lunes, 13 de abril de 2015

De sapone. f (meollo)

    Incapaz de renunciar al sexo, despertó la situación mis insospechadas virtudes artísticas. Tallaba en los bloques y pilares de jabón figuras con su cuerpo. No siempre me masturbaba, porque el jabón es increíblemente sucio para estas cosas. Pero casi siempre palpaba mi creación con añorante sensualidad. Es cierto que la tocaba con las manos, pero me apartaba con el cuerpo: el olor del jabón frustraba mis fantasías. Por supuesto, sólo besaba labios de jabón en los momentos más desesperados.
    No siempre la esculpía a ella. A veces hacía relieves de memoria sobre actrices que recordaba o incluso mujeres de la calle (en el buen sentido). Al principio, rápidamente las borraba para que no pudiera descubrirlas. Luego dejaba las siluetas de las otras mujeres para darle celos y que supiera que estaba molesto. En los momentos más delirantes de mi agobio, reproducía animales. Más adelante pasé a los monstruos. Finalmente, di rienda suelta a mi imaginación creando figuras imprevistas, imposibles. Alternaba unas con otras según mi estado de ánimo.
    Sin embargo, al cabo de encontrarme con mis propias obras, como testigo yo de mis sentimientos, deformadas ellas además por el jabón y su evolución propia, acabé por asquearme del arte escultórico.
    Así, mi sexualidad acabó también resignándose.

domingo, 12 de abril de 2015

De sapone. e (meollo)

    Muchas veces pensé que habíamos llegado al colmo de aquella locura. Cuando más cerca estuve de creer que aquella ilusión de límite era real fue en los días en que apenas podíamos estar juntos. ¿Acaso pensé que ella me echaría de menos, que nuestro cariño emergería como punto de inflexión? El límite de mi ingenuidad sí que estaba lejos.
    No recuerdo el orden y me vienen imágenes diversas.
    Habíamos hecho un horario de turnos para poder atravesar el pasillo. Atravesábamos un arabesco sortear de montones y pilas de jabón. Yo caminaba con reparo de manchar el jabón o que el jabón se impregnara en mi ropa. Lo sé, un pensamiento ridículo, cuando los armarios rebosaban virutas de jabón. Era tal vez cosa de instinto, de ese ser civilizado que un día fui.
    Por supuesto, habíamos renunciado a cocinar. Llegaba a casa siempre con bolsas de comida para dos. Si estaba de humor, traía platos de restaurantes algo mejores; pero la mayoría de las veces era lo típico. En ocasiones, me encontraba platos que ella había comprado para mí. Empezaron a acumularse las raciones sobrantes, porque era difícil saber cuándo compraba cada quien. Así empecé a comer solo.
    Porque la mesa estaba dispuesta bajo torreones de jabón y no podíamos vernos y, con el poder insonorizador de aquellos paneles, ni oírnos. Hasta para los movimientos más básicos había que tener cuidado. Muchos vasos desaparecían apenas soltarlos en la mesa y un inconsciente gesto para apartar una columnita de jabón hacía que no pudiera volver a encontrarlo. Eso era un desastre, porque viajar hasta la cocina era tan tedioso y deprimente que uno perdía el apetito.

sábado, 11 de abril de 2015

De sapone. d (meollo)

     Una habitación entera estaba reservada a almacenar los tableros de jabón. Podía verse la evolución desde el primer estrato, grisáceo, hasta los últimos, más coloreados. Podían identificarse rápidamente los litros más pobres y los de más calidad. Aquí y allá había tableros ya cortados en irregulares lingotes. Cerca de la puerta solía estar una fiambrera con algunos lingotes y con un rallador flotando en una montañita de hermosas ralladuras rizadas. En algún otro rincón, había otras fiambreras, fuentes o cajas donde se habían probado distintas mezclas y experimentos.
     A veces abría morbosamente la puerta de esa habitación y contemplaba hundido el paisaje de mi derrota. Me regodeaba, lo reconozco, en la certeza palpable y olfatible de nuestro absurdo jardín privado. Fantaseaba sintiéndome olvidar qué fuera originalmente aquella habitación, y como mi vida y mis recuerdos se desvanecían con cada centímetro sepultado por los lingotes de jabón cada vez más numerosos.

De sapone. c (preámbulo)

    Las primeras de cambio se hicieron de rogar; tan hábilmente había escondido las palanganas de jabón. Como yo no consideré el asunto digno de mayor esfuerzo, tan ridículo me veía a mí mismo rebuscando jabón por los rincones, ahí quedó la cosa. Cuando por casualidad o por descuido encontré el jabón, lo vi tan inocente, tan pacífico y quieto, que lo dejé estar como agua pasada.
    No contaba con que en el futuro, mi capacidad para encontrar el jabón, mi capacidad para dar con la sosa, incluso mi capacidad para renunciar a los fritos, era exponencialmente inferior a su capacidad de producir jabón.

viernes, 10 de abril de 2015

De sapone. b (preámbulo)

    Apenas unos días después, ya la vi mirando con ojos previsores la freidora. No quise ni sacar el tema. Llegado el momento, la discusión volvía a plantearse, con un agravante: aún quedaba el 98% de la primera remesa de jabón de la primera freidora. Con dos agravantes: perdí los nervios ante mi escasa o nula capacidad de convicción oratoria. Utilicé todas las medidas de manipulación a mi alcance: me encerré en mi habitación o me cruzaba ante ella con apretado silencio o incluso me iba a la calle a dar un paseo ¡de repente!
    Cuando entró la nueva palangana de jabón, pensé que había enloquecido, no ella, sino yo, y que vivía en un absurdo. Sin embargo, actué con la mayor cordura:
    –Pues que sepas que tal y como ha entrado, lo tiro.
    Ella no lo permitió. Pero como yo pasaba muchas más horas solo en casa, mi amenaza no tenía prisa: a las primeras de cambio el jabón sería historia.

De sapone. a (preámbulo)

    La primera vez lo creí un ejercicio inocente. Intenté argumentarle que 1) el ahorro económico no compensaba las horas de esfuerzo, 2) el excedente de producción difícilmente se acoplaría al uso personal, 3) que el resultado tendría una calidad y funcionalidad deficitaria con respecto a productos industriales. El argumento 1) y 3) eran inútiles ante el arrebato de orgulloso deseo. Lo escalofriante iba a resultar ser el argumento 2).
    Ya la justificación apuntaba algo de apocalíptico. Empezaríamos a usar ese jabón casero para todo. Yo me negué a que ese jabón se usara con mi ropa (no tenía argumentos técnicos para demostrar posibles perjuicios sobre los tejidos o la lavadora misma). Ella admitió que no lo usaría tampoco para el aseo personal (al menos no de forma exclusiva). Y ante la escasa imaginación para las restricciones, "todo lo demás" dejaba un muy amplio margen.
    Así que cuando, de apenas tres litros de aceite de freidora, volvió con una sobrehumana palangana de jabón gris, di la aventura por acabada. Grave ingenuidad la mía.

jueves, 9 de abril de 2015

La herida

Caminaba a trompicones, agarrándose como podía a las paredes de las casas. La madrugada mantenía desiertas las calles. Un cielo naranja amenazaba con llover de un momento a otro. En su caminar endeble, a veces resbalaba y tropezaba con los charcos. Se movía por intuición, apenas veía más allá de sí. De vez en cuando, como un extraño tic, separaba la mano del vientre y la contemplaba toda llena de sangre. Nunca hasta ese momento había visto la sangre así de líquida. Entonces pensaba en la diarrea de los bebés, y volvía a aferrarse el vientre con asco y furia. Mientras avanzaba, su mente divagaba, se derramaba como una hemorragia de dolor y de rabia. Lo que más le cabreaba era la estupidez de aquella herida. Apenas había pasado todo en unos segundos, como por despiste, y sin que sirviera para nada más que para que él se viera ahora moribundo. Le horrorizaba que su vida fuera a terminar de manera tan inútil, sin que a nadie le aprovechara su ausencia ni su presencia. De qué manera tan trivial ya no podría realizar nada de lo que había compuesto en el futuro, ni siquiera las más insípidas menudencias cotidianas que habría hecho al día siguiente. Estuvo a punto de reír al pensar en las tostadas que solía desayunar. Creyó sentir hambre, pero aún podía darse cuenta de que sólo era la falta de sangre que se empezaba a notar. Ya no estaba lejos de su casa. Pensó en su casa vacía, la imaginó esperándolo preocupada como una fiel esposa. Ya no podría compartirla con nadie. Había perdido su oportunidad de conocer a Aurora, esa muchacha de rostro alegre, delicada e inocente que estaba destinada a amarlo, a disfrutar con él la mayoría de los buenos momentos, o por lo menos aquellos que de verdad merecerían la pena. Bueno, inocente pero sólo en apariencia, porque Aurora por dentro era muy sabia, y fuerte, su fragilidad era sólo aparente. Eso era lo que le gustaba de ella. Ya no la conocería. Nunca. De repente se había quedado sin rostro, se había quedado sólo en su nombre. Eso era lo que más le cabreaba. ¿Es que él no merecía conocer a Aurora? ¿Por qué una estúpida herida debía privarle de su felicidad? Volvió a mirarse el vientre. La sangre lo había empapado todo. Estaba tardando demasiado en llegar a casa. Si no se esforzaba moriría en la calle como las ratas. Tal vez él no fuera mejor que las ratas. Tal vez aún debía esforzarse en demostrar que era mejor que una rata; que tenía casa, que alguien lloraría su muerte. Sí, alguien lloraría su muerte, pero nada más. El llanto pasa. Él no era imprescindible para nadie. Aquella ciudad no notaría su muerte. Los que le lloraran acabarían olvidándolo, ¿en cuanto tiempo?: ¿una semana, dos años? Tarde o temprano todos acabarían muertos de risa con un cubata en la mano, tal vez hablando de él, recordando los buenos tiempos; tal vez hablando del último concurso de moda en televisión. Lo que más le molestaba era que tal vez hubiera en aquella ciudad alguien que lloraría su muerte, y que él no conocía, o no recordaba. Sería injusto haber muerto sin darle la oportunidad de conocerse de verdad. En ese momento tal vez alguien pensaba en él sin que él lo supiera, y ya no lo sabría nunca. Tal vez Aurora estaba pensando en él. Tal vez era la muchacha que se cruzó con él al salir del banco y que tenía esos zapatos tan bonitos. Y ya no lo sabría nunca. Al fin había llegado al portal de su casa. Buscó las llaves. No estaban en los bolsillos de los pantalones y renunció a buscarlas en los de la chaqueta o la camisa. Aquella otra mano aún estaba limpia. La contempló. Blanca como el mármol. La comparó con la otra, la que chorreaba sangre y le recordaba a los filetes de ternera que había comprado aquella mañana. ¿Dónde mierda había perdido las llaves? No quería morir en el portal de su casa como un borracho, como un yonqui miserable. Pensó en las noticias del periódico. Su “Encontrado muerto en un  portal” apenas ocuparía ni media columna en la página de sucesos. ¡Qué estúpida noticia! ¿A quién iba a interesarle? No podía morir así. Salió del portal y se dirigió al centro. Por algún instinto pensaba en la estatua que había en la Plaza Mayor, ese general de mármol que alzaba su espada como un falo en su ridículo pedestal. Pensaba en el pedestal de mármol y el emblema de oro. Y en el minúsculo jardincito que lo protegía del tráfico y los tubos de escape. Le cabreaba la inutilidad de aquella riqueza. Su ridícula muerte se uniría a aquella ridícula estatua. Su muerte sería una gran risa de ridiculez. Intentó una carcajada. No pudo. Su vientre ya no le dolía, pero era porque se había acostumbrado al dolor como hacen los ojos con la oscuridad. Ya no sangraba, no había presión suficiente. Debía llegar hasta la estatua. Allí amanecería su muerte, su acto de rebeldía, de furia contra lo banal, contra lo superfluo. Le cabreaba que su muerte fuera superflua, que no tuviera razón de ser. Lo que más le cabreaba era que nadie hubiera provocado su muerte, no poder culpar a nadie por su muerte repentina y estúpida. Era eso, que hubiera estado en este mundo por nada y para nada, y que lo abandonara por nada y para nada; por accidente. ¡Quería un culpable, exigía un culpable! Y que no hubiera nadie le cabreaba. Al fin llegó a la Plaza Mayor. Húmeda y desierta. En el centro, la ridiculez del general iluminada por la luz amarillenta de las farolas. Avanzó, casi cayó al jardincito. Se quedó allí tumbado, marcando el blanco pedestal de mármol con su sangre ya imborrable, boca arriba mirando cómo el amanecer se desplegaba por detrás de las nubes indecisas. Entonces empezó a sentir el frío. Fugazmente imaginó su foto en primera página. Comprendió que lo que más le cabreaba era que aquel instante era el momento más literario de su vida. No recordó hasta entonces, en esa sensación de eterno retorno que comprobó real antes de la muerte, ningún otro momento que fuera digno de ser relatado. No había en su vida nada especial; ningún triunfo, ningún fracaso, nada lo suficientemente extraño ni suficientemente normal. No. El único momento literario de su vida había de ser su muerte. Le molestaba que si alguien tuviera que describir aquel momento tendría que hablar de la muerte. No le gustaba que los poetas hablaran de la muerte. Hacer literatura con la muerte es muy fácil. Basta con pronunciar la palabra “muerte”, pronunciarla, para que un texto suene a poético. Su relato sería, pues, un relato fácil, un relato que podría escribirse a bote pronto. La facilidad de su relato; eso era lo que más le cabreaba. 


    

miércoles, 8 de abril de 2015

Ad paradisum (y pág. 4)

    Y pasaron muchos nuevos días. Las dos amigas continuaban su viaje, bosque tras bosque, camino tras camino, por las viejas carreteras, por las viejas autovías, pero evitando siempre los laberintos que anunciaban alguna ciudad solitaria. Y en su viaje se encontraban con grupos más o menos agradables de personas que se saludaban con una mordaza en la boca y que se comunicaban con gestos. Algunos eran algo brutales, otros se parecían a los recuerdos y eran incómodos de abandonar.  Pero Leonor no detuvo su viaje. Nunca imaginó que el mundo pudiera ser tan grande.
    Hasta que un día de estos tantos, las adelantó por la carretera un motorista, enfundado en un mono limpio y brillante. Leonor y su compañera se asustaron mucho. Aún más cuando vieron que el motorista paraba y volvía hacia ellas. Pero Leonor había perdido la costumbre de huir, y simplemente apretó la mano de su niña y la escondió tras sí, al tiempo que cubría su propia boca con una elegante mordaza. El motorista se apresuró a quitarse el enorme casco de su cabeza y con un gesto cordial mostró también su boca apañuelada. Inmediatamente, los tres compusieron una expresión conciliadora, y él las invitó a subir en la moto.
    Y las llevó kilómetros adelante y en pocas horas la carretera terminaba en una bonita casa, situada al borde de un pequeño acantilado, junto al mar. Leonor no podía creerlo. El joven les ofreció toda su hospitalidad. Les indicó el lugar y los objetos con que asearse. Les otorgó ropas limpias y nuevas. Preparó la cena con pequeños manjares para ellas.  Les acomodó dos colchones y unas suaves mantas junto a la chimenea. Y esa noche pudieron dormir como aún recordaban.
    Por la mañana temprano, Leonor se levantó entusiasmada. Salió al balcón y contempló todo lo extenso del paisaje. El viento traía algunas nubes desde más allá del horizonte. El mar azul recién amanecido rizaba su ondulante melena hasta llegar a las rocas, donde las olas, unas tranquilas, otras más valientes, venían a morir.
    El joven salió también al balcón. Leonor, pudorosa, buscó rápidamente cómo taparse la boca; pero el hombre le detuvo el gesto, apenas con un roce de sus dedos en la mano.
    –Hace un buen día, ¿verdad? –dijo.
    Y Leonor respondió:
    –Es cierto.



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martes, 7 de abril de 2015

Ad paradisum (pág. 3)

    Aquella noche también lloró hasta quedarse dormida. Y amaneció otro día, y amanecieron otros días. Leonor aprendió a sobrellevar una tristeza cada hora más grande. Andaba y andaba, siempre, movida por una esperanza que no terminaba de recordar muy bien, en la ciudad siempre cambiante. Su vestido se hizo amigo del color de la calle, se encogió, se desgastó. Pero no os contaré nada de la condición, un poco animal, a la que Leonor tuvo que adiestrarse.
    Al cabo de un tiempo, ya imposible de acotar, descubrió que había muchos como ella, cada vez más, que se rehuían, que se escondían, que robaban, que se asustaban unos a otros cuando se decían “no quieras nada”. Hombres, niños y mujeres nerviosos que peleaban por objetos. Abandonados. La ciudad entera se volvió como su vestido, raída de miradas asustadas, que sólo sabían beber de las fuentes, cerrarse a los bocados y correr muy deprisa. Hasta que ni siquiera hubo objetos que recuperar, y todos los locales estaban picados por el tiempo y el miedo. Sólo a veces, cuerpos inertes por las aceras.
    Y si vierais a Leonor, ya no la reconoceríais, porque era alta y delgada, con nuevos harapos siempre parecidos a los mismos, con el pelo muy largo, muy sucio, y los brazos muy hábiles y dispuestos. Pero Leonor misma poco sabía de eso. Sólo sabía de recuerdos, que sobrevivían por encima de sus actos.
    Una tarde de lluvia, Leonor reconoció entre las gotas el sonido de un llanto. ¿Quién puede llorar aún a estas alturas?, pensó en sus adentros. Y se dirigió a la fuente del llanto. Era una niña, que encogida sollozaba. ¿Cómo es posible que aún queden niñas en esta ciudad? Leonor se arrancó un jirón de su propio vestido y se amordazó la boca, para que sus palabras no pudieran traicionarla. Se acercó a la niña y le hizo un gesto sobre su mordaza para que, tal vez, confiara. La niña comprendió, pero no quiso decir nada. Estaba asustada. Leonor la cogió en brazos y la niña se dejó hacer, y se la llevó a un lugar a salvo de la lluvia, mientras las dos seguían llorando.
    Desde entonces, Leonor la cuidó y ambas sobrevivieron juntas sin mediar palabra. Y un buen día sucedió algo asombroso: la ciudad se acabó. Las dos niñas rieron como nunca se habían visto reír, y corrieron de la mano campo a través. Y tuvieron que aprender a vivir de nuevo, a alimentarse de la tierra y a dejarse limpiar por la incómoda naturaleza. Con todo, se convencieron de que era una vida más agradable que la abominable ciudad de soledades que abandonaron.
    También fue sorprendente ir encontrando otros grupos de gente que se reunían extraviados. Para presentarse y prevenir los recelos, se amordazaban la boca, y se comunicaban con gestos, como en su momento hiciera Leonor con su pequeña, y luego volviera a hacer tantas veces.

lunes, 6 de abril de 2015

Ad paradisum (pág. 2)

    Cansada, desconsolada, asustada, se sentó al borde de un banco, y se aferró al posabrazos de hierro. Con una postura tan elocuente, no tardaron en acercarse personas mayores, que siempre están atentas a los niños. Pero como le susurraban “No quieras nada”, Leonor se encogía aún más. Y como los ancianos insistían y se iban acumulando a su alrededor, optó por volver a huir de un salto, espantando a manotazos sus arrugadas carantoñas.
    Se escondió en una calle fea y sucia. Se acurrucó en el portal de una absurda cochera. Y lloró. Así la tarde, así la noche. Sin saber. Siguió acurrucada imaginando que todo era un sueño, imaginando cómo hubiera sido esa tarde si simplemente hubiera vuelto a casa con las hierbas, imaginando incluso soluciones racionales y estrategias para salir airosa de su situación.
    En algún momento, se convenció a sí misma de que, si se hacía pasar por sorda y por muda, acabaría por encontrar la ayuda de alguien que no tuviera que decirle nada. Era obvio. Y sólo con esa idea volvió a tomar camino en busca de papel y lápiz. Lo que encontró, mucho antes de lo que ella misma era consciente, fue un mendigo profundamente dormido a esas horas. Leonor, convertida en una intrépida ladrona de mendigos, cogió un trozo de cartón y una tiza y corrió de nuevo con su botín. Cuatro o cinco esquinas más allá se inclinó a escribir cuidadosamente: “Estoy perdida, ayúdenme a volver a casa. Calle tal, número cual”. Con la respiración contenida, repasó su mensaje; pero sólo pudo leer, en letras muy grandes:
    –NO QUIERAS NADA
    Tomada por el horror, su mano, repitió la operación una y otra vez hasta que el cartón se rompió, y la tiza se rompió y su mano de niña lista quedó agarrotada. Se levantó como una marioneta y caminó hasta un nuevo escondite. Allí ya no pudo llorar, ni pudo pensar, ni pudo hacer otra cosa que quedarse dormida, a pesar del frío de la noche, del miedo y del hambre. De la profunda oscuridad.
    Al día siguiente sólo pensaba en volver a casa, a alguna casa. Pero aquella ciudad era extraña, llena de personas que recorrían calles que llegaban a otras calles con más personas que ella no conocía. A veces encontró niños, y siempre intentó que le hicieran caso; pero cuando les dirigía la palabra, los niños se asustaban y huían gritando:
    -¡No quieras nada, no quieras nada!
    Así que Leonor agotó otro día por las calles. Y bajo el rojo de la tarde, el hambre la cegó, y en una frutería que estaba cerrando, llenó sus manos de plátanos y manzanas y una vez más salió corriendo. Y en un nuevo escondite comió, más bien devoró, su nuevo botín. Pero cuando su pequeño estómago quedó tranquilo, los pensamientos volvieron. Estaba sola. Estaba perdida. Estaba asustada. Tal vez estuviera loca. Y había robado... dos veces.

domingo, 5 de abril de 2015

Ad paradisum (pág.1)

Por mandato de su madre, Leonor salió a la calle a comprar un ramo de hierbas para el guiso. A ella misma le hacía cuánta ilusión partir las ramitas y dejarlas caer hoja a hoja, según su especia, dentro de la olla. Y en un suspiro estaba ya en la plaza del mercado explicando su recado a la dependienta, una señora grande y rotunda, que se inclinaba para verla. Con una sonrisa saltarina le pidió la hierba tal, la hierba cual; pero la mujer le respondió:
    –No quieras nada.
    Extrañada, Leonor volvió a repetir su demanda, esta vez con esa seriedad que da la duda. Y una vez más, la mujer le respondió:
    –No quieras nada, no quieras nada.
    Como la niña no era muy dispuesta al enfado, sólo supo componer un gesto entre indignado e impotente. La dependienta la miró arrugando los ojos de impaciencia e insistió:
    –No quieras nada.
    Leonor escapó de la tienda, despedida y mareada como la que para al jugar a dar vueltas. Cuatro calles más allá había una herboristería, de esas de tarros y bolsitas. La dependienta era una muchacha joven de ojos alegres, a la que, todavía confusa, recitó escolarmente el listado de ingredientes que necesitaba.
    Y respondió también la muchacha:
    –No quieras nada
    Apenas había pronunciado la última sílaba, y Leonor estaba corriendo calle abajo como si hubiera escuchado el ladrido del demonio. Ahora no sabía muy bien a dónde ir. Ya estaba tardando más de la cuenta para un mandado tan fácil, y temía la reprimenda de su madre. Paró a un hombre que paseaba con prisa para preguntarle dónde podía encontrar otra tienda que vendiera hierbas de guisar.
     –No quieras nada –explicaba el hombre con toscos gestos.
    Cuando vio que la niña se ponía a llorar, cambió su tono y se arrodilló afectuoso y asustado para situarse a su misma altura.
     –No quieras nada, no quieras nada –repetía con tono interrogante.
    Leonor se desembarazó de la preocupación del hombre, y se perdió por las calles. Corrió y corrió por donde la llevaban sus lágrimas. Pero pronto se dio cuenta de que no sabía dónde estaba. Pero tampoco se atrevía a preguntarle a nadie. Pero ¿qué hacer?, ¿qué pensar? Lo que intentó fue desandar los pasos que ni siquiera sabía que había dado. Acabó llegando a barrios en los que no había estado nunca. Jamás imaginó que su ciudad pudiera ser tan grande.

sábado, 4 de abril de 2015

Preciso intante

El profesor peroraba apasionado que la demagogia política había sido revertida, como si de un calcetín dado la vuelta se tratara. Había en su discurso un automatismo de tópicos y banalidades recogidas por tradición. Era el género discursivo quien hablaba realmente. Sin embargo, los alumnos con mirada más atenta estaban en ese precioso instante abstraídos en cuestiones diversas, cuyos pensamientos derivaban por sí mismos. A esa hora de la ¿mañana?, ¿puede considerarse mañana aún?, la mayoría no podía controlar su propia afectividad. Mayoría podría tratarse de un eufemismo por miedo al totalitarismo. No era en absoluto difícil encontrar a algún alumno que hablaba largo y tendido con la voz más baja que supiera expresar sobre un asunto que lo dominaba. Pero sus compañeros (de conversación), antes que responderles, esperaban un hueco donde intercalar sus propias consideraciones. Recién llegados no podrían saber a quién le pertenecía la voz cantante. El más insistente ni siquiera atendía a que sus palabras poco tenían que ver (evito nada) con los mensajes que su presunto interlocutor (ninguna palabra pudiera ser aquí más exacta) tecleaba con su móvil hábilmente disimulado, por poco exitoso que resultara su disimulo. En esto, la puerta del aula se abrió abruptamente, casi de impulso sobrenatural, apareció de súbito el inspector, entrando sólo cabeza y el cuerpo encogido porque mantenía los pies bien puestos en el pasillo. Vino a decir, sin soltar el picaporte, con rotundidad incontestable:
-Por lo tanto, eliminemos al lector.
Y se esfumó. Luego nadie pudo estar seguro de si la puerta se había cerrado del todo.

jueves, 2 de abril de 2015

Fin

El pancreas segrega insulina (etc) para
que las células se nutran adecuadamente
del glucógeno (etc) disuelto en la sangre...
Para enunciar esto así
es necesario
asumir que hay en el pancreas un saber
(por ejemplo de la necesidad
de otras células sobre su metabolismo);
por tanto, que el pancreas piensa y su tejido
pancreático hace una suerte de tejido nervioso;
cuenta, además con una planificación moral
sobre la utilidad, el bien o la conveniencia
de su función (que probablemente
sabrá suya).
La nieve quiere visitar otras montañas
y en su viaje pronto se derretirá.
Es por eso que ...
y, para evitarlo, es conveniente que ...
y firma.

miércoles, 1 de abril de 2015

Oído interno

El cuerpo sucede una vez y nunca se repite.
Si salmodia es porque x. Si alguien
lo oye alguna vez 
salmodiar es porque el cuer x ej
tus manos jamás y si quisieras
en el mismo punto donde 1ª vez etc
enfermarías. Si alguien
una vez y nunca
x alguien. Si sintiera
como yo siento tus labios
(nada de sangre nada
de herida de))
entonces lo sabría
y sólo entonces lo sabría
como yo sé tus labios :-x
si salmodian es x tu cuerpo, es
aquí, en estas, casi palabras,
o tu mirada casi beso,
casi cuerpo.

lunes, 30 de marzo de 2015

Irrigación

Ha brotado la menta
tan fuerte en su maceta.
Su verde de metal
parece de otro mundo.

El viento con sus dedos
te agarra del tobillo
y tira de tus débiles
raíces en mis besos. 


La alegría del suelo
está caliente mientras
camino con un fémur
que se llena de pérdidas.

viernes, 27 de marzo de 2015

Tela, roce, tacto

Una gota resbala 
de primavera por tu piel.
Tu piel que se diluye
en un calor con nombres.
Tu piel que guarda
mil imperativos

en su aroma. Mis labios
resbalan de primavera
por tu piel, que no es tal,
sino el caliente sueño
que se disputan estrellas,
ciudades, decenios.

jueves, 26 de marzo de 2015

Digamos que las intenciones

Digamos que las intenciones
están escondidas;
que es de intención esconderlas.
Digamos que uno se esconde
su propia intención a sí mismo
-lo que puede deducirse
de sus actos y los resultados
de sus actos- con medida precisión.
Digamos que entonces, como vecinos
convive el hombre puerta con puerta
con las suya y las ajenas intenciones,
a las que no siempre conoce.
Digamos que la pinza queda en el tendedero
después de recoger, con o sin prisa,
la ropa; que tiembla y tiembla el músculo
estando quieto este dedo.