sábado, 29 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (f- "Sócrates se defiende")

     Sócrates quiso una vez más aportar algo de luz a la cuestión, que alejara de sí las sospechas:
     –¿Y si esas no fueron exactamente las palabras del oráculo? ¿Y si algún termino del enunciado se nos escapa? Hilofonte dijo que esta vez las palabras de la pitia habían sido claras, pero normalmente suele ser un galimatías incoherente. Después, las sentencias de los sacerdotes suelen ser confusas; su exactitud se basa en guardar escrupulosamente la ambigüedad. Hilofonte ha perdido la lámina con la sentencia...
Entonces se levantó Querefonte con su rotundidad habitual e interrumpió su perorata:
     –Yo estoy dispuesto a volver a Delfos y preguntar en el oráculo del mes que viene si hay alguien que sea más sabio que Sócrates. Así, claramente, sin que haya lugar a dudas.
Sócrates vio en la efusividad de su amigo un nuevo revés para salir bien parado de aquella historia.
     –Por favor, Querefonte, ya no tienes edad para un viaje así.
     –¡Me comprometo!
     Dio un grito enorme que fue respondido por una aclamación general entre todos los muchachos que asistían divertidos al debate. Sócrates intentó, aún así, disuadirlo:
     –Pero yo puedo decirte cuáles van a ser las palabras del oráculo: “Nadie en toda Grecia es más sabio que Sócrates”.
     –Entonces tú mismo lo admites.
     –No, sólo predigo lo que dirá el oráculo.
     –Ahora Sócrates habla en nombre de Apolo.
     Sócrates buscó entre todos los presentes a aquel que había lanzado esa puya.
     –Si piensas como yo, también llegarías a esa conclusión.
     –¿Cómo es el asunto?
     –Vamos a ver: tú, como todo griego, conoces la inscripción a la puerta del templo de Apolo, ¿cierto?
     –Cierto.
     –Esa inscripción nos ordena claramente “conócete a ti mismo”, lo cual presupone una ignorancia previa sobre uno mismo.
     –No veo por qué.
     –Vamos a ver: cuando le ordenas a alguien que siembre unas semillas, ¿es porque las semillas ya han sido sembradas?
     –No.
     –Cuando le pedimos a alguien que talle una estatua, ¿la estatua estaba ya tallada de antemano?
     –No.
     Conociendo el juego, un coro de jóvenes empezaba a acompañar cada “no” con creciente entusiasmo.
     –Cuando le pedimos a alguien que llene un cántaro, ¿ha sido el cántaro previamente llenado?
     –¡Noooo!
     –Entonces, cuando pedimos a alguien que conozca un asunto, ¿es cuando previamente ya lo conoce?
     –¡Noooo!
     –Siendo, pues, que el oráculo pide a cada uno que se conozca a sí mismo, es que cada uno conlleva una profunda ignorancia de sí mismo. Siendo de esta manera, ¿puedo ser yo más sabio que tú si tú sabes más de mí mismo que yo?
     –No, de ninguna manera.
     –¿Y puedes ser tú más sabio que yo, si sabiendo más que yo que yo mismo, ignoras de ti mismo lo que yo sí podría saber? Observa, antes de responder que el oráculo nada objeta sobre el conocimiento que pudiéramos tener sobre los demás, y que aquí estamos razonando qué diría el oráculo, y no cuál es la verdad de las cosas.
     –Pues no.
     –Entonces, ninguno de los dos sería el más sabio.
    Otra vez con el coro.
     –¡Noooo!
     –¿Y habría un tercero que pudiera ser más sabio que nosotros, ignorando sobre sí mismo aquello que nosotros sí podríamos saber?
     –¡Noooo!
     –Entonces, siendo así en cada caso, no podríamos encontrar a nadie que, siendo ignorante de sí mismo, pueda ser más sabio que otro. Por lo tanto, tampoco nadie más sabio que Sócrates.
     El griterío fue descomunal. Algunos se quejaban sonoramente de la soberbia del viejo, pero los más lo aclamaban y vitoreaban. Sócrates continuó, alzando la voz sobre el griterío:
     –Esto, por supuesto, a no ser que el personaje en cuestión no conozca la inscripción del templo. Como nadie educado en Grecia desconoce esa inscripción, hemos de deducir que si hay algún hombre más sabio que otro griego, no puede ser otro griego, sino un bárbaro.
     Entonces estalló el éxtasis colectivo. Los jóvenes estaban fuera de sí: gritaban y saltaban empujándose unos a otros, miraban con sorna la expresión cariacontecida de sus compungidos maestros y se sumaban al coro general “¡Sócrates! ¡Sócrates!”

viernes, 28 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (e-"palabras exactas")

     Se armó un pequeño revuelo de réplicas y comentarios.
     –Hilofonte dijo que el oráculo nombró a Sócrates como el más sabio.
     –Dinos Hilofonte, ¿fue eso o no lo que te dijo el oráculo?
     Hilofonte, superado por las circunstancias no sabía qué decir que no contrariara a un grupo o a otro. Tampoco quería herir a Sócrates, pero no sabía claramente qué sentía el viejo.
     –No recuerdo las palabras exactas... dijo que tú eras el más sabio.
     –¿Yo?
     –¡Ahora dice que Trasímaco es el más sabio!
     Sócrates intuyó la raíz del problema.
     –Creo que la frase del oráculo es “tú eres el más sabio”, por lo que cada uno se siente apelado como el más sabio.
     –Yo estaba allí cuando habló con Sócrates, y dijo clara mente que Sócrates era el más sabio. Dijo: “tú, Sócrates, eres el más sabio”.
     Sócrates se dirigió a Hilofonte y con el tono más amable que le permitía su acento incordiante le interrogó:
     –Acláranos, Hilofonte, ¿qué dijo realmente es oráculo?
     –No lo sé...
     –Está claro que él no es el más sabio.
     Una ola de carcajadas inquietó a la multitud. Hilofonte intentó reaccionar, pero se derrotó a sí mismo al estar en evidencia:
     –Yo sólo sé... que no sé nada.
     –Inteligente respuesta. ¿A ver si vas a ser tú de veras el más sabio?
     Con esta frase, Sócrates pretendía quitar algo de gravedad al asunto. Pero ese momento lo aprovechó Querefonte para avivar más el fuego.
     –Aunque “tú eres el más sabio” se refiera a cualquiera, el caso es que Hilofonte se encontró contigo. Apolo sabía esto. Sabía que Hilofonte buscaba maestro para su hijo y sabía que se toparía contigo al volver a Atenas.
     –Eso no demuestra que la interpretación sea válida. Son suposiciones tuyas. No podemos saber qué es lo que se proponía realmente Apolo. El mismo Sócrates ha señalado la posibilidad de que Hilofonte sea el más sabio.

jueves, 27 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (d- "debate en la calle")

     Él mismo abrió la puerta y se encontró la inconfundible figura del viejo Querefonte, que jadeaba apoyándose en las jambas.
     –¿Qué te pasa, amigo? ¿Vienes a dejarme tu último resuello? ¿Cómo se te ocurre plantarte así en mi casa?
     Querefonte apenas podía sacar el aire para sus palabras.
     –Media ciudad viene para acá. He querido llegar el primero.
     –¡Cómo va a ser media ciudad!
     –¡Amigo mío, por fin los dioses han reconocido que eres el más sabio!
     El enunciado de Querefonte era, sin duda, exagerado, pues menos de la mitad de la mitad de Atenas sentía verdadero interés por la educación pública, la física y la retórica; sin embargo, ningún otro era más fiel a la avalancha de gente que, como un hormiguero en revolución, llenaba las calles, adoptando como centro la casa de Sócrates. En realidad era una aluvión de jóvenes admiradores y sus amigos, que arrastraban consigo a familiares y maestros.
     –¡Sócrates!
     –¿Cómo es eso de que eres el más sabio?
     –¡Demuéstranos que eres el más sabio?
     Y voces de este tenor se hacían eco mucho antes de llegar a la puerta de la casa. Allí, Jantipa ya contemplaba con enfado la escena.
     –Si toda esta gente piensa que va a sacar algo de aquí, díselo muy claramente, Sócrates: esta no es casa de banquetes.
     Así que Sócrates llevó a la muchedumbre a la plaza de al lado, apenas un cruce entre dos calles. Las cabezas se apretaban en las cuatro direcciones. A veces, el gentío se abría para dar paso a algún reputado sofista que llegaba al centro de la discusión. El debate giraba en torno a la desconcertante noticia que desgarraba las opiniones entre la natural incredulidad y la forzada aceptación de la sentencia del oráculo.
    –Tiene que haber algún error en todo esto.
     –No podemos dudar del oráculo. Sería como acusar a Apolo de ignorar o, peor, de mentir.
     –Pero lo que dice Sócrates es verdad. Este viejo no sólo no sabe nada, sino que ni siquiera permite que nadie lo sepa. Con él todo son tergiversaciones y dudas.
     –En efecto, os hago dudar, de aquello que son creencias fundadas en nubes.
     –Y para ti, ¿qué no se fundamenta en nubes? Tú mismo dudas de la veracidad del oráculo. ¿Acaso vas a decir que los dioses también están en las nubes?
     –Pero mirad cómo estáis de acuerdo conmigo: no soy tutor de nadie, no saco provecho alguno de mis discusiones, discuto porque no comprendo las cosas que decís, por mucho que vengan de vuestros maestros, muy reputados... ¿qué culpa tengo de que mi ignorancia sea contagiosa? No me cuadra su edificio de saber en mi manera de ver las cosas.
     –Pero es muy simple. Si Sócrates tiene razón, el oráculo se equivoca. Sócrates sería entonces más sabio que el oráculo, más sabio que Apolo. Nadie más en Atenas se atrevería a ser más sabio que Apolo. Este viejo sí que es capaz de creer que Apolo es, no menos sabio, sino, al menos, tan ignorante como él. Por otro lado, si Sócrates se equivoca, el oráculo tiene razón y es el más sabio entre nosotros. Y el más sabio entre nosotros, bien puede equivocarse en esto.
     –Pero si él, que no se considera sabio, se equivoca, siendo el más sabio; nosotros tendríamos razón, y seríamos, al menos en esto, más sabios que Sócrates.
     –¡Yo siempre lo he dicho! Sócrates es más sabio que ninguno, petulantes pedagogos...
     Sócrates tuvo que cortar el enervado entusiasmo de su amigo Querefonte.
     –Yo no digo que el oráculo se equivoque. Somo nosotros los que tergiversemos las cosas.
     –Tú tergiversas las cosas con tu forma de hablar.
     –Dijo un sofista.

miércoles, 26 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (c- "Jantipa en casa")

     Los dos vecinos no dejaron que siguiera la conversación. Se despidieron de Sócrates e Hilofonte y se dirigieron a la ciudad.
     –A ver en qué lío me estás metiendo.
     –Lo siento, Sócrates. Así son las cosas.
     –Con todo el asunto, se me ha olvidado mi himno.
     –Ya compondrás otro.
     –Otro; pero no este.
     –Realmente eres sabio.
     Hilofonte empezaba a estar convencido de la sabiduría de Sócrates. El incordiante tonillo del viejo parecía dar a la frase más trivial una dimensión lógica profunda. Se despidió del sofista, contento de aquel encuentro que el Destino había concertado para esclarecer la sentencia del oráculo.
     Sócrates, por su parte, se fue para su casa, contrariado y pensando en las implicaciones de aquel mensaje del oráculo. Al llegar, encontró a su mujer en el patio, desplumando una gallina, con la cara bien compuesta ya en esa expresión característica suya, de princesa obligada a realizar tareas de criada.
     –¿Ya has vuelto de vaguear? Seguro que has estado por ahí tirado con tus versos. Al menos, ¿no habrás estado discutiendo con nadie? Te sienta muy mal y luego no me dejas dormir, toda la noche oyendo tus paseos y tus ruidos.
     –Me he encontrado a Hilofonte, que volvía de Delfos.
     –Ya lo sabía yo. ¿Y ha encontrado maestro para su hijo?
     –El oráculo le ha dicho que yo soy el hombre más sabio de Atenas.
     Jantipa le lanzó con fuerza la gallina ya casi desplumada, que se estampó de frente en toda la cara de Sócrates.
     –¡Cómo no ibas a ser tú el más sabio!
     –¿Quién si no el más sabio podría estar casado contigo, Jantipa?
     Esa fue toda la respuesta que le dio el viejo Sócrates.
     –¿Quiere esto decir que Hilofonte te va a pagar para que le des clases a su hijo o no?
     –Y ahora que lo he dicho en voz alta, algo no me suena bien en todo esto.
      Poco más pudo desarrollarse la conversación, porque estaban llamando a la puerta. La noticia sobre la sanción del oráculo se había extendido por la ciudad mucho más veloz que los pasos del viejo soldado. Daban golpes en la puerta y llamaban con urgencia: “¡Sócrates, Sócrates!”

martes, 25 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (b- "tú el más sabio")

     En estas, se acercó una pareja de vecinos, que volvían de vuelta del campo, espuertas y aparejos en la mano. Saludaron a Sócrates y a Hilofonte y también preguntaron a este por el resultado de su viaje. Hilofonte estaba nervioso e incómodo, aún más por intentar disimularlo. Se había topado con el primer sofista antes siquiera de entrar en la ciudad y quería atinar con la manera de abordar su inquisisción.
      –¿No es cierto que querías consultar quién ha de ser el mejor sofista para educar a tu hijo? –dijo uno de los vecinos.
     –Así es.
Sócrates en seguida quiso tomar protagonismo en la conversación:
     –¡Muy buena cuestión la que has planteado al oráculo! En la educación del niño está el destino del hombre. ¿Y quién te ha recomendado el oráculo?
     Entonces fue cuando Hilofonte buscó la manera más perspicaz de medir la respuesta del propio Sócrates, a sabiendas de que el viejo apenas cobraba nada por sus clases, que simplemente se dejaba perseguir por los jovenzuelos.
     –Pues el oráculo ha dicho que tú eres el más sabio de Atenas.
     Sócrates se mostró molesto porque le adjudicaran a él el puesto que tanto pretendía criticar.
     –Pero eso no puede ser.
     –Venga, Sócrates, tú, con tu falsa humildad, ¿vas a poner en duda hasta las palabras de Apolo?
     –No me atrevería a cuestionar las palabras de Apolo, pero sí desconfío de mis pobres oídos. Es obvio que mis orejas mortales no han entendido bien, y si hay algún mortal entre los presentes es posible que tampoco haya entendido bien el lenguaje de los dioses.
     –¡Ya está, ya se ha puesto fino!
     El mismo vecino quiso zanjar la cuestión.
     –Vamos a ver, Hilofonte: dinos claramente lo que dijo el oráculo.
     Pero Sócrates insistió en puntualizar, en aras del rigor explicativo:
     –¿Dijo exactamente que yo era el más sabio?
     –Dijo que tú eras el más sabio de Atenas.
     –¿Ves Sócrates? No pretendas engañarnos más con tus aires de confusión y despiste. Aquí nadie hay más listo que tú. Eso se sabía. Lo que no se sabe es lo que haces realmente.
     –Por favor. No hay más en mí, que lo que se ve. El resto lo inventáis vosotros.
     –Vamos, vamos. Está claro que no has podido llegar a viejo con tus tallas. Ni tus figuras ni tus canciones las quiere nadie. Dices que no cobras, pero vives de engatusar a los ricos y a los hijos de los ricos. Pero ya se ha destapado todo. El oráculo de Apolo lo ha dicho claramente: Sócrates es el más listo.
     –Creo que no esas no han sido las palabras exactas del oráculo –siguió rebatiendo Sócrates.
     –Bueno: “Sócrates es el más sabio de Atenas”. A ver si a partir de ahora la gente te pide abiertamente la tasa de sofista que recibes, a ver si empiezas a declarar tus gastos.
     –Se acabó eso de pasearte con la capa vieja esa...

lunes, 24 de octubre de 2016

II. La sabiduría de Sócrates (a- "Hilofonte saluda a Sócrates")

Hilofonte se acercaba meditabundo a las afueras de Atenas. No sabía muy bien cómo presentar a su círculo la respuesta del oráculo. De tanto mirar la tablilla, se había rallado la lámina de metal y la anotación se había vuelto ilegible. De tanto pensarla, las palabras exactas del oráculo se difuminaban, y unas veces aparecían en la imaginación de Hilofonte con un enunciado y otras con otro. De lo que sí se había convencido es de que el oráculo, al decir tú eres el más sabio” no se refería expresamente a “él”, pues entonces, al pensarlo, el enunciado cambiaba. No se trataba de que “él (yo) fuera el más sabio”. Tenía, pues, que tratarlo como una permanente interpelación al otro, en busca del auténtico maestro.
     En estas, al primer ciudadano que encontró fue a Sócrates, que se encogía a la sombra de una encina. Hipócrates no se extrañó, conocido el gusto del viejo sofista por retirarse a las afueras, lejos de las obligaciones cotidianas. Cuando llegó hasta él lo encontró ensimismado, garabateando en el barro sus ocurrencias.
     –¡Cómo no, Sócrates: siempre escribiendo!
     –¡Hombre, Hilofonte! Ya sabes, un pequeño himno. Lo tengo casi terminado. ¿Quieres que te lo cante?
     –¡No, por favor! Esperemos a que lo tengas terminado y encuentres mejor intérprete.
     –Ya sabes que nadie quiere cantar mis canciones. Y a mí se me terminan olvidando.
     –No entiendo cómo sigues empeñado.
     –Es un vicio que tengo. Mi geniecillo me lo dice una y otra vez: “escribe, escribe, ¡haz música!”; pero los dioses me negaron una voz agradable.
     –Cierto.
     –Compensaron mi incómoda elocución con una facilidad de palabra.
     –Desde luego.
     –¡Por cierto!, ¿qué tal tu visita al oráculo? ¿Has quedado satisfecho?
     –En absoluto. La respuesta me ha generado más inquietud que conocimiento.
     –Ya sabes que esos sacerdotes interpretan los gruñidos de la niña de la manera más ambigua posible.
     –Esta vez las palabras de la pitia han sido realmente claras.

domingo, 23 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (g- "final de la anábasis")

     El sacerdote le dio a Hilofonte una lámina de metal en la que había grabado el oráculo de la pitia: “¿Y si tú eres el más sabio?”. Apremió al ateniense a salir, para acabar cuanto antes con aquella situación, que no podía ser muy buena para la reputación del santuario. Hilofonte, incrédulo, miraba la tablilla. Una vez más, la caligrafía era endiablada y el trazo muy débil.
     Confuso y aturdido, siguió subiendo por la vía sacra hacia el teatro y los estadios. Desde allí podía contemplarse toda la ascensión del santuario y las laderas de los montes circundantes. La panorámica era, sin lugar a dudas, impresionante. Detrás de él, los visitantes jugaban a ser atletas y corredores. Alguna que otra vieja gloria gustaba de pasearse, alardeando ante los admiradores, de sus pretéritas victorias. Toda aquella diversión masculina y mundana, detrás, parecía irreal; mientras que el valle que se hundía ante él parecía dar al aire un aspecto sólido, divino, verdadero. Toda aquella experiencia estaba literalmente a sus pies, y con la vista podía recorrer de nuevo el camino serpenteante dentro y fuera del santuario. Podía ubicar cada uno de los avatares. Su cabeza estaba como borracha. Hilofonte no concebía momento más oportuno que ese para desentrañar las palabras del oráculo.
     Es más, durante todo el viaje de vuelta a Atenas, Hilofonte intentaba ubicarse mentalmente en los balcones del templo de Dionisos, y en las vistas del estadio, y en el hipnótico descenso, serpenteando via sacra abajo. Creía que en aquella impresión estaba el auténtico entendimiento de las palabras sagradas. 

sábado, 22 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (f- "el oráculo")

     Cuando entró en el templo, las burlas ya le precedían y, tanto sacerdotes como la pitia, como las otras niñas que aspiraban al puesto, lo recibieron con miradas divertidas y maliciosas, esperando la comprobación de algo que les había sido anunciado con tanta diversión.
     –Formula tu pregunta.
     El sacerdote no pudo atinar con el tono solemne y grave que usaba siempre. La pitia y sus amigas lo notaron, y aprovecharon para dejar escapar las primeras carcajadas. Hilofonte, desconcertado por la situación, miraba embobado a las niñas, sin poder creer su expresión ebria y su desenfado. La boca abierta, cariacontecida, coronando la facha de ese pingajo de hombre sin articular palabra , tirando de sí al cabritillo por una mínima cuerda, avivó aún más el fuego de la risa, que en la pitia tomó la forma de una contorsión histriónica, espasmódica, convulsa.
     –Formula tu pregunta.
     Atosigado, Hilofonte no acertaba ni con las palabras ni con el momento adecuado para ser comprendido con exactitud.
     –¿Quién es el hombre más sabio de Atenas?
     Entonces, la pitia se vio poseída por una risa tan fuerte que casi se cae del trípode. Las carcajadas resonaban en los muros del templo y parecía que iban a oírse por todo el santuario. El sacerdote, entre tanto, tomó la cabra y la degolló ritualmente, riendo también sin intuir el auténtico significado de la risa en la muchacha.
     –¿Es esa la respuesta?
     El pobre Hilofonte no sabía qué pensar. Miraba suplicante al sacerdote. Este, con mucho esfuerzo, repitió la petición del consultante a la pitia.
     –¿Cuál es la respuesta?
     Entre carcajada y carcajada, la muchacha, que apenas atinaba a meterse la correspondiente hoja de laurel en la boca, contestó:
     –¿Y si fueras tú el más sabio de Atenas?
     Y la muchacha siguió dando rienda suelta a sus espasmos jocosos.
     –Ya tienes tu respuesta.
     –Pero eso qué quiere decir. ¿Cuál es la interpretación?
     –Bueno, esta vez las palabras de la pitia han sido extraordinariamente claras. Todos la hemos entendido: “¿Y si fueras tú el más sabio de Atenas?”.
     –¿Pero eso qué quiere decir?
     –¡Pues si no lo sabes tú, que eres el más sabio!
     Esto último lo dijo una de las niñas que reían detrás de la pitia.
     –Pero no puede ser. Esto no me sirve. Yo he venido aquí buscando al mejor sofista para que eduque a mi hijo. Yo no puedo ser el maestro de mi hijo: ya soy su padre. ¿Qué pensarían los demás?
     –Por favor, salga con su respuesta y reflexione.

viernes, 21 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (e- "esperando en la cola")

     Dentro del recinto sagrado, los consultantes abarrotaban de igual manera la vía sacra. Aunque el ambiente era mucho más señorial y relajado que en el camino de acceso, el bullicio se apelotonaba frente a los tesoros, estatuas y templetes. Hilofonte comprobó que los grupos de visitantes le lanzaban miradas fugaces de desaprobación y repugnancia. Él mismo los miraba con desdén, pues claramente se trataba de bárbaros; pero no podía sino sentirse en cierta inferioridad. Por eso, escondió su mirada por las inscripciones talladas en los muros. La letra era pequeña y de una caligrafía incomprensible para él. Decidió apartarse antes de que nadie se diera cuenta de su ignorancia.
     Ascendió deprisa por la curva en pendiente y se topó con la cola que daba acceso a la pitia. Apenas había llegado a la altura del Ónfalos, las jóvenes doncellas de Gea, sentadas en la roca tras la esfinge, empezaron a reírse del aspecto de Hilofonte. Su risa desdmedida y adolescente contagió a los consultantes que hacían cola para el templo. Estos, como intentaban comedir decorosamente sus carcajadas, sentían alimentar aún más la risa. Y ese fue el bochornoso ambiente que tuvo que aguantar el consultante ateniense.
     El jolgorio terminó por estallar ante la puerta del templo. Las palabras inscritas en el frontón, que aludían al conocimiento de uno mismo, cobraban un sentido desternillante enfocado al caso del desastrado ateniense, que no parecía darse cuenta de lo estrafalario de su propio aspecto.

jueves, 20 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (d- "entrada al santuario")

     Ya pegaba con fuerza el sol, aún con menos calor del que aportaba la muchedumbre, cuando Hilofonte consiguió plantarse ante las puertas del recinto sagrado.
     –¡Otro ateniense! –exclamó indignado el sacerdote que estaba a cargo de recibir y comprobar a los consultantes. 
     Hilofonte recitó todos sus datos y los detalles de la cita, para que el sacerdote lo comprobara.
     –¡Que todos los meses tenga que aparecer algún ateniense con sus ocurrencias! Los atenienses creéis que esto es vuestro oráculo local. Mira, detrás de ti está el mundo buscando sabiduría sobre sus inquietudes. ¿Qué chorrada preocupa ahora en los barrios de Atenas: el precio del atún?
     –La pregunta está pactada con el Oráculo.
     Hilofonte enseñó la bolsa e hizo resonar los mochuelos de oro que portaba, incluso la abrió para que el sacerdote pudiera ver brillar su contenido.
     –¿Y la cabra?
     No era posible. Hilofonte había olvidado realmente comprar la cabra para el sacrificio. Enfadado y avergonzado, tuvo que renunciar a su puesto y volver a bajar a comprar a las tiendas del camino. Sudoroso, frío, hambriento, con la mirada gacha por el dolor de cabeza, Hilofonte se abrió , torpe y violento, como pudo, paso entre los cuerpos que subían a cientos por el camino, más estrecho que nunca.
     De vuelta, atando corto a la cabra, sospechando que alguno se la robaría al primer descuido, fue mascullando de nuevo la pregunta al oráculo: “¿Quién es el mejor sofista de Atenas?”. Pero, al mismo tiempo, su mente divagaba en la más que probable chanza que le espetaría el sacerdote de la entrada, burlándose de él y de su cabra. En su cabeza aparecían posibles respuestas, unas más irónicas, otras más descaradas, a sabiendas de que no le quedaba otra que apechugar en silencio, con decoro y resignación.
     Pero la indiferencia del sacerdote lo recibió sin recordarlo, metido como estaba en su vigilancia y en sus listas.
     –Por favor, deja aquí esa horrible y asquerosa manta.
     Eso fue lo único que enunció, con una seriedad a prueba de toda desobediencia. Hilofonte, en el fondo, lo comprendía. De lo que no se percató suficientemente es de que, al descubrirse, sus ropas mostraban enormes rodales de sudor, mezclado con miel y con agua de la fuente, que empapaban la fina tela de verano que llevaba, cayendo por los sobacos y las ingles, tanto que parecía meado o enfermo. Esta impresión estaba reforzada por la expresión ojerosa y atolondrada del hambriento ateniense. Hilofonte, lo único que sentía era el inexplicable frío que sentía aún sin la manta.
 

miércoles, 19 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (c- "Castalia")

     Hilofonte estaba ofuscado y exasperado y cansado ya a tan tempranas horas. Decidió ir directamente a la fuente Castalia y limpiarse con alguno de los veneros aledaños. Por supuesto, no era el único que había tenido esa idea, tomado esa decisión y, ni siquiera, el único que estaba en una situación parecida. No podían contarse los que intentaban limpiar sus ropas y sus caras en los arroyos, bastante pobres después del verano, de todo tipo de manchas y pegotones de vino, cremas, vómitos, orín y suerte varia de excrecencias. Tan desagradable era el espectáculo, que Hilofonte renunció a tal refregamiento comunal y se dirigió sin más a la fuente sagrada.
     –¡Purifícate, por la sangre de Apolo, purifícate!
     Así exclamó indignado al verle un sacerdote, de lo cual pudo deducir Hilofonte qué mal aspecto llevaba. Se arrodilló al borde de la cisterna, poco más limpia que los arroyos que acababa de dejar, y enjuagó sus manos y su rostro. El agua estaba fría como si llegara directamente de las moradas del invierno. Hilofonte se puso a estornudar y una moquera empezó a caerle de las narices como por arte de magia. Y ni por esas sentía, ni mucho menos, haberse limpiado un ápice; sino que había añadido otro surtido de pringue a su adobada capa.
     –Beba el agua del manantial para que los dioses enardezcan su memoria y su elocuencia en el entendimiento del oráculo.
     Pero el manantial era un pobre lametón de agua pegado a la roca, y la poza del manantial, sobre la que persistían pequeñas pompitas, avisaba de futuras diarreas, no precisamente verbales. Con todo, Hilofonte hizo el amago de beber, para no desairar a los sacerdotes ni contrariar a los dioses. Lo que sí masculló entre dientes en el gesto fue la pregunta que había pactado con el oráculo. Hilofonte intentó evocar las palabras exactas: “¿Quién es el mejor sofista de Atenas?”. Y las fue repitiendo mentalmente, como una letanía, mientras se alejaba, por si aquellas aguas burbujeantes no descendían de los hielos del Parnaso sino que se escaparan de las ocultas corrientes del Leteo.
 

martes, 18 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (b- "bullicio")

     Hilofonte, que sentía sus piernas temblar de frío y de esfuerzo, su estómago crujir de hambre y sus hombros sudar bajo la capa. Se acercó a uno de los puestos, que vendía hojaldres de miel, y compró tres piezas. Como le empujaran justo en el momento en el que se echaba mano a la bolsa, cuidó bien de palparse para comprobar que no le faltaba nada, y aún derramó varias miradas a su redonda, en busca de sospechosos ladrones.
     El pastelero, que le intuyó las intenciones, le comentó:
     –Si buscas pintas de ladrón, no encontrarás ninguna como la tuya...
     –No esperaba este frío, así que tuve que apañarme con lo que tenía.
     –No, si te comprendo. Prefiero esto que los emperifollos que traen algunos al oráculo. Ya sabes, hay que exhibirse. Ahora, es posible que no te dejen entrar con esa piel de cabra.
     –Ya tengo concertada la cita.
     –Son muy tiquismiquis.
     –¿Acaso no está ahora Dionisos en el monte? Lo juraría, al ver el panorama.
     –No, no; estamos aún en temporada de Apolo.
     –¿Y Apolo permite todo esto? Seguro que te equivocas.
     –No, fíjate.
     Y el pastelero sacó una tablilla de cerámica, en la que tenía todo el año grabado, con sus días señalados y, muy bien precisados, las fechas emblemáticas y los meses que le correspondían a cada dios. El pastelero, con una pasión del todo fuera de lugar, le explicó detalladamente el significado de cada anotación, de cada marca, sin limitarse a justificar su primera respuesta. Hilofonte no quería ser descortés con quien acababa de atenderle tan amablemente; pero empezó a dudar de su honestidad y volvió a palparse sus pertenencias.
     Finalmente, cuando por fin pudo escaparse de aquella disertación sobre las efemérides delfinas, comprobó que el camino al recinto sagrado se había apretado como media Asia y África entera. Entre maldiciones, para dar tres pasos seguidos tenía que deslizarse hombro con hombro con la gente que lo rodeaba y fluía en una antinatural ascensión, sorteando tenderos y clientes. Al mismo tiempo, Hilofonte, no sabía cómo, hacía lo posible por comerse los pasteles de miel sin tropezar con nadie. Así, si se concentraba en el bocado se veía obligado a dejar de andar; si buscaba cómo abrirse paso, no podía comer. Con los pasteles en una mano y con el dulce a medio comer en la otra, se contorsionaba para salir a algún espacio más abierto. No pudo ser: en un envite que no vio venir, aplastó los pasteles contra uno de los viandantes. El otro no se dio ni cuenta de que se llevaba media plasta de miel en sus ropas; pero la mayor parte del estropicio estaba en la capa de cabra del propio Hilofonte, con gruesos churretones viscosos de hojaldre que ya se estaban emborrizando de polvo, en el sucesivo chocar de unos y de otros.

lunes, 17 de octubre de 2016

I. La solemnidad del oráculo (a- "anábasis")

Como el frío arreciaba en el desfiladero, terminando como iba el verano, Hilofonte decidió arroparse con una manta de piel de cabra. Aquella noche había dormido mal. Delfos era un hervidero de peregrinos que curaban su impaciencia o su frustración, por la expectativa del oráculo o por su confusa respuesta, pasando la noche entre vinos, cervezas y aguardientes. Cada uno presumía del licor de su país, cuya tierra eras siempre la más amable y sus problemas los más irresolubles. En el mismo albergue en el que Hilofonte había tenido que pasar aquellas tres noches, se apiñaban una veintena de huéspedes. Los más roncaban de cansancio; los menos, temerosos de los dioses, hablaban solos, tenían movimientos nerviosos y se enfadaban unos a otros. Por todo ello, y por el deseo de llegar a buena hora, salió tan temprano Hilofonte, cuando aún no había amanecido y los helados avisos de las auroras otoñales se adelantaban al camino.
     Justo antes de salir de la ciudad –si ciudad era aquella amalgama de albergues y tabernas– un guardaespaldas de alguna rica comitiva llamó violentamente la atención de Hilofonte, cuyo aspecto, huraño, ojeroso, encogido, tapado por completo por su capa de cabra y su gorro de piel, hubiera atemorizado a cualquier Teseo. Sin embargo, Hilofonte, más consciente de su propia intención que de su aspecto, recibió mal la inquietud del soldado. Éste se empeñó en cachearle. Ni siquiera era más alto que él, aunque sí más fuerte, y lo interrogaba en un griego imposible para él a esas horas. Así que, cuando consiguió zafarse del escolta, Hilofonte enfiló el camino de subida al recinto sagrado a toda prisa.
     Caminaba con larga zancada, por el enfado que le había generado el soldado. Se molestó, además, porque había mucha más gente de lo que esperaba haciendo el camino a esas horas; lo cual rápidamente atribuyó al retraso que le había provocado el mismo guardia, por leve que fuera. Esa zancada larga, que al principio le permitía adelantar a cualquiera con quien se iba topando, le hizo agotarse pronto. El frío y la mala noche, la deficiente cena y el nulo desayuno, la empinada cuesta del camino, se le cargaron en las piernas. Tuvo que presenciar con desolación cómo volvían a pasarle, uno tras otro, aquellos a quienes había adelantado, mientras él se paraba una y otra vez, a coger el aliento.
     Mucho antes de lo que esperaba, vino a oír el bullicio de la entrada, los puestos de los comerciantes con su vocerío, anunciando sus tallas, sus cabras, sus bocadillos. Tres días antes, para la primera entrevista con los sacerdotes, ya le había sorprendido la gran cantidad de negocio; pero el día del oráculo parecía que aquel era literalmente el ombligo del mundo, a través del cual se nutría la humanidad entera. Los mismos borrachos que a la noche pululaban por Delfos estaban allí ya, multiplicados por cientos, a los bordes del camino, repartidos por las laderas del monte, bebiendo, riendo, llorando. Algunos esperaban con sus propias tiendas, pequeñitas, austeras, con sus guisos. Muchos llevaban horas jugando a dados y tabas, ganando y perdiendo fortunas. Las prostitutas eran aún más numerosas y atrevidas; apenas se habían recompuesto del cliente anterior, ya asaltaban al viajero, borrachas también. Entre toda la turba, a veces, se abría paso alguna señorial comitiva con portadores y escoltas a caballo. Entonces, la gente tenía que apretarse para permitir su paso apabullante y sus gestos de despectiva indiferencia. Todo bajo un denso bosque de voces bárbaras que rebotaban en el monte.

domingo, 16 de octubre de 2016

Parpadeos y recuerdos

Érase un momento de destrucción, pero quién sabe.
Hefesto en el Etna ordena a los cíclopes agotados.
Desde Faro aún molestan las cenizas de la Biblioteca.
Gregorio apuntilla las calendas del suelo de Roma.
Las hordas extienden un paréntesis en la estepa sin nombre.
Percy, Mary, Byron, el frío, el hombre y Napoleón.
El Atlas tira del nudo entre emigrantes y turistas
con las columnas
de Hércules. Pronto
Andrómeda dará por concluido su tango con esta
mancha de leche.

sábado, 15 de octubre de 2016

Endurecido

Lo humano es un mito
del que otros hacen
religión.
A mí me acusan
(ese me acusa, ese yo
me acusa) de despreciar
lo humano en pro
de la persona. Pero
la persona es un mito.

Salmodia vas ha hacer de sus ideas,
pregunto entre el acero y los cimientos,
¿salmodia vas a hacer de sus ideas?
como un perro sin hora en el balcón
que ladra sin parar en estos tiempos.

La persona es un mito
del que pocos hacen
religión. A mí me
acusan (ese me
acusa, ese yo me
acusa) de despreciar
la persona en pro
de lo humano. Pero
lo humano es un mito.

viernes, 14 de octubre de 2016

Nuestra vieja realidad

real1
[Del latín tardío reālis, y este deriva del laín res, rei 'cosa']
1. adj. Que tiene existencia objetiva.

real2
[Del latín regālis]
1. adj. Perteneciente o relativo al rey o a la realeza.
8. m. Moneda con diverso valor y factura según épocas y lugares.

real3
[Del árabe hispánico ra ál 'majada', 'aldea', y este del árabe clásico ra l 'punto de acampada', influido por real2]
1. m. Campamento de un ejército, y especialmente el lugar donde está la tienda del rey o general.
2. m. Campo donde se celebra una feria.

   Pero no nos perdemos
en la polisemia,
porque no lo nombramos,
   ni nos nombramos 
en la pérdida,
porque no lo polisentimos,    ni nos polisentimos
en los nombres,
porque no lo perdemos;
   pero tampoco nos perdemos
en los nombres,
porque no lo polisentimos,
   ni nos nombramos 
en la polisemia,
porque no lo perdemos,
   ni nos polisentimos
en la pérdida,
porque no lo nombramos.

jueves, 13 de octubre de 2016

Nuestra vieja libertad

Si es auténticamente libre,
de la libertad no podríamos saber hablar.

Me dices: "entonces la libertad está
en la ignorancia". Pero eso no parece
muy libre. Que tenga que 
estar ahí. Y ahí ya estamos
hablando de ella.

"Entonces" -me dices- "qué podemos
hablar que sí sea libre, si de ella no".
Bueno, es posible
que haya cosas libres pero que hablar
de la libertad sea una ficción, no
real.

Por ejemplo: (conclusión o hipótesis)
la ficción es libre.

¿La ficción es libre?

miércoles, 12 de octubre de 2016

Repertorio alegórico poco exhaustivo

Quien remueve las letras
en busca de la eternidad,
es como el actor que con cosmética
ha de borrar su rostro por otro,
más joven, más viejo, más glorioso,
al acomodo del público.

Hay quien vive las palabras
como amantes que pronto se marcharán
y de los que apenas sabremos
conservar sus recuerdos.

Acabo de barrer el suelo
de mi casa (real o metafórica).
Sabéis que vivo solo.
Lo que he recogido entre estas paredes
son los anticipos al cobro de mi muerte.

martes, 11 de octubre de 2016

Siempre seré un ingenuo

Después de un enconado debate,
en el que se esgrimieron como
cláusulas de banco, afiladas, ponzoñosas,
acaso nuestras biografías, acaso la dilatada
bibliografía científica, filosófica, divertida,
preguntaron (callejón sin salida es una pregunta):
"¿Cómo vives?"
Yo respondí (ese yo que no sé si conozco):
"Vivo siendo joven. Si no fuera tan joven
no viviría tanto".

En ese momento, alguien, acaso yo (no sé si
el mismo u otro, que también desconozca)
lo creyó firmemente.
Siempre seré un ingenuo.

lunes, 10 de octubre de 2016

Si alguien

Me confunden con alquien que se oculta.
Perdonen, yo me exhibo así, con pleno
desconocimiento. Esa ignorancia que ven
eso soy.
Y toda la ignorancia que no ven, es más,
toda la ignorancia que no pueden ni imaginar,
de trás de este presunto tono de trans par
encia
no sé si soy yo; pero podría serlo si alguien
me lo demuestra.

domingo, 9 de octubre de 2016

Debido a la ficción

Pensar que la mente
controla el lenguaje
y no que la mente es producto del lenguaje,
es posiblemente una equivocación, un espejismo,
algo como un efecto óptico debido a la ficción.

¿Puede una boca articular sonidos sin entendimiento?
¿Puede el aire del desierto imitar la humedad?
¿O el problema es que la mente llama
al aire agua y al lenguaje mente,
aunque no use palabras,
aunque no use entendimiento
y tampoco sea el evento 
previo a la ficción?

viernes, 7 de octubre de 2016

Rigurosa actualidad

La ausencia de pozos es inminente.
No hace falta decir más. 
Entonces el agua será pura
majadería y los fanáticos beberán
por simple diversión,
por líquido elemento.
Entre tanto los viejos rectifican
el nombre de las calles 
e insisten en olvidar que cada vez
llegan a viejos antes.

jueves, 6 de octubre de 2016

Cortado con una hoz

Algunos se resisten a aceptarlo, pero
se equivocan quienes tienen al hombre
por un ser natural.
Se equivoca quien tiene a la humanidad
por un hecho artificial.
  1. Cómo va a ser natural un cuerpo que tanto
    se engaña.
  2. Y en cuanto a su humanidad, es tan artificial
    como la respuesta de los grillos a la temperatura
    de la noche o del día o del sótano o del balcón.
Ambas metáforas son a su vez dos gotas de sangre.
Una caída sobre el mar.
Otra caída sobre la tierra,
proclive a los monstruos. 

[Cuál es cuál se desconoce
incluso después de horas -cientos, miles, millones-
horas de estudio]

miércoles, 5 de octubre de 2016

Solo estoy ciego

Caligrafían las penas y dejan la alegría
a la intemperie, al viento, a la buena 
de Dios. Tanta queja
cimenta los pilares de nuestra 
civilización, artesona sus tejados,
filigrana sus fachadas y sus dedos,
acueducta sus ciudades y alimenta
las demandas de energía (energía empleada
-a costes mínimos, máximos beneficios- 
para lanzar la alegría a la intemperie, al viento
solar, a la buena de un dios). Ven: ya me quejo yo,
y me quejo de mis propias quejas. ¿Ven?
O sólo yo estoy ciego.

martes, 4 de octubre de 2016

Escrito en dos tiempos

No creo en la humanidad y, sin embargo,
me siento humano.
No creo en el yo y, sin embargo,
me siento humano.
No creo en los significados y sin embargo digo:
«no creo en los significados».
Es tan fácil negar, y negar
doblemente, doblemente fácil.
Sé que te admiro. Con qué paciencia
lees estos fragmentos robados
a la destrucción. Con qué paciencia
y con qué lealtad. Yo, sin embargo,
escribo, no humildemente, ansioso
y leal.

lunes, 3 de octubre de 2016

Inerciálidos

El bien es un monstruo para
convencer a los niños de que hagan
lo que nosotros queremos, queramos,
quisimos.
Un truco para trazar fácilmente la línea
que separa      la ciudad,     para creer
que al menos una vez nos sentamos
en el trono de la bondad, sobre el cual
domingábamos el mundo; el bien.

El bien es
o canta o tiembla o tapa o rastrea.

domingo, 2 de octubre de 2016

Arcais

Este sol que aún rastrilla los cielos
rozando de labios el río en esta curva antigua,
trepando las altas cristaleras de las urbes lejanas,
hasta llegar a este mismo salón o este recuerdo,
la fogosa infusión sobre la piel de tus brazos,
y aquel entonces cuando estabas de este lado
y el espacio era dulce y el tiempo amargo.

sábado, 1 de octubre de 2016

Sugaritos

Échale azúcar, mujer, al café, a las venas,
a la industria alimentaria. Échale azúcar,
mujer, a los postres, a la educación, a los castigos.
Échale azúcar, mujer, para que vayan los niños
sonrientes a las fiestas, a recoger algodón,
a diseñar otras guerras. Échale azúcar,
mujer, ¿no querías que te hablara más
cerca, que te hablara más tiempo,
nítido como el papel que aún no ha sido
escrito?
Como el ojo y el diente que no habrán de estudiar
estas palabras humanas.

viernes, 30 de septiembre de 2016

El olvido es la tierra prometida

En estos días se han venido cumpliendo
las más precisas promesas. Por ejemplo:
se ha cumplido la preciosa promesa del
olvido. Aunque, por olvidar, nunca sabrás 
ya que has olvidado. Esto que lees es el
aviso de que no lees, que lo has olvidado,
que el olvido es el precio final de tu lectura.
Por ejemplo. Que estos días ya no son
estos días, que son la promesa cumplida
de estos días que te leen a ti escribiendo la
premisa del olvido.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Crisis dialéctica

Sé que habláis sobre mí entre vosostras.
En secreto, a mis espaldas, cuchicheáis.
Sobre mí y sobre otras cosas, que no me 
contáis, pero en lo que a mí me toca, sospecho,
entre mis múltiples sospechas, vuestra constante
conversación, vosotras, ideas. ¿O no es así?
Acaso me diréis que no os conecéis las unas
a las otras, que vivís
ajenas, independientes,
sordas, mudas. Y si eso
fuera cierto, ¿lo sabe
el ser humano? ¿Desde 
cuándo no es consciente
de esa realidad?

martes, 27 de septiembre de 2016

Trabalenguas

El lenguaje de los niños es, cuanto menos, desconcertante.
El lenguaje de los ancianos es, cuanto menos, inquietante.
El discurso de la mujer, delirante.
El discurso del hombre, decepcionante.

Pero todos sienten,
en la imaginaria profundidad se su ser,
dominar el mundo entero con su lenguaje.

Mienten tanto, saben tan poco, que,
como tampoco saben
mentir, acaban siendo
sinceros sin darse
cuenta.
De nada.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Sus-picac-es

Pero verás: yo soy un poco
alambicado, necesito
cierto vértigo que robe
como un soplo hacia el final
del precipicio el ánimo,
el entendimiento.
¿Quién me dijo esto?
Intento averiguarlo.
¿Quién me sugirió
que lo volcara al escrito?
Tengo
mis sospechas. Es, de hecho
de las pocas pertenencias que puedo llamar

mías, en la medida
en que tú, con tu ahora,
quieras robarlas.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Eideme

En el crujiente rebozado de un silbido perpetuo
vas a entregar ahora la elegancia perdida.
Ese horario que dice qué es el trabajo.
Esa ruta desplazada a este lado del sol.
Tú quieres conducir tu cuerpo por el entendimiento;
Yo me resisto a entregar 
mis dedos o tus secretos.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Gracias por su vista

Dicen
que el eco es otro espejo.
No sé dónde
porque
esta idea
(espeto espero espejo estero encejo)
siempre ha viajado oculta
en el eslogan.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Audinario

Salpicado de adenores perpendiculares, 
voy solicitando merienda entre las venas.
No sé cuál es la hora en la franja en que pusiste
un viento residual,
un códice drenario,
un sable que a la par fabrica su escenario.
La calle está desierta de recuerdos.
Busco en internet los cuidados de la rosa.

jueves, 22 de septiembre de 2016

¿Cuál es el contenido de los sueños?

I. Me siento / abocado a la destrucción / y cada momento es un milagro de supervivencia. / Pero me engañan las sensaciones; / son producto / del viento y de la química, / el café, el hambre, el contenido de los sueños.

II. Fantaseo / con que aprendimos a leer / y, mientras hablamos, dando un largo paseo / por los lugares que nos gustan / -tú por los tuyos, yo por los míos- / sabemos comprender / a un tiempo / tu mundo y el mío, / y algunos de los posibles e incluso / los que no pueden ser.

III. Tal vez ya fue así y no pudimos / saberlo, porque entonces éramos otros / recuerdos distintos / a los nuestros.

IV. ¿Dónde dejamos / entonces el problema / de la identidad, la virtud, / el sabor y la respuesta, / el ser en el hábito?

V. Pero estas son / inquietudes inventadas para / futuras etopeyas, cuando / esta civilización haya / desaparecido y nuestro amor sea / del todo incomprensible.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Euridismo

¡Ah, sí!, usted anda buscando
mis habilidades sociales.
Creo que recibí en otros tiempos
varios ejemplares. Entre y ayúde
me.
Creo que pueden estar
entre ese montón de rigor
constructivo, de pulcritud
ideológica. Perdone
el polvo -son mis célu
las muertas- pero son tantas las horas
en desuso desde que viven
conmigo o cerca de mí
el cariño, la tristeza.

martes, 20 de septiembre de 2016

Países fantasma

   Hace unas semanas quitaron las entradas de Wikipedia sobre los países fantasma. No puedo decir el momento exacto porque tampoco es que hiciera ningún seguimiento exhaustivo ni nada de eso. Pero sí que llevaba largo tiempo siguiéndole la pista a ese tema, algo interesado, curioseando, sin llegar a ningún estudio profundo ni a mero aficionado. El caso es que el trabajo de limpieza sí ha sido minucioso: ya no hay páginas, ni portales en wikis ni Google ni buscador alguno. El término “países fantasma” lleva a los ya clásicos microestados o los países étnicos que no responden a las fronteras postcoloniales.
   Lo que anoto aquí como “países fantasma” es otra cosa: un fenómeno cuyo apogeo se desarrolló en los años de mi juventud, pero que hasta hace poco aún se debatía. Cierto es que nunca –lo cual, ahora que lo pienso, resulta cuanto menos extraño– había tenido repercusión en medios de comunicación generalizada. Esto último tendría que comprobarlo más concienzudamente; no puedo descartar todas las revistillas raras que aún se venden y a las que no hago caso alguno. Desde luego, nada en telediarios, ni periódicos ni magazines. Recuerdo haber hablado de ello con mis compañeros de facultad, como esas curiosidades del mundo virtual, los metaversos, cuando aún estaban en pleno funcionamiento.
   La peculiaridad que definía estos países fantasma, que los distingue de cualquier otra noción de nación virtual, es que su población permanecía estable en cero habitantes –esta concordancia de plural en castellano refleja bastante bien esta noción de virtualidad a la que me refiero–. Estos países sólo tenían presencia en internet, y su fundamento territorial era de lo más variopinto, reivindicando desde espacios fractales mal medidos entre las fronteras y las costas de los países, hasta dimensiones matemáticas, lógicas, gramaticales y narrativas varias. Tenían organismos y entidades públicas, privadas, económicas, militares, etc. Se podían encontrar universidades estatales, conciertos, programación diaria de televisión y radio. Y no eran estados aislados, sino que podían encontrarse algunas decenas. Interactuaban entre ellos, incluso con los organismos y empresas “auténticas” (esto último nunca corroborado por los estados “auténticos”; aunque ya digo que tampoco hay mucha información ni entrevistas ni artículos sobre declaración alguna). Los estados funcionaban activa y permanentemente. Había en ellos un trajín cotidiano idéntico al de cualquier país de nuestro entorno. Eso sí, la actividad no podía concretarse en ningún ciudadano. Nadie sacaba provecho, usufructo ni beneficio alguno de su existencia. Nadie lo reivindicaba. Cada estado simplemente existía.
   No era infrecuente toparse con carteles y folletos que anunciaban propaganda turística y paquetes vacacionales a estos países. El chasco se lo llevaba el que, interesado por el viaje, preguntaba en las agencias y entonces se enteraba de que esos países no contaban con ningún espacio “físico”, más allá de su propia descripción. ¿Qué sucedía si alguien, a pesar de todo, decidía pagar el viaje? Aquí la cosa no está clara, pues, en su momento, no me dio por entrevistar a ningún agente de viajes –no me parecía un asunto tan importante– y todo lo que sé viene de aquellas conversaciones y esas páginas de internet que ahora han desaparecido. El dinero que la agencia pagara, supuestamente, a las empresas de un país fantasma se convertiría en dinero fantasma. No se trataba de dinero negro: cualquiera, parece ser, podía hacer un estudio económico de estos estados y sus entidades. Eran un ejemplo de perfecta transparencia en la gestión. Y lo más curioso, es que el balance de ingresos y gastos era siempre e invariablemente cero. Todo ingreso era invertido en algo. Esos estados, en desarrollo permanente, no crecían ni menguaban. A pesar de existir como entidades públicas y económicas, no existían ni como población ni como hacienda.
   ¿Por qué hoy no hay rastro de estos países? ¿Por qué tampoco hay rastro de esas páginas que hablaban de ellos y los describían mucho mejor de lo que ahora puedo hacer yo? No lo sé. El asunto pasó de moda, como tantos otros temas de discusión que ahora tampoco puedo recordar. Pronto pasará, con los demás, a la competencia pasiva de mi historia: aquello que reconocería si se me comentara, pero que por mí mismo soy incapaz de evocar. Tampoco puedo saber a ciencia cierta si todo aquello empezó en la época en que empezamos a hablarlo o bien venía de mucho antes sin que nosotros lo conociéramos.
   Sospecho que ha habido algún interés por borrarlos del mapa –metafóricamente hablando–. Si no, no se explica el prolijo barrido que se ha llevado a cabo con sus referencias. En algún sector importante habría empezado a molestar; el mismo sector que tuvo buen cuidado en que no trascendiera a la opinión pública masiva. Tal vez se trataba de algún juego, o algún experimento o algún pasatiempo que generaba páginas y páginas de información, comentarios, folletos, programaciones... Eso sí, siempre sin que transcendiera nada individual, nada personal.
   El caso es que, hoy por hoy, no tengo modo de encontrar, mediante métodos de búsqueda convencionales, ninguno de estos elementos. Como todo testimonio sea como el mío, a posteriori, como de oídas, leídas, en terceras voces, temo que el asunto será imposible de volver a estudiar fielmente. Estos países, pues, acabarán afincados en los húmedos terrenos de la ficción.

lunes, 19 de septiembre de 2016

La memoria del zahorí

   Esa mañana, varias ráfagas de golpeteo llamaba a la puerta de Manuel. Perezoso por el repentino despertar, pero urgido por la insistencia de las llamadas, tuvo que vestirse a trompicones y asearse como pudo. Bajó aún algo dormido, casi cayendo, las escaleras. Al dirigirse a la puerta de la calle sintió como una pequeña punzada el no dirigirse, como era habitual, a la cocina. Hoy no desayunaría; al menos aún.
   –¡Manuel!
   El zahorí abrió la puerta con premura y desdén. Lo esperaba un grupito de unos cinco vecinos serenos e impacientes, apretados en el zaguán. Manuel los reconoció al instante, pero como aún no estaba despierto del todo, demoró una mirada por cada uno mientras hablaba.
   –¿Qué es esto, por Dios? ¿Ha pasado algo?
   Pero en los rostros de sus vecinos no había un ápice de miedo o angustia; sí una curiosidad urgente, ansiosa.
   –Buenos días, Manuel. Queremos que observes el agua del pozo que nos encontraste.
   –¡Qué pronto habéis terminado el pozo!
   –¿Nos permites?
   Manuel les abrió el camino hasta el salón, donde otras veces se habían reunido estos u otros vecinos. Había en esa ocasión cierto aire conspiratorio. El silencio era tenso y expectante. Todos se aprestaron a sentarse en torno a la mesa de café, acomodando sus nalgas en los sillones, en el sofá, las sillas, inclinando su cuerpo todos hacia el centro. Sobre la mesita de café, el dueño del pozo sacó una pequeña tinaja que traía guardada en un enorme bolsón de piel. 
   –Trae algunos vasos.
   A Manuel le desconcertaba toda aquella solemnidad natural, le importunaba a esas horas de la mañana, pero la contundente resolución de sus amigos le empezaba a excitar la curiosidad. Fue a por los vasos y volvió, decidido a no demorar más el asunto y acabar, fuera lo que fuese.
   –Mira.
   –La tinaja está vacía.
   –¿Sí, verdad? Cógela.
   Manuel alzó la tinaja vacía. En efecto, no pesaba más que lo que el barro hacía suponer. Sin embargo, notó como si la tinaja oscilara en sus manos, como si estuviera llena de agua. Incluso empezó a ver en el interior los típicos hilos de luz producidos por la refracción caótica del líquido.
   –¿Qué es esto, un truco de magia? ¡A estas horas! ¿De qué feria venís? –exclamó Manuel devolviendo con enfado la tinaja a la mesa.
   –¡Que no, hombre! Míralo bien.
   El dueño del pozo, al que todos parecían haberle dado la portavocía tácitamente, cogió un vaso y lo introdujo en la tinaja vacía, como si lo llenara. A continuación vertió la presunta agua en otro vaso. En esta ocasión, todos pudieron comprobar, con alegre satisfacción, excepto la extrañeza absoluta de Manuel, que el agua caía hacia el vaso con todo su juego de brillos y con toda su jovial sonoridad. Pero bien mirado, no caía nada. Manuel cogió el vaso, casi se lo arrebató de las manos aunque su vecino bien se lo ofrecía. Estaba vacío; sin duda. No pesaba.  Manuel lo agitó y notó cómo el agua se derramaba y salpicaba. Las presuntas gotas cayeron sobre su piel, notó su humedad y su frescor; pero no notó cómo ese frescor perduraba y se desvanecía poco a poco, como era propio del agua. Al pasarse la mano sobre el brazo, la piel estaba seca.
   Ya con cierto temor, Manuel decidió probar un trago. Notó perfectamente el líquido deslizarse por sus labios, pero nada en la boca. Engulló con cierta aparatosidad y volvió a notar el agua bajar por la garganta. Pero nada más. Inmediatamente era como si no hubiera bebido nada. El vaso seguía tan vacío como antes parecía igualmente vacío. Manuel, en seguida consideró si realmente había algo en su estómago o no. Aún no había desayunado: ¿cómo distinguir un estómago auténticamente vacío de un estómago lleno de un pseudo-vacío? Manuel no era tan culto como para tener la noción de “pseudo”-nada, así que probablemente, sus cosideraciones sobe el pseudo-vacío eran también pseudopensamientos, alimentados tal vez por la pseudoagua que ahora recorría sus tejidos y sus venas. Si eso era así, tal vez se trataba ya de pseudotejidos, de pseudoneuronas que estaban produciendo así un pseudo-pseudopensamiento.
   –¿Qué hacemos ahora? ¿Qué hacemos con esto?
   –De momento creo que este asunto no debería ir más allá de nosotros seis. Lo siguiente, sería llevar alguna muestra a un laboratorio.
   –¿Habías visto alguna vez algo así?
   –No, desde luego.
   Pero entonces supuso que tal vez su memoria no era auténtica. Tal vez llevaban siglos bebiendo de esa agua, sin saberlo. El pozo, sin duda estaba ahí, donde él lo encontró. Fluía, si es que hacía algo, por debajo de la comarca, en conexión con otros pozos. Tal vez se había mezclado con otras aguas, aguas auténticas, y entonces hubiera sido imposible detectarlo. Regaban los viñedos con no-agua. Bebían en la fiestas ese menos-vino. Y así sus pensamientos eran ausentes, sus conversaciones vacuas, sus recuerdos fantasmas. Así pues, ¿y si había visto algo así alguna vez pero la naturaleza misma de la no-agua le impedía recordarlo? En ese impedimento, ¿tendría la no-agua una inteligencia propia? Una inteligencia que consistía precisamente en la no-inteligencia, el no-recuerdo.
   Especulaciones. Especulaciones fundadas en algo que se comportaba como el agua, pero que era absolutamente transparente, con tacto pero sin peso, sin humedad, sin temperatura.
   –¡Tengo una idea! ¿Quién tiene un acuario con peces?
   Los hombres comprendieron al momento. Todos levantaron sus cincuenta años de músculo con el entusiasmo de niños de un metro que acaban de capturar una lagartija.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Inmensas bibliotecas

   Es frecuente, en las bibliotecas, ir a las estanterías, en busca del ejemplar buscado, en el anaquel preciso que consta en el archivo, justo entre la signatura tal y la cual, y encontrar allí un decepcionante hueco. Pequeños hurtos son inevitables; a veces se trata de simples olvidos o dejadez de los usuarios. Suele suceder precisamente con los libros más demandados, de uso común, de los que generalmente se dispone de varios ejemplares. Por eso, estas pérdidas suelen asumirse con resignación. Se llama al prestatario al número de teléfono de su ficha o se escribe un correo. A veces se recupera, otras veces no.
   Es cuando el bibliotecario decide comprar más ejemplares para suplir sus bajas cuando, en las circunstancias adecuadas, entra en conocimiento de toda una dinámica encubierta para el resto de la sociedad, en la que quedará absorto por hipnosis, por fascinación, por aquella emoción entregada a una vida de aburrimiento. Las circunstancias adecuadas son las siguientes:
   A veces sucede que el librero de turno le dice al bibliotecario que el libro que solicita no existe, nunca ha sido catalogado ni se tiene constancia de él. El bibliotecario vive aquello como una imposibilidad. Cuando vuelve a su biblioteca revisa los archivos. En efecto, allí sí consta el libro: título perfecto, editorial perfecta, solicitud perfecta. Llama al usuario que rellenó la ficha para comentar el asunto y confirma que, el pobre, lo había encontrado en el propio motor de búsqueda de los ordenadores de la biblioteca, al recopilar bibliografía para su estudio. El bibliotecario llama por su cuenta a la editorial, que, por supuesto, no tiene ni ha tenido nunca un libro de tales características, ni siquiera parecidas. El bibliotecario puede darse por vencido en cualquier parte del proceso; pero cuando vuelve a suceder algo así –a veces nunca más, a veces con insólita frecuencia– el bibliotecario vuelve a llamar a unos y a otros, habla con varias editoriales, habla con varios bibliotecarios y es por fin así, a través de sus colegas de profesión y confusión, como asume la existencia de libros fantasma.
   El bibliotecario acude por primera vez a una congregación de colegas en su misma situación. Son reuniones secretas que van cambiando su sede de cita en cita. Allí el advenedizo se sorprende del descomunal número de bibliotecarios que llenan castillos enteros con las más austeras comodidades. Los más veteranos contemplan con preocupación cómo el número de asistentes crece y crece reunión tras reunión; se cuestiona si la política decidida en su momento sigue siendo sostenible. Resulta evidente que la mayor afluencia de bibliotecarios a las reuniones periódicas y secretas es síntoma de que el número de volúmenes fantasma aumenta en alguna progresión matemática vertiginosa. Con ellos aumenta, además, el número de autores fantasma, editoriales fantasma, impresores fantasma, etc; de todos ellos, sólo los bibliotecarios del cónclave tienen noticia. Toda una industria literaria que prolifera en las sombras de los catálogos, de los archivadores digitales, y de la cual sólo puede accederse a mínima información: títulos, autores, fechas (algunos ejemplares fantasma parecen datar de antes de la civilización escrita). En su momento, se decidió seguir un registro de estudio y vigilancia; pero es obvio ya que esto se ha ido de manos.
   En nada afecta aún a la dinámica general esa dimensión de bibliotecas fantasma –los más altos cargos de la organización son gestores de auténticas bibliotecas virtuales, donde se van trasladando y acumulando los nuevos hallazgos, sacándolos así de la investigación gentil–; sólo estos bibliotecarios saben de los dos mundos, se sitúan entre ellos, atendiendo a la difícil distinción entre volúmenes reales y volúmenes fantasma. La tarea se complica porque la propia gestión de la organización genera tensiones de poder. ¿Qué poder? Desde luego, ninguno derivado de los libros mismos, reales o fantasma. En primer lugar, la intendencia económica para mantener el secretismo y la viabilidad de las reuniones deriva en ciertos desvíos, ciertas malversaciones, que algunos aprovechan en su propio beneficio. Estos tejemanejes, como generan en el conjunto de la asociación cierta alegre prosperidad hedonista (en la calidad del catering, en la elegancia de las camas), no son perseguidos como debieran. Además, el deber aquí se orienta hacia otros discursos. Precisamente a estos: en segundo lugar, el estudio de los volúmenes fantasma ha generado cierto saber erudito. Hay quien pretende haber llegado a un nivel superior en la indagación. Esto no está claro y un segundo secretismo impregna los cónclaves, que se dividen en grupos y cuasi-escuelas teóricas. En esos grupos hay también sus jerarquías, sus influencias, etc. Por último, y no menos importante, están las afinidades personales, anímicas y sexuales que se van tejiendo y enredando entre las relaciones de bibliotecarios, de bibliotecarios y bibliotecarias, y entre las bibliotecarias. Estas tres dimensiones de poder generan nepotismos, familias, países, imperios, vasallos, cuyas disputas se resuelven en las conversaciones, los debates, las comidas, los despachos.
   Es por esto que el desarrollo de los libros fantasma, con sus autores fantasma y su máquina editorial fantasma, no es vigilado tan bien como la organización misma se propone. Ahora es difícil saber si su auténtica intención (intención colectiva emergente de todo el batiburrillo de tensiones) es investigar, es saber, es proteger, es poseer o es follar directamente.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Controladores aéreos

–Esta vez hemos estado a punto. Le he dado una semana de baja para que se recupere del estrés. Posiblemente haya que ampliarla.
–¿No bastaba con la asistencia psicológica?
–Ha estado a décimas de segundo de una auténtica masacre.
–O no; no podemos saberlo. Tal vez sólo haya salvado la colisión de dos aviones fantasma.
–Hasta mañana por la mañana no podremos saber con certeza qué vuelos aterrizaron realmente y cuáles eran vuelos fantasma.
–Cada vez tarda más. Eso empeora la situación. Debemos encontrar una manera de agilizar el análisis de datos. Es una prioridad.
–Necesitamos más personal. No damos a basto con esta proliferación de aviones fantasma.
–No podemos permitírnoslo. Ya nos está sangrando la inversión en los programadores que intentan resolver el algoritmo dichoso que permite a los fantasmas simular las conversaciones de radio.
–No creo que haya más opción.
–Si invertimos más, la empresa colapsará. El aeropuerto cerrará; pero eso tal vez desencadene el caos precisamente por la persistente operatividad de los aviones fantasma.
–Debiéramos hacer una llamada de alarma al Estado y buscar ayuda de funcionarios o voluntarios.
–Nada de eso. Debemos dar la sensación de que seguimos controlando la situación. Si se desborda el pánico estamos perdidos.
–Después de lo de hoy, creo que es cuestión de horas, ya no de días, que perdamos el control.
–Además, ¿de dónde íbamos a sacar gente cualificada de buenas a primeras?
–Podemos recurrir a becas para los alumnos de último de grado. Podemos incluso acudir al apoyo de recién jubilados bajo la forma de simulacros de experiencia.
–¿Con qué dinero?
–Nada, de momento. Podemos crear becas fantasmas y cursos fantasma para controlar a los aviones fantasma.
–No te pongas irónico.
–Hablo en serio. Estas semanas han aniquilado mi humor.
–Entonces, ¿qué tal salarios fantasma? Al menos este mes. Nadie notará nada, de momento.
–Se me ocurre una idea que puede ir en esa dirección.
–Habla.
–No sólo hay aviones fantasma, sino que han aparecido compañías fantasma y aeropuertos fantasma.
–Cierto.
–Podemos usar una presunta contratación de vuelos con esas empresas, consorcios... eso generará una bolsa que nos permitirá ampliar el personal.
–¿Sabes lo que estás diciendo?
–No del todo. Tendré que llevarlo a los de economía.
–Bien, que sea ya. Esta misma tarde tiene que estar esbozado un plan. ¡Ah, y pocas personas! De aquí a mañana esto se puede poner muy duro. Con tres o cuatro cabezas pensantes tiene que ser suficiente.
–El problema es que si abrimos la tapa de los negocios fantasma, no sólo habrá vuelos fantasma, sino que habrá embarques fantasma dentro de nuestros propios aeropuertos. Los viajeros frustrados llenarán las terminales en treinta y seis horas.
–Pues ya sabes el tiempo que tenemos.
–Al menos una oleada de colapso será inevitable.
–Pues despierta a los de comunicación. De momento, los viajeros deberían saber contentarse con permanecer vivos. Que elaboren una campaña informativa.
–Pero eso contradice la estrategia de mutismo que querías.
–Cierto, cierto. Bueno, tú plantéales el problema a los de comunicación y que lo resuelvan.
–Los pasajeros sabrán que su avión es real y sabrán también que el avión con el que choquen es real; pero esto sólo después de haber chocado. Nosotros ni siquiera sabemos qué avión es real y cuál no.
–Eso es lo que ellos no deben saber.
–Lo resumía sólo para no perder el norte.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Hermosas cajeras de supermercado

   El primer evento de esta naturaleza tuvo lugar en un local de provincias, considerablemente grande, de la famosa cadena de supermercados Etcétera.
Descripción del evento:
   El láser de la caja registradora anota la presencia de un producto que, sin embargo, está vacío. El código de barras está en el propio producto; no en el envoltorio ni en la caja. Sin embargo, láser reconoce el producto como otro cualquiera de su clase. El hecho es que el producto está vacío.
   De las primeras reacciones no queda constancia, más que a través de relatos posteriores y posiblemente ya tergiversados. Quienes declaran, hablan de las conversaciones entre las empleadas, las jefas, las proveedoras. Hablan de una puesta en común. Todas las narradoras se sitúan como primera descubridora del evento o la primera confidente, en una red de conversaciones entre muchas primeras descubridoras y primeras confidentes.
   Pongamos que Silvia Audaz, hipotética cajera descubridora del evento, pasa por primera vez el primer producto vacío de esta naturaleza. Debiera sospechar de distintas peculiaridades:
a) El producto no tiene envase, envoltorio, precinto de garantía ni pegatina; el código de barras está perfectamente impreso en su propia superficie.
b) El producto está vacío. No es ciertamente el producto que señala el lector de código de barras. No se trata de que sea otro producto; sino de que es ese producto, pero vacío.
c) El cliente-consumidor no parece haberse percatado del hecho hasta que es leído por el código de barras. De hecho, la cajera tampoco. Es en el acto mecánico, rutinario, de oficio, de pasar el producto por el láser, junto con la naturaleza vacía del producto, lo que llama la atención de la experta cajera.
   Supongamos que la percepción de b) no es fulminante, sino que llega a la consciencia después de haber pasado, al menos, un par de productos válidos. ¿Qué hace entonces Silvia Audaz? Tal vez decide parar en seco y advertir al cliente de que pasa algo raro. Tal vez continúa pasando –esta vez con más detenimiento– más productos, vigilando de reojo el producto vacío, que el cliente guarda o no en su bolsa.
   Esto es especialmente importante. Si Silvia no lo avisa, el cliente no se da cuenta. ¿Cuánto tardará el consumidor en percatarse de que se ha llevado a casa un producto vacío?
   Silvia Audaz sospecha que se encuentra en una cámara oculta. No es real.
   Silvia Audaz, según dicen unos, observó el producto detenidamente, comprobando su naturaleza, descuidando el ritmo de trabajo. Según dicen otros, se llevó el producto a casa, como objeto o como pensamiento obsesivo, invadiendo su tiempo de ocio y su vida familiar.
   Silvia Audaz, según varias versiones, comentó el evento inocentemente en voz alta, provocando las risas, la incredulidad o la curiosidad de sus compañeras. Silvia Audaz expone en cuanto puede que a ella también le ha ocurrido y un mundo cómplice surge entre las distintas empleadas. Hay un sector creyente y otro escéptico.
   Está la Silvia Audaz que habla con su directora, bien por iniciativa propia, bien por demanda de la propia jefa, a la que podemos llamar Silvia Audaz si queremos. Hay que averiguar qué está pasando. Mientras no se solucione el problema se elaborará un plan de contingencia para reaccionar adecuadamente.
   La empresa de supermercados &c distribuye un comunicado interno para que, en la medida de lo posible, se de salida a esos productos sin interferir en la atención del cliente-consumidor.
   La empresa de supermercados &c decide que, para frenar la presión de las reclamaciones, se retire el producto, avisando al cliente del error, con su permiso, al pasar por caja.
   La empresa de supermercados &c acaba por colocar una ventanilla de atención exclusiva a productos vacíos.
   Más adelante se sabe que sucede en otros puntos de la cadena y en otras cadenas de otras ciudades y otros países. Pronto se discute sobre la extraña naturaleza del fenómeno. Se discute si se trata de un error de producción. En las tertulias televisivas se baraja la posibilidad de un sabotaje organizado. En la radio, en internet, la gente expone teorías descabelladas: experimentos sociales, inteligencia artificial, alucinación colectiva, invasión alienígena. A nadie parece preocuparle ya que la relación calidad-precio sea un disparate comercial, o que la automatización de la producción, transporte y venta esté constriñendo el panorama laboral o ecológico, o que haya tantas mujeres en la caja y tan pocas en los puestos de jefatura.
   Discretamente, la empresa de supermercados se ve obligada a construir una planta de almacenaje, reciclaje y destrucción de productos vacíos. Curioso: la vacuidad del producto resulta muy difícil de desintegrar y sus residuos poderosamente tóxicos. En los laboratorios estudian –sin apenas recursos– posibles soluciones.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Paleografismos

   ¿Cuántos acasos ahora no estarían de nuestra escritura? Esa que aún no presta la disciplina. Esa cuya creencia aún no se empeñan sus apuntes para mentir con las amigas expectativas, que ahora no mienten suyas sobre sus ignorancias, sus tiempos, su sociedad.
   Pasa que recuerdan. Yo años podría a quién demuestra. Podría recordar nuestros libros. Entre tú y yo, ¿quién es la claridad?, que tantas emociones dice por nosotros.

   ¿Cuántos libros han pasado desde nuestra amistad? Esa que aún no emociona en los añós. Esa cuya disciplina aún no se dicen los recuerdos, para mentir con las claras escrituras, que acaso mientan suyas, sobre sus apuntes, sus ignorancias o sus tiempos.
   Recordarán que prestamos. Yo ahora no estaría en poder. ¿A quién podría recordar nuestra historia? Demostraría que no fuimos sociales. Yo ahora no creería en poder. Entre tú y yo, ¿quién es la expectativa?, que tanto dicho pone en empeñar por nosotros.

   ¿Cuántos años han pasado desde nuestra historia? Esa que aún no está en los libros. Esa cuyos apuntes aún no se prestan los amigos, para cumplir con las expectativas sociales, que acaso crean suyas, sobre su disciplina, sus emociones o sus conocimientos.
   Dirán que mentimos. Yo ahora no podría recordarlo. ¿A quién habría de mentir nuestra ignorancia? Dirán que no fuimos claros. Yo ahora no podría demostrarlo. Entre tú y yo, ¿quién es el tiempo?, que tanto empeño pone es escribir por nosotros.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Sincopasis

La simetría del nadador está incompleta.
Cada brazada es un verso y se desliza
la humedad de tu nombre fresca por los dedos.
Tú, piel, índice de diccionarios incompletos.
Cada caricia es un día, de vestidos y sombras.
Quien ha escrito por ti ha tocado mis sueños.
El lugar y el espacio en el que nos imaginamos
héroes de natación, cada gemido es un lago.
Un lago de murmullos esta noche. Y aquí
se queda por escrito, a la espera de una
zambullida fatal oh! cordial bocanada
de agua, sexo, oxígeno, lectura.

martes, 13 de septiembre de 2016

El futuro

El juego
es como el árbol que agruesa
la precisión del luego y que apresa
fuego dijo sulfuro,
ruego fijo conjuro.

No finja más
sentidos perdonados a la aurora.
No finja más
vorágine de ráfaga sonora.

Conjuro fuego armado
promesa y con paciencia.
Placer luego robado
cortina a su imprudencia.
Como el juego que agruesa
su árbol, si pervive

humano.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Inconmismidad

Estas son las mismas
palabras antiguas, amadas
como si fueran nuevas.
Por aquí pasan lombrices
de nuestro huerto cultural underground.
El párrafo con acabado de campana
recuperado en cantos poco religiosos.
Porque dudo del afilado eslogan de tu cintura.
Sueño con la luna social de tu vientre blanco
que en redes de velos comentan las auroras.
Aquí el fantasma de cuanto la genética
quiso ser y el rescoldo de los sucesos
que sí ha sido. Y este enigma:
tu cuerpo nuevo, amado
como si fuera aquel, joven, antiguo.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Instrucciones para tomar un café

Si me recuerdas me confundes.
Si me esperas, me desprecias.
Encuéntrame y posterga
tu juicio hasta que todo
desaparezca.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Quien te recuerda

Si le hablas del pasado
a un extraño, te dirá:
“Así. Por eso. Esa es tu causa”.
Si le hablas del pasado,
ese mismo, a quien estuvo allí,
te dirá: “No. No fue así”.
Nadie tan amigo como quien
estando en tu pasado aún
te dice: “¡Ah, sí, así fue!”
Nadie tan enfadoso como el
extraño que te recuerda:
“No es esa tu causa”.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Herméticamente

Acaso las hermosas
catedrales están selladas
y no dejan que se filtre la lluvia,
que es más antigua que ellas,
los aires y las toxinas de la modernidad.
Ahí vienen con su jarabe de textos,
pero tu amor amenaza con estallar
mi salud y mi cordura.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

El Presente

La estupidez
es como el árbol que agruesa
y multiplica su volumen,
la densidad del bosque,
la oscuridad de la sombra.

A miles los sonidos se devoran.
Los animales se beben.
El hombre se pierde.
El tiempo se demora.

Sus raíces abrazan lo podrido,
sus ramas se parten por tocar
el relato del sol
que ya otras ramas cantaron.

Sus hojas y sus flores crecen
como etiquetas de productos de fábrica que
devuelven al ser humano a sus orígenes.

martes, 6 de septiembre de 2016

Cuando tus ojos iban detrás de mis palabras
y mis dedos al cabo de tus labios.
Qué cruel el tiempo, que entrega
ignorancia a los jóvenes, memoria a los viejos
y piel a todo el mundo.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Aún en la ciudad

Al capricho de los vientos
llueve injustamente y sin embargo
el ser humano se alimenta de la lluvia.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Definición

Adulto es todo aquel que tiene
habilidades suficientes para
hacernos olvidar,
por un instante,
que no sigue siendo un niño.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Si siguieran mi consejo

La gente va por la calle
metida en sí misma.
Observadlos en su burbuja de atención,
en su mundo aparte. Raro es
que no choquen entre sí con más frecuencia
y airados digan “qué es esto”,
temerosos, “qué ha pasado”.
Observadlos. Si todos siguieran
mi consejo irían menos ensimismados y estarían

más enmimismados.