escucha y obedece,
que escribe en sí mismo
la rosa de sus actos,
que lleva consigo el fuego hacia
el húmedo horizonte de tus palabras,
que late y late, sin parar,
y habla y habla, sin saber
que te ama.
Reflexión: una llamada en el estanque
de los ritos. Ese yo
tan protagonista, tan cariacontecido,
tan ubicuo de sí, diría yo,
cómo encontrarlo. Buscarlo
es como escarbar en el agua, no,
es como escarbar agua en el agua.
Obsesiones, manías, hábitos, síntomas,
decisiones, discursos, preferencias,
gustos, miedos, recuerdos, arquitectura
del hogar, cuerpo, arte, momento, olvido.
Cada acto busca reconocerse a sí mismo
en un narcisismo ciego que ahoga el río
del instante en la ilusión de un rostro
que nunca ha visto. Un acto nunca ha visto
la mueca de su rostro, del objeto
la superficie reflectante.
El amor es uno de los nuestros.
Exiliado de entre los conceptos
vaga errabumdo por los objetos.
Pero el amor, ese enemigo
que huye de los objetos, como
atleta disparado por el deseo,
es uno de los nuestros, exiliado
entre los fantasmas que una vez
creímos entender y ahora
aparecen ante nuestros ojos portando
obsesivos, recurrentes enignas.
Salgamos de dudas: el amor es uno
de los nuestros. Espera impaciente, como
un relato que está esperando nacer,
una hora que espera ser pensada,
una aventura a la espera
de que tus ojos terminen
de leer estos versos.
El tiempo es uno de los nuestros.
Exiliado de entre los conceptos
vaga errabumdo por los objetos.
Pero el tiempo, ese enemigo
que huye de los objetos, como
atleta disparado por el deseo,
es uno de los nuestros, exiliado
entre los fantasmas que una vez
creímos entender y ahora
aparecen ante nuestros ojos portando
obsesivos, recurrentes enignas.
Salgamos de dudas: el tiempo es uno
de los nuestros. Espera impaciente, como
un relato que está esperando nacer,
un amor que espera ser pensado,
una aventura a la espera
de que tus ojos terminen
de leer estos versos.
En cualquier lugar aparece el tiempo.
Llega un ser humano e impone su relato.
Los objetos, como residuo de una historia,
quedan esparcidos y esperando una extraña
victoria, que ha de suceder fuera
de la percepción o que sucedió
sin que nadie llegara
a percibirlo, pero quedan.
Son esos objetos los que están
ahí delante, contando
tartamudos la historia
de otros que fueron
derrotados. Derrotados
por tal sí vez mismos.
Luego, volvemos la vista, seguimos
nuestro camino, porque
en cualquier momento asaltará el espacio.
Ya están aquí los cielos colosales de agosto.
A mi alrededor, miles de objetos se
apelmazan reivindicando su estilo
propio. Los ojos buscan
la última moda en discusiones, alivios, temas.
Pero esta bóveda sigue fiel a sus ritmos
y armonías sobre nuestras efímeras cabezas.
El planeta arde. Los mares se encharcan.
El suelo no ha pedido ser nombrado.
Cuando falten los pájaros,
sobre qué se sostendrá
la ambiciosa sordera de los poderosos.
Piensan los pensamientos en su verano inagotable.
Esta noche dormiré solo, pero ojalá
a mi lado latiera tu perdón
como un placer no nombrado.
Vamos, llama a los prisioneros, la ciudad
ha desaparecido. La luz
está llena de intrigas, jaleosa, porque
los semáforos deambulan a sus anchas
-algunos corretean lujuriosos en busca
de promesas- y pronto será el caos.
Hay que darse prisa, antes de que las calles
se estiracen en el olvido de esta mañana
sin rumbo, de esta siesta biológica,
de este amor ahogado sin receta.
Es nuestra obligación; si no, el arte
hará la ley sin nosotros,
los guardias, los vigilantes,
los auténticos ciudadanos
libres
entre besos.
El tiempo es ese joven
que no conoce las canciones.
Acaso sabe el ojo
el renglón de sus lágrimas,
es que el agua ha probado
la sal, conoce acaso
la lluvia las ventanas.
El tiempo es ese anciano
que no conoce las canciones.
Tantos tiempos tentados tontamente,
mentados mediante mente meditada,
dada desde debidas dudas de deudores,
retardan rotos rituales rotados rozando rigores.
Traducción:
t) Los momentos se pierden todos: muchos quemados por el olvido, muchos recordados y tergiversados nostálgicamente, y torpes son nuestros intentos de recordar lo que olvidamos, olvidar lo que recordamos y, aún más, de crear momentos memorables deseados. Y, el resto, se nos va, tocando la espera.
m) El tiempo es una deducción de los sucesos, los objetos, sus coincidencias. Esa deducción, sospechamos, es meramente psicológica, y lo que el tiempo sea realmente aún está lejos de averiguarse. Más si la mente (intermediaria) es otro suceso más enredado en el tiempo, que no sabe de sí sino lo que los discursos de otras mentes dijeron sobre los discursos sobre la mente.
d) El tiempo sucede más en la duda que en los objetos, pues sin dudas tenemos, tal cual, los hechos, los objetos. En el deber no debe haber duda; sin embargo, es difícil diferenciar el deber de obligación, el de causa y el de deuda. ¿En qué posición se sitúa esa mente «desde» la cual parlotea sobre el tiempo, sobre los objetos y los hechos, y sobre ese tema de la mente (-¿nunca sobre sí misma?-)?
r) repetición y ritmo son factores decisivos del tiempo-mente, que...
Vivimos
al dictado del futuro. Con nuestros actos
ejecutamos la escritura que ese futuro
ya tiene decidida y nos viene
dictando.
Pero hete aquí que el futuro es el fruto
de nuestra imaginación. Una imaginación
a posteriori de nuestras decisiones y tal vez
de nuestros actos. Por tanto, vivimos
ejecutando el dictado de nuestra
imaginación, una imaginación
dictada por el pasado, ciego, que nunca
fue porque nunca se supo, desde este
presente pura errata en autocorrección
indecidida.
Pero ellos no podían saber que hablaban
de nosotros. Y que nos veamos
reflejados en el río de sus sentimientos
es pura casualidad, un lapsus
del entendimiento. Igual
que nosotros no podemos saber
que hablamos de aquellos que vendrán.
Ese que se cree yo no sabe quién soy,
qué hice, qué no dije, qué podría ser.
Cómo sabes tú que hablo entonces de ti.
Que no es otro el límite del puzzle lenguaje.
Observa cuanto de los calurosos veranos
el hombre lleva escrito entre generaciones.
Revisa con tus dedos cuanto del luminoso
verano lleva la mujer tatuado en esperanzas.
A pesar del trabajo de lo humano,
no son infinitos. La hora debida
llega sembrando inviernos, mal gobierno,
muerte. Pero aún así,
tú que aún estás
en este mundo, observa, revisa, subraya,
con cuanto escriben de amor no escrito,
en sus veranos, cuerpos, recuerdos,
ojos, brazos, dedos, labios, lengua.
Las distancias no son nada, los gestos
son todo.
¿Pero no eras tú quien luchaba contra
el «todo»?
Es una forma de hablar.
¿«Una»?
Ahora me pones en duda.
¿A quién?
A ese ahora, prendido de formas.
Ya te estás subiendo.
Bien.
Pienso en los poemas antiguos
que hacían llorar a los ancianos.
No los comprendía; ahora
se me vienen a la cabeza.
¿Cuando sea viejo, se burlarán
también de mí los muchachos?
Hasta hoy, mis cabellos
señoreaban los vientos y mi nombre
hacía estremecer la estepa.
Me creía aún un joven poderoso; ahora
sé que mi corazón está herido
y que mi propia vida no me pertenece.
Tengo el desierto rosa y gris
entero bajo mis pies.
Yo paso por mis labios
el peine que le robé
y canto esta canción, mientras ella
se recrea en su baño y juega con el agua.
Hay una explicación a cada vuelta de la esquina.
Uno se encuentra más explicaciones que amantes.
Dos se encuentran más explicaciones que amantes.
Uno de los amantes que se encontraba explicación,
le preguntó al otro amante por qué
no se encontraba también él explicación*,
cuando explicaciones hay tantas.
Él no supo qué responder.
Y a) se separaron para siempre.
b) se dedicaron a doblar esquinas
porque si d), c), etc.
*(claro que él también se encontraba explicación, pero, sea cual sea el motivo,
no resultaba convincente)
Recuerda
buceando por el techo de las calles
mediterránea veloz o tan alto
incluso entre tormentas
aquella vez que fue pero ya nunca
la caída de lo irreversible grabada
a base de espacio tiempo reconocible
porque aviva el movimiento de cuerpos queridos
en un ejercicio de escritura salvaje.
Luciano, camarada, repasa conmigo
la nómina de los poetas que alguna vez
cantaron a la luna, desde
su zigurat de idiomas hasta
la torre de lanzamiento que
habría de conquistar los cielos.
Grande será el banquete: musas, artistas,
matemáticos, geólogos, historiadores,
magos de la cámara...
También la luna beberá con nosotros
hasta enrojecer sus gélidas mejillas
con el licor de nuestras palabras.
Sea pues, poetas modernos, los que queréis
ir a la última en esto del estilo, no
os privéis, bebamos y cantemos
a nuestra fiel amiga que se aleja.
La serpiente le tiene miedo al olvido.
Por eso inventa el pie que puede pisarla.
Pero el pie le tiene miedo al olvido.
Por eso inventa el veneno que lo mata.
El veneno también le teme al olvido.
Así que inventa la ciencia que lo apaga.
La ciencia teme, aun sin saber, al olvido.
Por eso inventa a la serpiente que le habla.
Tengo miedo a un mundo fácil
de entender, donde el pensamiento no sea
necesario. Un mundo sin violencia,
un mundo sin injusticias, en el que el caos
distribuya sus hermosas imprecisiones
sin que nadie aprecie los límites de los
momentos.
«Tu miedo es absurdo», dijeron los dioses.
Lo sé, y me desgarra.
Detalles, dónde vais.
Dónde ha de germinar lo que sembrasteis.
Qué viento perseguís, qué ánimo os manda.
La boca quiere ser verano en su cintura.
El tiempo viene a ser arena de sus cartas.
Y, en cambio, aquí me quedo,
prisionero de aquí mis ojos y mis manos.
A qué, pues, el lenguaje,
que sólo entiende el eco de sí mismo.
Probar que fueran labios las promesas.
Saber que fueron nuestras vuestras horas.
Por qué me permitisteis
vivir a vuestro lado,
si no le dais permiso a la memoria.
Nadie sabe el sol
a quién ha salido a buscar.
Si espera a la persona adecuada
o vive recordando
a la persona adecuada que hace siglos
murió. Es un enigma
nunca escrito, nunca planteado.
O, tal vez, sea indiferente
y brille y arda para nadie,
sin saber lo que hace.
Dónde encontrarás circulación sin esfuerzo.
Presión, densidad, empuje, coagulación.
Un cuerpo es sólo un momento suspendido
en el agua o un error de interpretación
tras el estallido de las sensaciones.
Demasiada polisemia en los actos
para dar cuenta de un gobierno eficaz.
Intérpretes, improvisadores, removedores
del caldo en el tazón del movimiento,
el sol tampoco ha recibido nuestros mensajes.
Es obvio. O debería serlo.
Dado que la destrucción es segura,
dado que la disgregación es segura,
qué vida en esta seguridad.
Cuando se tiene, hay. Cuanto se pierde, ahoras.
En esta ciudad cercada de tiempos,
murallas de interior,
en este cruce de encuentros y despedidas
-a un lado, el río; al otro, la historia-,
detente, habla, qué quieres decir.
Vivamos. Quedémonos en fuga. Recordemos
el riesgo de haber parado, el riesgo
de haber escrito.
(Glosas a un poema privado, VII)
Canción es a rincón como intención es a recuerdo.
Pero donde intención, invención, así que,
si canción, qué rincón, luego si invención,
qué recuerdo. Pero las canciones son
los recuerdos de otros, guardados y enviados.
Hasta inventar una ciudad.
Con las canciones, vamos tejiendo encrucijadas
que no se resuelven, se cantan.
Con los recuerdos, vamos tejiendo encrucijadas
que no se revuelven, se cantan.
(Glosas a un poema privado, VI)
No permitas que hable de lo no nombrado,
que no sé descubra el lindo cofre de las metáforas,
no se vaya a saber, y que por el sabor venga
la envidia de los dioses.
Pero si me tiras de la lengua diré lo no debido
(que las calles son líneas de dedos en la espalda,
que en la ciudad de la doscientas fuentes
vivo instalado en la sed de tus entrañas,
que desde arriba las noches todas son letras
diminutas como mil constelaciones apagadas)
en vez de dejar repartido, trozo
por trozo, el secreto entre todos
con las palabras.
(Glosas a un poema privado, V)
Besar no como un recorrido o trayecto,
sino como un beso a cada paso.
Y si el pasear de cada paso-beso en el paseo
une,
el callar de cada calle-silencio sobre la voz
separa.
Pero porque no hay callar en el beso,
como no hay detenerse en el paso.
Y así, si la cuidad, verso por verso,
fuera el texto, calle por calle,
tú y yo, letra por letra,
seríamos
los ojos que pasean
por un cuerpo, los dedos que transitan
las ciudades de un beso.
(Glosas a un poema privado, IV)
Canta por mí tu repertorio
de obsesiones inconclusas,
inconcluso el repertorio
de obsesiones. Repertorio
de un solo elemento
(provisional), obsesiones
de sólo fragmentos.
No se puede volver después
de la ida, coser después
del sentido, mover la casa
levantada sobre la cama
levantada sobre la raíz
hundida en el origen
de velas y de sábanas.
(Glosas a un poema privado, III)
Estamos limitados
por nuestros encuentros, nuestros
malentendidos. Estamos
disueltos en las sombras, disgregados
por este mismo deseo de labios
y de labios. Tu voz, con las palabras
de antiguos otros, de nuevos
significados que ya nadie entenderá.
Los sentimientos dejan una extraña marca.
Unen. Separan.
Tejido. Recuerdos. Muchos. Peligrosos.
Recuerdos. Lugares. Son hechos.
Mi corazón, ese volver
entre tan todo con besos.
(Glosas a un poema privado, II)
Índice, deixis.
Atados, entonces, por citas-coordenadas.
Nudos de ayer, cuerdas del mañana.
Pero se mueve: caricia no es distancia.
Casi es la rosa de todo así posible.
Sí ante la duda del no. No tras la certeza
de algunos otros quizás impotentes.
Pero se olvida hacia atrás minutos y segundos.
Van a respirar su sístole-diástole.
Ven, en este abrazo de pura fantasía,
lazos, trenzas, bocas, esperanzas,
salen a pasear mientras tú y yo
dormimos.
(Glosas a un poema privado, I)
Cuando el pensamiento pone las bridas lejos,
el baile de inmediateces resulta en candencia;
pero, si suponemos un constante revisar
para que se sostenga la memoria como
es debido,
entonces nos convendría dudar de la auténtica
naturaleza de todas esas riendas.
El viento sopla, suena, se mueve, mueve
las cosas, sin ningún significado.
El agua que hierve carece de intención.
Palabras y discursos salen del repertorio
sin saber. A veces vienen por los objetos.
A veces vienen por la costumbre. Y no es
nada fácil
posicionarse en el sonido real, la inercia
exacta, el objeto final diciendo lenguaje,
y salir de ahí habiendo rescatado
un poco de memoria.
El tiempo es una fábrica. Se alimenta
de tiempo. Fabrica tiempo. Sus residuos
son átomos de tiempo que se impregnan
en segundos y minutos, convirtiendo,
poco a poco, a las horas en tiempo.
Allí, trabajadores de todas las edades
suspiran. De todos los sexos se ganan
y desganan, trabajando para el tiempo,
dueño y señor de la fábrica del tiempo.
Pero tú eres la hierba que brota
milagrosamente allí donde el camino
no es civilización, todavía,
ni es medida ni es ley, todavía,
ni caída ni nombre, todavía,
y detiene en tus briznas
mis sueños,
cortados
en tus hojas,
para siempre.
El mar está desorientado.
Se ve del todo omnipresente,
se va mirando siempre a sí mismo,
de todas partes siempre se vuelve,
siempre mirada, todo mar mismo.
Cree que habita todas las épocas,
nada distancias contra corriente,
cierra el Imperio, riega las selvas,
siempre medita nada presente.
Toca tus piernas lejos del baile,
besa tu beso siempre salado.
Quiere volver, quiere quedarse.
El mar está desorientado.
Trastocada, la precisión de las cosas,
ya solo queda vivir fuera del tiempo
y las ideas. No se acostumbra la ciudad
al río, ni el árbol a las montañas.
El ave aún no ha aprendido el viento
y los cuerpos no saben
hacerse nidos de los cuerpos.
Por eso aquí y allá, calles y causas, aquí
y allá, amigos, estudiantes, apuntes y
plazas. No se acustumbran las palabras
a los dedos, ni los dedos al sueño,
ni el sueño al latido, ni el latir
al momento en que te marchas.
Empapados de metáforas,
vamos a sacudirnos, ¿cómo?,
no sé. La ciudad sigue ahí
con su ironía (o la de otros).
Hay llamadas, a altas horas
de la noche muy muy necesarias,
que en la luna o las pastillas
llevan de la mano un mito infantil.
El gobierno enumera demasiado.
En las elipsis hay esperanzas.
Yo vivo
casi al sur de un corazón
donde no anduve perdido.
Casi yo
donde de un corazón no al sur
anduve vivo perdido.
No yo
casi de un corazón vivo
donde anduve al sur perdido.
Yo donde
sur de al casi vivo un
no anduve corazón perdido.
Corazón yo
de donde vivo un no sur
al anduve casi perdido.
Pulgar con índice, corazón y espejo.
Camina hacia una cita, inmersa
en una ciudad cuya historia se desborda.
Presión y gravedad, sofá, gestos, deseos.
La conversación no les pertenece, apuntes.
Los recuerdos se prestan al servicio y en función.
Adivinando el momento aparece una lectura.
Amantes, mirad
cómo se roba el fuego.
El pasado, azucarillo de sueños,
se filtra, célula a célula, confusión
a confusión, entre venas adictas
a los nombres. Quieren volver
a tus labios. Quiero volver
al laberinto abrazado de tu nombre.
Pero hemos encontrado
un pasillo entre pasillos,
una calle entre las calles,
¿tú me encontraste?
¿eras tú la vida?
un momento entre momentos,
una estrella entre las estrellas.
Ah, sí, confuso, ideas, convenciones.
Apenas ha cambiado, dices, pero es diferente.
Confusiones, si ideas, confesiones.
Es diferente, dices, pero apenas ha cambiado.
El día amanece, como era de esperar.
El corazón late, la mente piensa.
Tampoco hoy sabré del todo quién soy
ni la manera exacta de estar contigo.
¿Qué vas a subrayar,
el mundo que ya existe y sus detalles?
Apenas permanecen en tus movimientos
las volubles caligrafías de los imposibles.
Las viejas noches en el paraíso en un costado,
los viejos mediodías del desierto en otro.
El infierno de los detalles con su fuego de amor.
Escribe ojos, escribe voz, escribe labios.
¿Vas a conformarte con lo que ya hay bajo el sol?
Crea con la marca de tus trazos nueva confianza.
Escribe sobre el suelo, como un cuerpo digno
de ser
besado.
Conocen ese ruido heredero
de los ruidos, ese ruido sembrado.
Lo vieron germinar cuando sólo era estruendo,
apenas un clamor retumbando en los zapatos,
retumbando en las flores y su
violenta economía, violenta historia,
retorcida redacción. Retorcida redacción
de ruidos que vuelan, de ruidos que son
cosidos en rudimentarias operaciones
no demasiado bien anestesiadas.
Así, ruidito en los zapatos, las vísceras,
los motores a reacción y los balcones.
El ruido fatuo que sale de las tumbas.
Podríamos seguir. Ya se ha captado la idea.
Se buscan, se encuentran, se despiden,
se extrañan, se conocen, se sorprenden,
se despiden, se descubren, se buscan,
se hambrientan, se devoran, se beben,
se ríen, se buscan, se riegan,
y no les hace mella el olvido tenaz,
no les desdibuja el seguir y morderse:
se mueven, se mueven, están ahí
y no se apartan del lugar
y la vida es esta orgía
dilatada en el tiempo.
Nunca tuve los pies más en la tierra
que cuando andaba el camino
con el que iba a buscarte.
El mundo es invisible.
Quién puede atravesar el bosque de sus sensaciones.
Quién puede sortear los rápidos de sus certezas.
A un lado las posibilidades en fuga, al otro
el enredo sin fin de las historias que
quisimos, no quisimos, nuestras,
colgadas del cuello como un amante
a las venas de su esperanza.
Pero tú atravesaste,
a este lado sin fiebre
de la imaginación,
a la tierna prisión
del ahora que arde.
Y a todo esto tendremos que dar palabra,
pues el mundo invisible no es aquel que no vemos
sino este sin dudas que no nos deja ver.
Una civilización de ladridos,
con más ropa que emociones,
¿de qué se alimenta, que apaga
las estrellas?, cuyos residuos
habrán de perdurar más que sus artes.
Sus palabras se atropellan
más rápido que su memoria.
Sus jugetes gobiernan
al momento y al siempre.
No escuchan, reclaman.
Gritan y gozan. Sufren y callan.
Escriben en el suelo
el futuro o el pasado
de alguna intimidad.
Continúa la discusión sobre el velo del mundo.
Unos consideran que deben ser revisados
los detalles. Otros abogan por acotar
un sentido común y suficiente.
Fuera el paralelismo entre
la trama o nada. Sea
saltable el sign
ificado, leg
ible en el
signific
ante.
Y o
O.
Muerde la distancia, amiga,
hasta que el mar no se note,
que no se pueda pensar
sino este sueño de cobre
que siembra en un cuerpo libre
todo un mundo de prisiones.
El espacio ya no vale
como espacio
Pudiste saldar la deuda
de una noche y otra noche,
cuando borrabas las olas,
cuando guardabas los roces,
y no ahora que en la boca
llevo la sal de tu nombre.
Por un momento, tiempo, detente y desempaqueta
tu guitarra de minutos y de dedos.
Nada por las cosas, nadie por las sombras.
Si el calor ha dicho algo, si el frío ha callado,
el perfil, la posición de los objetos, guardan
tenaces, despiadados, sospechas y secretos.
No queda, pues, constancia, sino de esto: saber
que no fue memoria la certeza de tus manos
ni recuerdo la fugaz urgencia de tus labios.
Lo demás ha volado ya, sin la mirada en su sitio.
Nadadores, sea más breve, más prolongado
el arpegio de nuestros brazos, en
algún lugar del viaje hay una puerta
amada, hacia nosotros mismos.
Cuando tropiezo, no puedo evitarlo,
pienso que tropiezo contigo,
que caigo sobre ti, que es por ti
que no acabo en el suelo,
sino precisamente en este pensamiento,
que yo soy un cuerpo y tú
la caída, que yo caigo y tú
eres el cuerpo que cae a ser
mío, que tú eres la sombra
que se acerca inminente
y me espera en el suelo,
que la caída me bebe
a sorbos de ti y en tus tragos.
Será por eso que vivo
tropezando
con casi cualquier cosa.
En la horquilla del día prendo
el recuerdo de tus
apresuramientos,
las aceleraciones
de los debidos dedos del deseo.
Amanece
entusiasmo
niño azul
obeso
del cielo.
A la tierra
delgada
sombra
gris nostalgia
occidente.
Valederos, ¿es esa seguro
la posición horizontal?
La que, perpendicular,
cuelga curvándose
hacia un muy lejano
sí mismo.
Dígale a la rosa que destrucción,
incertidumbre.
Pero oiga, si sus escudos, pétalos,
rosa de escudos, no sabe escu har.
Dígale, independientemente, de su
imposible entendimiento o a caso
tú, humano,
vives metáfora
de espinas serie de pasos, escudos,
concentrados, sinsaber, escuchando
sólo lo que ya, ahora, presente, dice
y es un grafema exacto de belleza.
No vuelvas a los arrebatos de conquista
que llevan la civilizada comodidad al imperio de tus rutinas. Exiliate de nuevo
(pon cualquier excusa) al momento
sin lugar (movimiento sin sentido)
en el que el pensamiento sucedió.
El soniquete de moda
pasa y luego incomoda.
La delicia de un tiempo es la vergüenza
de otro. Las palabras
más cercanas pronto se pierden
junto con los objetos que representaban.
El sonido de los clásicos, la naturaleza,
la condición humana, quién
dará con ellos.
El tarro preciado de las esencias,
robado, ancestral, prohibido, vital, perdido,
quién lo abrirá y quién sabe
qué idiomas saldrán despedidos
de esa fruta probada.
Quién
encontrará palabras tales que pudiera
escribirlas en un fuego perenne
que nunca las consuma.
En el disparate del momento.
Asomado a la ventana de
este edificio más o menos bien
sedimentado, si no son
toxinas textuales, esto es,
ideas que se suceden con
más o menos rigurosa funda
mentación, flexibilidad fenomenológica,
cosquilleo argumentativo, cimen
tatura equilibradamente errónea o
tendenciosa.
Respiras porque ardes.
Ahí, rastrillo, que arañas la tierra,
¿para llevarte qué, recuerdos?,
fantasías masticadas en las muelas
repetidas de los presentes porque jaulas,
porque abarrotas los horizontes (sentimientos)
con tu rastrillo cuerpo, día, opinión, discurso,
arañas ¿qué, el dibujo de la razón?
El texto tan rumiado en esa ¿acaso? mente,
es el rastrillo con el que luego
serás:
rastrillo del recuerdo, objeto del recuerdo,
sujeto del rastrillo. Texto. Cuerpo. Postura.
Posición.
El amanecer vive olvidado apenas ese instante.
Así como esos fuegos son el rastrillo del viento.
¿Cómo encender el corazón de los hombres?
Tienen en su lugar una esponja de sangre,
un sonajero de guerra, que sigue
en proporción el ritmo de sus puños.
En las terrazas no escribe viento ninguno.
La curva o el cabello feliz juguete.
El cinturón, extraña excusa, recita reciente.
Tal vez viven al precio, dudosamente edredón.
Pero sí, pongamos que me resisto.
Si bien, ese viejo viejo remo no lo recuerdo
en timbre, rencor, tormenta, museo ninguno.
¿Cómo encender el corazón de las mujeres?
Tienen en su lugar una esponja de sangre,
un sonajero de guerra, que sigue
en proporción el ritmo de sus puños.
Extraña sucesión de mensajeros
que portan un mensaje que
no es tal sino a su vez
otra sucesión también de mensajeros.
Antiguas rutas hormonales, escaleras
genéticas, caravanas de letras, y así,
portando
esa deriva fluvial de ironía, metáfora y
metonimia cuya dialéctica sintagmática y
paradigmática no encuentra término, ni
mensaje,
sino una sucesión extraña de mensajeros
que portan
sucesiones extrañas de mensajeros,
y así.
Es el objeto quien gobierna
y el cultivo quien manda.
Los animales, al saberlo,
nos fueron domesticando,
cada uno a su aire.
Cientos de superficies
reflectantes imprimen o tatúan
los yos por el mundo.
Finalmente, la memoria,
que usa a menudo palabras,
inventa como puede lo que luego
creerá que entonces quería.
Se te veía venir, Amor.
Desde que deletreas la anatomía perfecta.
Desde que las noches son noches.
Andas canturreando en idiomas
que apenas unos muy pocos entienden.
Pones al fuego amaneceres,
a la taza los labios y al corazón
abrigos, jerséis, camisas, esperanzas.
Ahí estás, entretenido, en múltiples
lecturas,
enredado en manías y recuerdos,
mientras tu amiga Realidad
sigue reinando en el mundo.
Extraña
densidad sentimental que hace
que los objetos fluyan, si
se mira bien, en los discursos,
los cuerpos y los mapas.
Desembocan, inundan
inesperadas leyes, direcciones.
Sin esfuerzo, habito una ciudad al tobillo de la nieve.
A la orilla donde vienen a morir litros de óxidos, monóxidos, nitrógenos, carburos, sulfuros, etc.
Su destino, bajo el tejado del sol, es ser respirado por miles de turistas y unos pocos trabajadores.
El, mío, pasar a través de los ojos confusos de un idioma, lector, que, acaso, ya sabe qué hacer, dónde fundar,
anciano infantil,
el tiempo.
Cuelga de un tejido
al cabo de nudillos
papiro de yema
y diente de manzana.
Revisa, en la línea
sub análisis, el lado
afín, no vaya a ser
que vivamos
(y en un segundo malla simiente
de red no pura trama y azulejo)
sin darnos
cuenta.
Si la explicación es provisional,
qué clase de explicación es esa.
Y, sin embargo,
mientras se desliza por la ladera irregular
del idioma,
revolotea en plena ebullición de perspectivas
y acontecimientos,
no se atreve ni ahora a pedirte la vez,
apuntarse tus señas,
romper blusas
y y y quedarse
atareada en un desaforado cariño sin remedio,
la realidad no espera, y cambia su dictamen
sin pedir opinión.
Si me quieres, de mano a muro.
Si me visitas, hazmelo, téjenoslo.
Es la pequeña cuartilla del léxico activo.
Porque, nutrido jardín, si placer, nombre,
y aunque objeto, por tanto agonía.
-ah, sí, el centro, la memoria,-
Cuerpo como subconjunto de paciencias.
Para bien querrías sentido, pero allí
no puedo acompañarte. Creo salir:
la misma obsesión, que ha puesto
suelo nuevo al repertorio.
La sombra del sol no tiene zapatos.
El hombre, que es sombra de su sombra,
¿cómo se vestirá cuando la duda empiece
a clarear en la madrugada boca de sus palabras?
Ese homínido que abraza,
ese simio que lee,
entraño corazón que, si cocina,
verso, cariño, razón, hace camino.
Pero su nombre no produce sombras,
su poder está todavía colgado
en el futuro. Bebe, amémonos,
digámosle al olvido tu luz
ya no nos interesa.
O es
un invento o una alucinación;
pero el objeto real
dudo
que lo conozcas.
El lugar no está de vuelta.
Entre tu obligación y tu camisa
hay un botón con aroma
a trayectos de dedo y aritmética.
Dónde, Fortuna, quedaron, emperatriz
del mundo, los sentidos, los goces
efímeros y los significados aquellos
perennes de este gobierno de apariencias.
Atrapa tu decisión, antes de que la ruina
de mi cuerpo te hable del destino
y su memoria.
En la noche de los besos mis ideas
volaron como el canto de un pájaro
ya viejo que delira con Ella, Primavera.
No escribas, oh, con tu afilada pluma
que su rostro se deslizaba falsamente.
Feliz en mi Arcadia, los sueños quieren
apagar el fuego de los amantes y, apenas,
máscara, amanece, el tiempo
huyó.
Yerra, quien,
por inmodesta ignorancia, pone
vacío, suerte o divinidad
en cuanto no conoce.
En el espacio de ese concreto
no saber se cuecen sin parar
de remover los grumos del error.
Y si el tiempo, que coloca
su inmodesta decisión, sitúa
junto a los cuerpos deseo
y esperanza, yerra.
Apuntas
en el cuaderno la tarde que cambiará
tu pasado, el pasado de otro
escrito. Todos los entonces equivocados.
Si escribes, el recuerdo cambia, yo ciego.
Recita como aprendiste una última mirada.
Aún lejos se oye la diversión sobre la tierra.
El tesoro vacío de los significados sale a bailar.
El diseño del frío es irrepetible.
Amo el viento y el mundo; pero el viento
y el mundo en realidad aman
la primavera.
Pone en la ocasión la fiebre de los actos
y ata a los actos la trenza del momento.
El discurso en sus labios brilla como un pájaro.
El significado en migración, los sentidos
dirigidos al bocado de corceles cuádruples,
vienen a decir este objeto es mío,
su brillo soy yo.
Detalles sumergidos en el calor del proyecto,
todo su cuerpo está tatuado de futuro
por todas las caricias que han de llegar.
El dolor es lo que se ha ido
y que por culpa de las leyes físicas
jamás volverá, al latido de su corazón,
a cuya memoria pertenece.
El lenguaje y el día son efímeros.
Entre un bosque de ofensas se asienta la identidad.
Las ramas son el día y el lenguaje.
Pero ellos cantan al lenguaje y las ramas,
efímeros a coro, individuales y efímeros,
a las ramas, al lenguaje y al día. Cantan.
Entre un bosque de ofensas se asienta la identidad.
En las raíces esconden el vuelo. Y
en el incendio de la libertad pican la tierra.
Si fueran de verdad, dejarían
escapar las raíces al vuelo. Entre un bosque
de ofensas se asienta la identidad. El día,
ese ojo que parpadea. El fuego
es un
pájaro perenne. Efímeros son
el objeto y su nombre.
Incumple, recuerdos, espejismos.
Voy a cuidar la fantasía o a pisotearla.
Voy a confiar en el camino que no sé
dónde va, si mañana sigue ahí
la ciudad, el oasis, la promesa,
si me esperan, o salgo hacia la selva,
hacia el desierto, el mar,
hacia el abismo, el viento,
que seguro están ahí.
Tu desobediencia ya está escrita.
Mi desliz busca mi sombra en el suelo.
Pero, mira, oye, este deseo es nuevo. Vive
por encima del sol.
No mires, si no abandonan, se beben,
prisioneros en los muros de su mutua intimidad.
Han de caer los sillares del tiempo sin miradas.
Sin envidias ni sol guerra y lujuria. Porque
quieren
-tras la respiración que los separa-
saber
para el otro, aviso de delicias, nudo
hambriento de noches y de días
en la apretada celda de sus bocas.
Si el tiempo celoso, el lenguaje despechado.
Atraviesan su reja de tacto caliente.
Se miran en un espejo de besos
ahogados en el río de los cuerpos.
Cuando creía conocer, todo
era nítido y bien
definido, las líneas
percisas, las cargas
funcionales. Ahora, que atento desconfío,
asalvajada confusión mezcla los días,
diluye los momentos, y ya no sé si viví
si leí o imaginé que leía u otro me contó.
Adornos, colores
del no sé qué pensar,
del cómo es posible
que esto sí sea real,
y aquello, que tan cerca de tus brazos
y los besos, sea apenas el casi relato
-¿verdad que las consecuencias parecen increíbles?-
del casi recuerdo
de la casi ensoñación
-adornos son las ideas de los desvíos, colores-
del casi pasado
ya casi perdido.
Bebamos, pues
antes de que termine el trago la garganta
ya se habrá vuelto licor para la sed de
los cielos. El mundo es un barril borracho
de sí mismo
y una piel que se desangra regando
los caminos que la luz o el brindis
pastorean soles ebrios de sí,
de afirmación rotunda, caldo étimo
de vengo
a buscarte
y en secreto.
¿Por qué no derramar más tinta?
Salivemos esta galáctica gota de lucidez
que tiende a derramarse hacia un mañana
frío y absoluto.
Con mis lágrimas lanzo al desierto mis ojos,
maná para la sal de las espadas pendientes.
Con tus manos estrujas
el zumo sin piedad de tu deseo
y de tus pasos, beban o escriban, directo
del eterno vaso ahora
roto del húmedo
olvido.
(quiénpuedeconocersebajoelquiciodelsaberqueeslíquido)
El equilibrio es un mito y los límites
fluctúan irregulares sin ritmo predecible.
Pero finjamos que el valor de este acto
puede ser precisado mediante
no divinos números, no radicales,
de sucesión no aleatoria.
Finjamos y metámonos
tanto en la ficción que ya no sepamos
quién perdió la cuenta, quién empezó,
en qué idioma están o estaban escritos
los números, si con los dedos, los ojos
o los labios con los que te pronuncio
sin medida y a veces
hasta sin nombre. Finjamos hasta caernos
y tropezar uno con otro en una lectura
sin término, sin unidad, sin final
y sin aliento.
Igual que quiero, igual que quieres,
sin encontrar nunca, búsqueda
no inventada, no descubierta, a oscuras,
nunca el medio.
Sé coherente. Dicen. Con qué.
Nada está escrito, excepto los escritos
que están olvidados. Atados por el cordel
de una caótica mecánica, los actos
siguen al pie de la letra la lógica de
sus
estructuras. Alguien
acaba
escribiendo que eres libre, que es libre, pero
finalmente eliges olvidar lo que está escrito
y seguir a rajatabla el papel asignado
por los actos, que conjuran quién has
de ser en este día que entra y sale
de escena.
Llamado a perder el equilibrio
antes un traspiés que un guiño
lanzado. El hombre le pide a la piedra
que tenga sed de piedra; pero la piedra
desobedece y ofrece su hambre humana.
Se tarda tanto en despertar, en reponerse
del castigo del amor y el entusiasmo.
Se erosiona tan rápido el órgano
de la visión, llega tan corto el oído
Pero el odio es largo; la envidia, interminable.
Y antes de que termine el texto,
mediada la incomprensión,
ya nos ha hablado
el olvido.
Toda la oscuridad de este cielo
es la esquina de una letra en un no tan largo
texto. Conduzco por la sinuosa carretera
que baja desde la sierra a la ciudad.
Mi vieja ciudad ha traicionado o traducido
la belleza de las tinieblas con las luces tomadas
de los tiempos y ahora
no permite a la luna escribir sus anacrónicos versos.
Pienso que en mi país hay más cunetas
que curvas en las carreteras. Las señales
de tráfico me avisan de que ya no quedan
lechuzas en estos campos. Pero si tú quisieras
coserme a puntada de jazz al mantel en tinta,
más amantes, más pasión, menos historias,
que se derrama sobre nuestro corazón,
apretado de sanguínea negrura,
calado de hierro candente,
de oxígeno flamígero,
coserme los olvidos, de la sierra a la ciudad,
desde mi historia a tu boca, entonces,
ojos negros de agotados lectores, que diré.
Qué cansancio o caricia no conduce su sueño.
Oigo el crujir de la ropa, pero es tan sólo un recuerdo.
Este paisaje es real, pero parece un poema.
En los límites de la expresión
no se admite demora. No se ha terminado
de pensar y ya se ha dicho, tomado
de algún lugar en la memoria, copiado
de un momento, un síntoma, una pasión.
No puedo salir del vacío entre mis manos.
Si me descuido escribo. Si me descubro abrazo.
Por la ventana de la interpretación, el cielo
se topa con su nombre y, apartado de la voz,
porque estoy solo, armado de pasado,
mis idiomas se van topando todos
con tus besos.
Admite otro matiz, otra lectura,
la causa se desdobla en otra causa,
y nada es simple y nada se desborda,
sino que vibra en cauce imprevisible.
Una noche tus ojos de visita,
La Tierra que nos gira sin clemencia,
las noticias se van, arden los cuentos.
La luz, esa asesina de terrores
con raíces profundas, nos encela,
porque envidia lo escrito en nuestros cuerpos,
porque estudia esconder el bien perdido,
el hábito que muerde nuestros sueños,
porque se enreda y calla entre las bocas,
lleva hasta el final este imperdonable
porcentaje ignorado de distancia.
Estúpido, estúpido, me decía
al despertar cuando olvidaba
los sueños que no se sabe
a cuento de qué
deben ser así.
Estúpido, estúpido, me decía
con el mismo lenguaje
que aprendí cuando todavía había tiempo,
con los mismos actos que
Estúpido, estúpido, ¿no ves?
A punto has estado de dejarte
ver ante tu propia ignorancia,
me decía, y yo
obediente me
escuchaba, muerto de sed,
de torpeza, de esperanza.
Muerde tu lengua
partida por mil en mil idiomas.
Con tus manos el odio se culmina,
en tus palabras el amor acaba de empezar.
Un edificio cuyo cielo no alcanzarán
miles de generaciones, cuyo paladar
probarán los miles llenos de deseo,
faltos de palabras para tanto fuego,
este
edificio de amor desorientado. Tu idioma
hiere con sangre, cicatriza con barro,
fluye como acero en un golpe de tormenta.
Una palabras tiene mil filos. Mil palabras
hacen del daño un mundo.
Se dejan
llevar por las semejanzas, afinando
mismidades, hasta dar con uno
la medida de las cosas. Pero
cada brazada nada entre corrientes
distintas, y cada labio besa amantes
distintos, y parpadeo y parpadeo en mundos
distintos. Quisiera que el objeto
obedeciera a su nombre y su nombre
a la sensación. Pero
yo sé y yo padezco
y ninguna de mis cosas me pertenecen,
como la que, escrita de algún modo,
codifica en mis futuros actos
tu recuerdo.