lunes, 24 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (a- "Hilofonte saluda a Sócrates")

Hilofonte se acercaba meditabundo a las afueras de Atenas. No sabía muy bien cómo presentar a su círculo la respuesta del oráculo. De tanto mirar la tablilla, se había rallado la lámina de metal y la anotación se había vuelto ilegible. De tanto pensarla, las palabras exactas del oráculo se difuminaban, y unas veces aparecían en la imaginación de Hilofonte con un enunciado y otras con otro. De lo que sí se había convencido es de que el oráculo, al decir tú eres el más sabio” no se refería expresamente a “él”, pues entonces, al pensarlo, el enunciado cambiaba. No se trataba de que “él (yo) fuera el más sabio”. Tenía, pues, que tratarlo como una permanente interpelación al otro, en busca del auténtico maestro.
     En estas, al primer ciudadano que encontró fue a Sócrates, que se encogía a la sombra de una encina. Hipócrates no se extrañó, conocido el gusto del viejo sofista por retirarse a las afueras, lejos de las obligaciones cotidianas. Cuando llegó hasta él lo encontró ensimismado, garabateando en el barro sus ocurrencias.
     –¡Cómo no, Sócrates: siempre escribiendo!
     –¡Hombre, Hilofonte! Ya sabes, un pequeño himno. Lo tengo casi terminado. ¿Quieres que te lo cante?
     –¡No, por favor! Esperemos a que lo tengas terminado y encuentres mejor intérprete.
     –Ya sabes que nadie quiere cantar mis canciones. Y a mí se me terminan olvidando.
     –No entiendo cómo sigues empeñado.
     –Es un vicio que tengo. Mi geniecillo me lo dice una y otra vez: “escribe, escribe, ¡haz música!”; pero los dioses me negaron una voz agradable.
     –Cierto.
     –Compensaron mi incómoda elocución con una facilidad de palabra.
     –Desde luego.
     –¡Por cierto!, ¿qué tal tu visita al oráculo? ¿Has quedado satisfecho?
     –En absoluto. La respuesta me ha generado más inquietud que conocimiento.
     –Ya sabes que esos sacerdotes interpretan los gruñidos de la niña de la manera más ambigua posible.
     –Esta vez las palabras de la pitia han sido realmente claras.

domingo, 23 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (g- "final de la anábasis")

     El sacerdote le dio a Hilofonte una lámina de metal en la que había grabado el oráculo de la pitia: “¿Y si tú eres el más sabio?”. Apremió al ateniense a salir, para acabar cuanto antes con aquella situación, que no podía ser muy buena para la reputación del santuario. Hilofonte, incrédulo, miraba la tablilla. Una vez más, la caligrafía era endiablada y el trazo muy débil.
     Confuso y aturdido, siguió subiendo por la vía sacra hacia el teatro y los estadios. Desde allí podía contemplarse toda la ascensión del santuario y las laderas de los montes circundantes. La panorámica era, sin lugar a dudas, impresionante. Detrás de él, los visitantes jugaban a ser atletas y corredores. Alguna que otra vieja gloria gustaba de pasearse, alardeando ante los admiradores, de sus pretéritas victorias. Toda aquella diversión masculina y mundana, detrás, parecía irreal; mientras que el valle que se hundía ante él parecía dar al aire un aspecto sólido, divino, verdadero. Toda aquella experiencia estaba literalmente a sus pies, y con la vista podía recorrer de nuevo el camino serpenteante dentro y fuera del santuario. Podía ubicar cada uno de los avatares. Su cabeza estaba como borracha. Hilofonte no concebía momento más oportuno que ese para desentrañar las palabras del oráculo.
     Es más, durante todo el viaje de vuelta a Atenas, Hilofonte intentaba ubicarse mentalmente en los balcones del templo de Dionisos, y en las vistas del estadio, y en el hipnótico descenso, serpenteando via sacra abajo. Creía que en aquella impresión estaba el auténtico entendimiento de las palabras sagradas. 

sábado, 22 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (f- "el oráculo")

     Cuando entró en el templo, las burlas ya le precedían y, tanto sacerdotes como la pitia, como las otras niñas que aspiraban al puesto, lo recibieron con miradas divertidas y maliciosas, esperando la comprobación de algo que les había sido anunciado con tanta diversión.
     –Formula tu pregunta.
     El sacerdote no pudo atinar con el tono solemne y grave que usaba siempre. La pitia y sus amigas lo notaron, y aprovecharon para dejar escapar las primeras carcajadas. Hilofonte, desconcertado por la situación, miraba embobado a las niñas, sin poder creer su expresión ebria y su desenfado. La boca abierta, cariacontecida, coronando la facha de ese pingajo de hombre sin articular palabra , tirando de sí al cabritillo por una mínima cuerda, avivó aún más el fuego de la risa, que en la pitia tomó la forma de una contorsión histriónica, espasmódica, convulsa.
     –Formula tu pregunta.
     Atosigado, Hilofonte no acertaba ni con las palabras ni con el momento adecuado para ser comprendido con exactitud.
     –¿Quién es el hombre más sabio de Atenas?
     Entonces, la pitia se vio poseída por una risa tan fuerte que casi se cae del trípode. Las carcajadas resonaban en los muros del templo y parecía que iban a oírse por todo el santuario. El sacerdote, entre tanto, tomó la cabra y la degolló ritualmente, riendo también sin intuir el auténtico significado de la risa en la muchacha.
     –¿Es esa la respuesta?
     El pobre Hilofonte no sabía qué pensar. Miraba suplicante al sacerdote. Este, con mucho esfuerzo, repitió la petición del consultante a la pitia.
     –¿Cuál es la respuesta?
     Entre carcajada y carcajada, la muchacha, que apenas atinaba a meterse la correspondiente hoja de laurel en la boca, contestó:
     –¿Y si fueras tú el más sabio de Atenas?
     Y la muchacha siguió dando rienda suelta a sus espasmos jocosos.
     –Ya tienes tu respuesta.
     –Pero eso qué quiere decir. ¿Cuál es la interpretación?
     –Bueno, esta vez las palabras de la pitia han sido extraordinariamente claras. Todos la hemos entendido: “¿Y si fueras tú el más sabio de Atenas?”.
     –¿Pero eso qué quiere decir?
     –¡Pues si no lo sabes tú, que eres el más sabio!
     Esto último lo dijo una de las niñas que reían detrás de la pitia.
     –Pero no puede ser. Esto no me sirve. Yo he venido aquí buscando al mejor sofista para que eduque a mi hijo. Yo no puedo ser el maestro de mi hijo: ya soy su padre. ¿Qué pensarían los demás?
     –Por favor, salga con su respuesta y reflexione.

viernes, 21 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (e- "esperando en la cola")

     Dentro del recinto sagrado, los consultantes abarrotaban de igual manera la vía sacra. Aunque el ambiente era mucho más señorial y relajado que en el camino de acceso, el bullicio se apelotonaba frente a los tesoros, estatuas y templetes. Hilofonte comprobó que los grupos de visitantes le lanzaban miradas fugaces de desaprobación y repugnancia. Él mismo los miraba con desdén, pues claramente se trataba de bárbaros; pero no podía sino sentirse en cierta inferioridad. Por eso, escondió su mirada por las inscripciones talladas en los muros. La letra era pequeña y de una caligrafía incomprensible para él. Decidió apartarse antes de que nadie se diera cuenta de su ignorancia.
     Ascendió deprisa por la curva en pendiente y se topó con la cola que daba acceso a la pitia. Apenas había llegado a la altura del Ónfalos, las jóvenes doncellas de Gea, sentadas en la roca tras la esfinge, empezaron a reírse del aspecto de Hilofonte. Su risa desdmedida y adolescente contagió a los consultantes que hacían cola para el templo. Estos, como intentaban comedir decorosamente sus carcajadas, sentían alimentar aún más la risa. Y ese fue el bochornoso ambiente que tuvo que aguantar el consultante ateniense.
     El jolgorio terminó por estallar ante la puerta del templo. Las palabras inscritas en el frontón, que aludían al conocimiento de uno mismo, cobraban un sentido desternillante enfocado al caso del desastrado ateniense, que no parecía darse cuenta de lo estrafalario de su propio aspecto.

jueves, 20 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (d- "entrada al santuario")

     Ya pegaba con fuerza el sol, aún con menos calor del que aportaba la muchedumbre, cuando Hilofonte consiguió plantarse ante las puertas del recinto sagrado.
     –¡Otro ateniense! –exclamó indignado el sacerdote que estaba a cargo de recibir y comprobar a los consultantes. 
     Hilofonte recitó todos sus datos y los detalles de la cita, para que el sacerdote lo comprobara.
     –¡Que todos los meses tenga que aparecer algún ateniense con sus ocurrencias! Los atenienses creéis que esto es vuestro oráculo local. Mira, detrás de ti está el mundo buscando sabiduría sobre sus inquietudes. ¿Qué chorrada preocupa ahora en los barrios de Atenas: el precio del atún?
     –La pregunta está pactada con el Oráculo.
     Hilofonte enseñó la bolsa e hizo resonar los mochuelos de oro que portaba, incluso la abrió para que el sacerdote pudiera ver brillar su contenido.
     –¿Y la cabra?
     No era posible. Hilofonte había olvidado realmente comprar la cabra para el sacrificio. Enfadado y avergonzado, tuvo que renunciar a su puesto y volver a bajar a comprar a las tiendas del camino. Sudoroso, frío, hambriento, con la mirada gacha por el dolor de cabeza, Hilofonte se abrió , torpe y violento, como pudo, paso entre los cuerpos que subían a cientos por el camino, más estrecho que nunca.
     De vuelta, atando corto a la cabra, sospechando que alguno se la robaría al primer descuido, fue mascullando de nuevo la pregunta al oráculo: “¿Quién es el mejor sofista de Atenas?”. Pero, al mismo tiempo, su mente divagaba en la más que probable chanza que le espetaría el sacerdote de la entrada, burlándose de él y de su cabra. En su cabeza aparecían posibles respuestas, unas más irónicas, otras más descaradas, a sabiendas de que no le quedaba otra que apechugar en silencio, con decoro y resignación.
     Pero la indiferencia del sacerdote lo recibió sin recordarlo, metido como estaba en su vigilancia y en sus listas.
     –Por favor, deja aquí esa horrible y asquerosa manta.
     Eso fue lo único que enunció, con una seriedad a prueba de toda desobediencia. Hilofonte, en el fondo, lo comprendía. De lo que no se percató suficientemente es de que, al descubrirse, sus ropas mostraban enormes rodales de sudor, mezclado con miel y con agua de la fuente, que empapaban la fina tela de verano que llevaba, cayendo por los sobacos y las ingles, tanto que parecía meado o enfermo. Esta impresión estaba reforzada por la expresión ojerosa y atolondrada del hambriento ateniense. Hilofonte, lo único que sentía era el inexplicable frío que sentía aún sin la manta.
 

miércoles, 19 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (c- "Castalia")

     Hilofonte estaba ofuscado y exasperado y cansado ya a tan tempranas horas. Decidió ir directamente a la fuente Castalia y limpiarse con alguno de los veneros aledaños. Por supuesto, no era el único que había tenido esa idea, tomado esa decisión y, ni siquiera, el único que estaba en una situación parecida. No podían contarse los que intentaban limpiar sus ropas y sus caras en los arroyos, bastante pobres después del verano, de todo tipo de manchas y pegotones de vino, cremas, vómitos, orín y suerte varia de excrecencias. Tan desagradable era el espectáculo, que Hilofonte renunció a tal refregamiento comunal y se dirigió sin más a la fuente sagrada.
     –¡Purifícate, por la sangre de Apolo, purifícate!
     Así exclamó indignado al verle un sacerdote, de lo cual pudo deducir Hilofonte qué mal aspecto llevaba. Se arrodilló al borde de la cisterna, poco más limpia que los arroyos que acababa de dejar, y enjuagó sus manos y su rostro. El agua estaba fría como si llegara directamente de las moradas del invierno. Hilofonte se puso a estornudar y una moquera empezó a caerle de las narices como por arte de magia. Y ni por esas sentía, ni mucho menos, haberse limpiado un ápice; sino que había añadido otro surtido de pringue a su adobada capa.
     –Beba el agua del manantial para que los dioses enardezcan su memoria y su elocuencia en el entendimiento del oráculo.
     Pero el manantial era un pobre lametón de agua pegado a la roca, y la poza del manantial, sobre la que persistían pequeñas pompitas, avisaba de futuras diarreas, no precisamente verbales. Con todo, Hilofonte hizo el amago de beber, para no desairar a los sacerdotes ni contrariar a los dioses. Lo que sí masculló entre dientes en el gesto fue la pregunta que había pactado con el oráculo. Hilofonte intentó evocar las palabras exactas: “¿Quién es el mejor sofista de Atenas?”. Y las fue repitiendo mentalmente, como una letanía, mientras se alejaba, por si aquellas aguas burbujeantes no descendían de los hielos del Parnaso sino que se escaparan de las ocultas corrientes del Leteo.
 

martes, 18 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (b- "bullicio")

     Hilofonte, que sentía sus piernas temblar de frío y de esfuerzo, su estómago crujir de hambre y sus hombros sudar bajo la capa. Se acercó a uno de los puestos, que vendía hojaldres de miel, y compró tres piezas. Como le empujaran justo en el momento en el que se echaba mano a la bolsa, cuidó bien de palparse para comprobar que no le faltaba nada, y aún derramó varias miradas a su redonda, en busca de sospechosos ladrones.
     El pastelero, que le intuyó las intenciones, le comentó:
     –Si buscas pintas de ladrón, no encontrarás ninguna como la tuya...
     –No esperaba este frío, así que tuve que apañarme con lo que tenía.
     –No, si te comprendo. Prefiero esto que los emperifollos que traen algunos al oráculo. Ya sabes, hay que exhibirse. Ahora, es posible que no te dejen entrar con esa piel de cabra.
     –Ya tengo concertada la cita.
     –Son muy tiquismiquis.
     –¿Acaso no está ahora Dionisos en el monte? Lo juraría, al ver el panorama.
     –No, no; estamos aún en temporada de Apolo.
     –¿Y Apolo permite todo esto? Seguro que te equivocas.
     –No, fíjate.
     Y el pastelero sacó una tablilla de cerámica, en la que tenía todo el año grabado, con sus días señalados y, muy bien precisados, las fechas emblemáticas y los meses que le correspondían a cada dios. El pastelero, con una pasión del todo fuera de lugar, le explicó detalladamente el significado de cada anotación, de cada marca, sin limitarse a justificar su primera respuesta. Hilofonte no quería ser descortés con quien acababa de atenderle tan amablemente; pero empezó a dudar de su honestidad y volvió a palparse sus pertenencias.
     Finalmente, cuando por fin pudo escaparse de aquella disertación sobre las efemérides delfinas, comprobó que el camino al recinto sagrado se había apretado como media Asia y África entera. Entre maldiciones, para dar tres pasos seguidos tenía que deslizarse hombro con hombro con la gente que lo rodeaba y fluía en una antinatural ascensión, sorteando tenderos y clientes. Al mismo tiempo, Hilofonte, no sabía cómo, hacía lo posible por comerse los pasteles de miel sin tropezar con nadie. Así, si se concentraba en el bocado se veía obligado a dejar de andar; si buscaba cómo abrirse paso, no podía comer. Con los pasteles en una mano y con el dulce a medio comer en la otra, se contorsionaba para salir a algún espacio más abierto. No pudo ser: en un envite que no vio venir, aplastó los pasteles contra uno de los viandantes. El otro no se dio ni cuenta de que se llevaba media plasta de miel en sus ropas; pero la mayor parte del estropicio estaba en la capa de cabra del propio Hilofonte, con gruesos churretones viscosos de hojaldre que ya se estaban emborrizando de polvo, en el sucesivo chocar de unos y de otros.

lunes, 17 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (a- "anábasis")

Como el frío arreciaba en el desfiladero, terminando como iba el verano, Hilofonte decidió arroparse con una manta de piel de cabra. Aquella noche había dormido mal. Delfos era un hervidero de peregrinos que curaban su impaciencia o su frustración, por la expectativa del oráculo o por su confusa respuesta, pasando la noche entre vinos, cervezas y aguardientes. Cada uno presumía del licor de su país, cuya tierra eras siempre la más amable y sus problemas los más irresolubles. En el mismo albergue en el que Hilofonte había tenido que pasar aquellas tres noches, se apiñaban una veintena de huéspedes. Los más roncaban de cansancio; los menos, temerosos de los dioses, hablaban solos, tenían movimientos nerviosos y se enfadaban unos a otros. Por todo ello, y por el deseo de llegar a buena hora, salió tan temprano Hilofonte, cuando aún no había amanecido y los helados avisos de las auroras otoñales se adelantaban al camino.
     Justo antes de salir de la ciudad –si ciudad era aquella amalgama de albergues y tabernas– un guardaespaldas de alguna rica comitiva llamó violentamente la atención de Hilofonte, cuyo aspecto, huraño, ojeroso, encogido, tapado por completo por su capa de cabra y su gorro de piel, hubiera atemorizado a cualquier Teseo. Sin embargo, Hilofonte, más consciente de su propia intención que de su aspecto, recibió mal la inquietud del soldado. Éste se empeñó en cachearle. Ni siquiera era más alto que él, aunque sí más fuerte, y lo interrogaba en un griego imposible para él a esas horas. Así que, cuando consiguió zafarse del escolta, Hilofonte enfiló el camino de subida al recinto sagrado a toda prisa.
     Caminaba con larga zancada, por el enfado que le había generado el soldado. Se molestó, además, porque había mucha más gente de lo que esperaba haciendo el camino a esas horas; lo cual rápidamente atribuyó al retraso que le había provocado el mismo guardia, por leve que fuera. Esa zancada larga, que al principio le permitía adelantar a cualquiera con quien se iba topando, le hizo agotarse pronto. El frío y la mala noche, la deficiente cena y el nulo desayuno, la empinada cuesta del camino, se le cargaron en las piernas. Tuvo que presenciar con desolación cómo volvían a pasarle, uno tras otro, aquellos a quienes había adelantado, mientras él se paraba una y otra vez, a coger el aliento.
     Mucho antes de lo que esperaba, vino a oír el bullicio de la entrada, los puestos de los comerciantes con su vocerío, anunciando sus tallas, sus cabras, sus bocadillos. Tres días antes, para la primera entrevista con los sacerdotes, ya le había sorprendido la gran cantidad de negocio; pero el día del oráculo parecía que aquel era literalmente el ombligo del mundo, a través del cual se nutría la humanidad entera. Los mismos borrachos que a la noche pululaban por Delfos estaban allí ya, multiplicados por cientos, a los bordes del camino, repartidos por las laderas del monte, bebiendo, riendo, llorando. Algunos esperaban con sus propias tiendas, pequeñitas, austeras, con sus guisos. Muchos llevaban horas jugando a dados y tabas, ganando y perdiendo fortunas. Las prostitutas eran aún más numerosas y atrevidas; apenas se habían recompuesto del cliente anterior, ya asaltaban al viajero, borrachas también. Entre toda la turba, a veces, se abría paso alguna señorial comitiva con portadores y escoltas a caballo. Entonces, la gente tenía que apretarse para permitir su paso apabullante y sus gestos de despectiva indiferencia. Todo bajo un denso bosque de voces bárbaras que rebotaban en el monte.

domingo, 16 de octubre de 2016

Parpadeos y recuerdos

Érase un momento de destrucción, pero quién sabe.
Hefesto en el Etna ordena a los cíclopes agotados.
Desde Faro aún molestan las cenizas de la Biblioteca.
Gregorio apuntilla las calendas del suelo de Roma.
Las hordas extienden un paréntesis en la estepa sin nombre.
Percy, Mary, Byron, el frío, el hombre y Napoleón.
El Atlas tira del nudo entre emigrantes y turistas
con las columnas
de Hércules. Pronto
Andrómeda dará por concluido su tango con esta
mancha de leche.

sábado, 15 de octubre de 2016

Endurecido

Lo humano es un mito
del que otros hacen
religión.
A mí me acusan
(ese me acusa, ese yo
me acusa) de despreciar
lo humano en pro
de la persona. Pero
la persona es un mito.

Salmodia vas ha hacer de sus ideas,
pregunto entre el acero y los cimientos,
¿salmodia vas a hacer de sus ideas?
como un perro sin hora en el balcón
que ladra sin parar en estos tiempos.

La persona es un mito
del que pocos hacen
religión. A mí me
acusan (ese me
acusa, ese yo me
acusa) de despreciar
la persona en pro
de lo humano. Pero
lo humano es un mito.

viernes, 14 de octubre de 2016

Nuestra vieja realidad

real1
[Del latín tardío reālis, y este deriva del laín res, rei 'cosa']
1. adj. Que tiene existencia objetiva.

real2
[Del latín regālis]
1. adj. Perteneciente o relativo al rey o a la realeza.
8. m. Moneda con diverso valor y factura según épocas y lugares.

real3
[Del árabe hispánico ra ál 'majada', 'aldea', y este del árabe clásico ra l 'punto de acampada', influido por real2]
1. m. Campamento de un ejército, y especialmente el lugar donde está la tienda del rey o general.
2. m. Campo donde se celebra una feria.

   Pero no nos perdemos
en la polisemia,
porque no lo nombramos,
   ni nos nombramos 
en la pérdida,
porque no lo polisentimos,    ni nos polisentimos
en los nombres,
porque no lo perdemos;
   pero tampoco nos perdemos
en los nombres,
porque no lo polisentimos,
   ni nos nombramos 
en la polisemia,
porque no lo perdemos,
   ni nos polisentimos
en la pérdida,
porque no lo nombramos.

jueves, 13 de octubre de 2016

Nuestra vieja libertad

Si es auténticamente libre,
de la libertad no podríamos saber hablar.

Me dices: "entonces la libertad está
en la ignorancia". Pero eso no parece
muy libre. Que tenga que 
estar ahí. Y ahí ya estamos
hablando de ella.

"Entonces" -me dices- "qué podemos
hablar que sí sea libre, si de ella no".
Bueno, es posible
que haya cosas libres pero que hablar
de la libertad sea una ficción, no
real.

Por ejemplo: (conclusión o hipótesis)
la ficción es libre.

¿La ficción es libre?

miércoles, 12 de octubre de 2016

Repertorio alegórico poco exhaustivo

Quien remueve las letras
en busca de la eternidad,
es como el actor que con cosmética
ha de borrar su rostro por otro,
más joven, más viejo, más glorioso,
al acomodo del público.

Hay quien vive las palabras
como amantes que pronto se marcharán
y de los que apenas sabremos
conservar sus recuerdos.

Acabo de barrer el suelo
de mi casa (real o metafórica).
Sabéis que vivo solo.
Lo que he recogido entre estas paredes
son los anticipos al cobro de mi muerte.

martes, 11 de octubre de 2016

Siempre seré un ingenuo

Después de un enconado debate,
en el que se esgrimieron como
cláusulas de banco, afiladas, ponzoñosas,
acaso nuestras biografías, acaso la dilatada
bibliografía científica, filosófica, divertida,
preguntaron (callejón sin salida es una pregunta):
"¿Cómo vives?"
Yo respondí (ese yo que no sé si conozco):
"Vivo siendo joven. Si no fuera tan joven
no viviría tanto".

En ese momento, alguien, acaso yo (no sé si
el mismo u otro, que también desconozca)
lo creyó firmemente.
Siempre seré un ingenuo.

lunes, 10 de octubre de 2016

Si alguien

Me confunden con alquien que se oculta.
Perdonen, yo me exhibo así, con pleno
desconocimiento. Esa ignorancia que ven
eso soy.
Y toda la ignorancia que no ven, es más,
toda la ignorancia que no pueden ni imaginar,
de trás de este presunto tono de trans par
encia
no sé si soy yo; pero podría serlo si alguien
me lo demuestra.

domingo, 9 de octubre de 2016

Debido a la ficción

Pensar que la mente
controla el lenguaje
y no que la mente es producto del lenguaje,
es posiblemente una equivocación, un espejismo,
algo como un efecto óptico debido a la ficción.

¿Puede una boca articular sonidos sin entendimiento?
¿Puede el aire del desierto imitar la humedad?
¿O el problema es que la mente llama
al aire agua y al lenguaje mente,
aunque no use palabras,
aunque no use entendimiento
y tampoco sea el evento 
previo a la ficción?

viernes, 7 de octubre de 2016

Rigurosa actualidad

La ausencia de pozos es inminente.
No hace falta decir más. 
Entonces el agua será pura
majadería y los fanáticos beberán
por simple diversión,
por líquido elemento.
Entre tanto los viejos rectifican
el nombre de las calles 
e insisten en olvidar que cada vez
llegan a viejos antes.

jueves, 6 de octubre de 2016

Cortado con una hoz

Algunos se resisten a aceptarlo, pero
se equivocan quienes tienen al hombre
por un ser natural.
Se equivoca quien tiene a la humanidad
por un hecho artificial.
  1. Cómo va a ser natural un cuerpo que tanto
    se engaña.
  2. Y en cuanto a su humanidad, es tan artificial
    como la respuesta de los grillos a la temperatura
    de la noche o del día o del sótano o del balcón.
Ambas metáforas son a su vez dos gotas de sangre.
Una caída sobre el mar.
Otra caída sobre la tierra,
proclive a los monstruos. 

[Cuál es cuál se desconoce
incluso después de horas -cientos, miles, millones-
horas de estudio]

miércoles, 5 de octubre de 2016

Solo estoy ciego

Caligrafían las penas y dejan la alegría
a la intemperie, al viento, a la buena 
de Dios. Tanta queja
cimenta los pilares de nuestra 
civilización, artesona sus tejados,
filigrana sus fachadas y sus dedos,
acueducta sus ciudades y alimenta
las demandas de energía (energía empleada
-a costes mínimos, máximos beneficios- 
para lanzar la alegría a la intemperie, al viento
solar, a la buena de un dios). Ven: ya me quejo yo,
y me quejo de mis propias quejas. ¿Ven?
O sólo yo estoy ciego.