viernes, 24 de abril de 2015

Hermosos

Quisiera...
premiar tu compañía a un toque
de curiosidad ligera
-mente proporcional
al vuelco del mundo o el fracaso. Pero
el querer habita entre unos dientes,
no puedo dominarlo.

Paciencia

Si hay esfuerzo no hay paciencia.
La paciencia es consecuencia del lugar.
El lugar es consecuencia del ser.
El ser es consecuencia de un cóctel
de improvisaciones, por las risas
de después, ese después y unas llaves
giradas a tientas por amantes
que se besan y entran
tropezando por la puerta
que da a la oscuridad.

Besos

Me torturan las noticias. Blandamente
me convierten en un ser peor.
Bésame ahora, así se hunda el mundo.

jueves, 23 de abril de 2015

Sol

Es el mismo momento, siempre; y nunca
hay otro. Si no fuera por ti, jamás
lo habría comprendido. Pensaría que un día
sucede al día, y así dunas y selvas, gritos
y desiertos.

Arbitrariedad

Ley, permiso, opinión, castigo, idea.
Ciegos contrarios, mal, saber, esperma.
Diez, ternura, ocasión, terror, paciencia.
Recorrido, calor, ansia, fonema.
Impertinentes dedos, hielo, fiera.
Arbitrariedad, sol, besos, paciencia.
Hermosos huesos blancos, nieve, espera.
Dientes, herida, sal, finura, tierra.
Fe, memoria, obsesión, nervio, paciencia.

Fiera

Hola, me ha gustado lo que has dicho sobre el tema.
Me gustaría seguir, si no te importa, conversando contigo.
Si no te importa. Si tienes hambre, te invito
a cenar, por ejemplo. Espero tu respuesta
más de lo que ahora mismo imagino.

Hielo

Cada pensamiento piensa también en ti.
Por separado en ti. Viviendo junto a ti en ti.
Te imaginan pensando que te olvidado,
que tengo un cerebro sin más,
un cerebro eléctrico de hielo.

miércoles, 22 de abril de 2015

Dedos

Diez muñones, diez labios con sed
escriben tecla
a tecla lo que pudiera ser
tu cuerpo.

Impertinentes

Progreso. Costumbre juguetona
de esta civilización que aún cuelga
de nuestra cínicas orejas.
Torpemente nuestro amor
aún no está inventado.

Fonema

La rosa por la carne maloliente.
Calígrafo tu muslo o el asfalto.
A base de sonrisas y de nudos
el precio escribiré de tus espasmos.

Ansia

Todo es falso, es persuasión, mentira.
Pero los detalles del todo fueron esa noche
minuciosamente indiscutibles.

martes, 21 de abril de 2015

Calor

Si hago las cosas así es por aquello que sentí
cuando me hablaste. Quién lo iba a sospechar
cuando improvisabas, como yo, tales palabras.
Quien pudiera deducirlo ahora: este gesto
por aquel hola, este abrazo por aquel adiós.

Recorrido

Si me distancio es porque me paso los sueños
buscando cuáles son los monstruos que nos
distancian.

Paciencia

Si hay esfuerzo, no hay paciencia.
La paciencia es causa del lugar.
Estoy donde estoy y por eso
ese lugar es el de mi naturaleza.
La paciencia antojadiza
de un día te conocí. Yo creo
que tú llegaste
antes.

Terror

Cuán equivocados estábamos, muerte.

lunes, 20 de abril de 2015

Ocasión

Vivo desnudo y me visto con arrepentimientos:
lo que aún no sabía hablar contigo,
la retórica cuidada de mi torpeza,
el lenguaje común de las exigencias
que yo creí tuyas porque aún creía en guantes
y sombreros.

Ternura

No te das cuenta y en tus huellas
desarraigan las raíces que abrazaron
tus pasos. No, ni yo tampoco.
Cuanto humano soy no se acuerda
de las más simples metáforas.

Diez

Era mañana, temprano, tu entrega aún caliente
no me dejaba alejar. Era mañana, tarde
rendí tu calor para volver a la oficina del fuego.
Tarde vivo. Tarde volví. Tarde confío en tu cama
caliente. Tarde mañana.

Esperma

Y en los mapas quedan
registrados tantos hitos de placer
para que los demás apenas imaginen
una sola conversación de las nuestras.

domingo, 19 de abril de 2015

Saber

He tropezado en el escalón de la escalera
que conduce a tu casa. Escalera de tropiezos
es tu casa que conduzco. Mis tropiezos
conducen escaleras hasta tu casa.
Y así pudiera seguir si no te hubiera conocido
y no me hubiera atragantado
(garganta o distancia, no sé)
con tus palabras.

Mal

Hay inventos crueles y son humanos.
Hay momentos crueles y son humanos.
La piedra es vieja y la sangre es vieja.
Su vejez sabe mejor que tú y que yo
cómo lanzarnos a brazos
al odio.

Contrarios

Insistes tanto, tanto quieres, latir,
que es normal que nos confundas.
Hablaré del pulso, pero tú sabrás
que es de ti de quien hablo.
Hablaré siguiendo las últimas
teorías filosóficas, pero tú sabrás
que es nuestro antiguo lenguaje secreto.

Ciegos

Un gesto bastó.

sábado, 18 de abril de 2015

Idea

El aire tibio entre tu piel
que aún no es beso.

Castigo

Cómo que te conozco.
Si se repitiera sería sólo ilusión.
Si no se repitiera cómo comprenderlo.
Por la puerta si apareces te soy
infiel te reconozco. Si apareces
cómo saber por la puerta que tanto
tanto te amo.

Opinión

Esta velocidad es cosa de palabras.
Esta caída es cosa de palabras.
La sangre dibujando su extensión
es cosa de palabras contra el suelo
que es también cosa y cosas de palabras.
No tengas, pues, por eso, miedo, amor,
que hoy están aquí tan sólo dibujadas.

Permiso

Al despertar (...) sólo quedan sueños.
A qué otro rencor voy a rendirle cuentas.
Es tu roce lo único que existe y aún
no lo comprendo.

Ley

Me escribiste con tu respiración y ahora
ya no sé si toco con tus dedos. Lejos
de mi memoria serás recuerdo en mis
descuidos.
Yo soy tu respiración y ahora.
Vuelvo y me revuelvo: vuelvo.
Yo soy tu respiración y ahora.

viernes, 17 de abril de 2015

De sapone. m (colofón)

Un hombre surfea muy lentamente lentas olas de jabón en su barca más pequeña que su sombra.

De sapone. l (colofón)

Eran frecuentes los derrumbes. Un simple roce bastaba para que toda una pared arrojara sus duras placas de jabón sobre el espeso barro jabonoso que fluía por todas partes. Con gran espuma y estruendo se formaban olas enormes y enormes nubes. La lluvia de jabón era el cataclismo más horrible, y al que más miedo le tenía. Siempre se le veía huyendo con su barquita, tan lentamente, del esponjoso bramido de hipotéticas avalanchas de jabón.

De sapone. k (colofón)

Evitaba, sobre todo, quedarse dormido. Si apenas se demoraba quieto un tiempo, le iba recubriendo su piel, átomo a átomo flotante de jabón, una fina pátina que luego resultaba muy difícil de quitar. El cansancio hacía sus movimientos más lentos, dilatados, delirantes. Sabía que se quedaba dormido porque veía flotar de vez en cuando grupos caprichosos de pompas de jabón. Suponía entonces que aquello era producto de sus ronquidos.

jueves, 16 de abril de 2015

De sapone. j (meollo)

    Pequeños animalitos dejaban regueros con sus pisadas. Con sus minúsculos cuerpos y su peso despreciable, se movían con una rapidez inusitada. Yo tardaba lo indecible en moverme lo más mínimo. Y como tardaba tanto, el paisaje cambiaba antes de que yo hubiera terminado el gesto de mi decisión. Esto me volvía aún más torpe y más lento. Y así cada vez más débil, más viejo, más lento y más torpe.
    Me pasaba la mayor parte del tiempo viendo aparecer los reguerillos de pisadas. A veces conseguía encontrarme al mismísimo insecto dándose su paseo: ¡era tan emocionante! Luego, me deleitaba en revisar sus pisaditas una y otra vez, sus mínimos relieves, sus finísimas sombras. Veía cómo el jabón iba diluyendo sus formas, lentamente, hasta que no quedaba rastro. Entonces, iniciaba yo mi nuevo e inútil movimiento.
    Jamás vi ningún pájaro, pero sí pude ver alguna vez sus pisadas y alguna pluma clavada o pegada en las paredes de jabón.
 

miércoles, 15 de abril de 2015

De sapone. i (meollo)

    En aquel entorno jabonoso ya era difícil saber qué lugar era cual. Sólo por su estrechez uno podía reconocer que estaba en el pasillo. Las habitaciones se habían dividido en subgrutas dentro de la caverna en que había quedado convertido mi piso.
Para sobrevivir tuve que destrozar los muebles y así aprovechar los preciosos restos de material. El máximo partido lo saqué de la cama, que reduje a una pequeña embarcación, poco más extensa que una baldosa.
    Con ella conseguía atravesar los ríos de jabón, bajo prodigiosas estalactitas de jabón, sorteando peligrosas estalagmitas que amenazaban con derrumbarse al más mínimo roce, evitando inesperados remolinos de jabón líquido que hubieran sido mi perdición. Navegaba muy lentamente, impulsándome con un tablón como un gondolero. Rara vez sentía tocar el suelo con el palo, tan profunda era la capa jabonosa o tanta su densidad.
    Muchos años pasé perdido de un rincón a otro, porque los pasillos de jabón cambiaban. No era posible reconocer el mismo vericueto que una vez me conducía al otro. Lo que antes había sido una pompa solidificada, ahora era un costillar que se erguía como la cresta de una ola gigante y luego una hendidura vertical en una pared que fuera otrora columna simplégade.
    En ocasiones, la luz del atardecer o del amanecer se deslizaba más rápido que yo y rebotaba en la humedad del jabón, dando lugar a espectáculos maravillosos. La iridiscencia sorprendente y efímera de aquellos regalos de la luz devolvía el ánimo a mi pecho, que luego tardaba en volver a adaptar sus ojos a la soledad.


martes, 14 de abril de 2015

De sapone. h (meollo)

    Llovió. Por las ventanas por las que entró la lluvia, el jabón espumó. Luego, la espuma de jabón sellaba la ventana misma (supongo que desde la calle se vería salir toda una baba gigante de espuma; pero nadie hizo nada, ningún vecino se entrometió en nuestros asuntos) y la humedad allí ya nunca se secó del todo. Es más, fue transmitiendo su lodazal de jabón por el pasillo a otras habitaciones.
    Cuando lo descubrí (recuérdese que los movimientos por la casa se habían vuelto extremadamente lentos), pasé horas o días intentando llegar hasta alguna ventana a través de la espuma, luego intentando cerrar la dichosa ventana. No sé si llegué a conseguirlo. De vuelta a otras habitaciones, comprobé el repertorio de estragos en los paisajes con lluvia.
    Desolado, rodeado de jabón en lodo y espuma por todas partes, apartado de la que una vez fue mi novia alegre y hermosa, sin esperanza de reencontrarme con la civilización, me encogí y lloré. Mis lagrimas, obviamente, contribuyeron al desastre. No sé qué efecto de salinidad produjo en el jabón que se formó una pasta viscosa e impertinente. Mis gestos se volvieron espasmódicos: una parte de mí quería recuperar la compostura, hablo físicamente, pero otra estaba pegándose con la pasta, mientras que otra convulsionaba por el llanto y algún músculo que no sabría concretar se esforzaba por detener aquel proceso vicioso.

De sapone. g (meollo)

    Ciertamente, el punto de inflexión no llegó aún, ni llegaría mucho después. Nada me podía haber preparado para lo que quedaba por suceder. Con esta idea soy capaz de perdonar al hombre esperanzado de entonces.
    Como el aire era cada vez más irrespirable, no sé si por la atmósfera realmente jabonosa o por mi propio agobio histérico, siempre sentía que me asfixiaba. Se convirtió en una obsesión ir hacia las ventanas para abrirlas y que entrara corriente. Hay que comprender lo difícil del periplo entre una ventana y otra, entre una habitación y otra. Muchas veces las encontraba cerradas, las ventanas que yo creía ya abiertas. Pensaba que ella iba cerrando ventanas para proteger su jabón. Y yo se las abría. Durante cuántas horas, días, meses años, fuimos uno siguiendo los pasos del otro, abriendo las ventanas que ella cerraba, cerrando las ventanas que yo abría. Dos enamorados, no, lo que quedaba de dos enamorados persiguiéndose por la casa, entre el jabón, sin verse, de ventana en ventana.
    Tanta era mi obsesión que se me olvidó el calor y la lluvia y los pájaros y los insectos y el polvo y todo eso que entra por las ventanas además del aire fresco. Como plagas vinieron los abcesos normales a desbaratar nuestro peculiar pisito de jabón y a convertirlo en un auténtico infierno.

lunes, 13 de abril de 2015

De sapone. f (meollo)

    Incapaz de renunciar al sexo, despertó la situación mis insospechadas virtudes artísticas. Tallaba en los bloques y pilares de jabón figuras con su cuerpo. No siempre me masturbaba, porque el jabón es increíblemente sucio para estas cosas. Pero casi siempre palpaba mi creación con añorante sensualidad. Es cierto que la tocaba con las manos, pero me apartaba con el cuerpo: el olor del jabón frustraba mis fantasías. Por supuesto, sólo besaba labios de jabón en los momentos más desesperados.
    No siempre la esculpía a ella. A veces hacía relieves de memoria sobre actrices que recordaba o incluso mujeres de la calle (en el buen sentido). Al principio, rápidamente las borraba para que no pudiera descubrirlas. Luego dejaba las siluetas de las otras mujeres para darle celos y que supiera que estaba molesto. En los momentos más delirantes de mi agobio, reproducía animales. Más adelante pasé a los monstruos. Finalmente, di rienda suelta a mi imaginación creando figuras imprevistas, imposibles. Alternaba unas con otras según mi estado de ánimo.
    Sin embargo, al cabo de encontrarme con mis propias obras, como testigo yo de mis sentimientos, deformadas ellas además por el jabón y su evolución propia, acabé por asquearme del arte escultórico.
    Así, mi sexualidad acabó también resignándose.

domingo, 12 de abril de 2015

De sapone. e (meollo)

    Muchas veces pensé que habíamos llegado al colmo de aquella locura. Cuando más cerca estuve de creer que aquella ilusión de límite era real fue en los días en que apenas podíamos estar juntos. ¿Acaso pensé que ella me echaría de menos, que nuestro cariño emergería como punto de inflexión? El límite de mi ingenuidad sí que estaba lejos.
    No recuerdo el orden y me vienen imágenes diversas.
    Habíamos hecho un horario de turnos para poder atravesar el pasillo. Atravesábamos un arabesco sortear de montones y pilas de jabón. Yo caminaba con reparo de manchar el jabón o que el jabón se impregnara en mi ropa. Lo sé, un pensamiento ridículo, cuando los armarios rebosaban virutas de jabón. Era tal vez cosa de instinto, de ese ser civilizado que un día fui.
    Por supuesto, habíamos renunciado a cocinar. Llegaba a casa siempre con bolsas de comida para dos. Si estaba de humor, traía platos de restaurantes algo mejores; pero la mayoría de las veces era lo típico. En ocasiones, me encontraba platos que ella había comprado para mí. Empezaron a acumularse las raciones sobrantes, porque era difícil saber cuándo compraba cada quien. Así empecé a comer solo.
    Porque la mesa estaba dispuesta bajo torreones de jabón y no podíamos vernos y, con el poder insonorizador de aquellos paneles, ni oírnos. Hasta para los movimientos más básicos había que tener cuidado. Muchos vasos desaparecían apenas soltarlos en la mesa y un inconsciente gesto para apartar una columnita de jabón hacía que no pudiera volver a encontrarlo. Eso era un desastre, porque viajar hasta la cocina era tan tedioso y deprimente que uno perdía el apetito.

sábado, 11 de abril de 2015

De sapone. d (meollo)

     Una habitación entera estaba reservada a almacenar los tableros de jabón. Podía verse la evolución desde el primer estrato, grisáceo, hasta los últimos, más coloreados. Podían identificarse rápidamente los litros más pobres y los de más calidad. Aquí y allá había tableros ya cortados en irregulares lingotes. Cerca de la puerta solía estar una fiambrera con algunos lingotes y con un rallador flotando en una montañita de hermosas ralladuras rizadas. En algún otro rincón, había otras fiambreras, fuentes o cajas donde se habían probado distintas mezclas y experimentos.
     A veces abría morbosamente la puerta de esa habitación y contemplaba hundido el paisaje de mi derrota. Me regodeaba, lo reconozco, en la certeza palpable y olfatible de nuestro absurdo jardín privado. Fantaseaba sintiéndome olvidar qué fuera originalmente aquella habitación, y como mi vida y mis recuerdos se desvanecían con cada centímetro sepultado por los lingotes de jabón cada vez más numerosos.

De sapone. c (preámbulo)

    Las primeras de cambio se hicieron de rogar; tan hábilmente había escondido las palanganas de jabón. Como yo no consideré el asunto digno de mayor esfuerzo, tan ridículo me veía a mí mismo rebuscando jabón por los rincones, ahí quedó la cosa. Cuando por casualidad o por descuido encontré el jabón, lo vi tan inocente, tan pacífico y quieto, que lo dejé estar como agua pasada.
    No contaba con que en el futuro, mi capacidad para encontrar el jabón, mi capacidad para dar con la sosa, incluso mi capacidad para renunciar a los fritos, era exponencialmente inferior a su capacidad de producir jabón.

viernes, 10 de abril de 2015

De sapone. b (preámbulo)

    Apenas unos días después, ya la vi mirando con ojos previsores la freidora. No quise ni sacar el tema. Llegado el momento, la discusión volvía a plantearse, con un agravante: aún quedaba el 98% de la primera remesa de jabón de la primera freidora. Con dos agravantes: perdí los nervios ante mi escasa o nula capacidad de convicción oratoria. Utilicé todas las medidas de manipulación a mi alcance: me encerré en mi habitación o me cruzaba ante ella con apretado silencio o incluso me iba a la calle a dar un paseo ¡de repente!
    Cuando entró la nueva palangana de jabón, pensé que había enloquecido, no ella, sino yo, y que vivía en un absurdo. Sin embargo, actué con la mayor cordura:
    –Pues que sepas que tal y como ha entrado, lo tiro.
    Ella no lo permitió. Pero como yo pasaba muchas más horas solo en casa, mi amenaza no tenía prisa: a las primeras de cambio el jabón sería historia.

De sapone. a (preámbulo)

    La primera vez lo creí un ejercicio inocente. Intenté argumentarle que 1) el ahorro económico no compensaba las horas de esfuerzo, 2) el excedente de producción difícilmente se acoplaría al uso personal, 3) que el resultado tendría una calidad y funcionalidad deficitaria con respecto a productos industriales. El argumento 1) y 3) eran inútiles ante el arrebato de orgulloso deseo. Lo escalofriante iba a resultar ser el argumento 2).
    Ya la justificación apuntaba algo de apocalíptico. Empezaríamos a usar ese jabón casero para todo. Yo me negué a que ese jabón se usara con mi ropa (no tenía argumentos técnicos para demostrar posibles perjuicios sobre los tejidos o la lavadora misma). Ella admitió que no lo usaría tampoco para el aseo personal (al menos no de forma exclusiva). Y ante la escasa imaginación para las restricciones, "todo lo demás" dejaba un muy amplio margen.
    Así que cuando, de apenas tres litros de aceite de freidora, volvió con una sobrehumana palangana de jabón gris, di la aventura por acabada. Grave ingenuidad la mía.

jueves, 9 de abril de 2015

La herida

Caminaba a trompicones, agarrándose como podía a las paredes de las casas. La madrugada mantenía desiertas las calles. Un cielo naranja amenazaba con llover de un momento a otro. En su caminar endeble, a veces resbalaba y tropezaba con los charcos. Se movía por intuición, apenas veía más allá de sí. De vez en cuando, como un extraño tic, separaba la mano del vientre y la contemplaba toda llena de sangre. Nunca hasta ese momento había visto la sangre así de líquida. Entonces pensaba en la diarrea de los bebés, y volvía a aferrarse el vientre con asco y furia. Mientras avanzaba, su mente divagaba, se derramaba como una hemorragia de dolor y de rabia. Lo que más le cabreaba era la estupidez de aquella herida. Apenas había pasado todo en unos segundos, como por despiste, y sin que sirviera para nada más que para que él se viera ahora moribundo. Le horrorizaba que su vida fuera a terminar de manera tan inútil, sin que a nadie le aprovechara su ausencia ni su presencia. De qué manera tan trivial ya no podría realizar nada de lo que había compuesto en el futuro, ni siquiera las más insípidas menudencias cotidianas que habría hecho al día siguiente. Estuvo a punto de reír al pensar en las tostadas que solía desayunar. Creyó sentir hambre, pero aún podía darse cuenta de que sólo era la falta de sangre que se empezaba a notar. Ya no estaba lejos de su casa. Pensó en su casa vacía, la imaginó esperándolo preocupada como una fiel esposa. Ya no podría compartirla con nadie. Había perdido su oportunidad de conocer a Aurora, esa muchacha de rostro alegre, delicada e inocente que estaba destinada a amarlo, a disfrutar con él la mayoría de los buenos momentos, o por lo menos aquellos que de verdad merecerían la pena. Bueno, inocente pero sólo en apariencia, porque Aurora por dentro era muy sabia, y fuerte, su fragilidad era sólo aparente. Eso era lo que le gustaba de ella. Ya no la conocería. Nunca. De repente se había quedado sin rostro, se había quedado sólo en su nombre. Eso era lo que más le cabreaba. ¿Es que él no merecía conocer a Aurora? ¿Por qué una estúpida herida debía privarle de su felicidad? Volvió a mirarse el vientre. La sangre lo había empapado todo. Estaba tardando demasiado en llegar a casa. Si no se esforzaba moriría en la calle como las ratas. Tal vez él no fuera mejor que las ratas. Tal vez aún debía esforzarse en demostrar que era mejor que una rata; que tenía casa, que alguien lloraría su muerte. Sí, alguien lloraría su muerte, pero nada más. El llanto pasa. Él no era imprescindible para nadie. Aquella ciudad no notaría su muerte. Los que le lloraran acabarían olvidándolo, ¿en cuanto tiempo?: ¿una semana, dos años? Tarde o temprano todos acabarían muertos de risa con un cubata en la mano, tal vez hablando de él, recordando los buenos tiempos; tal vez hablando del último concurso de moda en televisión. Lo que más le molestaba era que tal vez hubiera en aquella ciudad alguien que lloraría su muerte, y que él no conocía, o no recordaba. Sería injusto haber muerto sin darle la oportunidad de conocerse de verdad. En ese momento tal vez alguien pensaba en él sin que él lo supiera, y ya no lo sabría nunca. Tal vez Aurora estaba pensando en él. Tal vez era la muchacha que se cruzó con él al salir del banco y que tenía esos zapatos tan bonitos. Y ya no lo sabría nunca. Al fin había llegado al portal de su casa. Buscó las llaves. No estaban en los bolsillos de los pantalones y renunció a buscarlas en los de la chaqueta o la camisa. Aquella otra mano aún estaba limpia. La contempló. Blanca como el mármol. La comparó con la otra, la que chorreaba sangre y le recordaba a los filetes de ternera que había comprado aquella mañana. ¿Dónde mierda había perdido las llaves? No quería morir en el portal de su casa como un borracho, como un yonqui miserable. Pensó en las noticias del periódico. Su “Encontrado muerto en un  portal” apenas ocuparía ni media columna en la página de sucesos. ¡Qué estúpida noticia! ¿A quién iba a interesarle? No podía morir así. Salió del portal y se dirigió al centro. Por algún instinto pensaba en la estatua que había en la Plaza Mayor, ese general de mármol que alzaba su espada como un falo en su ridículo pedestal. Pensaba en el pedestal de mármol y el emblema de oro. Y en el minúsculo jardincito que lo protegía del tráfico y los tubos de escape. Le cabreaba la inutilidad de aquella riqueza. Su ridícula muerte se uniría a aquella ridícula estatua. Su muerte sería una gran risa de ridiculez. Intentó una carcajada. No pudo. Su vientre ya no le dolía, pero era porque se había acostumbrado al dolor como hacen los ojos con la oscuridad. Ya no sangraba, no había presión suficiente. Debía llegar hasta la estatua. Allí amanecería su muerte, su acto de rebeldía, de furia contra lo banal, contra lo superfluo. Le cabreaba que su muerte fuera superflua, que no tuviera razón de ser. Lo que más le cabreaba era que nadie hubiera provocado su muerte, no poder culpar a nadie por su muerte repentina y estúpida. Era eso, que hubiera estado en este mundo por nada y para nada, y que lo abandonara por nada y para nada; por accidente. ¡Quería un culpable, exigía un culpable! Y que no hubiera nadie le cabreaba. Al fin llegó a la Plaza Mayor. Húmeda y desierta. En el centro, la ridiculez del general iluminada por la luz amarillenta de las farolas. Avanzó, casi cayó al jardincito. Se quedó allí tumbado, marcando el blanco pedestal de mármol con su sangre ya imborrable, boca arriba mirando cómo el amanecer se desplegaba por detrás de las nubes indecisas. Entonces empezó a sentir el frío. Fugazmente imaginó su foto en primera página. Comprendió que lo que más le cabreaba era que aquel instante era el momento más literario de su vida. No recordó hasta entonces, en esa sensación de eterno retorno que comprobó real antes de la muerte, ningún otro momento que fuera digno de ser relatado. No había en su vida nada especial; ningún triunfo, ningún fracaso, nada lo suficientemente extraño ni suficientemente normal. No. El único momento literario de su vida había de ser su muerte. Le molestaba que si alguien tuviera que describir aquel momento tendría que hablar de la muerte. No le gustaba que los poetas hablaran de la muerte. Hacer literatura con la muerte es muy fácil. Basta con pronunciar la palabra “muerte”, pronunciarla, para que un texto suene a poético. Su relato sería, pues, un relato fácil, un relato que podría escribirse a bote pronto. La facilidad de su relato; eso era lo que más le cabreaba. 


    

miércoles, 8 de abril de 2015

Ad paradisum (y pág. 4)

    Y pasaron muchos nuevos días. Las dos amigas continuaban su viaje, bosque tras bosque, camino tras camino, por las viejas carreteras, por las viejas autovías, pero evitando siempre los laberintos que anunciaban alguna ciudad solitaria. Y en su viaje se encontraban con grupos más o menos agradables de personas que se saludaban con una mordaza en la boca y que se comunicaban con gestos. Algunos eran algo brutales, otros se parecían a los recuerdos y eran incómodos de abandonar.  Pero Leonor no detuvo su viaje. Nunca imaginó que el mundo pudiera ser tan grande.
    Hasta que un día de estos tantos, las adelantó por la carretera un motorista, enfundado en un mono limpio y brillante. Leonor y su compañera se asustaron mucho. Aún más cuando vieron que el motorista paraba y volvía hacia ellas. Pero Leonor había perdido la costumbre de huir, y simplemente apretó la mano de su niña y la escondió tras sí, al tiempo que cubría su propia boca con una elegante mordaza. El motorista se apresuró a quitarse el enorme casco de su cabeza y con un gesto cordial mostró también su boca apañuelada. Inmediatamente, los tres compusieron una expresión conciliadora, y él las invitó a subir en la moto.
    Y las llevó kilómetros adelante y en pocas horas la carretera terminaba en una bonita casa, situada al borde de un pequeño acantilado, junto al mar. Leonor no podía creerlo. El joven les ofreció toda su hospitalidad. Les indicó el lugar y los objetos con que asearse. Les otorgó ropas limpias y nuevas. Preparó la cena con pequeños manjares para ellas.  Les acomodó dos colchones y unas suaves mantas junto a la chimenea. Y esa noche pudieron dormir como aún recordaban.
    Por la mañana temprano, Leonor se levantó entusiasmada. Salió al balcón y contempló todo lo extenso del paisaje. El viento traía algunas nubes desde más allá del horizonte. El mar azul recién amanecido rizaba su ondulante melena hasta llegar a las rocas, donde las olas, unas tranquilas, otras más valientes, venían a morir.
    El joven salió también al balcón. Leonor, pudorosa, buscó rápidamente cómo taparse la boca; pero el hombre le detuvo el gesto, apenas con un roce de sus dedos en la mano.
    –Hace un buen día, ¿verdad? –dijo.
    Y Leonor respondió:
    –Es cierto.



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martes, 7 de abril de 2015

Ad paradisum (pág. 3)

    Aquella noche también lloró hasta quedarse dormida. Y amaneció otro día, y amanecieron otros días. Leonor aprendió a sobrellevar una tristeza cada hora más grande. Andaba y andaba, siempre, movida por una esperanza que no terminaba de recordar muy bien, en la ciudad siempre cambiante. Su vestido se hizo amigo del color de la calle, se encogió, se desgastó. Pero no os contaré nada de la condición, un poco animal, a la que Leonor tuvo que adiestrarse.
    Al cabo de un tiempo, ya imposible de acotar, descubrió que había muchos como ella, cada vez más, que se rehuían, que se escondían, que robaban, que se asustaban unos a otros cuando se decían “no quieras nada”. Hombres, niños y mujeres nerviosos que peleaban por objetos. Abandonados. La ciudad entera se volvió como su vestido, raída de miradas asustadas, que sólo sabían beber de las fuentes, cerrarse a los bocados y correr muy deprisa. Hasta que ni siquiera hubo objetos que recuperar, y todos los locales estaban picados por el tiempo y el miedo. Sólo a veces, cuerpos inertes por las aceras.
    Y si vierais a Leonor, ya no la reconoceríais, porque era alta y delgada, con nuevos harapos siempre parecidos a los mismos, con el pelo muy largo, muy sucio, y los brazos muy hábiles y dispuestos. Pero Leonor misma poco sabía de eso. Sólo sabía de recuerdos, que sobrevivían por encima de sus actos.
    Una tarde de lluvia, Leonor reconoció entre las gotas el sonido de un llanto. ¿Quién puede llorar aún a estas alturas?, pensó en sus adentros. Y se dirigió a la fuente del llanto. Era una niña, que encogida sollozaba. ¿Cómo es posible que aún queden niñas en esta ciudad? Leonor se arrancó un jirón de su propio vestido y se amordazó la boca, para que sus palabras no pudieran traicionarla. Se acercó a la niña y le hizo un gesto sobre su mordaza para que, tal vez, confiara. La niña comprendió, pero no quiso decir nada. Estaba asustada. Leonor la cogió en brazos y la niña se dejó hacer, y se la llevó a un lugar a salvo de la lluvia, mientras las dos seguían llorando.
    Desde entonces, Leonor la cuidó y ambas sobrevivieron juntas sin mediar palabra. Y un buen día sucedió algo asombroso: la ciudad se acabó. Las dos niñas rieron como nunca se habían visto reír, y corrieron de la mano campo a través. Y tuvieron que aprender a vivir de nuevo, a alimentarse de la tierra y a dejarse limpiar por la incómoda naturaleza. Con todo, se convencieron de que era una vida más agradable que la abominable ciudad de soledades que abandonaron.
    También fue sorprendente ir encontrando otros grupos de gente que se reunían extraviados. Para presentarse y prevenir los recelos, se amordazaban la boca, y se comunicaban con gestos, como en su momento hiciera Leonor con su pequeña, y luego volviera a hacer tantas veces.

lunes, 6 de abril de 2015

Ad paradisum (pág. 2)

    Cansada, desconsolada, asustada, se sentó al borde de un banco, y se aferró al posabrazos de hierro. Con una postura tan elocuente, no tardaron en acercarse personas mayores, que siempre están atentas a los niños. Pero como le susurraban “No quieras nada”, Leonor se encogía aún más. Y como los ancianos insistían y se iban acumulando a su alrededor, optó por volver a huir de un salto, espantando a manotazos sus arrugadas carantoñas.
    Se escondió en una calle fea y sucia. Se acurrucó en el portal de una absurda cochera. Y lloró. Así la tarde, así la noche. Sin saber. Siguió acurrucada imaginando que todo era un sueño, imaginando cómo hubiera sido esa tarde si simplemente hubiera vuelto a casa con las hierbas, imaginando incluso soluciones racionales y estrategias para salir airosa de su situación.
    En algún momento, se convenció a sí misma de que, si se hacía pasar por sorda y por muda, acabaría por encontrar la ayuda de alguien que no tuviera que decirle nada. Era obvio. Y sólo con esa idea volvió a tomar camino en busca de papel y lápiz. Lo que encontró, mucho antes de lo que ella misma era consciente, fue un mendigo profundamente dormido a esas horas. Leonor, convertida en una intrépida ladrona de mendigos, cogió un trozo de cartón y una tiza y corrió de nuevo con su botín. Cuatro o cinco esquinas más allá se inclinó a escribir cuidadosamente: “Estoy perdida, ayúdenme a volver a casa. Calle tal, número cual”. Con la respiración contenida, repasó su mensaje; pero sólo pudo leer, en letras muy grandes:
    –NO QUIERAS NADA
    Tomada por el horror, su mano, repitió la operación una y otra vez hasta que el cartón se rompió, y la tiza se rompió y su mano de niña lista quedó agarrotada. Se levantó como una marioneta y caminó hasta un nuevo escondite. Allí ya no pudo llorar, ni pudo pensar, ni pudo hacer otra cosa que quedarse dormida, a pesar del frío de la noche, del miedo y del hambre. De la profunda oscuridad.
    Al día siguiente sólo pensaba en volver a casa, a alguna casa. Pero aquella ciudad era extraña, llena de personas que recorrían calles que llegaban a otras calles con más personas que ella no conocía. A veces encontró niños, y siempre intentó que le hicieran caso; pero cuando les dirigía la palabra, los niños se asustaban y huían gritando:
    -¡No quieras nada, no quieras nada!
    Así que Leonor agotó otro día por las calles. Y bajo el rojo de la tarde, el hambre la cegó, y en una frutería que estaba cerrando, llenó sus manos de plátanos y manzanas y una vez más salió corriendo. Y en un nuevo escondite comió, más bien devoró, su nuevo botín. Pero cuando su pequeño estómago quedó tranquilo, los pensamientos volvieron. Estaba sola. Estaba perdida. Estaba asustada. Tal vez estuviera loca. Y había robado... dos veces.

domingo, 5 de abril de 2015

Ad paradisum (pág.1)

Por mandato de su madre, Leonor salió a la calle a comprar un ramo de hierbas para el guiso. A ella misma le hacía cuánta ilusión partir las ramitas y dejarlas caer hoja a hoja, según su especia, dentro de la olla. Y en un suspiro estaba ya en la plaza del mercado explicando su recado a la dependienta, una señora grande y rotunda, que se inclinaba para verla. Con una sonrisa saltarina le pidió la hierba tal, la hierba cual; pero la mujer le respondió:
    –No quieras nada.
    Extrañada, Leonor volvió a repetir su demanda, esta vez con esa seriedad que da la duda. Y una vez más, la mujer le respondió:
    –No quieras nada, no quieras nada.
    Como la niña no era muy dispuesta al enfado, sólo supo componer un gesto entre indignado e impotente. La dependienta la miró arrugando los ojos de impaciencia e insistió:
    –No quieras nada.
    Leonor escapó de la tienda, despedida y mareada como la que para al jugar a dar vueltas. Cuatro calles más allá había una herboristería, de esas de tarros y bolsitas. La dependienta era una muchacha joven de ojos alegres, a la que, todavía confusa, recitó escolarmente el listado de ingredientes que necesitaba.
    Y respondió también la muchacha:
    –No quieras nada
    Apenas había pronunciado la última sílaba, y Leonor estaba corriendo calle abajo como si hubiera escuchado el ladrido del demonio. Ahora no sabía muy bien a dónde ir. Ya estaba tardando más de la cuenta para un mandado tan fácil, y temía la reprimenda de su madre. Paró a un hombre que paseaba con prisa para preguntarle dónde podía encontrar otra tienda que vendiera hierbas de guisar.
     –No quieras nada –explicaba el hombre con toscos gestos.
    Cuando vio que la niña se ponía a llorar, cambió su tono y se arrodilló afectuoso y asustado para situarse a su misma altura.
     –No quieras nada, no quieras nada –repetía con tono interrogante.
    Leonor se desembarazó de la preocupación del hombre, y se perdió por las calles. Corrió y corrió por donde la llevaban sus lágrimas. Pero pronto se dio cuenta de que no sabía dónde estaba. Pero tampoco se atrevía a preguntarle a nadie. Pero ¿qué hacer?, ¿qué pensar? Lo que intentó fue desandar los pasos que ni siquiera sabía que había dado. Acabó llegando a barrios en los que no había estado nunca. Jamás imaginó que su ciudad pudiera ser tan grande.

sábado, 4 de abril de 2015

Preciso intante

El profesor peroraba apasionado que la demagogia política había sido revertida, como si de un calcetín dado la vuelta se tratara. Había en su discurso un automatismo de tópicos y banalidades recogidas por tradición. Era el género discursivo quien hablaba realmente. Sin embargo, los alumnos con mirada más atenta estaban en ese precioso instante abstraídos en cuestiones diversas, cuyos pensamientos derivaban por sí mismos. A esa hora de la ¿mañana?, ¿puede considerarse mañana aún?, la mayoría no podía controlar su propia afectividad. Mayoría podría tratarse de un eufemismo por miedo al totalitarismo. No era en absoluto difícil encontrar a algún alumno que hablaba largo y tendido con la voz más baja que supiera expresar sobre un asunto que lo dominaba. Pero sus compañeros (de conversación), antes que responderles, esperaban un hueco donde intercalar sus propias consideraciones. Recién llegados no podrían saber a quién le pertenecía la voz cantante. El más insistente ni siquiera atendía a que sus palabras poco tenían que ver (evito nada) con los mensajes que su presunto interlocutor (ninguna palabra pudiera ser aquí más exacta) tecleaba con su móvil hábilmente disimulado, por poco exitoso que resultara su disimulo. En esto, la puerta del aula se abrió abruptamente, casi de impulso sobrenatural, apareció de súbito el inspector, entrando sólo cabeza y el cuerpo encogido porque mantenía los pies bien puestos en el pasillo. Vino a decir, sin soltar el picaporte, con rotundidad incontestable:
-Por lo tanto, eliminemos al lector.
Y se esfumó. Luego nadie pudo estar seguro de si la puerta se había cerrado del todo.

jueves, 2 de abril de 2015

Fin

El pancreas segrega insulina (etc) para
que las células se nutran adecuadamente
del glucógeno (etc) disuelto en la sangre...
Para enunciar esto así
es necesario
asumir que hay en el pancreas un saber
(por ejemplo de la necesidad
de otras células sobre su metabolismo);
por tanto, que el pancreas piensa y su tejido
pancreático hace una suerte de tejido nervioso;
cuenta, además con una planificación moral
sobre la utilidad, el bien o la conveniencia
de su función (que probablemente
sabrá suya).
La nieve quiere visitar otras montañas
y en su viaje pronto se derretirá.
Es por eso que ...
y, para evitarlo, es conveniente que ...
y firma.

miércoles, 1 de abril de 2015

Oído interno

El cuerpo sucede una vez y nunca se repite.
Si salmodia es porque x. Si alguien
lo oye alguna vez 
salmodiar es porque el cuer x ej
tus manos jamás y si quisieras
en el mismo punto donde 1ª vez etc
enfermarías. Si alguien
una vez y nunca
x alguien. Si sintiera
como yo siento tus labios
(nada de sangre nada
de herida de))
entonces lo sabría
y sólo entonces lo sabría
como yo sé tus labios :-x
si salmodian es x tu cuerpo, es
aquí, en estas, casi palabras,
o tu mirada casi beso,
casi cuerpo.

lunes, 30 de marzo de 2015

Irrigación

Ha brotado la menta
tan fuerte en su maceta.
Su verde de metal
parece de otro mundo.

El viento con sus dedos
te agarra del tobillo
y tira de tus débiles
raíces en mis besos. 


La alegría del suelo
está caliente mientras
camino con un fémur
que se llena de pérdidas.

viernes, 27 de marzo de 2015

Tela, roce, tacto

Una gota resbala 
de primavera por tu piel.
Tu piel que se diluye
en un calor con nombres.
Tu piel que guarda
mil imperativos

en su aroma. Mis labios
resbalan de primavera
por tu piel, que no es tal,
sino el caliente sueño
que se disputan estrellas,
ciudades, decenios.

jueves, 26 de marzo de 2015

Digamos que las intenciones

Digamos que las intenciones
están escondidas;
que es de intención esconderlas.
Digamos que uno se esconde
su propia intención a sí mismo
-lo que puede deducirse
de sus actos y los resultados
de sus actos- con medida precisión.
Digamos que entonces, como vecinos
convive el hombre puerta con puerta
con las suya y las ajenas intenciones,
a las que no siempre conoce.
Digamos que la pinza queda en el tendedero
después de recoger, con o sin prisa,
la ropa; que tiembla y tiembla el músculo
estando quieto este dedo.

martes, 24 de marzo de 2015

Y los ojos, ojos son.

Mis ojos son dos ciervos sin retorno.
Retorno de balcón, de espuma y sábana.
La espuma azúcar fresa con té y falta.
El té tus ojos siempre distraídos.
El siempre caza atado con su espalda.
La espalda vuelve al rito sin decoro.
El rito hace persiana con mis ojos.
Mis ojos son dos ciervos en tu casa.

 


lunes, 23 de marzo de 2015

Tiene narices

Me da en la nariz que estoy
ciego tanto para mí como 
para más allá, por lo que dices.
Ciego a mi nariz, es el camino
que quiere explotar en primavera,
el armuerzo de los vecinos,
algún secreto que se pudre a gritos.
Es el saber cuándo
me vela la enfermedad.
Es el frío no siempre
vestido de aventura
o la cercanía de tu piel
que pronto llegará a mis labios.

sábado, 21 de marzo de 2015

Antes del ritmo

Tiempo en los pulmones.
En el eco que en el líquido
el corazón ondea.
Aire que de espuma
de aire se impregna.
Tiempo que entra, tiempo
como el revuelo de un bosque
sale,
en el que habitan monstruos,
hadas, temores y conjuros,
de los pulmones, así
medidos hasta el límite.
Libre que de tú calor
errante viste.

viernes, 20 de marzo de 2015

Memoria

Te vas y sé que nada
enturbiará tu pecho.
El aire y sus caricias
te sonríen el futuro
en tus envidiadas manos.
Cuando gobiernes el mundo
y en tu corazón nada
sea roce o amenaza,
si en algo aprecias
el signo del momento,
¡recuérdame, recuérdame;
pero, ah, olvida mi destino!

jueves, 19 de marzo de 2015

Los hijos rebeldes

La sangre es un hijo rebelde,
todo su deseo fuera escapar.
Se asoma al balcón de los pulmones,
coquetea con el galán malvado del frío.
Se disfrazó de rencor y de tesoros,
se disfrazó de hierro y fuego y sangre.
Su calor se alimenta de otros.
Su calor se asoma a los ojos,
llena de vergüenza las mejillas,
sangra en el momento menos pensado.
Siempre está jugando por la casa,
pero no consentirá volver
a su hora.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Gramática inevitable

Hay en la sombra un espejo inevitable.
En su inverosímil boceto parece que arde
si imaginamos crepitar proteo todas
sus formas posibles. Inevitable
flota como una nube oscura 
navegando por el suelo y el contorno
de los objetos. Se funde con los objetos
en sus propias sombras. Antes
de tocarte te toco tentando en tu sombra.
No deja de arrastrarse por el suelo y sin embargo
no deja huella, no ara, no escribe.

lunes, 16 de marzo de 2015

El sonido es suficiente

Basta el roce impreciso 
del quitarte la ropa.
Basta su ronco deslizar.
Su rumor y su sonido.

Clae la blusa en la sábana.
Cae una media de lana.
El ruido de su descanso
pide mi amor, me reclama.

Un hombro. Tu boca.
La carne que rascan
tus dedos que hablan,
la sangre, las sombras.

Mientras las cosas se callan.

viernes, 13 de marzo de 2015

Congoja

Ibas a ser tú la clepsidra de mis días.
Tú que te derramas en piel de árbol.
Antes de la tarde tus caricias ya
han evaporado. Un vaso de agua
basta para el frío
en la garganta, donde habitan 
sueños y demonios.

jueves, 12 de marzo de 2015

Idea demagógica de libertad

El pene de mi casa etc, etc,
cuando llueve envejece
como los demás.

Admita ridículo sabiamente prestigiado
su peregrina nostalgia,
sus veras de imposible pajarito
hecho de efímero vuelo,
parco de estilo.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Arte efímero

El cuerpo es inventado y su patente
está cosida al tiempo por un lado,
por otro a todo intento deformado
por la pasión, que huye de repente.

Arde su firma, fluye entre la gente
derecho a este finísimo bocado
de ira y al racimo enamorado
que sin tu corazón apenas siente.

Tanto me lo creí, tu cuerpo, el mío;
tanto lo perseguí, con tanta huída
lo amé, que en sus entrañas recocino

la ley sin ti, con hambre y con hastío.
Me narras y me comes. Con su vida 
escribes, letra o carne, mi destino.

martes, 10 de marzo de 2015

Mujer que viaja

El brazo no está hecho de músculo;
sabes que está hecho de cosquillas.

Con el dorso del dedo vas dejando
en la piel una estela de espasmitos.

Quieres morderme, estás a punto;pero ahora
son mis manos las que están desviando tu atención.

lunes, 9 de marzo de 2015

Yo confieso

Yo le tenía miedo a las tijeras cortaúñas
en las casas ajenas.
Mi primo rechazó temeroso las pinzas cortaúñas
cuando vino a mi casa.
Éramos niños, nuestras manos
no eran hábiles ni fuertes; ¿temíamos
nuestra misma torpeza en nuestros padres?

Este pequeño gesto emancipado
de cortarme a mí mismo las uñas,
encogido,
con la edad de mi padre cuando cortaba
las mías. Con mis manos no-torpes, no-débiles.

Voy por el pasillo con medias lunas de uña
nevadas en un folio cualquiera.
 
Esta rutina que aún tiene residuo de pasado.
Antes de que acabe el día,
¿con qué voy a sembrar la tierra?
Antes de que acabe el mundo,
¿cuál será mi parte en el barco de los muertos?

sábado, 7 de marzo de 2015

Ironía sólo en el lenguaje

El cuerpo sucede una vez 
y no vuelve a repetirse. 
La urgencia del sexo sucede 
una vez y no vuelve a repetirse. 
La punzada 
del hambre sucede una 
vez y no vuelve 
a repetirse. El agobio, el calor, 
suceden, una vez, no vuelven 
a repetirse. El cansancio, el ahogo, 
una vez, suceden, no vuelven a repetirse. 
La vergüenza y la herida, 
el placer y el alivio 
son igual que el recuerdo: sucede 
una vez y no vuelve a repetirse. 
Es así, 
el picor, el sufrimiento, la enfermedad o 
la muerte. 
Sucede una vez y no vuelve a repetirse.

viernes, 6 de marzo de 2015

Astragaloteosis

Quiero hablar del tobillo perfecto,
de un talón tallado en piel morena,
fino, brillante, grácil, delgado,
como el pomo de la Creación.

Quiero hablar, pero no diré más.
Yo subía por las escaleras.
Ella unos pocos peldaños antes.
Mostraba, entre el filo de su falda
y el débil de su sandalia abrazo
casi desnudo, un baile de pasos
que me pausaba en su ascenso hipnótico.

Por esa pantorrilla la ciencia
toda.
Por ese tendón articulado
toda
la cultura y los muros del arte.

Delenda memoria salvo el vuelo
de un escalón al otro, flotando,

de su tobillo perfecto quiero.

jueves, 5 de marzo de 2015

Rasgo de estilo

Estos nudillos se esconden escandalosamente.
Sus paisajísticas lomas ironizan cómo llevan
los años escurriendo el bulto. Simplemente:

jamás han ejercido su toque boxeador.

Aquí los tienes, rosados, que sí, que escriben,
que sí, que a veces acarician; pero vamos,
que se esconden como el yo modula su 

violencia.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Labiduría

Solía tener allí los labios rotos.
Cuando no amanecía, todos sus recuerdos
peregrinaban hacia el lugar más exacto 
en que su labio, sí, se pudría.

Sólo con que la noche, de tan corta,
hubiera sido tus brazos,
hubiera sido un vientre
tus labios y tus piernas,
o el húmedo placer de lo nombrable,

el hábito daría noticia del perdón.
Pero así de cruel solía ser la carne.

martes, 3 de marzo de 2015

Parpadeo

Era noviembre
cada una de tus pestañas.
En la terraza
cada una de tus pestañas.
Desliz de frío
cada una de tus pestañas.
Desliz si vuelves
y el intervalo
será tu vida
o la mía.

lunes, 2 de marzo de 2015

Detrás de la oreja

Siempre, escucha mis palabras
(aunque sé cuánto te gusta hacer oídos sordos).
He venido aquí para aclarar las dudas.
He venido pero estoy en otra parte
donde soy un trozo apenas de tus sospechas.
Porque cuando te deshaces de mí, esa historia
me suena ya tan conocida (la cantinela acostumbrada
de tus hermosas, hermosas sospechas).
Por eso estoy aquí, por ser el fruto de tu
desconfianza, la semilla de tu desconfianza.
Porque cuando llegué no había rastro
de pasos, de un lugar ni de mis piernas.
Porque yo, en cambio, siempre, te fui fiel.
Incluso cuando creo que no existes.

jueves, 26 de febrero de 2015

Cuerpo auténtico

Dime que esta ausencia eres tú.
Está colgada como un cuadro en mi mirada, su alcayata.
Son unos nudillos que no llaman a esta puerta siempre abierta.
Si lo que recorro es el contorno
de este vacío concreto, que sea
tuyo. Y el hueco de mis posiciones,
tuyo.
¡Desmiénteme!
Maldice mi obsesión y mis espasmos.
Si lo que falta en el mundo es tu silueta
y es esta silueta de mujer
no descubierta hasta ahora.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Cadena o escalera de celdas

Pone su mirada al caer la noche:
son las estrellas un techo de destinos.
Toda su civilización
ha ido poniendo en tierra otras
estrellas con tecnologías diferentes
para quedarse. Y este
es el capítulo primero.

Yo mismo, conduzco mi habitáculo
por estas carreteras dictadas.
No es una ilusión: muevo el volante
y el mundo se desplaza en consecuencia
y obedece las causas de mi movimiento.
Tanto que, si quiero, puedo discutir
contigo o soltar el volante y tocarte
en el hombro, en la rodilla, en el pecho.
Capítulo segundo.

Sean las paredes de su casa, su oficina,
su cuarto, que con tanto celo protege,
que con cuánto esmero decora con
caricias robadas al vecino desorden.
Paredes entre las que colocar estrellas, viajes
donde educar los gritos. Y este
es el capítulo tercero.

Incluso desnudo soy fiel.
Aquí, entre mi boca y mi cama,
recorro cuanto ha sido dicho,
escondo lo nunca escuchado,
relamo todos los secretos
en los que me verán entregarme
al olvido. Capítulo cuarto.

Quien calla escucha atentamente
la algarabía de su cuerpo
mil-localizado. Y piensa
que es libre porque sabe
que tiene
qué mear. Y ese
es el último capítulo.

lunes, 23 de febrero de 2015

Venganza

Para que pueda ver mi ojo en el espejo
tengo que acercarme mucho, mucho;
y, como aún soy miope, la nitidez así
es extrema.

Llegados a este punto -mis ojos, mi visión
mi espejo y yo- me distraen 
las visiones de mí mismo y todo el cuarto
reflejados por del cristalino la curvatura.

El ojo se vuelve un cuerpo extraño,
-un huevo (cósmico) apenas sanguinolento-,
habitado por un ser extraño, cuya mirada
es indescifrable.

Por supuesto, me resulta imposible mirar
más de un ojo a la vez así de cerca;
lo cual es, sin duda,
desesperante.

domingo, 22 de febrero de 2015

Contacto silencioso

Lengua que es tan apretádamente todo.
Sabías que iba a llegar, pero llegando
este roce de otra lengua, amiga, ¡Dios!,
lo sabido del mundo como persianas
cayó.                               De tus labios
saben que te añoro. Saliva a otredad
tan suavemente marcada de Otro
mi memoria.

sábado, 21 de febrero de 2015

Estudio sencillamente

Miré mi codo llagado
y admiré cómo las palabras del maestro,
que siempre consideré figuradas, 
no eran, entonces, exageración.
No hablo del arribismo político y su arte.
No hablo del rastrerismo militar y su arte.
No hablo de la altura del vino hacia los cielos.
No. Hablo del codo puesto a tábula rasa
de mi mesa (la mesa de tu cuerpo pienso ahora,
el tablero de juego de tu conversación,
la cama de esta noche cercana, amada mía)
en aquellos días prisioneros de la juventud.
Ahora, no conviene olvidar
que de codos heridos está hecho el reino.

viernes, 20 de febrero de 2015

Estudio de la nostalgia

Culo disciplinado, nalga obediente.
Sentado a la mañana, se vuelve fiel.
El cachete paterno
por no querer comer,
no sentarse a la mesa,
no jugar, no volver.
El canto ignominioso, su alta retórica.
O sentado en suelo, la fría hierba.
Por la charla de moda.
Por la mirada atenta.
En el amor de invierno
no juzgar, no volver.
Sentado en la distancia, se vuelve fiel.
Culo disciplinado, nalga obediente.

jueves, 19 de febrero de 2015

Otra función

Precisos en su afán los dedos
pinzan el herrete diminuto
en la cajita de la cremallera.
Hábiles llevan el cordón al lazo,
un pequeño tirón y, zas, ya está
apretado el otro zapato.
Y el inverosímil rigor con que los marciales dedos
dejan enganchado el botón
en su respectivo ojal.
Dedos que se distraen 
en el enredo de tu mechón.
Dedos en el espasmo
que da origen al mundo.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Eran

Lo más sorprendente de los adultos eran sus venas.
De los ancianos, esas venas casi azules que sobresalían
en las manos tan dispuestas a regalarnos y la caricia
y la carantoña.
Ahora que caigo, jamás vi a un adulto sangrar.
Pertenezco a una generación cuyos adultos no sangraban.
O todo es torpeza de una memoria en ciernes.
Cómo es posible que se conserve la sorpresa en cada vena.
Nosotros, en cambio, estábamos siempre heridos.
Siempre prestos al dolor, siempre derramándosenos
la vida, solo que entonces no sabíamos
que era la vida la que se nos caía del vaso
-nuestro cuerpo era un vaso que no sabíamos tener sujeto-
ni que lo que nos dolía aún no era este indoloro dolor de la vida
que hoy nos sujeta. Lo más sorprendente
de los adultos eran sus venas. En nosotros
la sangre brotaba
como por arte
de magia.


martes, 17 de febrero de 2015

Quieren saber

Las manos no hacen inventario
porque están ciegas durante el día.
Saben sembrar amistad con el frío,
obsesionadas como están con lo útil, su vecindad.
Manos abstractas, con tres dedos rizados
y el índice de tecla en tecla. Si estuvieran
hechas de noche, las manos, hablarían
-parlotean, las manos, todos lo saben-
y tu cuerpo sería su lenguaje.

lunes, 16 de febrero de 2015

Blusa de carnaval

Ha quedado su pecho a merced de la lluvia
y cada gota insiste su reguero de agua
buscando por el seno la caricia perfecta.
Una mujer desnuda caminos por la lluvia.
Si llegara ahora el viento valiente del verano.

domingo, 15 de febrero de 2015

Apagado programado

En esta selva de interruptores
te vine a buscar.
Con una sola tecla no necesito el sol.
Despertar o no despertar.
Obedecer o no obedecer.
Necesitarte ahora. Posponer.
Me he convertido en un gerente de permisos.
Sé de unos botoncitos que acallan los aullidos.
En este bosque de interruptores
he perdido mi sensibilidad
a los lobos.

sábado, 14 de febrero de 2015

Déjame pensar

Pocas cosas cambian tanto como el cuerpo.
Yo recuerdo
que una vez caí
de la bicicleta por un camino de tierra.
Iba rápido, bajábamos. Me derramé por el suelo derrapando.
Durante un mes tuve la pierna (ahora no sé cuál)
rayada de finos arañazos, con sus minúsculas costras
que eran como estelas de un bólido nocturno
talladas en mi piel con sangre.
Pero de todo eso ya no queda rastro.
Y así, podría seguir: con las uñas y sus manchas cortadas,
los lunares que salen, los pelos, que quieren quedarse,
el dolor de aquí, el calor de allá,
el hambre, el sueño, luego otra vez otra hambre, el sueño.
¡Ay, dolor, aquí! Ese calor, ese calor de allá.
Y así podría seguir. Las venas que se hinchan por una posición:
leía con el libro en el suelo y el cuerpo en la cama. Mis manos
enrojecían.
Los libros han cambiado. Ahora tengo otra bici (no sé cuál es ahora),
ni siquiera están los árboles bajo los que paseaba
y el Ayuntamiento ha hecho de las suyas en los caminos;
pero sigo llamando y llamando a este cuerpo el mío.
Cualquier cosa cambia tanto o más que el cuerpo.
Tanto como para extrañar el hogar
al que estás a punto de llegar:
tu cuerpo, su cuerpo y el mío.
Donde esas caricias parecen conocidas.
Ese remanso de novedad en tus palabras.