían vuelto extremadamente lentos), pasé horas o días intentando llegar hasta alguna ventana a través de la espuma, luego intentando cerrar la dichosa ventana. No sé si llegué a conseguirlo. De vuelta a otras habitaciones, comprobé el repertorio de estragos en los paisajes con lluvia.
Desolado, rodeado de jabón en lodo y espuma por todas partes, apartado de la que una vez fue mi novia alegre y hermosa, sin esperanza de reencontrarme con la civilización, me encogí y lloré. Mis lagrimas, obviamente, contribuyeron al desastre. No sé qué efecto de salinidad produjo en el jabón que se formó una pasta viscosa e impertinente. Mis gestos se volvieron espasmódicos: una parte de mí quería recuperar la compostura, hablo físicamente, pero otra estaba pegándose con la pasta, mientras que otra convulsionaba por el llanto y algún músculo que no sabría concretar se esforzaba por detener aquel proceso vicioso.
Cuando lo descubrí (recuérdese que los movimientos por la casa se habían vuelto extremadamente lentos), pasé horas o días intentando llegar hasta alguna ventana a través de la espuma, luego intentando cerrar la dichosa ventana. No sé si llegué a conseguirlo. De vuelta a otras habitaciones, comprobé el repertorio de estragos en los paisajes con lluvia.
Desolado, rodeado de jabón en lodo y espuma por todas partes, apartado de la que una vez fue mi novia alegre y hermosa, sin esperanza de reencontrarme con la civilización, me encogí y lloré. Mis lagrimas, obviamente, contribuyeron al desastre. No sé qué efecto de salinidad produjo en el jabón que se formó una pasta viscosa e impertinente. Mis gestos se volvieron espasmódicos: una parte de mí quería recuperar la compostura, hablo físicamente, pero otra estaba pegándose con la pasta, mientras que otra convulsionaba por el llanto y algún músculo que no sabría concretar se esforzaba por detener aquel proceso vicioso.
De sapone. g (meollo)
Ciertamente, el punto de inflexión no llegó aún, ni llegaría mucho después. Nada me podía haber preparado para lo que quedaba por suceder. Con esta idea soy capaz de perdonar al hombre esperanzado de entonces.
Como el aire era cada vez más irrespirable, no sé si por la atmósfera realmente jabonosa o por mi propio agobio histérico, siempre sentía que me asfixiaba. Se convirtió en una obsesión ir hacia las ventanas para abrirlas y que entrara corriente. Hay que comprender lo difícil del periplo entre una ventana y otra, entre una habitación y otra. Muchas veces las encontraba cerradas, las ventanas que yo creía ya abiertas. Pensaba que ella iba cerrando ventanas para proteger su jabón. Y yo se las abría. Durante cuántas horas, días, meses años, fuimos uno siguiendo los pasos del otro, abriendo las ventanas que ella cerraba, cerrando las ventanas que yo abría. Dos enamorados, no, lo que quedaba de dos enamorados persiguiéndose por la casa, entre el jabón, sin verse, de ventana en ventana.
Tanta era mi obsesión que se me olvidó el calor y la lluvia y los pájaros y los insectos y el polvo y todo eso que entra por las ventanas además del aire fresco. Como plagas vinieron los abcesos normales a desbaratar nuestro peculiar pisito de jabón y a convertirlo en un auténtico infierno.
Como el aire era cada vez más irrespirable, no sé si por la atmósfera realmente jabonosa o por mi propio agobio histérico, siempre sentía que me asfixiaba. Se convirtió en una obsesión ir hacia las ventanas para abrirlas y que entrara corriente. Hay que comprender lo difícil del periplo entre una ventana y otra, entre una habitación y otra. Muchas veces las encontraba cerradas, las ventanas que yo creía ya abiertas. Pensaba que ella iba cerrando ventanas para proteger su jabón. Y yo se las abría. Durante cuántas horas, días, meses años, fuimos uno siguiendo los pasos del otro, abriendo las ventanas que ella cerraba, cerrando las ventanas que yo abría. Dos enamorados, no, lo que quedaba de dos enamorados persiguiéndose por la casa, entre el jabón, sin verse, de ventana en ventana.
Tanta era mi obsesión que se me olvidó el calor y la lluvia y los pájaros y los insectos y el polvo y todo eso que entra por las ventanas además del aire fresco. Como plagas vinieron los abcesos normales a desbaratar nuestro peculiar pisito de jabón y a convertirlo en un auténtico infierno.
lunes, 13 de abril de 2015
De sapone. f (meollo)
Incapaz de renunciar al sexo, despertó la situación mis insospechadas virtudes artísticas. Tallaba en los bloques y pilares de jabón figuras con su cuerpo. No siempre me masturbaba, porque el jabón es increíblemente sucio para estas cosas. Pero casi siempre palpaba mi creación con añorante sensualidad. Es cierto que la tocaba con las manos, pero me apartaba con el cuerpo: el olor del jabón frustraba mis fantasías. Por supuesto, sólo besaba labios de jabón en los momentos más desesperados.
No siempre la esculpía a ella. A veces hacía relieves de memoria sobre actrices que recordaba o incluso mujeres de la calle (en el buen sentido). Al principio, rápidamente las borraba para que no pudiera descubrirlas. Luego dejaba las siluetas de las otras mujeres para darle celos y que supiera que estaba molesto. En los momentos más delirantes de mi agobio, reproducía animales. Más adelante pasé a los monstruos. Finalmente, di rienda suelta a mi imaginación creando figuras imprevistas, imposibles. Alternaba unas con otras según mi estado de ánimo.
Sin embargo, al cabo de encontrarme con mis propias obras, como testigo yo de mis sentimientos, deformadas ellas además por el jabón y su evolución propia, acabé por asquearme del arte escultórico.
Así, mi sexualidad acabó también resignándose.
No siempre la esculpía a ella. A veces hacía relieves de memoria sobre actrices que recordaba o incluso mujeres de la calle (en el buen sentido). Al principio, rápidamente las borraba para que no pudiera descubrirlas. Luego dejaba las siluetas de las otras mujeres para darle celos y que supiera que estaba molesto. En los momentos más delirantes de mi agobio, reproducía animales. Más adelante pasé a los monstruos. Finalmente, di rienda suelta a mi imaginación creando figuras imprevistas, imposibles. Alternaba unas con otras según mi estado de ánimo.
Sin embargo, al cabo de encontrarme con mis propias obras, como testigo yo de mis sentimientos, deformadas ellas además por el jabón y su evolución propia, acabé por asquearme del arte escultórico.
Así, mi sexualidad acabó también resignándose.
domingo, 12 de abril de 2015
De sapone. e (meollo)
Muchas veces pensé que habíamos llegado al colmo de aquella locura. Cuando más cerca estuve de creer que aquella ilusión de límite era real fue en los días en que apenas podíamos estar juntos. ¿Acaso pensé que ella me echaría de menos, que nuestro cariño emergería como punto de inflexión? El límite de mi ingenuidad sí que estaba lejos.
No recuerdo el orden y me vienen imágenes diversas.
Habíamos hecho un horario de turnos para poder atravesar el pasillo. Atravesábamos un arabesco sortear de montones y pilas de jabón. Yo caminaba con reparo de manchar el jabón o que el jabón se impregnara en mi ropa. Lo sé, un pensamiento ridículo, cuando los armarios rebosaban virutas de jabón. Era tal vez cosa de instinto, de ese ser civilizado que un día fui.
Por supuesto, habíamos renunciado a cocinar. Llegaba a casa siempre con bolsas de comida para dos. Si estaba de humor, traía platos de restaurantes algo mejores; pero la mayoría de las veces era lo típico. En ocasiones, me encontraba platos que ella había comprado para mí. Empezaron a acumularse las raciones sobrantes, porque era difícil saber cuándo compraba cada quien. Así empecé a comer solo.
Porque la mesa estaba dispuesta bajo torreones de jabón y no podíamos vernos y, con el poder insonorizador de aquellos paneles, ni oírnos. Hasta para los movimientos más básicos había que tener cuidado. Muchos vasos desaparecían apenas soltarlos en la mesa y un inconsciente gesto para apartar una columnita de jabón hacía que no pudiera volver a encontrarlo. Eso era un desastre, porque viajar hasta la cocina era tan tedioso y deprimente que uno perdía el apetito.
No recuerdo el orden y me vienen imágenes diversas.
Habíamos hecho un horario de turnos para poder atravesar el pasillo. Atravesábamos un arabesco sortear de montones y pilas de jabón. Yo caminaba con reparo de manchar el jabón o que el jabón se impregnara en mi ropa. Lo sé, un pensamiento ridículo, cuando los armarios rebosaban virutas de jabón. Era tal vez cosa de instinto, de ese ser civilizado que un día fui.
Por supuesto, habíamos renunciado a cocinar. Llegaba a casa siempre con bolsas de comida para dos. Si estaba de humor, traía platos de restaurantes algo mejores; pero la mayoría de las veces era lo típico. En ocasiones, me encontraba platos que ella había comprado para mí. Empezaron a acumularse las raciones sobrantes, porque era difícil saber cuándo compraba cada quien. Así empecé a comer solo.
Porque la mesa estaba dispuesta bajo torreones de jabón y no podíamos vernos y, con el poder insonorizador de aquellos paneles, ni oírnos. Hasta para los movimientos más básicos había que tener cuidado. Muchos vasos desaparecían apenas soltarlos en la mesa y un inconsciente gesto para apartar una columnita de jabón hacía que no pudiera volver a encontrarlo. Eso era un desastre, porque viajar hasta la cocina era tan tedioso y deprimente que uno perdía el apetito.
sábado, 11 de abril de 2015
De sapone. d (meollo)
Una habitación entera estaba reservada a almacenar los tableros de jabón. Podía verse la evolución desde el primer estrato, grisáceo, hasta los últimos, más coloreados. Podían identificarse rápidamente los litros más pobres y los de más calidad. Aquí y allá había tableros ya cortados en irregulares lingotes. Cerca de la puerta solía estar una fiambrera con algunos lingotes y con un rallador flotando en una montañita de hermosas ralladuras rizadas. En algún otro rincón, había otras fiambreras, fuentes o cajas donde se habían probado distintas mezclas y experimentos.
A veces abría morbosamente la puerta de esa habitación y contemplaba hundido el paisaje de mi derrota. Me regodeaba, lo reconozco, en la certeza palpable y olfatible de nuestro absurdo jardín privado. Fantaseaba sintiéndome olvidar qué fuera originalmente aquella habitación, y como mi vida y mis recuerdos se desvanecían con cada centímetro sepultado por los lingotes de jabón cada vez más numerosos.
A veces abría morbosamente la puerta de esa habitación y contemplaba hundido el paisaje de mi derrota. Me regodeaba, lo reconozco, en la certeza palpable y olfatible de nuestro absurdo jardín privado. Fantaseaba sintiéndome olvidar qué fuera originalmente aquella habitación, y como mi vida y mis recuerdos se desvanecían con cada centímetro sepultado por los lingotes de jabón cada vez más numerosos.
De sapone. c (preámbulo)
Las primeras de cambio se hicieron de rogar; tan hábilmente había escondido las palanganas de jabón. Como yo no consideré el asunto digno de mayor esfuerzo, tan ridículo me veía a mí mismo rebuscando jabón por los rincones, ahí quedó la cosa. Cuando por casualidad o por descuido encontré el jabón, lo vi tan inocente, tan pacífico y quieto, que lo dejé estar como agua pasada.
No contaba con que en el futuro, mi capacidad para encontrar el jabón, mi capacidad para dar con la sosa, incluso mi capacidad para renunciar a los fritos, era exponencialmente inferior a su capacidad de producir jabón.
No contaba con que en el futuro, mi capacidad para encontrar el jabón, mi capacidad para dar con la sosa, incluso mi capacidad para renunciar a los fritos, era exponencialmente inferior a su capacidad de producir jabón.
viernes, 10 de abril de 2015
De sapone. b (preámbulo)
Apenas unos días después, ya la vi mirando con ojos previsores la freidora. No quise ni sacar el tema. Llegado el momento, la discusión volvía a plantearse, con un agravante: aún quedaba el 98% de la primera remesa de jabón de la primera freidora. Con dos agravantes: perdí los nervios ante mi escasa o nula capacidad de convicción oratoria. Utilicé todas las medidas de manipulación a mi alcance: me encerré en mi habitación o me cruzaba ante ella con apretado silencio o incluso me iba a la calle a dar un paseo ¡de repente!
Cuando entró la nueva palangana de jabón, pensé que había enloquecido, no ella, sino yo, y que vivía en un absurdo. Sin embargo, actué con la mayor cordura:
–Pues que sepas que tal y como ha entrado, lo tiro.
Ella no lo permitió. Pero como yo pasaba muchas más horas solo en casa, mi amenaza no tenía prisa: a las primeras de cambio el jabón sería historia.
Cuando entró la nueva palangana de jabón, pensé que había enloquecido, no ella, sino yo, y que vivía en un absurdo. Sin embargo, actué con la mayor cordura:
–Pues que sepas que tal y como ha entrado, lo tiro.
Ella no lo permitió. Pero como yo pasaba muchas más horas solo en casa, mi amenaza no tenía prisa: a las primeras de cambio el jabón sería historia.
De sapone. a (preámbulo)
La primera vez lo creí un ejercicio inocente. Intenté argumentarle que 1) el ahorro económico no compensaba las horas de esfuerzo, 2) el excedente de producción difícilmente se acoplaría al uso personal, 3) que el resultado tendría una calidad y funcionalidad deficitaria con respecto a productos industriales. El argumento 1) y 3) eran inútiles ante el arrebato de orgulloso deseo. Lo escalofriante iba a resultar ser el argumento 2).
Ya la justificación apuntaba algo de apocalíptico. Empezaríamos a usar ese jabón casero para todo. Yo me negué a que ese jabón se usara con mi ropa (no tenía argumentos técnicos para demostrar posibles perjuicios sobre los tejidos o la lavadora misma). Ella admitió que no lo usaría tampoco para el aseo personal (al menos no de forma exclusiva). Y ante la escasa imaginación para las restricciones, "todo lo demás" dejaba un muy amplio margen.
Así que cuando, de apenas tres litros de aceite de freidora, volvió con una sobrehumana palangana de jabón gris, di la aventura por acabada. Grave ingenuidad la mía.
Ya la justificación apuntaba algo de apocalíptico. Empezaríamos a usar ese jabón casero para todo. Yo me negué a que ese jabón se usara con mi ropa (no tenía argumentos técnicos para demostrar posibles perjuicios sobre los tejidos o la lavadora misma). Ella admitió que no lo usaría tampoco para el aseo personal (al menos no de forma exclusiva). Y ante la escasa imaginación para las restricciones, "todo lo demás" dejaba un muy amplio margen.
Así que cuando, de apenas tres litros de aceite de freidora, volvió con una sobrehumana palangana de jabón gris, di la aventura por acabada. Grave ingenuidad la mía.
jueves, 9 de abril de 2015
La herida
Caminaba a trompicones, agarrándose como podía a las paredes de las casas. La madrugada mantenía desiertas las calles. Un cielo naranja amenazaba con llover de un momento a otro. En su caminar endeble, a veces resbalaba y tropezaba con los charcos. Se movía por intuición, apenas veía más allá de sí. De vez en cuando, como un extraño tic, separaba la mano del vientre y la contemplaba toda llena de sangre. Nunca hasta ese momento había visto la sangre así de líquida. Entonces pensaba en la diarrea de los bebés, y volvía a aferrarse el vientre con asco y furia. Mientras avanzaba, su mente divagaba, se derramaba como una hemorragia de dolor y de rabia. Lo que más le cabreaba era la estupidez de aquella herida. Apenas había pasado todo en unos segundos, como por despiste, y sin que sirviera para nada más que para que él se viera ahora moribundo. Le horrorizaba que su vida fuera a terminar de manera tan inútil, sin que a nadie le aprovechara su ausencia ni su presencia. De qué manera tan trivial ya no podría realizar nada de lo que había compuesto en el futuro, ni siquiera las más insípidas menudencias cotidianas que habría hecho al día siguiente. Estuvo a punto de reír al pensar en las tostadas que solía desayunar. Creyó sentir hambre, pero aún podía darse cuenta de que sólo era la falta de sangre que se empezaba a notar. Ya no estaba lejos de su casa. Pensó en su casa vacía, la imaginó esperándolo preocupada como una fiel esposa. Ya no podría compartirla con nadie. Había perdido su oportunidad de conocer a Aurora, esa muchacha de rostro alegre, delicada e inocente que estaba destinada a amarlo, a disfrutar con él la mayoría de los buenos momentos, o por lo menos aquellos que de verdad merecerían la pena. Bueno, inocente pero sólo en apariencia, porque Aurora por dentro era muy sabia, y fuerte, su fragilidad era sólo aparente. Eso era lo que le gustaba de ella. Ya no la conocería. Nunca. De repente se había quedado sin rostro, se había quedado sólo en su nombre. Eso era lo que más le cabreaba. ¿Es que él no merecía conocer a Aurora? ¿Por qué una estúpida herida debía privarle de su felicidad? Volvió a mirarse el vientre. La sangre lo había empapado todo. Estaba tardando demasiado en llegar a casa. Si no se esforzaba moriría en la calle como las ratas. Tal vez él no fuera mejor que las ratas. Tal vez aún debía esforzarse en demostrar que era mejor que una rata; que tenía casa, que alguien lloraría su muerte. Sí, alguien lloraría su muerte, pero nada más. El llanto pasa. Él no era imprescindible para nadie. Aquella ciudad no notaría su muerte. Los que le lloraran acabarían olvidándolo, ¿en cuanto tiempo?: ¿una semana, dos años? Tarde o temprano todos acabarían muertos de risa con un cubata en la mano, tal vez hablando de él, recordando los buenos tiempos; tal vez hablando del último concurso de moda en televisión. Lo que más le molestaba era que tal vez hubiera en aquella ciudad alguien que lloraría su muerte, y que él no conocía, o no recordaba. Sería injusto haber muerto sin darle la oportunidad de conocerse de verdad. En ese momento tal vez alguien pensaba en él sin que él lo supiera, y ya no lo sabría nunca. Tal vez Aurora estaba pensando en él. Tal vez era la muchacha que se cruzó con él al salir del banco y que tenía esos zapatos tan bonitos. Y ya no lo sabría nunca. Al fin había llegado al portal de su casa. Buscó las llaves. No estaban en los bolsillos de los pantalones y renunció a buscarlas en los de la chaqueta o la camisa. Aquella otra mano aún estaba limpia. La contempló. Blanca como el mármol. La comparó con la otra, la que chorreaba sangre y le recordaba a los filetes de ternera que había comprado aquella mañana. ¿Dónde mierda había perdido las llaves? No quería morir en el portal de su casa como un borracho, como un yonqui miserable. Pensó en las noticias del periódico. Su “Encontrado muerto en un portal” apenas ocuparía ni media columna en la página de sucesos. ¡Qué estúpida noticia! ¿A quién iba a interesarle? No podía morir así. Salió del portal y se dirigió al centro. Por algún instinto pensaba en la estatua que había en la Plaza Mayor, ese general de mármol que alzaba su espada como un falo en su ridículo pedestal. Pensaba en el pedestal de mármol y el emblema de oro. Y en el minúsculo jardincito que lo protegía del tráfico y los tubos de escape. Le cabreaba la inutilidad de aquella riqueza. Su ridícula muerte se uniría a aquella ridícula estatua. Su muerte sería una gran risa de ridiculez. Intentó una carcajada. No pudo. Su vientre ya no le dolía, pero era porque se había acostumbrado al dolor como hacen los ojos con la oscuridad. Ya no sangraba, no había presión suficiente. Debía llegar hasta la estatua. Allí amanecería su muerte, su acto de rebeldía, de furia contra lo banal, contra lo superfluo. Le cabreaba que su muerte fuera superflua, que no tuviera razón de ser. Lo que más le cabreaba era que nadie hubiera provocado su muerte, no poder culpar a nadie por su muerte repentina y estúpida. Era eso, que hubiera estado en este mundo por nada y para nada, y que lo abandonara por nada y para nada; por accidente. ¡Quería un culpable, exigía un culpable! Y que no hubiera nadie le cabreaba. Al fin llegó a la Plaza Mayor. Húmeda y desierta. En el centro, la ridiculez del general iluminada por la luz amarillenta de las farolas. Avanzó, casi cayó al jardincito. Se quedó allí tumbado, marcando el blanco pedestal de mármol con su sangre ya imborrable, boca arriba mirando cómo el amanecer se desplegaba por detrás de las nubes indecisas. Entonces empezó a sentir el frío. Fugazmente imaginó su foto en primera página. Comprendió que lo que más le cabreaba era que aquel instante era el momento más literario de su vida. No recordó hasta entonces, en esa sensación de eterno retorno que comprobó real antes de la muerte, ningún otro momento que fuera digno de ser relatado. No había en su vida nada especial; ningún triunfo, ningún fracaso, nada lo suficientemente extraño ni suficientemente normal. No. El único momento literario de su vida había de ser su muerte. Le molestaba que si alguien tuviera que describir aquel momento tendría que hablar de la muerte. No le gustaba que los poetas hablaran de la muerte. Hacer literatura con la muerte es muy fácil. Basta con pronunciar la palabra “muerte”, pronunciarla, para que un texto suene a poético. Su relato sería, pues, un relato fácil, un relato que podría escribirse a bote pronto. La facilidad de su relato; eso era lo que más le cabreaba.
miércoles, 8 de abril de 2015
Ad paradisum (y pág. 4)
Y pasaron muchos nuevos días. Las dos amigas continuaban su viaje, bosque tras bosque, camino tras camino, por las viejas carreteras, por las viejas autovías, pero evitando siempre los laberintos que anunciaban alguna ciudad solitaria. Y en su viaje se encontraban con grupos más o menos agradables de personas que se saludaban con una mordaza en la boca y que se comunicaban con gestos. Algunos eran algo brutales, otros se parecían a los recuerdos y eran incómodos de abandonar. Pero Leonor no detuvo su viaje. Nunca imaginó que el mundo pudiera ser tan grande.
Hasta que un día de estos tantos, las adelantó por la carretera un motorista, enfundado en un mono limpio y brillante. Leonor y su compañera se asustaron mucho. Aún más cuando vieron que el motorista paraba y volvía hacia ellas. Pero Leonor había perdido la costumbre de huir, y simplemente apretó la mano de su niña y la escondió tras sí, al tiempo que cubría su propia boca con una elegante mordaza. El motorista se apresuró a quitarse el enorme casco de su cabeza y con un gesto cordial mostró también su boca apañuelada. Inmediatamente, los tres compusieron una expresión conciliadora, y él las invitó a subir en la moto.
Y las llevó kilómetros adelante y en pocas horas la carretera terminaba en una bonita casa, situada al borde de un pequeño acantilado, junto al mar. Leonor no podía creerlo. El joven les ofreció toda su hospitalidad. Les indicó el lugar y los objetos con que asearse. Les otorgó ropas limpias y nuevas. Preparó la cena con pequeños manjares para ellas. Les acomodó dos colchones y unas suaves mantas junto a la chimenea. Y esa noche pudieron dormir como aún recordaban.
Por la mañana temprano, Leonor se levantó entusiasmada. Salió al balcón y contempló todo lo extenso del paisaje. El viento traía algunas nubes desde más allá del horizonte. El mar azul recién amanecido rizaba su ondulante melena hasta llegar a las rocas, donde las olas, unas tranquilas, otras más valientes, venían a morir.
El joven salió también al balcón. Leonor, pudorosa, buscó rápidamente cómo taparse la boca; pero el hombre le detuvo el gesto, apenas con un roce de sus dedos en la mano.
–Hace un buen día, ¿verdad? –dijo.
Y Leonor respondió:
–Es cierto.
Hasta que un día de estos tantos, las adelantó por la carretera un motorista, enfundado en un mono limpio y brillante. Leonor y su compañera se asustaron mucho. Aún más cuando vieron que el motorista paraba y volvía hacia ellas. Pero Leonor había perdido la costumbre de huir, y simplemente apretó la mano de su niña y la escondió tras sí, al tiempo que cubría su propia boca con una elegante mordaza. El motorista se apresuró a quitarse el enorme casco de su cabeza y con un gesto cordial mostró también su boca apañuelada. Inmediatamente, los tres compusieron una expresión conciliadora, y él las invitó a subir en la moto.
Y las llevó kilómetros adelante y en pocas horas la carretera terminaba en una bonita casa, situada al borde de un pequeño acantilado, junto al mar. Leonor no podía creerlo. El joven les ofreció toda su hospitalidad. Les indicó el lugar y los objetos con que asearse. Les otorgó ropas limpias y nuevas. Preparó la cena con pequeños manjares para ellas. Les acomodó dos colchones y unas suaves mantas junto a la chimenea. Y esa noche pudieron dormir como aún recordaban.
Por la mañana temprano, Leonor se levantó entusiasmada. Salió al balcón y contempló todo lo extenso del paisaje. El viento traía algunas nubes desde más allá del horizonte. El mar azul recién amanecido rizaba su ondulante melena hasta llegar a las rocas, donde las olas, unas tranquilas, otras más valientes, venían a morir.
El joven salió también al balcón. Leonor, pudorosa, buscó rápidamente cómo taparse la boca; pero el hombre le detuvo el gesto, apenas con un roce de sus dedos en la mano.
–Hace un buen día, ¿verdad? –dijo.
Y Leonor respondió:
–Es cierto.
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