miércoles, 9 de noviembre de 2016

y IV. La custodia del legado (b- "no habla como un borracho")

     El joven no podía adivinar hasta qué punto había acertado en su vaticinio.
     –¡Aristóteles de Estagira! ¡Hermias de Atarneo! Encomiables amigos, nobles hijos, excelentes alumnos.
     –Nada tengo de noble linaje.
     –Bueno, al margen de las consideraciones legales, yo diría que el médico de un rey es tan noble como la propia familia del rey.
     –Siempre que el médico acierte a conservar su legitimidad –bromeó Hermias.
     –Así habla un príncipe.
     Y el viejo consideró este comentario un permiso explícito para unirse a la mesa, sin abandonar sus ademanes y su tono de borracho empedernido.
     –Aquí: Cristólibo de Atenas, hijo de Critón de Atenas.
     Critólibo guardó un breve y expectante silencio. Luego continuó, sin cambiar su humor.
     –Como jóvenes extranjeros, es de esperar que estos nombres no os digan nada. En cambio, como académicos de comprobada excelencia sí deberíais conocer el nombre de mi padre. ¿Acaso no habéis compuesto en la Academia un libro sobre mi padre? No, ciertamente; tal vez sea una de las obritas que el joven Platón escribió antes de marcharse de Atenas. ¿No conocéis la obra de vuestro maestro?
     –Tu padre es Critón, el amigo de Sócrates.
     –Yo estuve con mi padre y con Sócrates el día en que el viejo maestro bebió la cicuta. Y sé perfectamente que el mismo Platón no estaba allí ese día. Ahora, es curioso qué bonito libro escribió sobre mi padre y qué poca atención muestra con el hijo.
     El anciano volvió a guardar silencio. Comprobando que sus dos jóvenes interlocutores se mantenían expectantes, retomó su discurso.
     –Sé que todos me ven como un viejo. En eso tengo que darles la razón a todos. Y es porque me siento en el final de mi vejez que me he decidido a hablaros. Sé que me veis como un borracho fracasado; aunque en todo este rato ni si quiera os habéis percatado de que me mantengo absolutamente indiferente a vuestras jarras y tampoco recuerdo que me hayáis visto iniciar alguna empresa que haya llevado al fracaso. Algunos me confundís con un cínico; no sé por qué, pues siempre he cumplido con las leyes y no he molestado a nadie. Claro que mi presencia, de por sí parece molestar a algunos. ¿Por qué será esto?
     »Platón y los discípulos de Platón y los colegas de Platón detestan a Cristóbulo. Hubieran preferido que mi vejez hubiera sido más corta. Pero yo estaba esperando. Vigilaba y esperaba hasta encontrar a alguien como vosotros. Alguien como tú, joven Aristóteles, y tu amigo, el joven Hermias. ¿Y por qué los académicos detestan a Cristóbulo? ¿Por qué merodeo y vigilo el desprecio de Platón? Tal vez porque yo conozco algunos de sus secretos, tal vez porque yo mismo oculto los secretos que el mismo Platón se devanaría los sesos en ocultar si los conociese.
     –Amigo, este viejo no habla como un loco borracho.

martes, 8 de noviembre de 2016

y IV. La custodia del legado (a- "viejos y jóvenes estudiantes")

El joven Aristóteles admiraba profundamente a su maestro Platón. Le extasiaba la vastedad de sus conocimientos y le encandilaban los numerosos relatos de viajes y aventuras que los acompañaban. Parecía que, a través de él y sus relatos, cualquiera podía acceder al conocimiento del mundo entero. Por eso, el empeño que mostraba Critóbulo por congeniar con Aristóteles era recibido por parte del joven con extrema desazón. El viejo, siempre estaba merodeando los alrededores de la Academia y parecía lanzar sobre ella miradas de envidia y súplica. Tal vez se sentía despechado por no poder ejercer allí como maestro. Platón y su círculo lo trataban con descarado desprecio y subrayaban un carácter pusilánime, vicioso y fracasado. Siempre parecía estar borracho y portaba siempre la misma ropa sucia, como un cínico, y siempre llevaba un vaso de barro tintado de vino pero siempre vacío.
     En los últimos meses, Critóbulo seguía especialmente los pasos de Aristóteles. Hablaba con él con su tonillo de perpetuo borracho. Aristóteles insinuaba su rechazo, pero no quería mostrarse irrespetuoso, él, extranjero, con aquel anciano, ciudadano ateniense, por más que sus vecinos lo trataran como a un perro.
     Al fin, una noche, el viejo Critóbulo declaró su extrañas intenciones. Aristóteles y Hermias alargaron su tarde de debate en una taberna y se concedieron permanecer allí mismo hasta la mañana, bien discutiendo, bien rendidos al sueño. En estas, vieron entrar a la taberna, como resguardándose del frío de la noche, la figura hirsuta de Critóbulo, con su manto raído, su viejo zurrón y el largo bastón en el que se sustentaba. Rápidamente, el viejo se percató de la presencia de los dos muchachos y se dirigió directamente hacia ellos. Aristóteles no pudo evitar un gesto de disgusto; pero Hermias, más optimista, le corrigió:
     –¿Y si nos hace pasar una noche interesante?

lunes, 7 de noviembre de 2016

III. La incomodidad de la prisión (g- "el mundo del revés")

     En esto, se acercaron los guardias, que simpatizaban con el viejo Sócrates, a mandar al público a su casa antes de que se asentara la oscuridad de la noche.
     –Permite que hable sólo un momento más con Critón –repuso Sócrates.
     –¿Qué estás escribiendo ahora, Sócrates? –replicó el guardia dando por buena su solicitud.
     –Mi testamento. ¿Quieres ver cuantas gallinas te dejo?
     –No, no, guárdalas todas para Jantipa.
     –Maldito mentiroso. ¿No decías que era un himno a Apolo?
     –Claro que es un himno a Apolo; sólo estaba bromeando.
     –Tú nunca has sido un bromista; lo que siempre has sido es un puñetero mentiroso.
     –Todos los atenienses mienten –replicó con sorna Sócrates.
     Fedón, una vez más quiso apaciguar la situación.
     –¿Y cómo es que después de tantos años has vuelto a escribir?
     –Después de empezar mi investigación, instigado por las palabras del oráculo, llegué a la conclusión de que mi auténtica escritura consistía en separar las frases de los hombres sabios en busca de la verdad de su saber, despreciando, como he dicho, su presunta sabiduría. En definitiva, que mi mayor arte como poeta consistía en hablar con vosotros. Como me habéis negado esa ocupación, he tenido que volver a mis viejas costumbres, para tener contento a mi geniecillo.   
     Calicles le censuró una vez más:
     –¿Te estás burlando de nosotros?
     Pero el guardia insistió en que todos se fueran inmediatamente para dejar tranquilo al maestro. Todos salieron excepto Critón, como Sócrates le había pedido. El viejo le entregó un par de tablillas y le solicitó que a la mañana siguiente se las devolviera, una vez transcritas.
     –Procura que todos estos textos se mantengan ocultos, excepto para aquellos que, como yo, amen más al hombre sabio que a su sabiduría.
     –No sé si te das cuenta de que incluso ahora estás hablando con frases imposibles.
     –Conformémonos con enunciarlo de este modo: que nadie llegue a completar saber alguno sobre mí. Hemos sido testigos de los caprichos con que la fama ha tratado a los más grandes tiranos: Pericles, Alcibíades, Critias... ora héroes, ora traidores. Prefiero ser un enigma jocoso y sin sentido, como suelen ser las palabras del oráculo, que una petulante sentencia en boca de los sacerdotes.
     –Al final las ideas tendrán que estar inventándote a ti, una y otra vez, por el olvido de los hombres. Como en el mundo al revés del que antes hablabas.
     –¿Y si ya viviéramos en ese mundo del revés? ¿Y si nunca hubiéramos vivido en el mundo del derecho?
     –¿Cómo es eso?
     –¿Y si todas las leyes se cumplen siempre, y si todos los dioses dicen la verdad?

domingo, 6 de noviembre de 2016

III. La incomodidad de la prisión (f- "una fuente de olvido")

     Calicles frenó en seco la disertación de Sócrates.
     –Deberían envenenarte ahora mismo. Ya veis hasta qué punto amenaza este hombre la sana educación, las costumbres, las leyes y nuestro conocimiento de los dioses.
     –¡Ah!, algo buscarán los dioses con esta oportuna prórroga.
     –No hagas caso Fedón. Mira que no he dicho nada muy distinto a lo que he ido anunciando estos últimos años. Considera que aquí Calicles actúa como un cuerpo al servicio de sus ideas y de las ideas de la ciudad. Pero si lo haces, y tienes en cuenta mis ideas, estarás actuando tú mismo como otro cuerpo al servicio de las ideas de un viejo.
     –¿Cómo podemos ser sabios, entonces? ¿Acaso estamos a merced de que, como a ti, nos visite un genio o como a los artistas, una musa?
     –En cierto modo, el hombre sabio accede a su virtud a través de cierto olvido. Igual que el cantante parece que olvida sus horas de ensayo y canta su canción con el entusiasmo de una canción nueva, o el atleta que ha olvidado sus ejercicios de entrenamiento y parece correr con una pasión innata o el poeta que escribe las mismas palabras de todos como si se dijeran por primera vez; pues igual el hombre sabio llega a un estado de olvido en el que las ideas parecen brotar de él como por primera vez.
     –¡Qué imagen más bonita, la del hombre virtuoso como una fuente de olvido de la que brotan las ideas!
     –Eso es cosa tuya, Isócrates, que compones imágenes poéticas a partir de mis palabras; imágenes que a mí, Sócrates, me maravillan al tiempo que me resultan extrañas.
     Calicles volvió a la carga:
     –A ese pollo no te lo llevas ya al catre, viejo.
     Pero Sócrates hizo caso omiso.
     –Ahora bien, esto que he dicho, en nada contribuye a mi presunta sabiduría. Y mucho me cuido yo de ello. Así, el enunciado del oráculo quedará permanentemente por confirmar. El día que se confirme, mis días de hombre sabio habrán llegado a su fin. La sabiduría que otros me atribuyan será falsa, y serán falsedades suyas.
 

sábado, 5 de noviembre de 2016

III. La incomodidad de la prisión (e- "las ideas")

     –Pero si el hombre sabio es el que sabe, pero el saber es propio de las ideas y no del hombre, ¿no estamos ante dos enunciados imposibles de casar?
     –En efecto, a pesar de que ambos enunciados nos parecen verdaderos y se refieren al mismo suceso, que es el saber del hombre. Es más, si sabemos esto es porque somos hombres que, al menos esto, sabemos. Ahora bien, queda por dilucidar si es en virtud del hombre que sabe o es en virtud de las ideas.
     –¿Acaso crees que las ideas existen por sí mismas, sin que ningún hombre las piense?
     –Esa sería una interesante hipótesis. ¿Y si fuera así? ¿No serían esas ideas las garantes de la verdad del mundo? Sería ese mundo un mundo propio de auténticos dioses. Los hombres quedarían reducidos a cuerpos ignorantes que soportan el extraño efecto de las ideas sobre el mundo.
     –Si los hombres fueran meros portadores de ideas, no serían ellos mismos virtuosos, sino que la virtud estaría a cargo de esas divinas ideas. Tu mundo de ideas le niega al hombre virtud alguna.
     –Así es de terrible. Ahora comprendes como yo, por qué puedo pensar que la sabiduría ha sido un invento terrible.
     –¿Piensas con ideas? ¿Cómo es posible que alguien haya inventado la sabiduría?
     –Ya hemos explicado cómo sería un mundo poblado por ideas divinas. Ahora mirémoslo desde un punto de vista distinto. ¿Y si saber no consiste en adquirir un saber, sino en inventarlo? Así, la virtud del hombre sabio sería como la del cantante que genera su voz, la del atleta que impulsa su carrera o la del poeta que compone su canción. Una vez creadas, las ideas, a él y a su virtud ya no le competen como hombre sabio.
     –¿Insinúas que aprender es contrario al hombre sabio?
     –Si consideramos aprender como adquirir ideas, sería como convertir al hombre en ese cuerpo ignorante que soporta la carga del mundo divino. Si consideramos aprender como el arte de generar ideas, ¡nada más oportuno para el hombre sabio!

viernes, 4 de noviembre de 2016

III. La incomodidad de la prisión (d- "la sabiduría, el saber y el hombre sabio")

     –Pero, ¿y si la sabiduría fuera el más nefasto invento de las ciudades griegas?
     –¿Qué pasa, es que no piensas dejar nada a salvo hasta que no te pongamos la moneda en la lengua?
     –Deja hablar a Sócrates.
     –No necesito hablar, sé pensar solo; y, a las malas, me basta con mi genio. Sois vosotros los que os empeñáis en tirarme de la lengua.
     –Pues deja que te tiremos. Compadécete de nosotros que pronto dejaremos de oírte.
     –Pues esa misma es la base de mi razonamiento. Cuando consideramos las virtudes parece claro que la virtud del cantante se desarrolla cuando canta, y no la mezclamos con la virtud de la canción. Cuando consideramos la virtud del atleta, la consideramos mientras corre, cuando la carrera acaba, su hazaña queda a cargo de los poetas. Igualmente, la virtud del poeta estriba en la composición del poema; pero el poema, ya terminado, queda a cargo de los aedos y los cantantes. Así pues, cuando decimos del hombre sabio ¿cuál es su virtud?, respondemos que es su sabiduría; y aquí creo que respondemos erróneamente. La virtud del hombre sabio ha de manifestarse mientras sabe, quedando fuera de lugar su sabiduría.
     –Pero cuando decimos que un hombre sabe, es porque sabe algo, y ese algo es su sabiduría.
     –Pero obsérvalo bien. Decimos de un saber que es auténtico en la medida en que se corresponde con la verdad, con los objetos que nos rodean, los lugares, los actos. Así pues, la autenticidad de un saber no viene en virtud del hombre sabio, sino en la veraz correspondencia entre sus ideas. Y digo entre sus ideas, pues el hombre que sabe lo que es una montaña no tiene en sí la montaña misma, sino su idea. Es así que el saber del hombre se componen de ideas que no le pertenecen. Siendo así, la sabiduría sería ese mundo de ideas al que el hombre tiene acceso y a través del cual llamamos sabio; pero, en verdad, en nada sería virtud propia del hombre y no podríamos, siendo honestos, llamar sabio a hombre alguno.
 

jueves, 3 de noviembre de 2016

III. La incomodidad de la prisión (c- "llegan Fedón y Calicles")

     Pero en ese momento fueron interrumpidos por Fedón, que acudía a visitarlo. Tras él llegaba la habitual cohorte de admiradores y detractores, que ni en sus últimos días iban a dejar a Sócrates tranquilo.
     –Sé discreto ahora, Critón, no vaya a liarse la cosa más. Aparentemos serenidad.   
     Calicles apareció sonriente, poco después de Fedón, que llegaba triste y en silencio. El joven político se colocó en el centro de lo que de él pudiera deducirse un simposio cualquiera.
     –¿Qué andas escribiendo, Sócrates?
     –Aquí tengo un himno a Apolo que estoy componiendo.
     –Así que ahora buscas el beneplácito de los dioses.
     –En efecto, en él solicito el perdón de Apolo.
     –Pues no creas que con este acto cambiarás la sentencia en el último momento.
     –Te equivocas, no pido el perdón de Apolo para mí, sino para los atenienses, por el crimen y la ofensa que comete contra él.
     –¡Valiente atrevido! Bien es justo que te maten; es la única manera de acabar con tu arrogancia.
     Fedón intentó interceder en favor de Sócrates.
     –En la medida en que el jurado haya sido persuadido a actuar en contra de la verdad o en contra de las leyes de la ciudad, podemos decir que tu condena es un crimen; pero dinos, Sócrates, ¿por qué consideras que es una ofensa a Apolo?
     –¿Pues no recordáis ya los oráculos de Apolo que me otorgaban a mí el título de hombre más sabio de Atenas, sin que pudiera encontrarse hombre más sabio en toda Grecia?
     –Pero usar tus habilidades de forma perversa es asunto tuyo, no de Apolo.
     –Pero, si recordáis, yo mismo quise poner en reserva el enunciado del oráculo. Fuisteis vosotros, tus amigos políticos, tus amigos sofistas, los que me presionabais para que actuara en consecuencia. Como yo me resistía me acusabais de poner en duda a los dioses. Así que acaté la opinión popular y me puse en mi tarea. Tal como mi genio me indicaba, investigué a cada hombre sabio de Atenas cuánto era de sabio y en qué medida era cierta su sabiduría. Siguiendo el dictamen del oráculo puse en cuestión las opiniones que los hombres tienen sobre sus leyes y sus dioses, en busca de la verdad y de la cierta sabiduría. Y, como ponía en evidencia vuestra ignorancia, de nuevo me acusasteis de ir en contra de los dioses, y ahora más, de dar mal ejemplo a los jóvenes.
     –Pero, ¿qué esperabas? Si les dices al hombre poderoso “tu poder es ilusorio, no sabes qué es el poder”, si le dices al hombre virtuoso “tu virtud es ilusoria, no sabes qué es la virtud”, si le dices al hombre sabio “tu sabiduría es ilusoria, no sabes qué es el saber”; quién esperas que te defendiera de los débiles, de los malvados, de los idiotas que ni siquiera saben que están obrando en el error. Al poner en duda la sabiduría de la ciudad es de esperar que la política te destroce.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

III. La incomodidad de la prisión (b- "la injusticia")

     –No entiendo por qué eres tú el único de Atenas que espera que se cumpla la sentencia.
     –Sí, los demás se toman las leyes así, verdad, como meras predicaciones, sin consecuencias. Ahora digo esto, pero hago lo otro. Monto una revolución. Asesino. Siempre en nombre de la ley pero nunca acatando las leyes. Y yo, el enemigo de la democracia, el perverso corruptor de la juventud soy el único que cumple ahora, ¡y no por gusto!, sino por sencilla vejez.
     –Pero si también te niegas tu propia vejez.
     –¡Que ya soy viejo! Pero conviniendo en lo que dices, también es irónico que, siendo esta ley natural la única que el hombre cumple de todas formas, yo mismo, acatando las leyes de una injusta democracia, que me acusa de despreciar a los dioses, incumpla en nombre de la ciudad la ley principal de los dioses.
     –Tú mismo dices que es una injusticia, y este juicio será visto de otro modo cuando pasen estos tiempos y estos gobiernos.
     –¿Y no es injusta la vejez, que le quita al hombre el gobierno de sí mismo precisamente por haber cumplido con las leyes naturales de la vida? Así, esta democracia me hace preferir sufrir la injusticia de las leyes de la ciudad a ser injusto como las leyes de la naturaleza.
     –No tienes por qué obedecer las leyes. Ya eres oficialmente un delincuente, de los más peligrosos. Peligroso para el futuro.
     –Hay tantas leyes, que resulta imposible incumplirlas todas. Hagas lo que hagas, seguro que obedeces alguna.
     –Vivimos en un tiempo terrible en que las leyes mienten y los dioses se equivocan.
     –¿Quién se atrevería a vivir en un mundo al revés?
     –Cómo es eso.
     –¿Y si todas las leyes se cumplieran siempre, y si todos los dioses dijeran la verdad?
 

martes, 1 de noviembre de 2016

III. La incomodidad de la prisión (a- "Critón insiste")

Cuando Critón llegó aquella tarde a la prisión, encontró a Sócrates solo, encogido y garabateando en sus tablillas. Con una mano punzaba la cera y con la otra sujetaba sus grilletes, en una postura a la que parecía ya haberse acostumbrado.
     –¿Qué escribes ahora?
     –Compongo un himno a Apolo.
     –¿Al final vas a preocuparte por los dioses?
     –Por el oráculo de Apolo es que he acabado aquí. Así que le escribo, irónicamente, un himno como homenaje. Además, me sirve para elaborar mi testamento sin levantar suspicacias. Hago en él testimonio de todas las obras que guardo escritas. Más adelante te enseñaré a leerlo; pero ahora es muy temprano, luego duermen los guardias.
     –Tienes hasta una veintena de barcos dispuestos a llevarte.
     –¡Por favor, Critón, mírame! Llevo aquí tres días y casi han acabado con mis pulmones. Los huesos casi se me han disuelto con la humedad de las piedras. ¿Tú crees que aguantaría el más mínimo viaje?
     Critón no quiso decir nada; le dolían las palabras de su amigo. Sócrates continuó.
     –Además, mira la que se me ha echado encima. Y esto es aquí, en Atenas, la ciudad más instruida de Grecia. ¿Qué no me esperaría en otras ciudades?
     –Podrías retirarte a una granja.
     –¿Y condenar a Jantipa a una vida mísera, rural, por unos pocos días más de vida? Asúmelo. No os lo creéis porque me veis razonar con la cabeza clara; pero estoy viejo. No viejo como antes, sino de verdad.
     –Bueno, pues reconcíliate con la vejez y deja que ella acabe contigo, más adelante.
     –Muchos quieren mi muerte, ¿verdad? Incluso mi propio cuerpo. Luego, esa moda pasará.

lunes, 31 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (h- "final de la jornada")

     Así que cuando Sócrates volvió a casa, tuvo la sensación de que el asunto definitivamente se había desmadrado. Los que antes lo miraban mal se iban a convertir en auténticos enemigos. Todo por la notoriedad de aquella sanción pública que le había otorgado el oráculo. O solo por un encuentro fortuito, un cruce entre el camino occidental de Atenas y el hábito de Sócrates de componer canciones bajo las encinas.
     –Ya te decía yo –le recriminó Jantipa– que acabarías trayendo el desastre a esta casa, con tanto incordiar a la gente.
     –No te burles, que el asunto está crítico. La política se está volviendo violenta y a cualquiera le vengo bien para desviar sus culpas. ¡Con estos voy a acabar en prisión!
     –¡Cómo van a meter preso al hombre más sabio de Atenas! –replicó Jantipa mientras buscaba desesperadamente algo pesado que lanzar a la cara de Sócrates.
     –Pero, ¿y si me meten preso?

domingo, 30 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (g- "turno de réplica")

     Entonces tronó la voz autoritaria de Critias, acallando a los presentes:
     –Por mucho que las palabras de este liante retuerzan la cuestión, me niego a aceptar que Sócrates se coloque al mismo nivel de sabiduría que un maestro acreditado.
     –¡Me comprometo a ir al oráculo! ¡Me comprometo! Veremos si se cumple el vaticinio de Sócrates.
     Y una vez más volvió la aclamación: “¡Sócrates! ¡Sócrates!”, esta vez aderezada por un más avivado “¡Querefonte! ¡Querefonte!”
     –Critias, veo que estás de acuerdo conmigo en que no debemos hacer caso a estos enunciados del oráculo.
     –Sócrates, tú y tu demonio no me engatusan. Que nadie piense que yo admito desobedecer al oráculo.
     –¿Quién ha dicho eso? Yo desconfío de estas, estas sentencias, no del oráculo. El oráculo propone enigmas, nunca habla claro. En cambio, estas frases, que parecen tan serias y rotundas, no esconden verdad alguna. Les falta el humor de los dioses.
     –Pero si se cumple tu vaticinio sobre el oráculo, todos sabrán que el oráculo ha dicho que no hay nadie más sabio que tú.
     –En ese caso, ve tú al oráculo y pregunta si hay alguien más sabio que Critias.
     –No admito tus juegos. Sócrates. No tengo por qué rebajarme a la opinión de fabuladores. Mis discursos están ahí, mis discípulos me avalan, mi conocimiento está alcance de quien quiera ponerlo en duda. Pero, ¿qué harás tú, Sócrates, cuando el oráculo te sitúe entre los sabios de Grecia? ¿Asumirás tu papel o seguirás incordiando por las calles como si no tuvieras responsabilidad alguna?
     Acorralado como estaba por la amenaza de Critias, Sócrates quiso zafarse del asunto a la desesperada.
     –¡Vale, pues, admitámoslo! Yo soy el más sabio. Nadie más sabio que yo. Como sea. Si es así, estoy dispuesto a comprobarlo o a desmentirlo. Ahora: estará en juego la veracidad de los dioses. Iré a la casa de todos y cada uno de los sofistas de esta ciudad y veremos si cada cual es tan sabio como dice. Te aseguro que será la tuya, Critias, la primera casa que visitaré. Será tarea de vuestra sabiduría, la tuya y la de los otros “sofistas”, desmentir las palabras del oráculo.
     Otra vez la aclamación: “¡Sócrates! ¡Sócrates!”
     –Esta ciudad no va a permitir que te tomes a pitorreo a los dioses.
     –Sois vosotros los que sacáis las cosas de quicio. ¿Qué culpa tengo yo de vuestra ignorancia? Vosotros que os negáis a admitir que mis razonamientos hagan mella alguna en vuestro saber.

sábado, 29 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (f- "Sócrates se defiende")

     Sócrates quiso una vez más aportar algo de luz a la cuestión, que alejara de sí las sospechas:
     –¿Y si esas no fueron exactamente las palabras del oráculo? ¿Y si algún termino del enunciado se nos escapa? Hilofonte dijo que esta vez las palabras de la pitia habían sido claras, pero normalmente suele ser un galimatías incoherente. Después, las sentencias de los sacerdotes suelen ser confusas; su exactitud se basa en guardar escrupulosamente la ambigüedad. Hilofonte ha perdido la lámina con la sentencia...
Entonces se levantó Querefonte con su rotundidad habitual e interrumpió su perorata:
     –Yo estoy dispuesto a volver a Delfos y preguntar en el oráculo del mes que viene si hay alguien que sea más sabio que Sócrates. Así, claramente, sin que haya lugar a dudas.
Sócrates vio en la efusividad de su amigo un nuevo revés para salir bien parado de aquella historia.
     –Por favor, Querefonte, ya no tienes edad para un viaje así.
     –¡Me comprometo!
     Dio un grito enorme que fue respondido por una aclamación general entre todos los muchachos que asistían divertidos al debate. Sócrates intentó, aún así, disuadirlo:
     –Pero yo puedo decirte cuáles van a ser las palabras del oráculo: “Nadie en toda Grecia es más sabio que Sócrates”.
     –Entonces tú mismo lo admites.
     –No, sólo predigo lo que dirá el oráculo.
     –Ahora Sócrates habla en nombre de Apolo.
     Sócrates buscó entre todos los presentes a aquel que había lanzado esa puya.
     –Si piensas como yo, también llegarías a esa conclusión.
     –¿Cómo es el asunto?
     –Vamos a ver: tú, como todo griego, conoces la inscripción a la puerta del templo de Apolo, ¿cierto?
     –Cierto.
     –Esa inscripción nos ordena claramente “conócete a ti mismo”, lo cual presupone una ignorancia previa sobre uno mismo.
     –No veo por qué.
     –Vamos a ver: cuando le ordenas a alguien que siembre unas semillas, ¿es porque las semillas ya han sido sembradas?
     –No.
     –Cuando le pedimos a alguien que talle una estatua, ¿la estatua estaba ya tallada de antemano?
     –No.
     Conociendo el juego, un coro de jóvenes empezaba a acompañar cada “no” con creciente entusiasmo.
     –Cuando le pedimos a alguien que llene un cántaro, ¿ha sido el cántaro previamente llenado?
     –¡Noooo!
     –Entonces, cuando pedimos a alguien que conozca un asunto, ¿es cuando previamente ya lo conoce?
     –¡Noooo!
     –Siendo, pues, que el oráculo pide a cada uno que se conozca a sí mismo, es que cada uno conlleva una profunda ignorancia de sí mismo. Siendo de esta manera, ¿puedo ser yo más sabio que tú si tú sabes más de mí mismo que yo?
     –No, de ninguna manera.
     –¿Y puedes ser tú más sabio que yo, si sabiendo más que yo que yo mismo, ignoras de ti mismo lo que yo sí podría saber? Observa, antes de responder que el oráculo nada objeta sobre el conocimiento que pudiéramos tener sobre los demás, y que aquí estamos razonando qué diría el oráculo, y no cuál es la verdad de las cosas.
     –Pues no.
     –Entonces, ninguno de los dos sería el más sabio.
    Otra vez con el coro.
     –¡Noooo!
     –¿Y habría un tercero que pudiera ser más sabio que nosotros, ignorando sobre sí mismo aquello que nosotros sí podríamos saber?
     –¡Noooo!
     –Entonces, siendo así en cada caso, no podríamos encontrar a nadie que, siendo ignorante de sí mismo, pueda ser más sabio que otro. Por lo tanto, tampoco nadie más sabio que Sócrates.
     El griterío fue descomunal. Algunos se quejaban sonoramente de la soberbia del viejo, pero los más lo aclamaban y vitoreaban. Sócrates continuó, alzando la voz sobre el griterío:
     –Esto, por supuesto, a no ser que el personaje en cuestión no conozca la inscripción del templo. Como nadie educado en Grecia desconoce esa inscripción, hemos de deducir que si hay algún hombre más sabio que otro griego, no puede ser otro griego, sino un bárbaro.
     Entonces estalló el éxtasis colectivo. Los jóvenes estaban fuera de sí: gritaban y saltaban empujándose unos a otros, miraban con sorna la expresión cariacontecida de sus compungidos maestros y se sumaban al coro general “¡Sócrates! ¡Sócrates!”

viernes, 28 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (e-"palabras exactas")

     Se armó un pequeño revuelo de réplicas y comentarios.
     –Hilofonte dijo que el oráculo nombró a Sócrates como el más sabio.
     –Dinos Hilofonte, ¿fue eso o no lo que te dijo el oráculo?
     Hilofonte, superado por las circunstancias no sabía qué decir que no contrariara a un grupo o a otro. Tampoco quería herir a Sócrates, pero no sabía claramente qué sentía el viejo.
     –No recuerdo las palabras exactas... dijo que tú eras el más sabio.
     –¿Yo?
     –¡Ahora dice que Trasímaco es el más sabio!
     Sócrates intuyó la raíz del problema.
     –Creo que la frase del oráculo es “tú eres el más sabio”, por lo que cada uno se siente apelado como el más sabio.
     –Yo estaba allí cuando habló con Sócrates, y dijo clara mente que Sócrates era el más sabio. Dijo: “tú, Sócrates, eres el más sabio”.
     Sócrates se dirigió a Hilofonte y con el tono más amable que le permitía su acento incordiante le interrogó:
     –Acláranos, Hilofonte, ¿qué dijo realmente es oráculo?
     –No lo sé...
     –Está claro que él no es el más sabio.
     Una ola de carcajadas inquietó a la multitud. Hilofonte intentó reaccionar, pero se derrotó a sí mismo al estar en evidencia:
     –Yo sólo sé... que no sé nada.
     –Inteligente respuesta. ¿A ver si vas a ser tú de veras el más sabio?
     Con esta frase, Sócrates pretendía quitar algo de gravedad al asunto. Pero ese momento lo aprovechó Querefonte para avivar más el fuego.
     –Aunque “tú eres el más sabio” se refiera a cualquiera, el caso es que Hilofonte se encontró contigo. Apolo sabía esto. Sabía que Hilofonte buscaba maestro para su hijo y sabía que se toparía contigo al volver a Atenas.
     –Eso no demuestra que la interpretación sea válida. Son suposiciones tuyas. No podemos saber qué es lo que se proponía realmente Apolo. El mismo Sócrates ha señalado la posibilidad de que Hilofonte sea el más sabio.

jueves, 27 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (d- "debate en la calle")

     Él mismo abrió la puerta y se encontró la inconfundible figura del viejo Querefonte, que jadeaba apoyándose en las jambas.
     –¿Qué te pasa, amigo? ¿Vienes a dejarme tu último resuello? ¿Cómo se te ocurre plantarte así en mi casa?
     Querefonte apenas podía sacar el aire para sus palabras.
     –Media ciudad viene para acá. He querido llegar el primero.
     –¡Cómo va a ser media ciudad!
     –¡Amigo mío, por fin los dioses han reconocido que eres el más sabio!
     El enunciado de Querefonte era, sin duda, exagerado, pues menos de la mitad de la mitad de Atenas sentía verdadero interés por la educación pública, la física y la retórica; sin embargo, ningún otro era más fiel a la avalancha de gente que, como un hormiguero en revolución, llenaba las calles, adoptando como centro la casa de Sócrates. En realidad era una aluvión de jóvenes admiradores y sus amigos, que arrastraban consigo a familiares y maestros.
     –¡Sócrates!
     –¿Cómo es eso de que eres el más sabio?
     –¡Demuéstranos que eres el más sabio?
     Y voces de este tenor se hacían eco mucho antes de llegar a la puerta de la casa. Allí, Jantipa ya contemplaba con enfado la escena.
     –Si toda esta gente piensa que va a sacar algo de aquí, díselo muy claramente, Sócrates: esta no es casa de banquetes.
     Así que Sócrates llevó a la muchedumbre a la plaza de al lado, apenas un cruce entre dos calles. Las cabezas se apretaban en las cuatro direcciones. A veces, el gentío se abría para dar paso a algún reputado sofista que llegaba al centro de la discusión. El debate giraba en torno a la desconcertante noticia que desgarraba las opiniones entre la natural incredulidad y la forzada aceptación de la sentencia del oráculo.
    –Tiene que haber algún error en todo esto.
     –No podemos dudar del oráculo. Sería como acusar a Apolo de ignorar o, peor, de mentir.
     –Pero lo que dice Sócrates es verdad. Este viejo no sólo no sabe nada, sino que ni siquiera permite que nadie lo sepa. Con él todo son tergiversaciones y dudas.
     –En efecto, os hago dudar, de aquello que son creencias fundadas en nubes.
     –Y para ti, ¿qué no se fundamenta en nubes? Tú mismo dudas de la veracidad del oráculo. ¿Acaso vas a decir que los dioses también están en las nubes?
     –Pero mirad cómo estáis de acuerdo conmigo: no soy tutor de nadie, no saco provecho alguno de mis discusiones, discuto porque no comprendo las cosas que decís, por mucho que vengan de vuestros maestros, muy reputados... ¿qué culpa tengo de que mi ignorancia sea contagiosa? No me cuadra su edificio de saber en mi manera de ver las cosas.
     –Pero es muy simple. Si Sócrates tiene razón, el oráculo se equivoca. Sócrates sería entonces más sabio que el oráculo, más sabio que Apolo. Nadie más en Atenas se atrevería a ser más sabio que Apolo. Este viejo sí que es capaz de creer que Apolo es, no menos sabio, sino, al menos, tan ignorante como él. Por otro lado, si Sócrates se equivoca, el oráculo tiene razón y es el más sabio entre nosotros. Y el más sabio entre nosotros, bien puede equivocarse en esto.
     –Pero si él, que no se considera sabio, se equivoca, siendo el más sabio; nosotros tendríamos razón, y seríamos, al menos en esto, más sabios que Sócrates.
     –¡Yo siempre lo he dicho! Sócrates es más sabio que ninguno, petulantes pedagogos...
     Sócrates tuvo que cortar el enervado entusiasmo de su amigo Querefonte.
     –Yo no digo que el oráculo se equivoque. Somo nosotros los que tergiversemos las cosas.
     –Tú tergiversas las cosas con tu forma de hablar.
     –Dijo un sofista.

miércoles, 26 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (c- "Jantipa en casa")

     Los dos vecinos no dejaron que siguiera la conversación. Se despidieron de Sócrates e Hilofonte y se dirigieron a la ciudad.
     –A ver en qué lío me estás metiendo.
     –Lo siento, Sócrates. Así son las cosas.
     –Con todo el asunto, se me ha olvidado mi himno.
     –Ya compondrás otro.
     –Otro; pero no este.
     –Realmente eres sabio.
     Hilofonte empezaba a estar convencido de la sabiduría de Sócrates. El incordiante tonillo del viejo parecía dar a la frase más trivial una dimensión lógica profunda. Se despidió del sofista, contento de aquel encuentro que el Destino había concertado para esclarecer la sentencia del oráculo.
     Sócrates, por su parte, se fue para su casa, contrariado y pensando en las implicaciones de aquel mensaje del oráculo. Al llegar, encontró a su mujer en el patio, desplumando una gallina, con la cara bien compuesta ya en esa expresión característica suya, de princesa obligada a realizar tareas de criada.
     –¿Ya has vuelto de vaguear? Seguro que has estado por ahí tirado con tus versos. Al menos, ¿no habrás estado discutiendo con nadie? Te sienta muy mal y luego no me dejas dormir, toda la noche oyendo tus paseos y tus ruidos.
     –Me he encontrado a Hilofonte, que volvía de Delfos.
     –Ya lo sabía yo. ¿Y ha encontrado maestro para su hijo?
     –El oráculo le ha dicho que yo soy el hombre más sabio de Atenas.
     Jantipa le lanzó con fuerza la gallina ya casi desplumada, que se estampó de frente en toda la cara de Sócrates.
     –¡Cómo no ibas a ser tú el más sabio!
     –¿Quién si no el más sabio podría estar casado contigo, Jantipa?
     Esa fue toda la respuesta que le dio el viejo Sócrates.
     –¿Quiere esto decir que Hilofonte te va a pagar para que le des clases a su hijo o no?
     –Y ahora que lo he dicho en voz alta, algo no me suena bien en todo esto.
      Poco más pudo desarrollarse la conversación, porque estaban llamando a la puerta. La noticia sobre la sanción del oráculo se había extendido por la ciudad mucho más veloz que los pasos del viejo soldado. Daban golpes en la puerta y llamaban con urgencia: “¡Sócrates, Sócrates!”

martes, 25 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (b- "tú el más sabio")

     En estas, se acercó una pareja de vecinos, que volvían de vuelta del campo, espuertas y aparejos en la mano. Saludaron a Sócrates y a Hilofonte y también preguntaron a este por el resultado de su viaje. Hilofonte estaba nervioso e incómodo, aún más por intentar disimularlo. Se había topado con el primer sofista antes siquiera de entrar en la ciudad y quería atinar con la manera de abordar su inquisisción.
      –¿No es cierto que querías consultar quién ha de ser el mejor sofista para educar a tu hijo? –dijo uno de los vecinos.
     –Así es.
Sócrates en seguida quiso tomar protagonismo en la conversación:
     –¡Muy buena cuestión la que has planteado al oráculo! En la educación del niño está el destino del hombre. ¿Y quién te ha recomendado el oráculo?
     Entonces fue cuando Hilofonte buscó la manera más perspicaz de medir la respuesta del propio Sócrates, a sabiendas de que el viejo apenas cobraba nada por sus clases, que simplemente se dejaba perseguir por los jovenzuelos.
     –Pues el oráculo ha dicho que tú eres el más sabio de Atenas.
     Sócrates se mostró molesto porque le adjudicaran a él el puesto que tanto pretendía criticar.
     –Pero eso no puede ser.
     –Venga, Sócrates, tú, con tu falsa humildad, ¿vas a poner en duda hasta las palabras de Apolo?
     –No me atrevería a cuestionar las palabras de Apolo, pero sí desconfío de mis pobres oídos. Es obvio que mis orejas mortales no han entendido bien, y si hay algún mortal entre los presentes es posible que tampoco haya entendido bien el lenguaje de los dioses.
     –¡Ya está, ya se ha puesto fino!
     El mismo vecino quiso zanjar la cuestión.
     –Vamos a ver, Hilofonte: dinos claramente lo que dijo el oráculo.
     Pero Sócrates insistió en puntualizar, en aras del rigor explicativo:
     –¿Dijo exactamente que yo era el más sabio?
     –Dijo que tú eras el más sabio de Atenas.
     –¿Ves Sócrates? No pretendas engañarnos más con tus aires de confusión y despiste. Aquí nadie hay más listo que tú. Eso se sabía. Lo que no se sabe es lo que haces realmente.
     –Por favor. No hay más en mí, que lo que se ve. El resto lo inventáis vosotros.
     –Vamos, vamos. Está claro que no has podido llegar a viejo con tus tallas. Ni tus figuras ni tus canciones las quiere nadie. Dices que no cobras, pero vives de engatusar a los ricos y a los hijos de los ricos. Pero ya se ha destapado todo. El oráculo de Apolo lo ha dicho claramente: Sócrates es el más listo.
     –Creo que no esas no han sido las palabras exactas del oráculo –siguió rebatiendo Sócrates.
     –Bueno: “Sócrates es el más sabio de Atenas”. A ver si a partir de ahora la gente te pide abiertamente la tasa de sofista que recibes, a ver si empiezas a declarar tus gastos.
     –Se acabó eso de pasearte con la capa vieja esa...

lunes, 24 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (a- "Hilofonte saluda a Sócrates")

Hilofonte se acercaba meditabundo a las afueras de Atenas. No sabía muy bien cómo presentar a su círculo la respuesta del oráculo. De tanto mirar la tablilla, se había rallado la lámina de metal y la anotación se había vuelto ilegible. De tanto pensarla, las palabras exactas del oráculo se difuminaban, y unas veces aparecían en la imaginación de Hilofonte con un enunciado y otras con otro. De lo que sí se había convencido es de que el oráculo, al decir tú eres el más sabio” no se refería expresamente a “él”, pues entonces, al pensarlo, el enunciado cambiaba. No se trataba de que “él (yo) fuera el más sabio”. Tenía, pues, que tratarlo como una permanente interpelación al otro, en busca del auténtico maestro.
     En estas, al primer ciudadano que encontró fue a Sócrates, que se encogía a la sombra de una encina. Hipócrates no se extrañó, conocido el gusto del viejo sofista por retirarse a las afueras, lejos de las obligaciones cotidianas. Cuando llegó hasta él lo encontró ensimismado, garabateando en el barro sus ocurrencias.
     –¡Cómo no, Sócrates: siempre escribiendo!
     –¡Hombre, Hilofonte! Ya sabes, un pequeño himno. Lo tengo casi terminado. ¿Quieres que te lo cante?
     –¡No, por favor! Esperemos a que lo tengas terminado y encuentres mejor intérprete.
     –Ya sabes que nadie quiere cantar mis canciones. Y a mí se me terminan olvidando.
     –No entiendo cómo sigues empeñado.
     –Es un vicio que tengo. Mi geniecillo me lo dice una y otra vez: “escribe, escribe, ¡haz música!”; pero los dioses me negaron una voz agradable.
     –Cierto.
     –Compensaron mi incómoda elocución con una facilidad de palabra.
     –Desde luego.
     –¡Por cierto!, ¿qué tal tu visita al oráculo? ¿Has quedado satisfecho?
     –En absoluto. La respuesta me ha generado más inquietud que conocimiento.
     –Ya sabes que esos sacerdotes interpretan los gruñidos de la niña de la manera más ambigua posible.
     –Esta vez las palabras de la pitia han sido realmente claras.

domingo, 23 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (g- "final de la anábasis")

     El sacerdote le dio a Hilofonte una lámina de metal en la que había grabado el oráculo de la pitia: “¿Y si tú eres el más sabio?”. Apremió al ateniense a salir, para acabar cuanto antes con aquella situación, que no podía ser muy buena para la reputación del santuario. Hilofonte, incrédulo, miraba la tablilla. Una vez más, la caligrafía era endiablada y el trazo muy débil.
     Confuso y aturdido, siguió subiendo por la vía sacra hacia el teatro y los estadios. Desde allí podía contemplarse toda la ascensión del santuario y las laderas de los montes circundantes. La panorámica era, sin lugar a dudas, impresionante. Detrás de él, los visitantes jugaban a ser atletas y corredores. Alguna que otra vieja gloria gustaba de pasearse, alardeando ante los admiradores, de sus pretéritas victorias. Toda aquella diversión masculina y mundana, detrás, parecía irreal; mientras que el valle que se hundía ante él parecía dar al aire un aspecto sólido, divino, verdadero. Toda aquella experiencia estaba literalmente a sus pies, y con la vista podía recorrer de nuevo el camino serpenteante dentro y fuera del santuario. Podía ubicar cada uno de los avatares. Su cabeza estaba como borracha. Hilofonte no concebía momento más oportuno que ese para desentrañar las palabras del oráculo.
     Es más, durante todo el viaje de vuelta a Atenas, Hilofonte intentaba ubicarse mentalmente en los balcones del templo de Dionisos, y en las vistas del estadio, y en el hipnótico descenso, serpenteando via sacra abajo. Creía que en aquella impresión estaba el auténtico entendimiento de las palabras sagradas. 

sábado, 22 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (f- "el oráculo")

     Cuando entró en el templo, las burlas ya le precedían y, tanto sacerdotes como la pitia, como las otras niñas que aspiraban al puesto, lo recibieron con miradas divertidas y maliciosas, esperando la comprobación de algo que les había sido anunciado con tanta diversión.
     –Formula tu pregunta.
     El sacerdote no pudo atinar con el tono solemne y grave que usaba siempre. La pitia y sus amigas lo notaron, y aprovecharon para dejar escapar las primeras carcajadas. Hilofonte, desconcertado por la situación, miraba embobado a las niñas, sin poder creer su expresión ebria y su desenfado. La boca abierta, cariacontecida, coronando la facha de ese pingajo de hombre sin articular palabra , tirando de sí al cabritillo por una mínima cuerda, avivó aún más el fuego de la risa, que en la pitia tomó la forma de una contorsión histriónica, espasmódica, convulsa.
     –Formula tu pregunta.
     Atosigado, Hilofonte no acertaba ni con las palabras ni con el momento adecuado para ser comprendido con exactitud.
     –¿Quién es el hombre más sabio de Atenas?
     Entonces, la pitia se vio poseída por una risa tan fuerte que casi se cae del trípode. Las carcajadas resonaban en los muros del templo y parecía que iban a oírse por todo el santuario. El sacerdote, entre tanto, tomó la cabra y la degolló ritualmente, riendo también sin intuir el auténtico significado de la risa en la muchacha.
     –¿Es esa la respuesta?
     El pobre Hilofonte no sabía qué pensar. Miraba suplicante al sacerdote. Este, con mucho esfuerzo, repitió la petición del consultante a la pitia.
     –¿Cuál es la respuesta?
     Entre carcajada y carcajada, la muchacha, que apenas atinaba a meterse la correspondiente hoja de laurel en la boca, contestó:
     –¿Y si fueras tú el más sabio de Atenas?
     Y la muchacha siguió dando rienda suelta a sus espasmos jocosos.
     –Ya tienes tu respuesta.
     –Pero eso qué quiere decir. ¿Cuál es la interpretación?
     –Bueno, esta vez las palabras de la pitia han sido extraordinariamente claras. Todos la hemos entendido: “¿Y si fueras tú el más sabio de Atenas?”.
     –¿Pero eso qué quiere decir?
     –¡Pues si no lo sabes tú, que eres el más sabio!
     Esto último lo dijo una de las niñas que reían detrás de la pitia.
     –Pero no puede ser. Esto no me sirve. Yo he venido aquí buscando al mejor sofista para que eduque a mi hijo. Yo no puedo ser el maestro de mi hijo: ya soy su padre. ¿Qué pensarían los demás?
     –Por favor, salga con su respuesta y reflexione.

viernes, 21 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (e- "esperando en la cola")

     Dentro del recinto sagrado, los consultantes abarrotaban de igual manera la vía sacra. Aunque el ambiente era mucho más señorial y relajado que en el camino de acceso, el bullicio se apelotonaba frente a los tesoros, estatuas y templetes. Hilofonte comprobó que los grupos de visitantes le lanzaban miradas fugaces de desaprobación y repugnancia. Él mismo los miraba con desdén, pues claramente se trataba de bárbaros; pero no podía sino sentirse en cierta inferioridad. Por eso, escondió su mirada por las inscripciones talladas en los muros. La letra era pequeña y de una caligrafía incomprensible para él. Decidió apartarse antes de que nadie se diera cuenta de su ignorancia.
     Ascendió deprisa por la curva en pendiente y se topó con la cola que daba acceso a la pitia. Apenas había llegado a la altura del Ónfalos, las jóvenes doncellas de Gea, sentadas en la roca tras la esfinge, empezaron a reírse del aspecto de Hilofonte. Su risa desdmedida y adolescente contagió a los consultantes que hacían cola para el templo. Estos, como intentaban comedir decorosamente sus carcajadas, sentían alimentar aún más la risa. Y ese fue el bochornoso ambiente que tuvo que aguantar el consultante ateniense.
     El jolgorio terminó por estallar ante la puerta del templo. Las palabras inscritas en el frontón, que aludían al conocimiento de uno mismo, cobraban un sentido desternillante enfocado al caso del desastrado ateniense, que no parecía darse cuenta de lo estrafalario de su propio aspecto.